Una crónica virulenta

Desde que éramos un mínimo saco de huesos, acunados en los brazos de nuestras madres, un salvaje catarro nos perseguía como la peste. Pasar constantemente por procesos virales era la norma, desde el nacimiento hasta la senilidad: en nuestros genes estaba marcada la propensión al catarro, y el producto de mayor exportación del país eran las personas acatarradas.

La industria farmacéutica internacional tenía su receta: “Delimite el grupo demográfico propenso a una enfermedad aguda y anule para este grupo la oferta de medicinas que disminuyen los efectos del padecimiento. Reclute agentes patógenos nativos, que prometan ser generosos en el contagio, y mientras el virus esté presente activamente en su organismo, trasládelos a regiones geográficas dispersas. Paralelamente, comercialice en esas regiones las medicinas adecuadas. Ganancias obscenas”. Las leyendas urbanas decían que un tal don Magdaleno fue el primer agente patógeno seleccionado, el que inició este negocio nacional, hace ya más de un siglo. Su historia es un poco grotesca y no podría decir si es totalmente verdadera.

Todo esto era un secreto a voces y a nadie le importaba. Ante la indignación por el irrespeto al sistema inmunológico de mis paisanos, escogí la carrera de Química y Farmacéutica. Estaba determinada a encontrar un paliativo al catarro y venderlo dentro del país. Con la disminución de los procesos virales, podríamos concentrarnos en exportar cosas más constructivas para la reputación de nuestro gentilicio. Apenas me gradué, monté mi pequeño laboratorio y me dediqué a la tarea de crear en silencio la medicina requerida. Años después, tuve que admitir que mis intentos habían sido un rotundo fracaso.

En los clasificados del periódico, frecuentemente se publicaban sospechosos avisos de reclutamiento de personas con catarro. Me llevó meses enterarme de que quienes se enrolaban tomaban un barco y regresaban dos semanas después, curadas. Una vez por semana, a las 7:00 am, llegaba al puerto un grupo de entre diez y veinte personas previamente seleccionadas. Se formaban parejas y se las metía en cajas de madera como sarcófagos gigantes que decían “frágil”. Se introducían las cajas al barco por la zona de carga y a las 9:25 el barco zarpaba. A cada persona se le entregaba un frasco antes de meterse a la caja, analgésicos que tomaban en los días finales de su viaje. Volvían al cabo de dos semanas, habiendo llevado el virus a otras latitudes, y se bajaban del barco de la forma habitual: por una escalerilla. Iban como mercancía de contrabando y regresaban como felices y sanos turistas.

Admito que era un buen negocio. Por un momento deseé no tener escrúpulos y ser parte de la gran familia farmacéutica de La Gran Familia Farmacéutica S.A. Pero en el fondo sentía el llamado a descubrir el cóctel farmacológico que erradicaría el catarro de mis compatriotas, sin necesidad de que ellos salieran del país y contagiaran a otras personas.

Debía adueñarme de uno de esos frascos. Tenía que ser prudente y delinear un plan a prueba de fallos. Pero no lo hice. Una madrugada fui al puerto a esperar que llegara el convoy. A esas horas, el paisaje era esplendoroso y le despertaba la vena poética a cualquiera: entre la suave niebla, los barcos cargueros emitían su lamento a modo de despedida, mientras gaviotas blancas planeaban sobre ellos, tratando de zafarse de los anillos de six-pack enredados en sus cuellos.

Aguardé pacientemente a que las personas estuvieran en sus cajas-sarcófago, y repté sigilosamente hacia ellas en un momento en que estaban sin supervisión. Con un sable, herencia de mi admirable bisabuelo Samurai (Samurai Estuardo de la Cruz, don Samus, Q.E.P.), rompí los candados de una de las cajas y la abrí. Fue grande la sorpresa de los dos hombres que estaban ahí dentro. En susurros les pedí que me dieran el frasco que tenían. Uno de ellos abrió su chaqueta y palpó su bolsillo interior; me preguntó cuánto iba a pagar por él. La verdad es que no tenía nada que ofrecerle y al de la chaqueta le di un golpe en la cabeza con el mango del sable; con la punta del mismo apunté al otro, amenazándolo con dejarlo como un colador si armaba escándalo. Me llevé al primero, que llamaremos “Sujeto”, a rastras hasta mi carro y huí.

Sujeto regresó a la conciencia, mientras lo bajaba del auto y comenzó a quejarse. Le pegué en la cabeza otra vez. Lo había llevado a mi laboratorio, que también era mi casa, y en ocasiones lo alquilaba para que el grupo de Alcohólicos Anónimos de la zona se reuniera (yo asistía a veces, a pesar de ser abstemia; era un buen alimento espiritual). Con este segundo acceso de inconsciencia en Sujeto, lo acosté en mi cama, le saqué el frasco de su chaqueta y me volqué a la tarea. Examiné el medicamento, y con tanta diversión —la bioquímica es harto apasionante— me olvidé de Sujeto. Ocho horas más tarde, fui a ver cómo estaba y, por supuesto, no estaba. Había huido por la ventana[1].

No dejé que estas preocupaciones nublaran mi camino, porque para entonces había descifrado la receta. Ahora la cura estaría al alcance de la población. Comenzaba a vislumbrar un futuro esperanzador cuando alguien tocó a la puerta. Tres agentes secretos, supuse, por su vestimenta de traje negro y sobria corbata de seda. Junto a ellos, Sujeto. Los agentes me dijeron que no podían permitir que yo atentara contra la gente necesitada, a la que le arrebataba tan descaradamente la oportunidad de curarse y ver el mundo. Me dijeron más, pero no escuché; uno de ellos tenía un trozo de brócoli trabado entre los dientes, y con esa imagen mi mente retrocedió a la época en que almorzaba en casa de la tía Edna, que tenía una gran dentadura postiza. Cuando volví a la situación, ya estaba siendo arrastrada fuera de mi casa.

 

II.

Me dejaron en un hospital psiquiátrico. El por qué no me enviarían a la cárcel está fuera de mi entendimiento; supuse que no tenían pruebas de que yo había transgredido ley alguna. Así comenzó una imprevista etapa de mi vida. Los primeros días los pasaba con melancolía y llegué a tirar por la borda mis sueños redentores. Yo sabía muy bien que al personal no le cuadraba mi motivo de ingreso —el que dieron los agentes—, y que no aparecería en ningún tratado sobre entidades nosológicas… pero como decían en el pueblo de mi madre, la cola mueve al perro.

Con el paso del tiempo me fui sobreponiendo a la adversidad, y es que no todo era amargura: el personal médico era amable conmigo, y estaba mi compañera de cuarto, a quien llamaremos Juanita. Más o menos de mi edad, tenía ojos sombríos y cabellera corta y puntiaguda que me recordaba a las escamas de un Chupacabras, según mi propia imagen mental de la criatura. Contaban que Juanita había atravesado una “crisis humanitaria” y producto de su estrés postraumático, la única forma en que uno podía relacionarse con ella era a través de órdenes con timbre militaroide. Cuando nos conocimos, ella no me hacía caso más allá de un saludo cordial y algún gesto amigable, como sacudir mi colchón en busca de jejenes. Ella solo escuchaba al personal médico porque eran “la autoridad”, mientras que yo era parte de la vulgar sociedad civil. Pero esto cambió cuando comencé a llamarla gusana bastarda y a despertarla a las cinco de la mañana para que hiciera cien lagartijas. Era hermoso tener a una subordinada tan diligente y eso hacía más llevadera mi vida de encierro.

A pesar de que me había acomodado a mi estancia en el hospital, y en vista de que podía contar con un alto grado de compromiso por parte de Juanita, decidí tratar de huir para reemprender mi virulenta lucha. Una noche, después de ordenarle a Juanita que, para mi sana entretención, caminara por el cuarto parada de manos, le pedí que se sentara en su cama y le dije: “Querida amiga, estoy aquí por una gracia injusta. He notado tu capacidad sobrehumana de ayudar al prójimo malaventurado, y por eso, te ruego que me ayudés a salir de aquí. Podés venir conmigo, aunque por la alta perturbación en tu desenvolvimiento en sociedad, no te lo aconsejaría…”.

Me miró perpleja. Cambié mi semblante: “¡MISERABLE AMEBA, TE ORDENO QUE ME SAQUÉS DE AQUÍ, MIENTRAS TE QUEDÁS PUDRIÉNDOTE EN ESTE INFIERNO COMATOSO COMO LA CARROÑA QUE SOS!”. Se paró, se llevó la mano a la frente en saludo marcial y gritó con una sonrisa y una mirada intensa: “¡SEÑORA, SÍ, SEÑORA!”. Admiraba su nobleza.

Las siguientes tres semanas vi poco a mi compañera. Siempre estaba ensimismada, escribiendo en los bloc de notas que le conseguía la autoridad. Agradecía su aplicación al trabajo y para no hacerle perder su impulso, ocasionalmente le gritaba: “¡El país necesita más gente como usted, insecto!”. Ella levantaba la mirada, fruncía el ceño y apretaba los labios, llevándose la mano a la sien como una visera; luego volvía a su labor. El personal estaba extrañado por su nuevo comportamiento concienzudo, pero nadie sospechó. “Tal vez está en fase de replanteamiento estratégico de sus tropas”, bromeó un doctor, mientras jugaba dominó con dos enfermeras y un paciente bipolar.

Una mañana en la que trataba de arreglar una gotera de mi habitación, Juanita entró irradiando gozo. “¡Primera fase de la misión: cumplida, señora!”. Procedí a leer el documento que me había traído. Estaba cuidadosamente escrito a máquina, regalo de una enfermera para mantenerla ocupada escribiendo reportes a la autoridad. El documento era de treinta páginas. Hojeándolo rápidamente había texto, pero también había esquemas, mapas del hospital, con círculos, flechas y líneas punteadas.

“Ningún plan A es infalible, y todo estratega que se respete siempre tiene un plan B bajo la manga”. Pero Juanita no tenía solamente un plan B. El plan A era dispararle en un pie a cada miembro del personal, con un arma hechiza que ella guardaba bajo su cama; incluso se ofreció a hacerme una. El resto de los planes —que abarcaban hasta la “Ñ”— era similar en términos de beligerancia, pero yo no quería lastimar a esta buena gente. A pesar de estar profesionalmente quemados, eran muy amables y su trabajo con nosotros era loable.

Esa noche estaba a punto de dormirme, cuando escuché que Juanita cargaba su arma hechiza. “Señora, el plan A está en progreso”. Hasta entonces se me ocurrió que a lo mejor Juanita tenía mente propia. Hablaba y hablaba y me di cuenta del gran resentimiento que albergaba hacia la sociedad que le dio la espalda. “No puedo participar en tu plan”, le dije cuando terminó su monólogo, esperando que la falta de apoyo la disuadiera. “Afirmativo; y no es requerido”. Me dedicó una mirada enigmática, pero muy emotiva. Salió del cuarto y cuando me levanté para seguirla, oí un golpe y después un disparo. En su algarabía, olvidó amarrarse sus botas de combate, se tropezó y cuando cayó, el arma se disparó sola, sin causar daño alguno, afortunadamente.

Dos días después, Juanita se fue del hospital. La transfirieron a la escuela militar, donde encajaría mejor dadas sus aptitudes para la carrera armamentista. Nos despedimos con la mano-como-visera en la frente y le agradecí los buenos tiempos. Una lágrima asomaba en su nariz; le estaba comenzando un catarro. El personal se juntó para darle una despedida digna del alto mando. Mientras todos estaban reunidos en el parqueo y le daban sus mejores deseos a mi amiga, fui hasta la recepción. No había nadie y escapé del hospital por la puerta principal. Pero uno de los enfermeros salía hacia el pasillo en ese momento, y me vio cuando yo cerraba la puerta.

Imaginé que él haría el barullo. Me perseguirían, y si no me daban alcance, empezarían una cacería. Comencé a correr. Pensé en ir a mi casa, pero tal vez para cuando llegara, los agentes ya estarían esperándome. Escuchaba los gritos de varios enfermeros ordenándome que regresara. En cualquier momento me darían alcance. Crucé hacia una calle principal, donde un puñado de monjas paseaba afablemente. El enfermero gritó: “¡Deténganla!”, mientras me abría paso entre ellas. Una comenzó a correr tras de mí, y por Dios que era vigorosa, subiéndose el hábito para que no se le enredara en sus piernas. Ella comenzó a gritar: “¡Deténgase, deténgase!”. Tras unos minutos de persecución entre calles había perdido a los enfermeros, pero no a la monja y no podía más. Me detuve, di la vuelta y le dije: “¡Me rindo, voy a regresar, hermana!”. Ella me miró con sorpresa. “¡¿Por qué se detiene?!”, me preguntó. “¡Porque usted me dijo que me detuviera!”, le respondí sin pensar, tomando una bocanada de aire. “¿Desde cuándo quien corre con ese nervio se detiene cuando se le pide? ¡Habrase visto! ¡Siga corriendo, hermana!”.

Tomé aire y seguí corriendo. Ella ahora venía a la par mía, a punto de sobrepasarme. “No la perseguía para detenerla”, me explicó resoplando y con su voz dando saltitos, “la perseguía porque ahora sé que cualquier lugar será más interesante que mi convento”. Me adelantó y cruzó por una callejuela, siempre con su hábito levantado hasta las rodillas. Le deseé lo mejor.

 

III.

Llega un momento en la vida, dicen, en que una se replantea todo lo que ha hecho hasta entonces. Y tras ser perseguida por una monja arrepentida, mi momento de epifanía había llegado. ¿Qué significaba mi breve encuentro con esta sierva del Señor? El camino que ella escogió no había resultado como esperaba y ahora quería cambiar de rumbo. Todos tienen derecho a cambiar de opinión. Era justamente lo que yo debía hacer. Súbitamente recordé a Juanita: siempre tener un plan B bajo la manga.

Con el riesgo de ser recapturada, regresé a mi casa. Nadie me estaba esperando. Tal vez el hospital no me reportó, o yo era poco importante después de todo. Habían pasado más de ocho meses y lo que antes fuera mi hogar era hoy una ruina: ventanas rotas, puertas arrancadas de sus bisagras, polvo y telarañas por todas partes, unos pocos muebles enmohecidos, y un miembro de AA dormido plácidamente en una esquina tras su recaída. Aunque los agentes se habían llevado mis apuntes, gran parte de mi materia prima seguía en las alacenas. La empaqué en una mochila tratando de recordar la fórmula de la medicina y huí de mi casa para no volver, pensando en la monja y confiando en que Dios proveería un camino, para ella y para mí.

¿Querés que tu cura sea un éxito?”, preguntó una vocecita en mi cabeza (mi conciencia, asumo) cuando salía con mi mochila al hombro, sintiéndome perseguida quince años más tarde, me asomo por la ventana de mi oficina en el noveno piso. “Entonces”, continuó la vocecita, “hacé una enfermedad que amerite ese éxito”. Y así fue. Inicié una pequeña compañía, Plan Bioquímico Inc., y nació la enfermedad de la estereonucleosis. Ahora somos el mayor comercializador de su cura en el mundo (también ofrecemos otros productos farmacéuticos, pregunte por nuestro catálogo).

Entra mi secretaria sonándose la nariz; para su catarro, ingiere medicamentos de La Gran Familia Farmacéutica S.A., pero yo estoy sobre ellos ahora. Hace ya varios años que mi compañía refutó científicamente la creencia de que la propensión al catarro es genética. La estereonucleosis sí lo es.

[1] Aclaración de un observador omnisciente: en realidad salió sigilosamente por la puerta principal.

***
Este cuento está en Antes, que puede comprar aquí y aquí porque que nos lleve Judas no aplaca mi espíritu emprendedor. Quiero decir que esto es a propósito de la pandemia pero lo escribí hace tiempo y en ese entonces sabía todavía menos que hoy.

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