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Archivo del Autor: Ligia

El Playón.

El Playón es un campo de lava al norte de San Salvador. Metros y metros de grava negra yacen a las faldas de un volcán cuyo nombre original no recuerda nadie. En un día normal, el sol hace que aquello parezca una enorme parrilla. Aunque ahora este terreno forma parte de un área natural protegida, a finales de los setenta era un basurero de latas, de papel y de personas. Ahí iban a parar los desaparecidos por los Escuadrones de la Muerte, los cuerpos policiales y el Ejército.

El consejo que recibían quienes buscaban ahí a sus familiares era conseguir un vehículo de doble tracción y manejar sobre la carretera hasta ver los buitres. Ellos eran la señal para abandonar el pavimento y seguir sobre la grava hasta llegar a los cadáveres arrojados a la intemperie, sobre la piedra ardiente. Decenas de cuerpos eran abandonados como carroña, a merced del viento y del sol.

Desde mediados de los setenta, entre los huesos, los buitres y la grava, caminaban señoras buscando trozos de camisas, sombreros o zapatos que permitiesen identificar a quien salió de casa y nunca volvió. A veces les acompañaba un sacerdote de modos suaves y rostro sereno. Era Monseñor Óscar Romero, arzobispo de San Salvador desde febrero de 1977.

Su acompañamiento no terminaba ahí. Durante las misas de domingo en Catedral, transmitidas en vivo a través de la emisora del Arzobispado (la dictadura no la censuraba por ser voz de la Iglesia), Monseñor nombraba cada huelga suprimida, cada estudiante desaparecido, cada preso y asesinado por el aparato represor. Pedía por sus almas. Denunciaba la injusticia de su padecimiento. El monseñor que caminaba sobre la grava buscando muertos, acompañando a una madre, era el solaz de cientos, de miles, todos los domingos en misa.

Monseñor Óscar Romero: el pastor entre los buitres

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Décadas después.

(Gracias a Víctor por darnos jalón)

 

Orgullo.

– ¡Nos llamaron pervertidos!
– Bromley, es hora de una parte importante de tu educación. Levanten la mano en esta habitación si alguna vez los han insultado de esa manera. Ahora, hay una larga y honorable tradición en la comunidad gay, y nos ha mantenido a flote por un largo tiempo. Cuando alguien te lanza un insulto…¿cierto, Jonathan…?
– Cierto.
– …Lo tomás y te lo apropiás.

Aprovechando que hoy se celebra y conmemora el Día Internacional del Orgullo LGBT alrededor del mundo, recomiéndole la película “Pride“, sobre la historia real de activistas gay que se unieron para apoyar la huelga minera de 1984 en el Reino Unido. Y recuerde que se llama “matrimonio igualitario”, no “matrimonio homosexual”. Y que hay muchas personas no-heterosexuales que, antes de preocuparse por casarse, les preocupa no ser perseguidas o asesinadas sólo por no ser heterosexuales. Lea sobre Stonewall, lea sobre cómo, en El Salvador, el Batallón Bracamonte violó y asesinó a personas gay.  Piense, y sepa, que hay muchas maneras de ser humano.

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Amo esta foto <3 (Fuente)

 

En el puente.

Primero vi la foto, que mostraba un bulto en la acera de un viejo puente que conecta dos ciudades. El bulto era un perro atropellado. Luego lo vi en vivo la primera vez, desde el carril contrario a la acera: estaba sentado con el hocico apuntando al cielo y los ojos entrecerrados. Lo vi una segunda vez desde el carril contiguo: se había acostado con la mirada clavada en el horizonte. La tercera vez, por fin, llegué hasta él.

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¡Ahí está mi dedo!

Era un día frío y oscuro. El puente vibraba sin cesar y cada carro que pasaba era un atropello a punto de suceder. El panorama que tenía el perro no era mucho mejor. Había reptado hasta el borde del puente para alejarse del tráfico y tenía al río bajo sus patas. Un tren pasó por la zona en ese momento; el puente vibró más fuerte. La cabeza del perro se estremecía bajo mi mano. El tren, y más carros como puños que casi nos alcanzan, y peatones pasando de largo, quizá alguno resintiendo que se estuviera ayudando a un miserable perro ya paralítico, en lugar de ayudar personas (pero me aseguré, no había ninguna persona atropellada en el perímetro).

Es de agradecerle al Sr. Sepúlveda, quien una vez más prestó sus brazos (se prestó todo él) para sacar al perro del puente. Su condición no parecía muy diferente a la de Magda, patas delanteras rígidas y patas traseras inmóviles, y comencé a consolarme con que al menos este pobre perro no pasaría días agonizando, ni moriría, en un entorno tan aterrador. Los carros, la vibración, el ruido, la multitud que ignora, el frío y las nubes amenazantes.

Hace no mucho fui a un curso de primeros auxilios. En mi role play lo hice todo bien con mi compañero pero la señora aparentemente intoxicada terminó fracasando porque mucho CPR y lo que sea pero nunca llamamos a la ambulancia. Me acordé de eso en un episodio de Grey’s Anatomy de la última temporada -posible spoiler- donde muere un personaje importante. Este personaje, un médico, pasa casi toda la hora salvando gente. Pero no hizo lo que siempre debe hacerse lo antes posible en una emergencia, por más docto en medicina que uno sea. “¡Maje, andá llamá la ambulancia!” le gritaba yo todo el rato. Mi persona hervía de indignación ante tal chambonada.

No garantizo que yo sería capaz de actuar si surgiera una emergencia. Pero me acuerdo de los pasos, algo aprendí. Por eso -para volver a lo que nos ocupa-, cuando metimos al perro en el carro, lo arropé con una toalla que andaba en el carro precisamente gracias al curso. Y nos alejamos del puente justo a tiempo. Comenzó a llover.

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En la clínica veterinaria lo esperaban con una camilla, me enterneció mucho verlo en ella. Le hablamos bonito y lo examinaron; le sobé la cabeza y le matamos algunos bichos que hacían mandados sobre su lomo. Tenía cara de sabueso, era simpático y se dejaba querer. Se veía tristón -no triste- pero dígame si usted no lo estaría bajo semejantes condiciones. Bien cuidado hubiera sido un muchacho buen mozo; quién sabe si alguna vez fue bien cuidado. Se lo llevaron para tomarle radiografías y lo escuchamos aullar de dolor desde el fondo de la clínica. Su cuerpo ya no daba más.

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Me despedí de él; ni siquiera alcancé a ponerle nombre. Poco después lo durmieron. Me encomendaron encontrar donde enterrarlo porque era un perro grande y me sentí fracasar, como cuando fracasé con la señora hipotéticamente intoxicada.

Pero en eso aparecieron los papás de mi amiga veterinaria. Siempre hay un samaritano, dice mi señor padre. Se solidarizaron con el hecho de que yo no tengo donde caer muerta (ni perro que me ladre), y menos terrenitos para abonarlos con cada criatura que me encuentro cuando va de salida de este mundo cruel. Ellos se llevaron el cuerpo del perrito al campo para enterrarlo ahí.

 

Sentimiento y acontecimiento.

Sírvase aplicarlo a varias esquinas del contexto salvadoreño:

Recuerdo cuando Enrique Peña Nieto habló sobre Ayotzinapa y nos recomendó “seguir adelante” y “superar el momento de dolor” (citado por Vargas, 2014, p. 3).

[…] Ayotzinapa tan sólo sería un estado mental, un dolor, y como tal, podríamos y quizá también deberíamos deshacernos de él, superarlo, extraerlo de nuestra cabeza. Es lo que el expresidente Vicente Fox, con vocación de psicólogo, les ha recomendado a las madres de los 43 de Ayotzinapa, diciéndoles que “no pueden vivir eternamente con ese problema en su cabeza” (citado por Calvo Aguilar, 2015, párr. 2). ¡Pero el problema es precisamente que el problema no está en la cabeza!

¡La desaparición de los 43 no tuvo lugar en las cabezas de sus madres! No es en esas cabezas, en sus laberintos mentales y circunvoluciones cerebrales, en donde hay que buscar a los desaparecidos. No están ahí. Tampoco están ahí los muertos ni el desollado ni el tiradero de Cocula ni el Cártel de Los Pinos ni Peña Nieto ni los policías federales ni los demás presuntos asesinos. Todo esto no es un delirio ni una pesadilla. Es una realidad y se encuentra fuera de la cabeza de las madres de los 43.

[…] Aquello a lo que me refiero es algo que no puede formularse ni explicarse con facilidad mediante los recursos conceptuales de los que disponemos en el campo disciplinario psicológico. Ayotzinapa es lo que no se deja ni decir ni sentir, ni pensar ni olvidar, ni aceptar ni superar. Es aquello por lo que definitivamente no importa si estamos bien o somos felices. Es aquello insuperable del sujeto al que ofenderemos al pretender que puede superarlo. Es el dolor que intentamos aliviar y que mejor deberíamos respetar. Es aquello por lo cual ciertos duelos no deben terminar. Es aquello por lo que todos tenemos algo de melancólicos.

[…] Pero Ayotzinapa es también algo que no requiere curación individual, terapia o análisis, diván o consultorio, medicina o tratamiento clínico de cualquier otro orden, sino que exige combate por lo incurable, reconocimiento social del sufrimiento, acompañamiento en la protesta, movilización y manifestación, calle y barricada, organización colectiva y lucha social, memoria y constancia, perseverancia y esperanza, y sólo en el horizonte, al final de todo, siempre más allá, como única solución, la justicia y la verdad.

Ayotzinapa en la psicología: del sentimiento momentáneo al acontecimiento histórico
David Pavón-Cuellar

 

La rata Gonzala.

Cuando era un fracaso de pre-adolescente, llegué con mi familia a una cabaña. Durante la inspección del lugar, escuché que en una de las habitaciones había una rata con sus crías. Uno de mis hermanos la bautizó como La Rata Gonzala, y lo último que supe de ella fue que alguien había echado a sus crías por el inodoro. La piel se me erizó, y el estómago se me contrajo como si le hubiesen dado un puñetazo. Todavía hoy me siento culpable, en nombre de mis congéneres.

Años antes, o quizás años después de ese episodio -quién recuerda a estas alturas-, otro de mis hermanos llevó un ratón blanco a la casa. Él estaba estudiando psicología (ve que viene de familia) y el animalito era para ponerlo en una caja de Skinner y aprender sobre conductismo, que es una de las cosas más geniales de este mundo si uno lo aprende como se debe; y si no abusa de sus sujetos. Pero, en ese momento, cualquier explicación que mi hermano me hubiera dado sobre el ratoncito me entró por un oído y me salió por el otro. Lo único importante era que había un programa llamado Los Motorratones de Marte y que esta criaturita se parecía a uno de ellos. Yo era entonces una niña muy urgida por tener una mascota, un mamífero; tenía un perico pero él detestaba a la gente y con razón…se le pasó cuando lo sacamos de la jaula, ya ve. Hablando de eso, abrí la jaula para acariciar al ratón y me mordió el dedo.

Científicos del comportamiento han cuestionado el grado en que los animales no humanos tienen la capacidad de participar en la reciprocidad sin ser explotados por “tramposos” que se aprovechan de su amabilidad. Parece que esto es cognitivamente demandante, en términos de reunir los recuerdos de quién hizo qué y juzgar cómo responder. Los resultados recientes de Dolivo y Taborsky muestran que las ratas pueden recordar la calidad de la ayuda prestada y por cuál rata, y ajustar su comportamiento posterior con el fin de invertir más tiempo y energía en ayudar a aquellos que les ayudaron.

Estudio comportamental muestra que las ratas saben cómo pagar un favor

El conductismo, por cierto, se preocupa por la continuidad conductual entre especies. Sobre la empatía en mamíferos:

Un experimento que prueba si la empatía puede generar comportamiento en ratas ha encontrado que, cuando una rata seca observa a otra, atrapada en una cámara húmeda, la liberará de su jaula. No sólo estas ratas están dispuestas a ayudar a los demás, lo hacen más rápido si ellas mismas han sufrido anteriormente un remojo.

Memorias desagradables impulsan a ratas de laboratorio a rescatar compañeras empapadas más rápido

A veces hasta escogen la amistad por encima del chocolate, que es más de lo que se puede decir sobre algunas personas. O, mejor aun, primero salvan a su amigo y después comparten el chocolate.

Como chiste intradisciplinario, históricamente a la psicología se le ha criticado que las generalizaciones y búsqueda de principios universales parten realmente de un único grupo poblacional que ni por cerca es representativo: hombres jóvenes occidentales de raza blanca (oiga, y el concepto de “raza” ya está obsoleto, pero para seguir con la idea). En el discurso predominante en psicología, los sujetos son blancos, los investigadores son blancos, los pares evaluadores son blancos y…

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….hasta las ratas son blancas.

Sirva esta entrada para recordar a Gonzala y a todas las Gonzalas del mundo. No más ratoncitos neonatos lanzados al inodoro, y sí a su protección y mejora de condiciones laborales como entes de laboratorio porque ni modo, siguen siendo tal cosa; en psicología les debemos una barbaridad. Hágales el favor de evitar causarles daño a estos roedores cuando se encuentre con alguno. A lo mejor se lo pagan compartiendo un chocolate con usted.

 

Que sea útil.

Recuerdo cuando mataron a monseñor Romero. O no. Yo no había nacido y suelo decir que lo recuerdo. Existe, en efecto, la transmisión intergeneracional de la memoria. Son imágenes, experiencias vicarias y, sobre todo, significados. Recibí esas memorias en casa y “con los jesuitas”. De ahí saqué algo en qué creer y la tendencia a cuestionar eso en lo que creo. Lo que sobrevive a ese cuestionamiento es la fe.

Un mensaje que construye, que defiende, que dignifica…un mensaje así de importante requiere un mensajero comprometido para que sea útil. Esa es la lección y esa es la tarea. Eso es lo que celebramos y lo que debe quedar en la memoria.

Seis días después del crimen, Juana fue con su hijo al funeral de quien había sido el obispo de tantos pobres como ella y vio mutiplicarse la muerte entre los vivos. «Cuando estábamos acercándonos a la puerta de la catedral empezamos a oír disparos. Todo el mundo huyó. Había sangre, echamos a correr para refugiarnos y… pisábamos muertos…».

Y en eso Juana niega con la cabeza, mira al techo y suelta un chasquido de fastidio. Y se para.

Pero, de pronto, vuelve a nuestros ojos atentos y termina de encontrar los restos de su memoria. «Mi hijo venía conmigo al funeral. Pero cuando empezaron los tiros lo perdí de vista. Ese día mi hijo desapareció. No lo he vuelto a ver. Se lo llevaron. Enterrado no está, sólo Dios sabe dónde quedó».

Se llama Juana Portillo, tiene 86 años y fue asistenta de Oscar Arnulfo Romero durante los últimos cuatro años de vida del arzobispo más trascendente de América.

“Monseñor Romero sabía que lo iban a matar”

Déjeme pasarle a Ana para que se lo explique:

¿Por qué una persona no religiosa, casi atea, querría ir a un evento tan católico? Por esa sensación de colectividad de un mismo dolor reconocido. Esa victoria de la historia: que una institución que mucho tiempo lo ignoró, lo criticó, hoy esté reconociendo su legado. Personalmente no creo en los santos. Creo en las personas y en su papel en la historia […] No quisiera que ganáramos un mito y perdiéramos la historia.

Y via ex360, una joya de la memoria histórica:

Marissa d’Aubuisson recuerda otra escena: pocos días después de la muerte de monseñor Romero, comenzaron a circular los rumores de que Roberto d’Aubuisson había ordenado el asesinato.

Su hermana mayor decidió averiguarlo y confrontó al hermano paramilitar. “Roberto, dicen por ahí que vos tuviste algo que ver con la muerte de Romero”. El mayor D’Aubuisson respondió: “Mirá, mejor callate si no sabés, porque al que mató a ese hijueputa le van a hacer un monumento”.

(Así matamos a Monseñor Romero)

 

En vísperas de la Beatificación de Romero

Ligia:

Oiga:

Originalmente publicado en Ex360:

Oscar Romero está a punto de ser beatificado. Para poder sentarse tranquilamente y cómodamente bajo los canopis como una iglesia unida, se inventaron lo de “mártir por amor”. Esto es un poco simplista. Carlos Dada, se explaya sobre esto en el New Yorker:

La iglesia ha declarado que Romero fue asesinado a causa de su fe. Sin embargo los escuadrones de la muerte, los militares y los ricos que financiaron su muerte profesaban todos ser seguidores de Cristo. Algunos de ellos, aún vivos, son miembros activos de comunidades clericales, dan mucho dinero a organizaciones católicas conservadoras, mandan a sus hijos a escuelas católicas y no se pierden la misa dominical. Dicen que agradecen a Dios por todas sus posesiones (sin importar su corrupción, explotación de los pobres, represión, impunidad y su histórica posición como los dueños de hecho del Estado). Con fundamentos religiosos, se oponen firmemente al aborto, al…

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Publicado por en mayo 21, 2015 en Sin categoría

 
 
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