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Archivo del Autor: Ligia

Que sea útil.

Recuerdo cuando mataron a monseñor Romero. O no. Yo no había nacido y suelo decir que lo recuerdo. Existe, en efecto, la transmisión intergeneracional de la memoria. Son imágenes, experiencias vicarias y, sobre todo, significados. Recibí esas memorias en casa y “con los jesuitas”. De ahí saqué algo en qué creer y la tendencia a cuestionar eso en lo que creo. Lo que sobrevive a ese cuestionamiento es la fe.

Un mensaje que construye, que defiende, que dignifica…un mensaje así de importante requiere un mensajero comprometido para que sea útil. Esa es la lección y esa es la tarea. Eso es lo que celebramos y lo que debe quedar en la memoria.

Seis días después del crimen, Juana fue con su hijo al funeral de quien había sido el obispo de tantos pobres como ella y vio mutiplicarse la muerte entre los vivos. «Cuando estábamos acercándonos a la puerta de la catedral empezamos a oír disparos. Todo el mundo huyó. Había sangre, echamos a correr para refugiarnos y… pisábamos muertos…».

Y en eso Juana niega con la cabeza, mira al techo y suelta un chasquido de fastidio. Y se para.

Pero, de pronto, vuelve a nuestros ojos atentos y termina de encontrar los restos de su memoria. «Mi hijo venía conmigo al funeral. Pero cuando empezaron los tiros lo perdí de vista. Ese día mi hijo desapareció. No lo he vuelto a ver. Se lo llevaron. Enterrado no está, sólo Dios sabe dónde quedó».

Se llama Juana Portillo, tiene 86 años y fue asistenta de Oscar Arnulfo Romero durante los últimos cuatro años de vida del arzobispo más trascendente de América.

“Monseñor Romero sabía que lo iban a matar”

Déjeme pasarle a Ana para que se lo explique:

¿Por qué una persona no religiosa, casi atea, querría ir a un evento tan católico? Por esa sensación de colectividad de un mismo dolor reconocido. Esa victoria de la historia: que una institución que mucho tiempo lo ignoró, lo criticó, hoy esté reconociendo su legado. Personalmente no creo en los santos. Creo en las personas y en su papel en la historia […] No quisiera que ganáramos un mito y perdiéramos la historia.

Y via ex360, una joya de la memoria histórica:

Marissa d’Aubuisson recuerda otra escena: pocos días después de la muerte de monseñor Romero, comenzaron a circular los rumores de que Roberto d’Aubuisson había ordenado el asesinato.

Su hermana mayor decidió averiguarlo y confrontó al hermano paramilitar. “Roberto, dicen por ahí que vos tuviste algo que ver con la muerte de Romero”. El mayor D’Aubuisson respondió: “Mirá, mejor callate si no sabés, porque al que mató a ese hijueputa le van a hacer un monumento”.

(Así matamos a Monseñor Romero)

 

En vísperas de la Beatificación de Romero

Ligia:

Oiga:

Originalmente publicado en Ex360:

Oscar Romero está a punto de ser beatificado. Para poder sentarse tranquilamente y cómodamente bajo los canopis como una iglesia unida, se inventaron lo de “mártir por amor”. Esto es un poco simplista. Carlos Dada, se explaya sobre esto en el New Yorker:

La iglesia ha declarado que Romero fue asesinado a causa de su fe. Sin embargo los escuadrones de la muerte, los militares y los ricos que financiaron su muerte profesaban todos ser seguidores de Cristo. Algunos de ellos, aún vivos, son miembros activos de comunidades clericales, dan mucho dinero a organizaciones católicas conservadoras, mandan a sus hijos a escuelas católicas y no se pierden la misa dominical. Dicen que agradecen a Dios por todas sus posesiones (sin importar su corrupción, explotación de los pobres, represión, impunidad y su histórica posición como los dueños de hecho del Estado). Con fundamentos religiosos, se oponen firmemente al aborto, al…

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Publicado por en mayo 21, 2015 en Sin categoría

 

“Un hombre no puede ser feminista”.

A veces escucho que un hombre no puede ser feminista. Bajo la misma lógica, habría que decir que una mujer no puede ser machista. Al contrario, es de las cosas que más les gusta destacar a algunas personas cuando se busca señalar culpables en el tema de género.

Décadas y décadas de estudios sobre el sexismo ambivalente empaquetadas en un doloroso estado de Facebook.

Una manera de pensar, cualquier manera de ver y de proyectar el mundo, no se vincula inherente y mágicamente a una condición biológica-sexual. Uno, como parte de una categoría social, puede tener valores y principios compartidos con otros grupos sociales, aunque las vivencias no sean las mismas. Sobre todo cuando resulta que estos valores y principios también le afectan y le conciernen directamente. Y en este caso, si uno quiere, puede.

 

“Amundsen” (fragmento).

“Vamos a Huntsville.

Ir a Huntsville: la clave de que nos casamos.

Ha empezado el día que sin duda recordaré toda la vida. Llevo mi vestido de crespón verde recién sacado de la tintorería y enrollado con esmero en mi pequeño bolso de viaje. Mi abuela me enseñó que el truco para que la ropa no se arrugue es enrollarla bien prieta en lugar de doblarla. Supongo que me tendré que cambiar en algún lavabo. Voy mirando las veras del camino por si hubiera alguna flor silvestre temprana con la que hacerme un ramo. ¿Me pondría objeciones a que llevara ramo? Aún es pronto para las caléndulas, de todos modos. Por la carretera serpenteante desierta no se ven más que píceas negras raquíticas, islotes de enebro invasor y tremedales. Y como una cuchillada corta la carretera un amasijo de esas rocas que ya me parecen familiares, hierro ensangrentado entre lajas de granito.

La radio del coche está encendida y suena una música triunfal, porque los Aliados se acercan cada vez más a Berlín. Alister, el doctor Fox, dice que se están retrasando para dejar que los rusos entren primero. Y que luego lo lamentarán.

Ahora que estamos lejos de Amundsen, me doy cuenta de que puedo llamarlo Alisten. Es el trayecto más largo que hemos hecho, me excitan su indiferencia viril, ahora que sé con qué rapidez puede darse un vuelco, y la despreocupación y la habilidad con que conduce. Aunque jamás se me ocurriría reconocerlo, me parece excitante que sea cirujano. Creo que ahora mismo podría ofrecerme a él en cualquier tremedal o agujero cenagoso, o dejar que me aplastara la columna vertebral contra cualquier roca a la vera del camino, si exigiera un encuentro vertical. Sé también que esos sentimientos debo reservarlos para mí.

Me concentro en el futuro. Espero que en Huntsville encontremos a un cura y que nos case en un salón modesto, aunque con una elegancia parecida al salón de mis abuelos y los salones que he conocido toda la vida. Recuerdo que la gente seguía acudiendo a mi abuelo con propósitos matrimoniales incluso después de que se retirara. Mi abuela se ponía un poco de colorete y sacaba la chaqueta azul marino de raso que guardaba para hacer de testigo en tales ocasiones.

Descubro, sin embargo, que hay otras maneras de casarse, y otra aversión de mi futuro esposo en la que no se me había ocurrido pensar. No quiere tener nada que ver con los curas. En el ayuntamiento de Huntsville rellenamos los formularios, donde se da fe de que ambos somos solteros, y concertamos cita para que nos case el juez de paz ese mismo día.

Hora de comer. Alister se para frente a un restaurante que podría ser un primo hermano de la cafetería de Amundsen.

—¿Te va bien aquí?

Al verme la cara cambia de opinión.

—¿No? —pregunta—. De acuerdo.

Acabamos almorzando en el gélido comedor de una de las casas de comidas más refinadas que anuncian platos de pollo. Los platos están helados, no hay más comensales, ni música de fondo, solo el tintineo de nuestros cubiertos mientras tratamos de despiezar el pollo correoso. Seguro que piensa que nos hubiera ido mejor en el restaurante que sugería él.

A pesar de todo tengo el valor de preguntar por el lavabo de señoras, y allí, venciendo un aire aún más frío que el del comedor, sacudo mi vestido verde, me lo pongo, me retoco el pintalabios y me arreglo el pelo.

Cuando salgo, Alister se levanta para recibirme, sonríe al estrecharme la mano y dice que estoy preciosa.
Volvemos al coche caminando de la mano, entumecidos. Me abre la puerta, se monta por el otro lado y se acomoda para arrancar el coche. Aun así, no llega a darle al contacto.

El coche está aparcado delante de una ferretería. Se venden palas de quitar la nieve a mitad de precio. En el escaparate sigue colgado el cartel de que allí se afilan patines.

Al otro lado de la calle hay una casa de madera pintada de un amarillo aceitoso. Los escalones de la entrada no deben de ser seguros, porque dos tablones clavados en forma de equis impiden el paso.

El camión aparcado delante del coche de Alister es de un modelo de antes de la guerra, con un estribo y una franja de óxido en el guardabarros. Un hombre con peto de trabajo sale de la ferretería y se monta en el vehículo. El motor arranca quejumbroso y, tras varios traqueteos y saltos, el camión se aleja. Llega una camioneta de reparto con el nombre del establecimiento en letras impresas y aparca en el hueco libre. Al ver que le falta espacio, el conductor se baja y da unos golpecitos en la ventanilla de Alister. Alister se sorprende: si no hubiera estado tan enfrascado hablando, habría reparado en el problema. Baja la ventanilla y el hombre pregunta si hemos aparcado para comprar en la tienda. Si no, ¿podríamos mover el coche?

—Nos vamos —dice Alister, el hombre sentado a mi lado que iba a casarse conmigo pero ya no va a casarse—. Ya nos íbamos.
Ha hablado en plural. Por un instante me aferró a ese «nosotros» implícito, hasta que me doy cuenta de que es la última vez. La última vez que hablará de mí y de él en plural.

No es el «nosotros» lo que importa, no es eso lo que me revela la verdad. Es el tono de hombre a hombre con que se dirige al conductor del camión, la disculpa serena y razonable latente de su voz. En ese momento deseé volver a lo que estaba diciendo antes, cuando ni siquiera había reparado en la camioneta que quería aparcar. Aunque lo que decía era terrible, en la firmeza con que agarraba el volante, en la firmeza y en la vehemencia y en su voz había dolor. Más allá de lo que dijera o lo que quisiera expresar, en ese momento hablaba desde las mismas honduras que cuando estuvo en la cama conmigo. Después de hablar con el otro hombre, ya no. Sube la ventanilla y se concentra en sacar el coche del espacio angosto sin rozar la camioneta.

Y, apenas un momento después, me alegraría incluso de volver a ese instante, cuando alargó el cuello para mirar atrás. Mejor eso que conducir como conduce ahora, por la calle principal de Huntsville, como si no hubiera más que decir ni nada que arreglar.

No puedo, ha dicho.

Ha dicho que no puede seguir adelante. No puede explicarlo.

Solo que es una equivocación.

Pienso que nunca podré volver a ver eses con florituras como las del cartel de «Se afilan cuchillas» sin oír su voz. O tablones clavados toscamente en forma de equis como los que atraviesan la escalinata de la casa amarilla, enfrente de la tienda.

—Voy a llevarte a la estación. Te compraré un billete a Toronto. Estoy seguro de que hay un tren a Toronto a última hora de la tarde. Se me ocurrirá alguna historia verosímil y haré que alguien se ocupe de recoger tus cosas. Tendrás que darme tu dirección de Toronto, porque me parece que no la guardé. Ah, y te escribiré una carta de recomendación. Has hecho un buen trabajo. De todos modos no hubieras acabado el curso… No te lo había dicho, pero van a trasladar a los niños. Se avecinan grandes cambios.

Habla con un tono distinto, próximo a la alegría. Un alivio casi bullicioso. Se esfuerza por ocultarlo, quiere contener el alivio hasta que me haya ido.

Miro las calles con la sensación de que me llevan al matadero. Aún no. Aún falta un poco. Aún no he oído su voz por última vez. Aún no.

Conoce el camino. Me pregunto en voz alta a cuántas chicas ha dejado antes en un tren.

—Vamos, no seas así —dice.

Con cada curva siento que me arrancan la vida a pedazos”.

Amundsen, Alice Munro.

 
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Publicado por en mayo 17, 2015 en Artículos y lecturas, Jue!

 

Papases y mamases.

Con eso que la señora Evangelina es la voz de varios Pedritos(¿?) que no nacieron porque El Salvador es, efectivamente, El Salvador, recordé algunas entradas que tengo por ahí. Padres y madres que hablan a, y de sus hijas, que crecen en un mundo poco o nada tolerante.

Como dice el autor(¡!) del texto en el segundo link, es caso perdido querer cambiar mentes tan cerradas y sin compasión. Pero oiga, a lo mejor usted y yo todavía tenemos esperanza. Quizás usted preguntará que qué tiene que ver la tierna y flageladora carta de la señora Evangelina con lo que dicen las personas a continuación…todavía tenemos esperanza, dije.

(Va’pasar a disculpar pero que no le desaliente que se refieran a “hijas”, a los hijos también les compete esto, y muchas otras cosas. Llegué a estas lecturas por casualidad, sin buscarlas, y lo que pongo es traducción mía).

Una mamá:

“- ¿Cómo le permitiste a tu hija que se cortara todo el cabello?
– Ella quería cortárselo. Le encanta así.
– ¿Pero no te importa cómo reaccionarán los demás? ¿No te importa que sea vea rara?
– A ella no le importa y es a ella a quien debe importarle. Además, pienso que se ve linda.
– Pero sos su madre…podés decirle que no.

[…] A quienes cuestionan mis habilidades parentales, usualmente trato de explicar que no siempre ha sido tan sencillo para mi o para mi esposo. Cuando hablo con quienes piensan que debería ser más estricta con eso de permitirle ser quien es ella, digo, ‘¿no creés que sería más fácil para mi, para todos los involucrados, si ella simplemente se conformara con lo que tiene que ser?”. Eso pasa con la conformidad: tiende a dejar todos cómodos.

[…] Sí, como padres debemos criar. Debemos tomar decisiones que mantendrán a nuestros hijos seguros y felices. Pero, como padres, a veces debemos superar nuestras propias inseguridades sobre lo que los otros dirán, y admitir que el miedo a que nos juzguen es una gran parte de nuestra incomodidad. Si su hijo o hija quiere hacer algo que parece salirse de los límites habituales del género, pregúntese cuál es el verdadero problema. ¿Tiene miedo de cómo serán las cosas para su hijo? ¿O tiene miedo de cómo se verá para otros adultos que cuestionan sus decisiones? Mi hija no está influenciada por otros y, al menos por el momento, no sucumbe a la presión de pares…en lugar de eso, prefiere ir a su ritmo. Para ella, eso significa vestir un esmoquin en su recital de violín y cortarse el pelo al rape (y ninguna de esas cosas lastima a nadie). Para ella significa tomar decisiones que significan algo para ella y su identidad. Yo simplemente no puedo quitarle eso.

[…] En respuesta a la pregunta ‘¿por qué se lo permito?’ respondo ‘porque ella es una persona […] Porque quiero que sepa que cómo ella se siente consigo mismo y con todas las cosas que le gustan no es, de ninguna manera, malo'”.

***
Un papá:

“[Las “10 reglas para salir con mi hija”] se reducen al tedioso ‘Los chicos son charlatanes amenazantes, el sexo es terrible cuando otra gente lo hace, y mi hija es una muñeca cuyo destino yo controlo’.

Yo amo el sexo, Es divertido. Y como amo a mi hija, quiero que disfrute todas las delicias de la vida que yo, ojalá más. No quiero saber los detalles porque, demonios, no quiero esas imágenes más que mi hija quiere las mías. Pero en lo abstracto, querida, andá y pasala bien.

Porque el sexo consensuado no es algo que los hombres te quitan; es algo que das. No te hace menos darle placer a alguien más. No te degrada sentir placer propio. Y cualquier que diga lo contrario es alguien que probablemente, en el fondo, tiene una opinión muy pobre de las mujeres.

[…] No sos yo. No sos una extensión de mi voluntad […] No soy el guardia que te encierra en una torre. Idealmente, soy el espacio seguro de mi hija, un jardín al cual volver cuando el mundo ha probado ser muy cruel, un lugar donde ella puede recuperarse y reflexionar sobre sus errores y saber que, aquí, hay alguien que la ama con todo su corazón y la abrazará hasta que las lágrimas se sequen”.

(También recomiéndole 10 cosas que planeo decirle a mi hija sobre sexo que no son tonterías sobre pureza).

 
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Publicado por en mayo 15, 2015 en Artículos y lecturas, Personitas, XX, XY

 

Con zapatos de tacón *se tuerce el tobillo*

No puedo con los zapatos de tacón. Concedo lo de la estética pero luego pienso en el concepto de posición de estrés, colocar al cuerpo o partes de él en posiciones que no son habituales por tiempo prolongado es una tortura. Pero también, para no trivializar la tortura, me quedo con que son horrendamente imprácticos e inútiles. Más bien, inutilizan a quien los usa. Más bien, me inutilizan a mí. Hay mucha gente que puede usarlos todo el día y para casi cualquier tarea como si nada, y lo hacen ver tan fácil. Que se derramen abundantes bendiciones sobre esta gente.

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Fuck Yeah Jarvis Cocker.

Los zapatos con tacón originalmente eran para andar a caballo (más bien, para poder cabalgar y usar armas al mismo tiempo), y luego se utilizaron para distinguirse como aristócrata: zapatos de tacón alto significaban que alguien no tenía que caminar o trabajar mucho. Hasta que su uso se fue extendiendo a ambos géneros y llegó a considerarse que ese calzado daba un aspecto afeminado. Así, dejó de ser símbolo de poder y pasó a ser símbolo de erotismo, gracias en parte a la pornografía. Puede que conozca gente que nunca usaría tacones pero desea fervientemente que otras personas sí lo hagan; no es magia, es conductismo (y otras cosas asociadas dentro de esa caja negra que es la mente humana).

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Por qué se consideraría que el zapato rojo es adecuado para usarse por un día entero, cuantimás si hay que caminar de un lado a otro, es de las cosas que me hacen entrecerrar los ojos cuando veo a mi especie (por el párrafo de arriba; no aplica a individuos, cada quien se viste como le acomoda, vedá).

Y ya que estamos hablando de esto:

Vi a alguien en Facebook que puso esta imagen y la tomó literal. La crítica le pasó volando sobre la cabeza y creyó que estaban aleccionando a las mujeres sobre cómo debía vestirse y cómo no y las consecuencias de ello. Volví a entrecerrar los ojos. Esa gente da miedito.

La feminidad no significa obedecer una regla única y sencilla. En lugar de eso, tiene que ver con ocupar y viajar a través de cierto espacio. En este caso, usualmente entre “apropiado” y “coqueto”. Las mujeres tienen que estar pendientes constantemente de en qué espacio se supone que están. Demasiada coquetería en el trabajo y no la tomarán en serio; demasiado apropiada en un bar y se convierte en invisible. Bajo las circunstancias correctas (p.e. Halloween, un funeral), usted puede ser “atrevida” o “conservadora”.

Lo segundo que me gusta de la imagen [arriba] es la forma en que muestra que hay un precio significativo que pagar si una se equivoca. No es sólo un desatino. Una vez usted está “pidiéndolo” [“asking for it”], puede convertirse en blanco. Una vez que alcanza “mojigata”  [“prudish”], se convierte en socialmente irrelevante. Tanto la violencia como la marginación social tienen consecuencias serias.

Ciertamente, ¡por esto las mujeres tienen tanta ropa! Necesitamos una falda negra para todo propósito que sea conversadora, otra que sea apropiada, otra que sea coqueta…al menos…todo en casual, de negocios y formal. Y necesitamos tacones que vayan con cada uno (stilettos = provocativo, tacones altos = sugestivo, tacones bajos  = apropiado, etc, además que se necesitan zapatillas para el aire libre, eventos en la playa, etc.). Y necesitamos pantalones de longitud justa para cada uno de estos zapatos. No se pueden usar zapatos negros con pantalones azul marino, así que debe conseguirse el doble de estas cosas para tener variedad en el guardarropa. Podría continuar, pero usted entiende.

Los closets de las mujeres usualmente son blanco de burla como forma de auto-indulgencia, por compras compulsivas o narcisismo. Pero esto no es justo. En lugar de eso, si una mujer tiene un nivel socioeconómico suficientemente privilegiado, pueden reflejar una comprensión (a veces inarticulada) de qué tan complicadas son las reglas. Si no tiene ese nivel de privilegio, no puede seguir las reglas y es amonestada, por ejemplo, por ser “corriente/vulgar” o “poco profesional”. Es un trabajo difícil que se impone a las mujeres y con frecuencia es malo si lo hacen y malo si no lo hacen.

El acto de equilibrio de ser mujer: o por qué tenemos tanta ropa.

Y hay personas que tienen mucha ropa y zapatos porque le gusta, y bien por ellas. Y sí hay un momento para vestirse de una manera y no de otra. Y uno puede gozar vestirse de distintas maneras, para disfrazarse o para mostrarse tal como es. Y sí, también, uno puedo obviar un tanto esta presión social (a veces presente aun sin que haya gente alrededor), especialmente si se codea con gente de gustos afines. La moraleja es que hay que entender que uno se expresa a través de lo que viste; uno tiene sus estándares, individuales y compartidos, y a la vez  hay que ser y dejar ser. Yo termino diciendo “no tengo que ponerme”, a pesar de tener un closet decentón, porque tengo ropa “por si acaso” que no sería mi primera opción, pero también todavía siento suficiente vergüenza social como para evitar parecer fotografía, vestida todos los días con el mismo tipo de ropa que es el que le habla a mi alma.

Por último, encontré una comparación (?) entre estrellas porno y celebridades en un evento más o menos irrelevante. Yo tengo un vestido como el de la actriz porno del centro, con un poco menos de escote y maldito strapless. Me incomoda mucho usarlo pero me ha hecho calzar a la perfección en eventos sociales. ¿Se supone que me ofenda? ¿Se supone que ella no es persona? Efectivamente hay alguien fuera de lugar en esta situación, y no es ninguna de las personas que está usando vestido.

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Aprendizajes a partir de lo innombrable.

La palabra con la que llamamos a algo tiene poder. Mate un hombre, por ejemplo, y 12 jurados le llamarán asesino. Mate un millón y sus compatriotas pueden llamarle líder.

Poniéndole nombre a la peor cosa imaginable

En 1994 ocurrió el genocidio de Ruanda, la búsqueda de la aniquilación total de los tutsis por partes de los hutus. Fue una masacre de un millón de personas. Líderes políticos alentaron al asesinato entre vecinos, literalmente; ambos grupos vivían en los mismos lugares y ser de uno de otro no implicaba ninguna característica visible. El término genocidio surgió en 1943, gracias a Raphael Lemkin, poco después de que había ocurrido uno, aunque no sería el primero ni el último (por cierto, el año pasado, la Radio Mil Colinas, la misma que alentó a las matanzas en Ruanda, llamó a la “limpieza étnica” en Sudán del Sur. Y hubo gente que escuchó. Llame usted a alguien “cucaracha” y el resto es cuesta abajo).

El asunto es que el accionar de Ruanda tras el genocidio es ejemplar, con una serie de lecciones para dar respuestas justas a esta clase de crímenes, a las que ciertos países deberían estar poniendo atención. En primer lugar, llevaron a juicio a los responsables. Llevaron a juicio a los responsables, dije. Pero eran demasiados y el sistema de justicia colapsaba, al punto que hubiera llevado generaciones el presentar ante la justicia a todos los sospechosos. Además, ese fue sólo el primer paso para reparar las relaciones sociales.

Las sanciones punitivas van de la mano con las restaurativas. Entre vecinos, los perpetradores debían pagar a sus víctimas si hubo daño de propiedad, o realizar servicio comunitario, y sobre todo, debían pedir perdón. Puede que este sistema de justicia basado en la comunidad tenga limitaciones importantes pero, con todo, se hizo justicia. Para el 2013, se esperaba que Ruanda lograra cumplir las Metas de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas, que en otras palabras significa que no son cualquier cincueyuca.

No todas las historias terminan mal en Ruanda. Surcar el país de las mil colinas es encontrar una sucesión de relatos increíbles sobre cómo un pueblo fue capaz de lamerse las heridas tras una degollina sin precedentes: cuentan que hay un equipo ciclista, el Team Rwanda, que ha unido las fuerzas de hutus y tutsis y que hoy es el mejor de África. Cuentan que la emisora nacional, heredera de la radio Mil Colinas, cómplice de la difusión de la ideología genocida, ofrece hoy una exitosa radionovela que basa su argumento en el perdón y el diálogo. Cuentan que, en 1994 un asesino hutu entró en casa de una mujer tutsi en Kigali, la hirió de un machetazo en la pierna y mató a su marido y a su hijo. Años después, cuando salió de la cárcel, pasó por aquella casa de barro para pedir perdón, vio a la viuda casi inválida, se apiadó de ella y comenzó a cuidarla. Poco después se enamoraron y hoy son marido y mujer. Y también nos cuentan que hay un matrimonio formado por la hija de un genocida y el hijo del hombre al que mató. Estos últimos nos invitan a su casa para conocer su experiencia.

Lo que el amor unió ya no lo separa el machete

Si uno no habla de esto, o si trata de disminuirse la importancia de estos crímenes, o justificar que se hayan cometido, la memoria se altera. No, en serio: justificar atrocidades altera la memoria. Por eso no es extraño que el pobrecito Sigifredo Ochoa Pérez, criminal de guerra, diga “yo no recuerdo ninguna masacre” y posiblemente se la crea. Qué desgracia no tener conciencia de los propios actos. Pero para eso están los procesos de justicia, los poquísimos-casi nulos que hay pero que hay al fin: para confirmarle que, en efecto, él estuvo involucrado en masacres.

Antes de Ruanda, Guatemala, Alemania, y otros que quizás ni usted ni yo conocemos, hubo otros genocidios y holocaustos. En abril se conmemoró los 100 años del genocidio armenio, con 1.5 millones de personas asesinadas:

El brutal traslado de la población armenia a los campos de concentración, su ubicación en una zona desértica y el desarrollo de la Primera Guerra Mundial, ayudó a crear el momento propicio para su eliminación física. Aunque los historiadores turcos rebaten las cifras, se calcula que murió un millón y medio de armenios residentes en el Imperio, de un total de dos millones. También fue destruido el 95% del patrimonio cultural armenio, donde se incluyen preferentemente 2.500 iglesias y 1.500 colegios, sufriendo destrucción más de 25.000 aldeas y 66 ciudades.

El primer genocidio del siglo XX

Y en India:

La Hambruna de 1943-44 en Bengala debe considerarse el mayor desastre en el subcontinente en el siglo XX. Cerca de 4 millones de indios murieron por una hambruna artificial creada por el gobierno británico, y sin embargo no recibe más que una breve mención en los libros de historia indios. A Adolf Hitler y sus cohortes nazi les llevó 12 años juntar y asesinar a 6 millones de judíos, pero sus primos teutónicos, los británicos, se las arreglaron para matar casi 4 millones de indios en sólo un año, con el Primer Ministro Winston Churchill alentando desde los márgenes. El bioquímico australiano Dr. Gideon Polya ha llamado a la Hambruna de Bengala “un holocausto creado por el hombre”, porque las políticas de Churchill fueron directamente responsables del desastre.

Bengala tuvo una cosecha abundante en 1942, pero los británicos comenzaron a desviar vastas cantidades de granos de la India a Gran Bretaña, contribuyendo a una masiva escasez de alimentos en las áreas que en el presente componen Bengala Occidental, Odisha, Bihar y Bangladesh. La autora Madhusree Mukerjee localizó a algunos de los sobrevivientes y pinta una imagen escalofriante de los efectos del hambre y la carencia. En “Churchill’s Secret War”, ella escribe: “Los padres tiraban a sus hijos famélicos en ríos y pozos. Muchos se quitaron la vida tirándose frente a trenes. Gente muriendo de hambre rogaba por el agua en la que se había hervido arroz. Los niños comían hojas y enredaderas, tallos y césped. La gente incluso estaba demasiado débil para cremar a sus seres queridos.

Recordando el Holocausto olvidado de la India.

Como pie de página:

Oiga, la gente es multidimensional, así que deje de fruncir la nariz. Además de que la naturaleza del programa y sus protagonistas es fascinante, para mí tiene puntos adicionales. Kim Kardashian reportó tener psoriasis, y alguien que sepa de psicosomática y de la dinámica de esa familia carente de límites en las primeras temporadas levantará los brazos y gritará “eureka”. Luego, está un miembro de la familia, Bruce Jenner, campeón olímpico de antaño, que hace poco se declaró mujer transexual, y lo ha hecho en pleno proceso de transición (recomiéndole ver la entrevista que Jenner dio el pasado 24 de abril)…otra razón para levantar los brazos y hoy gritar “fantástico”. Y por último, un par de Kardashians estuvo hace poco en Armenia, de donde proviene su familia, conmemorando…mire, ve, el genocidio del que le hablaba antes.

De todo se puede aprender algo. No sea como don Sigifredo y el país que lo cobija, una memoria atrofiada genera acciones chuecas.

Relacionado/recomendado:
¿Por qué todavía es difícil prevenir el genocidio? Por la misma razón que a la gente le importa poco o nada que mueran ahogadas 700 personas mientras huyen de conflictos en sus países. “Todo fracaso para apreciar correctamente [el genocidio de Ruanda] provino de debilidades políticas, morales e imaginativas, no informativas”.
El genocidio de indígenas en el sur de Chile que la historia oficial intentó ocultar. Otros que le hacen competencia a Hitler, en pleno siglo diecinue…¡veinte! ¡Veintiuno!

 
 
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