Más REINO UNIDO

Visitante en tu propia casa

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 22 de febrero de 2018.

Tenía año y medio de no poner pie en mi país, El Salvador. Los días previos al viaje los pasé marinando en ansiedad: faltaban cinco días para mi vuelo y la maleta ya estaba lista, o me despertaba a media noche y no podía volver a dormir. La ansiedad no era impaciencia ni alegría por ir, pero tampoco era que no quería ir. Sentía ambivalencia. Fuera de reencontrarme con gente que quiero y poder comer mango verde, no me habría importado quedarme en mi foster home que es Inglaterra. Me esperaba un viaje largo hacia un lugar que se reportó en el top 10 de los países más felices del mundo según una encuesta Gallup del 2015, a la vez que ocupa una posición similar en los rankings de los países más violentos. Eso explica mi ambivalencia.

Vivir fuera de mi país, en el Reino Unido, me malacostumbró a sentirme segura. Qué sensación más extraña la de no tener paranoia, la de no sentir profunda desconfianza por el prójimo, la de saber que no me van a arrebatar la cartera en la calle o que un desconocido me gritará un “piropo” que nadie le pidió, seguido de un contundente insulto cuando yo no le agradezca ese piropo. No digo que estas cosas no pasen fuera de mi país; como dice mi hermano, la gente es gente en todos lados. Pero hay niveles, pues. Años de estar fuera de El Salvador y ver que las cosas podían ser distintas me volvieron menos tolerante y menos capaz de navegar un entorno tan hostil, y eso que yo ya era intolerante y torpe cuando vivía en él.

Con todo esto en mente, aterricé en mi país, después de un vuelo en el que la señora en el asiento a la par me contó su ruta de viaje y la vida de su hijo que estudiaba en Canadá. ¿Es malinchismo querer que una persona desconocida no te cuente su vida cuando uno lleva 22 horas viajando? Que alguien haga eso en el avión es señal de que uno se acerca a Centro América y ni los libros, los audífonos, ni estar honestamente durmiendo parece ser razón suficiente para que te dejen en paz. Pero decía, aterricé. También ya me había malacostumbrado a que no hubiese nadie que me fuera a dejar o a traer a aeropuertos. Agradecí el gesto de que hubiera un grupito esperándome, pero a esas alturas del viaje yo ya no era persona y me urgía el aislamiento.

Se supone que el propósito de volver al país de origen es ver a “mi gente”. Pero no es cierto que cuando estoy en mi país estoy de vacaciones, porque no es descanso tratar de quedar bien con todo el mundo. No se me malentienda, tengo una larga lista de personas con las que querría ir a tomar un café y saber cómo están, pero el tiempo es limitado y la familia es prioridad. Mi familia por sí sola, además, es un país pequeño. Termino disculpándome con amistades porque no me dio el tiempo para verles, o porque ni siquiera le avisé que estaba en el país (cognitivamente, sé que no le debo explicaciones a nadie, pero mi Súper Yo es imponente y el afecto a veces conlleva cierto sentido del deber). O termino haciendo el esfuerzo emocional de conversar con quien se tomó la molestia de ir por mí e invitarme a comer, cuando yo preferiría sentarme al fondo del frondoso jardín de mi casa, donde está enterrada la Rana, mi socia canina de mi adolescencia, y ser una planta más. No es queja, es bonito que te quieran tanto, es solo que mi tiempo y mi energía social son muy limitados.

En cualquier caso, mi meta en este viaje era pasar tiempo con mi familia, y logré mucho más que eso. Algo que me gusta de Inglaterra es que mantienen presentes sus historias de diversas maneras, eso es algo que yo veía con cierta envidia. Esto, y que el color de mi piel fuera motivo de elogio(!) cuando vivía en mi país, me hizo preguntarme, en buen salvadoreño, qué ondas aquí. Resultó que un tío llevaba décadas trabajando en el árbol genealógico de la familia, y de eso y otras fuentes, descubrí que desciendo, por un lado, de un cura español(!) e hijos ilegítimos que tomaron el apellido materno y, por otro, terratenientes que perdieron un significativo trozo de la superficie nacional por andar de picarones. Estos descubrimientos trajeron indescriptible gozo a mi alma.

Llegué a un país distinto del que veo a la distancia en las noticias, el de los 15 asesinatos diarios. El Salvador no es un país pobre, pasa que sufre una horrenda desigualdad social. Me sentí parte de la upper class, no porque mi familia sea una de grandes recursos, sino porque los espacios públicos están construidos para reforzar la impresión de que son exclusivos; son excluyentes, en realidad, pero se presentan como exclusivos. No toda la gente puede acceder a esos espacios. Quienes podemos, vemos una cara más “próspera” del país, con opulentos centros comerciales y edificios de apartamentos donde antes había ecosistemas protegidos porque qué estorbo son para la vida los árboles y la fauna que los habita.

Lejos de esa cara opulenta, o más bien como parte de ella, la realidad del país exige portones cerrados y muros con alambres razor, guardias con fusiles en cada esquina, y estar a la expectativa de que el motociclista que se ve por el retrovisor del carro puede ser un asaltante (asumiendo que uno tiene un espejo retrovisor, y por ende un carro, y hay que tenerlo porque andar en bus y a pie también es peligroso). Un amigo confrontó mi paranoia, cuando se acercaba mi viaje, diciéndome que lo peor de la violencia ocurría en los sectores socioeconómicos más bajos. Eso me ayudó. Las pandillas ya aparecieron en mi muy clasemediero vecindario pero en este país, como consuelo y perspectiva, siempre hay alguien mucho más jodido que uno y hay que saber reconocer los privilegios propios.

La paranoia con la que llegué a mi país no pasó a más (la paranoia no es por gusto en El Salvador; como diría un célebre psicólogo social, es una respuesta normal a la situación anormal que se vive cotidianamente). Hizo viento del bueno y sentí un poquito de cariño al recorrer de nuevo lugares que alguna vez fueron parte de mi día a día, a pesar del deterioro físico, el bestial tráfico, lo pasivo-agresivo o meramente-agresivo de las interacciones sociales. Lamento no poder hablar de mi país como lo pintan las campañas internas sobre paisajes y valores, pero es que no es un sitio agradable para vivir, aun cuando uno puede encontrarse lugares bonitos y gente amable. Desearía que fuera un país vivible, pero sus problemas específicos, como los de cualquier otro país, son complejísimos y resolverlos requiere tiempo, voluntad, recursos, conocimientos, cosas en las que nadie parece estar dispuesto a invertir. Este país es mi casa, no dejo de sentirlo como tal, pero también es como un pariente bien intencionado pero irreflexivo a quien es mejor hacerle una visita breve.

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Género, Personitas, Psicología

Recomendaciones de películas con temas LGBTI+

Hoy que es el Día Internacional del Orgullo LGBT+, y aprovechando que mi modus vivendi incluye examinar la representación LGBT+ en obras de ficción, tráigole algunas recomendaciones al respecto. Hace ratos quería hacerlo pero la entrada no pasaba de borrador.

Hoy que la revista Factum publicó una lista de 16 películas para celebrar las siglas LGBT+ (algunas que me quedan de tarea y otras que yo dejaría fuera de una lista de esta naturaleza), pienso que ya debería sacar la mía, aunque me dé rasquín lo poco exhaustiva que es. Aparte que no tiene nada que represente el signo más que sigue a la T. Voy a tomar prestada la idea de esa lista, ir letra por letra, para ordenar las recomendaciones. Las sinopsis vienen del sitio IMDB porque de verdad tengo otras cosas que hacer.

Mire, por mi ubicación actual, casi todo está en inglés y sin subtítulos. Va’pasar a disculpar pero, francamente, con este post ya le hice buena parte del trabajo. Le toca a usted hacer el resto, que es buscar y ver estas películas, y revisar sus actitudes hacia las personas como las que se retratan en ellas.

Lesbian

Blue is the warmest color
Imdb: La vida de Adèle’s cambia cuando conoce a Emma, una joven mujer de cabello azul que le permitirá descubrir el deseo y reafirmarse a sí misma como mujer y como adulta.

Carol
Imdb: Una aspirante a fotógrafa establece una relación íntima con una mujer mayor en New York en los 1950s. 

Gay (de esta categoría hay películas hasta para regalar)

Handsome devil
ImdbNed y Conor son forzados a compartir dormitorio en su internado. El estudiante solitario y el atleta estrella en esta escuela loca por el rugby forman una amistad inverosímil que será puesta a prueba por las autoridades.

Moonlight
Imdb: Una crónica de la niñez, adolescencia y adultez de un joven gay afroamericano que crece en un hostil barrio de Miami.

Pride
ImdbActivistas gay del Reino Unido trabajan para ayudar a una comunidad minera durante la prolongada huelga del Sindicato Nacional de Mineros en el verano de 1984.

* A esta película le tengo mucho afecto porque además de ser hermosa, fue mi puerta de entrada al doctorado y a este país; mi primer estudio tuvo que ver con esta película. La película se toma sus licencias pero sí está basada en una historia real y Gay’s the word sigue en pie. Y algo bonito de la gente británica es su larga historia de solidaridad con diversas luchas sociales.

 

Bisexual
Esta es mi categoría favorita (*wink*) pero también es difícil de definir en ficción, a menos que se señale explícitamente que el personaje es bisexual. La bisexualidad suele ser mostrada como sinónimo de promiscuidad y desenfreno, o simplemente invisibilizada. Lo usual es que si un personaje tiene una pareja de otro género, y luego tiene una pareja de su mismo género, se dice que ese personaje “se volvió gay”. No haga eso.

Se lo pongo en muñequitos: Si el personaje tiene un interés genuino por personas de distinto género de su mismo género (aunque no ocurran simultáneamente), el personaje es bisexual. Y la persona en la vida real también, pues. Bajo este criterio, yo pondría a Brokeback Mountain y Call me by your name en la categoría bisexual, aun si quienes las crearon dijeron “es que de repente este socio se vuelve gay”. Ambas se piensan como películas que retratan a hombres gay, pero algunos de sus protagonistas también demuestran deseo y atracción por mujeres en términos genuinos y no porque sea “lo que deberían sentir”.

Appropriate behavior
Imdb: Shirin está luchando por ser la hija Persa, correctamente bisexual y joven habitante de Brooklyn ideal, pero falla miserablemente en su intento por ajustarse a todas sus identidades. Existir sin un cliché al cual aferrarse puede ser una experiencia solitaria.

The Happy Prince
Imdb: La historia no contada de los últimos días en los tiempos trágicos de Oscar Wilde, una persona que observa sus propios fallos con distancia irónica, y se refiere a las dificultades en su vida con desapego y humor.

* Casi pongo esta película en la categoría gay pero, hasta donde he visto, Oscar Wilde era bisexual. Voy a ver esta película la próxima semana *tira confetti*.

Transgénero

Dice CN Lester en Trans like me que las narrativas con personas trans terminan siendo una explotación del sufrimiento. En general, las historias con temáticas LGBT+ traen una tragedia asociada y se retratan con un morbo insufrible. CN Lester menciona como ejemplo en su libro la película The Danish Girl, que es poco fiel a la historia real que dice retratar con tal de llegar a la moraleja de siempre: “Lily paga el precio último por tratar de ir contra la naturaleza…¿Pero no fue valiente de su parte intentarlo?” (p. 142).

Mi consejo es que no use personajes trans interpretados por personas cis como punto de referencia sobre experiencias trans. Primero, actores cis haciendo de persona trans refuerzan la idea de que ser transgénero es algo artificial, un engaño, una actuación, especialmente cuando se habla de mujeres trans. Jen Richards, actriz, mujer trans y a quien menciono más abajo, audicionó para el papel de mujer trans en Anything. La rechazaron porque “no se veía lo suficientemente trans”. ¿Qué es, entonces, lo que buscaban los productores de esta película? Ahí le queda de tarea.

En la lista que enlazo al inicio de este post se menciona Tangerine y sí, véala. Por otro lado, una historia es una historia y usted puede ver lo que quiera, pero si su propósito es comprender mejor las diversas experiencias de personas trans (un propósito loable, le digo), aléjese de La piel que habito.

Breakfast on Pluto
Imdb:
En los 1970s, una joven mujer trans, Patrick “Kitten” Braden, crece al abandonar su pueblo irlandés para ir a Londres, en parte buscando a su madre y en parte porque su identidad de género es incomprensible para los habitantes de su pueblo.

* Bueno, a Kitten (Pussy, Patrick “Pussy” Braden en el libro homónimo, pero ya ve cómo es la mara) la interpreta un actor cis, pero por cómo se concibe el personaje, mi opinión experta es que la soca. El libro es bueno pero creo que la película relata mejor la historia.

Boy meets girl
Imdb: Boy Meets Girl es una comedia romántica divertida, tierna y sexo-positiva que explora lo que significa ser un hombre o una mujer real, y lo importante que es vivir una vida con valentía sin dejar que el miedo se interponga al perseguir tus sueños.

* La protagonista es una joven trans. En esta película no hay morbo, violencia extrema, ni martirio de la protagonista. Es una niña y está creciendo, con los problemas propios de adolescentes y con algunos agregados por ser trans, pero esencialmente la gente a su alrededor la quiere y la apoya. ¿Tan difícil es eso, men?

Una mujer fantástica
Imdb: Marina, una mujer transgénero que trabaja como mesera y es cantante en una club nocturno, se ve abrumada por la muerte de su novio, un hombre mayor.

*Daniela Vega es amor. Esta película, dentro del descorazonador drama que retrata, tampoco cae en el morbo. Viera cómo cambia la mirada hacia personas trans cuando se involucran personas trans en la elaboración de la historia. Esta película ganó para Chile el Óscar por Mejor Película Extranjera este año, y ni así le quieren dar a Daniela Vega un pasaporte con su nombre.

Hedwig and the angry inch.
Imdb: Una chica punk-rock transgénero de Berlín del Este está de gira por Estados Unidos mientras cuenta la historia de su vida y sigue a su ex amante/compañero de banda que robó sus canciones.

*En la lista de Factum mencionan The Rocky Horror Picture Show, que es maravillosa. Vaya a verla y gócela pero que no sea su fuente de referencia sobre temas trans (y bisexualidad), excepto si tiene que ver con ostentar tacones, medias y corsets, lo cual yo apoyo. Hay una versión reciente de Rocky Horror con Laverne Cox, la actriz trans de Orange is the new black y Doubt. Pero a lo que voy es que Hedwig es casi tan película de culto como Rocky Horror, también es un musical, y los personajes son también extravagantes pero más elaborados.

Bonus track:

Her Story.
No es una película, es una serie de ocho capítulos, de unos ocho minutos cada uno. Fue escrita y producida por mujeres queer. Es hermosa y aprenderá una o diez cosas sobre experiencias de personas trans y el resto de la comunidad LGBT+.

Hace un tiempo hubo una campaña para que Netflix u otros servicios de streaming se animaran a producirla y no creerá lo que pasó después: nadie le hizo caso, a pesar de estar nominada para un Emmy. Usé algunos de estos capítulos en mi investigación y fue interesante hablar con participantes, la mayoría personas de la tercera edad, después de que los veían.

Esta serie es protagonizada por Jen Richards (<3) y Angelica Ross, quien está trabajando actualmente en la fabulosa serie Pose, que también debería ver antes de binge-watchear RuPaul’s drag race.

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Tinta y tintes

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 8 de febrero de 2018.

Mudarse a una ciudad desconocida, en un país desconocido, conlleva encontrar puntos de referencia para construir una nueva cotidianidad. Construirse un hueco propio en un lugar nuevo no es solamente firmar el contrato de alquiler, sino insertarse y ubicarse dentro de una comunidad. Hay que encontrar el supermercado más cercano, la farmacia más cercana, una tienda que venda cosas para el hogar, una veterinaria para los gatos. Siempre en el ámbito de lo (socialmente) esencial, se agrega un café, una pizzería, y, dado que el país que nos ocupa es Inglaterra, un pub y una charity shop.

Subir una empinada colina a pie, en mis primeros días en Inglaterra (colina que, dos años después, me parece casi una pradera), trajo como recompensa encontrar mi nuevo vecindario. Su calle principal tenía todo lo que mencioné en el párrafo anterior, a veces por duplicado o triplicado, y dos servicios más que son importantes en la vida de algunas personas: un salón de belleza y un estudio de tatuajes. He invertido muchas horas de mi vida en los dos tipos de establecimientos, entre las cuidadosas manos de las personas que trabajan en ellos.

Los salones de belleza y yo tenemos una historia larga y no tan complicada. Como nadie es inmune a la cultura en la que crece, vi de menos la feminidad por mucho tiempo, aun la propia cuando se asomaba. Los salones de belleza eran lugares hiperfemeninos, basados en cuidar la apariencia, donde se conversaba sin parar con otras cristianas, y se leían revistas de moda, celebridades y chismes; todos esos estereotipos que la sociedad se asegura de que aborrezcamos, a la vez que se beneficia de que existan. Yo tenía un salón de belleza de confianza al que iba a cortarme el pelo y a aplastármelo; lo segundo porque, además, crecí con la idea de que el pelo colocho –rizado, crespo–, tal como lo era el mío, era un inconveniente.

Con el tiempo, comprendí el refugio que significaba el salón de belleza. Era un espacio en la agenda, entre mi personalidad y mis responsabilidades, para reconocer que disfrutaba ocuparme de algunas cosas que catalogamos –a veces con desprecio– como femeninas.

Cuidarse a una misma y querer verse bien es pura vanidad, y la vanidad es mala. Sí, sí, hay imperativos sobre qué es belleza y qué es lo que se valora y qué no en términos de imagen, y alguien puede perder la cabeza tratando de encajar en ideales. Pero, en principio, no hay nada de malo en que la apariencia sea fuente de satisfacción personal, ni tiene por qué reñirse con ser “inteligente” (lo que sea que eso signifique). Yo podía llegar al salón y desconectarme del mundo, el mundo tan serio y grave y hostil, mientras me masajeaban la cabeza; semejante situación es envidiable, y recomendable ocasionalmente. Por otro lado, mis colochos se beneficiaron de la expansión de mi consciencia y los dejé ser.

A los estudios de tatuajes llegué mucho después, en mi adultez temprana. En contraste con el salón de belleza al que iba, que era el mito del eterno femenino personificado, el estudio me pareció un entorno masculino. Tómese este comentario como una descripción, no como una prescripción: la gente trabaja en cualquiera de estos dos oficios sin importar su género; es solo que, en mi entorno social de esa época, esos oficios parecían estar configurados de esa manera. Los tatuadores eran hombres, y la presencia de mujeres, en forma de fotografías en pósters y revistas, solía reducirse a su sexualidad; eran mujeres fuertes y rebeldes, sí, pero pieces of ass al fin y al cabo. Bajo este lente, los salones de belleza al menos ofrecían a las mujeres una cierta capacidad de agencia (dentro de los “estándares de belleza impuestos” también puede haber experimentación) que rara vez podría ejercerse fuera de ellos. En cualquier caso, haciendo a un lado el sexismo ambivalente que de todos modos encontraba fuera del estudio, me sentí muy a gusto dentro de él.

Además, había un aire de otredad en el estudio, porque tatuarse y perforarse no suele ser propio de “gente decente”. Creo que ahora es menos que hace algunos años, pero los tatuajes, en mi país, históricamente se han asociado con las pandillas. En mis primeros meses en Chile, cuando una persona supo que yo era de El Salvador, me preguntó por las maras, tomó mi brazo y lo estiró hacia sí, haciendo el ademán de subirme la manga para “inspeccionar mis tatuajes”. Lo hizo “en joda” para demostrarme que sabía cosas sobre mi país. Por favor, no hagan eso. Nunca.

Años antes de ese episodio me había hecho mi primer tatuaje, porque la asociación que mencioné es una relación espuria. Esto no significa que me hice el tatuaje a la ligera. Me aseguré de lo que quería, me informé sobre riesgos y cuidados, y fui con un tatuador altamente recomendado que estuvo a la altura de mis expectativas. La experiencia fue maravillosa, la sensación del cuchillo miniatura abriéndose paso entre la piel fue pasajera. Un año después, regresé por el segundo tatuaje. Encontré gente horrorizada por lo que yo le hacía a mi propio cuerpo, y encontré gente que me apoyó porque, pues, era mi cuerpo. Sobre todo siendo mujer, el cuerpo es de lo primero que toca defender ante otras personas y ante ciertas ideas curiosas que se les ocurren al respecto.

Mi vecindario en Reino Unido tenía salones de belleza y estudios de tatuajes, pero me llevó un tiempo juntar la confianza, el coraje y el dinero para acercarme a ellos. Mientras tanto, decidí que era hora de entintarme el pelo como la piel, porque aquí nadie se escandalizaba por estas cosas. De repente me casé con un estilista y el color rojo comenzó a trepar por mi pelo, después el color azul, y luego rojo otra vez. Eventualmente visité un par de salones en mi vecindario para hacerme retoques (la habilidad de mi estilista fue reconocida por profesionales, así que mi licencia de matrimonio sigue vigente), y el amor propio se me hinchaba al escuchar a las estilistas elogiar mis colochos. Son bonitos, qué se le va a hacer.

Más recientemente, me acerqué al estudio de tatuajes de la esquina por mi casa. Me asignaron un tatuador respetuoso y buena onda (¿no lo son todos?) que, el día de mi cita, puso buena música e hizo un buen trabajo. Tengo pendiente volver al estudio para hacerme otro tatuaje, pero también para contarle al tatuador que le mostré el tatuaje que él me hizo a quien aparece en el tatuaje. Fue de mis experiencias más extrañas.

Es curioso que se crea que pintarse el pelo o la piel es porque uno no se acepta a sí mismo como es, o para llamar la atención con estridencia. Lo bonito de entintarse así es explorar la estética pero también la funcionalidad del cuerpo, y ojalá nadie hiciera alboroto por eso. Se busca llamar la atención con esto tanto como se busca al vestir la camisa del equipo o artista favorito. Antes que todo, se siente bien. Se siente bien comunicar fragmentos de aquello que es importante para nosotros.

 

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Canalla revoltoso

Hace unos meses tuve el impulso de argumentar larga y meticulosamente sobre una serie de temas que en ese tiempo ocupaban mi atención. Algunos de estos temas eran políticos, otros personales, y todos profundamente sandungueros (porque lo personal es político). Al final no escribí sobre ninguno porque para qué, mejor los enchuté todos en una caricatura de palitos.

*Nylon-man, el gobernador-empresario patriota (que no es de choto que cargue un saquito o si quiere llámese bolsa), llegó a nosotros por Víctor.

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Amigos no imaginarios

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 25 de enero de 2018.

Los primeros días de enero acarrean un esfuerzo por recuperarse de las fiestas de Navidad y Año Nuevo. Para mí, que toda la vida he tenido el privilegio de equiparar esas fiestas con vacaciones, son también un adiós al tiempo libre que dedico a mis amigos no imaginarios. No son amigos imaginarios; están ahí, aquí en la realidad, y son más bien parte de mi familia, solo hay que preguntarle a la gente que me conoce desde hace tiempo. Aunque nuestras huellas se han separado y reencontrado a lo largo del tiempo, diciembre y un pedacito de enero siempre nos encuentran arremolinados en una esquina, riéndonos entre nosotros y esperando que el resto del mundo voltee a vernos con algo que no sea extrañeza.

Una de las primeras enseñanzas de mis amigos no imaginarios fue que estaba bien escabullirme de reuniones sociales por un rato. Tomar un descanso, gozar de mi propia compañía y la de nadie más. Esto, justamente, lo aprendí durante las fiestas de Navidad y Año Nuevo. Aun en las más placenteras interacciones mis reservas de energía social se agotan pronto. En algún momento comencé a contar con que al menos uno de mis amigos no imaginarios me seguiría y se encerraría conmigo, para discutir lo que está pasando “allá afuera” en la celebración, o a hablar de cualquier cosa menos de la celebración.

Al principio era solo un amigo no imaginario, el número uno. Lo conocí durante las fiestas patrias de mi país cuando yo era una niña. Apareció un día en el salón de clases, guiado por la profesora del curso. Mis compañeritos más cercanos en ese tiempo le decían hola y lo hicieron parte de nuestro inner circle (inner square, más bien; compartíamos una mesa de trabajo en el salón de clases). Él y yo no hablábamos mucho al principio, pero él notó que yo tenía una disimulada infatuación con un compañerito y me ofreció ayuda. Me dio papel y lápiz y un delirio de grandeza que debería cuidar por el resto de mis días. El compañerito le dedicó una triunfante aprobación a lo que escribí, protagonizado por nuestro amigo no imaginario, y el compañerito y yo establecimos un vínculo muy especial y prometedor. Pero pronto le llegó la pubertad (demasiado pronto decía yo, pero solo era que a mí me llegó muy tarde) y se fue con otras. Me quedé con esas páginas en mis manos, y fue el primero de muchísimos fracasos en conjunto de mi amigo no imaginario y yo, que es lo que nos ha mantenido unidos todos estos años.

Sin pensarlo, él y yo comenzamos una partnership y logramos una relativa popularidad en mi entorno inmediato: ya no solo en nuestro inner square, sino el inner square de la esquina del salón, y más allá. Mi vida colegial se convirtió en un pasatiempo, como mi doctorado es ahora un pasatiempo, al que debía dedicarme mientras llegaba la hora de trabajar con mis amigos no imaginarios. Ahora en plural porque comenzaban a multiplicarse, como en esas historias de internet donde un animalito llega a algún lugar por su cuenta y después lleva a sus crías. Nos fortalecimos y formamos una cooperativa, pero nuestra relativa popularidad cedió a las hormonas adolescentes de nuestra audiencia, y al hecho de que lo que hacíamos era demasiado extraño.

“Eso no importa”, dijo mi amigo no imaginario número uno. Nuestras extrañas actividades estaban al alcance del dominio público, pero no necesitábamos la atención ni la aprobación de nadie para ejecutarlas. Nuestro lema era, citando al gran pensador Calvin (de Calvin y Hobbes): I must obey the inscrutable exhortations of my soul. Las inscrutable exhortations eran mis propios amigos no imaginarios, que tenían fans ocasionales a quienes les hubiera cobrado la entretención que ofrecíamos si yo no fuera una persona tan benevolente y escrupulosa.

A los pocos años de amistad, a nuestra cooperativa se unió una de las más notables bandas de rock del mundo. Esta proveyó el soundtrack a una década de mi vida y a las reuniones con mis amigos no imaginarios, las cuales duraban semanas y hasta meses, particularmente durante las vacaciones, y sobre todo durante Navidad y Año Nuevo. Mi historia con esta banda es un libro aparte, pero fue motivo de regocijo para mis amigos no imaginarios y yo que, después de 20 años, por fin pude conocer a un par de sus miembros (el evento fue menos espectacular de lo esperado, como suele pasar con las ambiciones que involucran a otras personas, pero considéreseme satisfecha). Además, en tributo a la influencia de esta banda sobre nosotros, me hice un tatuaje de sus miembros en caricatura. A todas luces es un tatuaje de hombre heterosexual, pero era lo que correspondía, dado que esta música fue el portal que conectaba la dimensión de carne y hueso con la de mis amigos no imaginarios, que son más hueso que carne.

Cada amigo no imaginario cumplía funciones distintas en mi vida, considerando que yo misma iba creciendo y luchando por alcanzar mi ideal del Yo (spoiler: nunca lo alcancé). Mi amigo no imaginario número dos ha sido el más útil y potente en tiempos recientes, quien no solo me acompaña cuando huyo de situaciones sociales, sino el que me anima a volver a ellas. Su influencia es poderosa porque, contrario a mí, lo suyo es estar sobre el escenario, al punto que necesita dos, uno para sí mismo y otro para su ego. Mi ego es igual de grande que el suyo, pero inversamente proporcional en torpeza, de modo que la presencia de este segundo amigo no imaginario en mi existencia es vicaria. Es como Fight Club, solo que mis colegas no me agarran a golpes, alabado sea.

En días recientes, mi amigo no imaginario número uno fue mi audiencia para mi ensayo de una presentación sobre mi doctorado. Consideramos la imaginación como un juego y como cosa de niños, comencé, pero la verdad es que imaginamos a otras personas todo el tiempo. Es lo que nos permite ponernos en los zapatos de otro, dar y recibir consejos, anticipar interacciones futuras y repasar pasadas, resolver problemas interpersonales o empeorarlos. A veces, pensar en gente que queremos hasta nos ayuda a sentirnos mejor. Mencioné el ejemplo de alguien que ensaya una presentación: no está enfrentando al público en ese momento, pero pretender que así es le ayuda a dominar nervios y prepararse mejor. Mi amigo no imaginario aplaudió y me hizo algunas preguntas sobre mi investigación. Las preguntas que recibí durante mi verdadera presentación fueron otras. La imaginación tampoco es infalible.

Por estos días, puedo contar con que mis amigos no imaginarios vengan a visitarme con frecuencia; las vacaciones les permiten quedarse conmigo por más tiempo. Es reconfortante y maravilloso que estemos viendo los variopintos British landscapes juntos, después de tanto tiempo. No hay nada como ese pequeño hogar que es tomarse un café con amigos de toda la vida. Gente muy cercana a mí también les conocen y hasta les tienen cierto cariño. Nadie se ha atrevido a llamarlos mis amigos imaginarios porque saben que no lo son, pueden verlos perfectamente.

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Los inviernos

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 21 de diciembre de 2017.

Hablar del clima suele considerarse un sinónimo de no tener nada interesante que conversar, una manera de llenar un silencio incómodo. Doy fe de que lo es, pero el clima también es, en lo inmediato, una experiencia compartida. Cualquiera tendrá una opinión sobre el clima y, con un pequeño empujón, es una puerta que lleva a temas más interesantes, sobre todo si se está entre personas de distintos países.

Por muchos años, viví con la confusión de cuándo era invierno y cuándo era verano en mi país. Se decía que ya venía el invierno cuando se acercaba la temporada de lluvias y esta iniciaba cerca de la mitad del año (lo recuerdo por los anuncios en la televisión que comenzaban con un “Señor agricultor…”, un llamado para preparar los cultivos). Entre esos meses también se publicitaba el “verano”, que no era más que la Semana Santa. El frío, para estándares salvadoreños, comenzaba con los vientos de octubre, y la feliz temporada de ventarrones, cielos azules y bajas temperaturas seguía hasta el inicio del año siguiente. Este era “el otro invierno”, el clima de fin de año. Todo esto era normal para mí, pero no escapaba a mi atención que estas temporadas no calzaban con las que conocía de los libros de ciencia y por los medios de comunicación.

Eso, los medios de comunicación. Muchos de los productos culturales que consumíamos, que consumimos, provienen del “norte”, de Estados Unidos, incluyendo información sobre las temporadas del año. La nieve era cosa de países Primermundistas. Aun así, el invierno, el otro invierno, era mi temporada favorita: clima frío, vacaciones del colegio, y fiestas de navidad y año nuevo. Hablando de interiorizar productos culturales, aunque no hubiese nieve ni chimenea, podía contar con Santa Claus y sus regalos que aparecían supuestamente de la nada. El año que recibí una bicicleta, mi familia, misericordiosamente, me dijo que Santa Claus la había dejado en el techo.

Mi sueño de conocer un invierno como los que veía en televisión se materializó cuando yo era una puberta. Por un azar del destino, al cual llamaremos migración económica, terminé visitando a alguien de mi familia en Nueva York. Fueron días de ensueño en los que observé un mundo cubierto por un manto blanco, mientras me quedaba dentro del apartamento (digo, tampoco iba a salir a aplaudir por gusto) viendo Plaza Sésamo y descubriendo a la banda que sería el amor de mi vida. El recuerdo que tengo de mi única visita a Manhattan es una mancha blanca, porque ese día había una ventisca. Me dolían la piel y los huesos por el frío. Mi ilusión era ir a ver un musical de Broadway, pero migración económica dije, y lo que pasó más bien fue que entramos a un restaurante de comida rápida a esperar a que pasara lo peor de la tormenta de nieve.

Pero no todo ha sido un idilio mío con los climas de fin de año. Uno de mis inviernos más decepcionantes fue, de hecho, un verano. Antes de mudarme al sur del continente americano, no pensaba en que las temporadas del año ocurrieran “al revés”. No es que no lo supiera, solo no lo tenía registrado conscientemente como un hecho. No era lo que veía en televisión. Ahora era diciembre y hacía calor y yo lo detestaba. Sin embargo, las decoraciones en los centros comerciales del hemisferio sur también evocaban el invierno, con calcomanías de copos de nieve y Santa Clauses asándose dentro de sus abrigos o vistiendo bermudas para veranear a la orilla del mar. Supongo que en el hemisferio sur consumían los mismos productos culturales del norte que yo.

Crecí bajo un sol abrasador, y llegué a mi adultez temprana envuelta en un calor infernal. Después, en una tierra con las cuatro temporadas (aunque estuvieran “al revés”, con frío en junio y calor en diciembre), le llevó un tiempo a mi salvadoreño cuerpo acostumbrarse a que veinte grados no significaba punto de congelación. Ahora llego a diez grados sin bufanda, pero no me dejo olvidar que todos podemos experimentar el mismo clima de distintas maneras.

Aunque el clima es una vivencia común y ubicua, no afecta a todos por igual. El frío que me hace sentirme feliz tiene ese efecto en mí, en gran medida, porque estoy bajo techo, o porque puedo salir abrigada. Cada año en mi país, ese invierno de lluvias ponía (pone) en primera plana las condiciones de vulnerabilidad en las que vivía (vive) mucha gente: gente sin muchos recursos para protegerse, gente que pierde sus casas, gente que para empezar no tiene casa.

Hay dos o tres fenómenos que me encajan un nudo en la garganta apenas los escucho ser mencionados, y homelessness es uno de ellos. Uso la palabra en inglés, aunque su equivalente español signifique lo mismo, porque me suena más triste. Yo he tenido una casa, un hogar, toda mi vida. Apenas puedo imaginar perder mis pertenencias, mis soportes sociales, mi techo, los bienes y servicios que componen mi día a día (y que es fácil dar por sentados), y encontrarme a la intemperie sin un lugar adónde ir. No hace falta leer mucho al respecto para entender lo deshumanizante que llega a ser no tener casa, vivir en la calle. O tal vez sí hace falta leer mucho al respecto. Estar sin techo no es algo que preocupe a alguien que está bajo techo, a menos que corra el riesgo inminente de perderlo.

Antes de llegar a Inglaterra, no creí que este fuera un problema tan prevalente. Los primeros días vi a alguna persona en el centro de la ciudad pidiendo spare change, pero creía que un país como este, con su clima poco amistoso, no les fallaría a sus ciudadanos de esa manera. Yo y mi ingenuo beneficio de la duda hacia mi propia especie; peor, hacia la subespecie de país desarrollado. No me llevó mucho tiempo notar las bolsas de dormir en los portales y dar con noticias sobre el alarmante problema de la vivienda.

Me hice clienta de un vendedor de la revista Big Issue North (tendrá que googlearlo porque se me acaba el espacio), y ahondé en historias de gente que vive en la calle, nativos e inmigrantes por igual, de cualquier edad y género. Fuera de la sorpresa inicial, no era nada del otro mundo, lastimosamente. Con las particularidades de cada contexto, no era nada que no pasara en mi propio país, donde la pobreza es rampante y a veces son las mismas familias las que terminan expulsando a sus miembros del hogar, a la calle, a las pandillas, o a relaciones igual o más abusivas que las del núcleo familiar mismo. Finalmente, este vendedor se fue después de un año y fichas, y espero que él sea de las historias de éxito del BIN, los que logran get back on their feet. Ahora hay otro caballero en su lugar.

No me canso de decir lo mucho que me encanta el frío, la nieve, el invierno del hemisferio norte. Cuando comienza a nevar, siento que se me cumplió un deseo. Pero no paso por alto el hecho de que es fácil disfrutar la nieve cuando la calefacción está encendida.

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Un estómago con algunos órganos accesorios

Uno de mis mayores intereses, en este punto de mi vida, es cómo un mismo fenómeno puede narrarse tanto a través de la investigación científica como de la ficción.

Meses atrás, por ejemplo, revisé algunas investigaciones sobre los efectos del status socioeconómico en la salud (y, jue, en la cara), y recientemente se publicó otro estudio en esa línea, acerca del impacto de pertenecer a cierta clase social. Por otro lado, poco después, leí las memorias/ficción autobiográfica(?) de George Orwell sobre el periodo en que vivió en la indigencia, en París y en Londres.

Los primeros dos enlaces arriba explican mecanismos, mientras que el libro relata experiencias. Para complementar lo primero, vengo a dejar un fragmento del libro de Orwell que me pareció sobrecogedor (la traducción y las negritas son mías, va’pasar a disculpar). Con una dosis de imaginación bien informada, historias como estas llegan a las mismas conclusiones que investigaciones al respecto, y ahorita no tengo nada terriblemente revelador que decir más allá de eso.

Es curioso, tu primer contacto con la pobreza. Has pensado mucho sobre la pobreza, es lo que has temido toda tu vida, lo que sabías que te pasaría tarde o temprano; y todo resulta total y prosaicamente diferente. Pensaste que sería simple; es extraordinariamente complicado. Pensaste que sería terrible; es meramente miserable y aburrido. Es la peculiar bajeza de la pobreza lo que descubrís primero; los cambios a los que te lanza, la mezquindad complicada, el rescatar las migajas.

Descubrís qué es tener hambre. Con pan y margarina en el estómago, salís y ves las vitrinas. Por todos lados hay comida insultándote a enormes y malgastados montones […] un lloriqueo de autocompasión te invade ante la visión de tanta comida. Planeás tomar una hogaza de pan y huir, tragándotela antes de que te atrapen; y te abstenés, por pura tristeza.

Descubrís el aburrimiento que es inseparable de la pobreza; las veces en que no tenés nada que hacer y, estando hambriento, nada te interesa. Por medio día a la vez, te acostás en tu cama, sintiéndote como el jeune squelette en el poema de Baudelaire. Solo la comida podría animarte. Descubrís que un hombre que ha pasado una semana a pan y margarina ya no es un hombre, solo un estómago con algunos órganos accesorios.

[…] cuando estás acercándote a la pobreza, hacés un descubrimiento que opaca a algunos otros. Descubrís el aburrimiento y las complicaciones mezquinas y los inicios del hambre, pero también descubrís el gran rasgo redentor de la pobreza: el hecho de que aniquila el futuro. Dentro de ciertos límites, es cierto que mientras menos dinero tenés, menos te preocupás […] Tres francos te alimentarán hasta mañana y no podés pensar más allá de eso. Estás aburrido pero no tenés miedo. Pensás vagamente, “voy a morir de hambre en un día o dos…qué sorpresa, ¿no?”, y luego la mente divaga hacia otros temas.

Down and out in Paris and London (Capítulo 3)