Llorar en las bodas

No suelo llorar en las bodas. Las ceremonias a las que asistí en mis años mozos me aburrían y, más adelante, me exasperaban con sus tintes conservadores y exigencias tradicionales. Estos sentimientos, por supuesto, no excluyen que yo sintiera afecto y alegría por la pareja que se unía en matrimonio. En mi adultez, contando con un círculo social que afortunadamente se desvía de algunas tradiciones, ciertos momentos de la celebración pueden darme un feliz nudo en la garganta.

Hace poco fui a mi primera (y quizás única) boda en Inglaterra. Era un matrimonio civil en el Town Hall, un evento de quince minutos. La jueza inició con un breve discurso que logró ser formal y emotivo, y procedió: “En este país, el matrimonio se define como la unión entre dos personas…”.

La unión entre dos personas.

Terminó la ceremonia y yo seguía secándome las lágrimas.

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Español

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 14 de septiembre de 2017.

El amiguito británico que venía a mi lado, viendo por la ventana del avión que aterrizaba, le tocó al hombro a su compatriota en el asiento de adelante. “We are definitely not in Yorkshire anymore!”. Su tono cargado de emoción me dio ternura. El avión estaba lleno de británicos sacándole el jugo a lo último del verano, entre ellos uno sonriente que usaba un sombrero mexicano, lo cual también me dio ternura y me hizo poner los ojos en blanco. Le respondí al amiguito a mi lado, “not anymore, vieja, bienvenido a Latinoamérica”. Me nació decirlo por lo familiar que me resultó el paisaje, como cuando uno ve distintas películas de un mismo director y reconoce su estética particular. La verdad fue que aterrizamos en España. Por eso puse los ojos en blanco cuando vi el sombrero mexicano.

Era mi apreciación que ya tenía suficiente exposición a ese umbrella term que es España. Mi primer contacto significativo, muy cercano a mi corazón, fue el Gran Juego de la Oca. Luego la Compañía de Jesús, y más adelante profesores españoles que llegaban a enseñar a las universidades por las que yo pasé. Mencionaría a Cristóbal Colón y la desafortunada malinterpretación de que descubrió América, pero prefiero destacar a Ska-P, porque si bien el ska está fuera de mi menú musical, su posición frente una serie de temas sociales (y animales) era una caricia a mi alma. No obstante, nunca se termina de aprender sobre otras culturas, y una razón en particular me llevó a Barcelona.

Por mucho que estuviera consciente de la burbuja lingüística en la que vivo en Inglaterra, ver rótulos en español y catalán fue como respirar un aire distinto. Una cosa es la consciencia, otra la visceralidad, y esa visceralidad me pegó bonito. El sonriente agente de migración me dijo “buenas tardes” (me sonó tan musical) y me selló el pasaporte con apenas una mirada rápida, entretenido como estaba conversando con el colega de la otra ventanilla. El paisaje que veía desde el tren que tomé a la ciudad me seguía pareciendo familiar. Cuando toqué la puerta del lugar donde iba a alojarme, recordé que eran dos besos en la mejilla y no uno, y me lancé al saludo con efusividad. Extrañaba esta clase de contacto, extrañaba tener una señal tangible de apertura y cierre de una interacción social.

Lo primero que hice al salir a la calle, después de instalarme en la habitación que me prestaron, fue entrar a un restaurante mexicano. Hace mucho tiempo que no como frijoles; no British beans, no porotos, quiero decir frijoles jalvadoreños, y esto era lo más cercano que iba a encontrar. A veces encuentro frijoles refritos en lata en la Students’ Union, o bolsas de frijoles en un puesto jamaiquino en el Moor market, pero no con suficiente frecuencia, de modo que la reactancia identitaria-gastronómica me asaltó en esa calle en Barcelona (soy salvadoreña, no mexicana, pero ya quedó claro que estoy hablando de frijoles molidos y no de naciones). Fue irreal decir “gracias” en voz alta cuando me iba del restaurante; me sentía fuera de lugar hablando español en público. Mi acento ahora, especialmente al hablar inglés, es una tristísima mescolanza que suena a que yo no pertenezco a ningún lado –lo cual, parece, es cierto–, pero tal es la fuerza de la costumbre. Casi se me sale un thank you en lugar de un gracias.

Como paréntesis, además, la razón por la cual estaba en Barcelona era eminentemente británica: fui a la exhibición David Bowie is, porque este ha sido mi año de peregrinaciones en pos de semi-deidades con quienes sostengo tórridas relaciones parasociales. Cuando uno quiere recordar que es una insignificante partícula de polvo en este universo, o levanta la vista al cielo o revisa todo lo que hizo David Bowie. Después de tres sobrecogedoras horas en la exhibición, fui por tapas. Fin del paréntesis.

Aprecio el concepto de tapas. Lo que no aprecié tanto fue que me invitaran a experimentar ese concepto a las 9:30 pm. Estaba al tanto de la vibrante vida nocturna de la ciudad, lo cual me parece maravilloso y algo de lo que me hubiera encantado participar, pero yo ya no estoy para esos trotes. Yo nací no estando para esos trotes. Agréguese que llevaba despierta desde las 4 am, cuando desperté en mi cama en South Yorkshire, y se entenderá lo reconfortante que me resultó entrar a la estación del metro para dirigirme a la cama que me prestaron en Barcelona. El metro me recordó mucho a Santiago de Chile, al menos porque fue en esa ciudad donde aprendí a ser usuaria del metro.

Dura más una emisión del Juego de la Oca que lo que duró mi viaje a Barcelona, pero alcancé a ver museos, castillos, y el mar. El clima era hermoso para ser turista peatón. Por tramos, Barcelona me recordaba a mi ciudad natal, o como sería si no la plagara la violencia, la corrupción, la indolencia oficial y civil, la exasperante ausencia de un mínimo criterio estético, y lo que uno de mis hermanos llama la arquitectura de la inseguridad.

Sabía más cosas sobre este país fuera de lo que listé en el segundo párrafo de esta columna, y experimenté dos en particular. Primero, en un restaurante, tuve que sentarme frente a alguien, de otra ciudad de España, que despotricaba porque el menú que le dieron estaba en catalán. “Vieja, estás en Cataluña”, me mordí la lengua. Lo suyo no era la expresión de un inconveniente como lo era para mí, que tampoco sé hablar catalán. Lo suyo fue un insulto haciéndolo pasar por chiste con una sonrisa hostil. Segundo, el día anterior a eso se me habían puesto los pelos de punta cuando tuve a mi alcance un trozo de cartulina que se colocaba como máscara. La “máscara” era la caricaturización de una persona afrodescendiente, el trazo más colonialista posible, un inquietante recordatorio del belga Tintin en el Congo. La máscara, en el contexto en el que la encontré, parecía considerarse digna de guardarse “con humor”. Sentí la urgencia de tomar esa máscara, ya fuera para destruirla o para entregarla como aporte al Museo de la Esclavitud de Liverpool, donde sabrían explicar con más contundencia que yo por qué esa caricaturización es, cuando menos, una desgracia. Hay temas que no son dignos de tratarse con paciencia.

Fuera de algunas interacciones penosas, deseé que mi visita hubiese sido más larga para conocer más de la ciudad. Desde el tren al aeropuerto me despedí de esa sensación de familiaridad. A medida que transcurría mi vuelo de regreso, los cielos azules pasaron a ser nubarrones grises hasta que la visibilidad a través de la ventana fue nula. Pero ahora los nubarrones, también, me eran sumamente familiares. Entre mis compatriotas se da el cuestionable hábito de aplaudir cuando el avión aterriza pero, como consuelo y perspectiva, cuando aterrizamos en Manchester, un grupo de blokes, posiblemente volviendo de una despedida de soltero abroad, también aplaudió. La sensación que me invadió cuando me bajé del avión me sorprendió un poco: la sensación, la certeza, de haber vuelto a casa.

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Información a distancia

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 31 de agosto de 2017.

Tengo un globo terráqueo en mi escritorio. Lo giro ocasionalmente para señalar mi posición actual, para ubicar islas que se hunden por el cambio climático, para angustiarme con el cinturón de fuego del Pacífico, y para conocer las regiones que tapizan el planeta. Pero las más de las veces, lo giro para ver hacia mi país. Apenas se ve en el mapa, en el Centro de América. Vivir en el extranjero me refuerza esa percepción de lejanía, como si viviera en la luna y me estuviera perdiendo de todo lo que está pasando en la Tierra.

Tengo internet para salvar parte de esa distancia. Las vidas de la gente que quiero, y de la gente que no me importa, y de la gente en medio de ambas categorías, todas esas vidas las sigo a través de pantallas. Las pantallas me muestran historias en las que yo no tengo nada que ver, y a veces eso resulta un alivio, pero lo habitual es que resulte frustrante. Alguna vez creí que podía hacer más por mi país de lo que en realidad podía; culpo a la pubertad por eso.

A medida que crecía surgió en mi la curiosidad por entender lo que pasaba en la sociedad. Esto fue gracias a cierto interés social que traía por defecto; a mi entorno familiar, con su propio historial de revolución y resistencia; y a mi querido colegio marca “en todo amar y servir” que nos orientaba al compromiso social. Me dio no solo por estar al tanto de las noticias, sino también por examinar los eventos a la luz de la historia del país. El Salvador es pródigo en violencias, y progresivamente comprendí las raíces de los problemas que constituían titulares noticiosos. También comprendí que estas raíces solían ocultarse, negarse, o distorsionarse. “Discurso oficial” ya eran palabras de grandes.

Mi yo adolescente-tardío quiso ayudar a contrarrestar la desinformación que, a mis ojos, plagaba a la sociedad. Abrí un pequeño sitio en internet donde recopilaba declaraciones de políticos y sus abordajes superficiales de la violencia, y los contrastaba con “la realidad”: documentos que rescataban la memoria historia, argumentos de individuos y grupos que cuestionaban o contradecían las declaraciones oficiales. En retrospectiva, aun ahora que tengo casi el doble de la edad de en ese entonces, creo que el sitio que monté no estaba nada mal. No creo que lo hayan leído más que unas cinco personas porque lo mío es atraer audiencias que me ignoran pero aun así: buen trabajo, yo.

La plataforma que alojaba ese material cerró, lo perdí casi todo (jaja), y me fui a abrir un blog. Resultó que tuve la misma idea que un montón de compatriotas que también abrieron blogs en esa época, algunos con temas sociopolíticos, otros con temas personales. La mayoría inició bajo seudónimos o anonimato, como había sido mi caso, porque en el país “uno nunca sabe”. Pero ese temor se fue perdiendo y hasta se convocaron reuniones sociales de gente que escribía en blogs. Nunca fui a una, pero igual terminé conociendo a muchas de esas personas y gané algunas amistades guapas que persisten hasta hoy. Luego vinieron las redes sociales con la revelación de la cara y el nombre. Llegaron los status y los 140 caracteres, amén de la ajetreada vida adulta, y los blogs pasaron a segundo plano.

Para ese entonces, me mudé a Chile y me propuse olvidar a El Salvador por un rato (sé que hablo mucho de mis procesos migratorios, pero es que ellos son probablemente lo único que me otorga un mínimo de street cred en esta vida). Se me había terminado el idealismo juvenil. Ahora que mi cerebro había alcanzado la madurez y yo tenía un título profesional, veía las cosas de modo distinto. Todavía pude haber llenado sitios web con todo lo que había que decir, y no guardar silencio siempre era necesario, pero eso no tenía incidencia, al menos viniendo de una doña nadie.

Entre Chile e Inglaterra, me pegó recio la conciencia de ser extranjera y resentía los comentarios del tipo “si no vive en este país, no opine”. Seguía siendo mi país, no era mi culpa que fuera uno tan hábil para expulsar a su propia gente. Me propuse volver a estar tan bien informada como si todavía viviera ahí. Comencé a suscribirme y a seguir medios de comunicación en línea, y personas específicas asociadas a ellos. Rápidamente resultó que algunos de esos medios ofrecían contenido risible, con titulares nada informativos en los que la oración ni siquiera tenía sujeto y la frase no transmitía contexto alguno. Uno pensaría que era una buena estrategia porque yo terminaba dando click en el enlace para saber de qué diablos me estaban hablando, pero rara vez resultaba algo relevante. Habitualmente me llevaban a notas sobre entes de la farándula nacional y los comentarios que reciben de sus seguidores o detractores en Instagram. Por otro lado, mis muros y timelines se llenaron de videos, y en algún lugar leí que ahora se tenía esa condescendencia con los millennials de creer que no leen (me cuesta llamarme millennial porque suena a un término para gente moderna y yo ya voy para anciana, pero, estrictamente, caigo en la categoría). Como alternativa, comencé a seguir a periódicos pequeños que habían proliferado en años recientes, pero los deseché pronto por su pésima redacción y el enfoque deshumanizante que les daban a las noticias, sobre todo las de hechos violentos; hay que tener tacto con nuestro lamentable deporte nacional.

No es que no haya medios de comunicación medianamente decentes. Con esos mi problema es otro. Cuando intento leer noticias o reportajes, termino dejando abierta la pestaña del navegador por días y al final la pierdo. Me entero al final por mis contactos en las redes sociales, que comentan lo ocurrido y comparten textos sobre lo acontecido, y termino tanto aburrida como indignada por la capacidad del país de hacerlo todo mal. A veces una persona poderosa y rastrera termina en la cárcel, o una persona pobre sale de ella cuando se comprueba que su “delito” fue sufrir un proceso biológico espontáneo. No es que las cosas no cambien en el país, pero generalmente cambian para peor. Afortunadamente, en las redes sociales también se encuentran agrupaciones de personas que intentan incidir en temas específicos con distintos grados de éxito.

Inevitablemente, es más fácil estar al tanto en temas que son relevantes a la región en la que vivo. Solo puedo ver una cara del globo terráqueo a la vez, pero eso no excluye que me interesen varias de sus caras El mundo está malito de todos lados, la gente está jodida en cualquier esquina a la que se voltee; siempre hay problemáticas sobre las cuales aprender y razones para no guardar silencio. Además, creo que logré equilibrar mi manera de informarme sobre mi país. Se lo que ocurre en él. No estoy al tanto como si viviera en mi ciudad natal, claro, leyendo los periódicos que sirven para desinformar, peleándome con los moderadores tendenciosos de un debate por televisión, y rabiando con editoriales retrógrados. Pero quiero creer que no hay nada malo en ahorrarme toda esa bilis.

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Lealtad a la bandera

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 17 de agosto de 2017.

No está en mí interactuar efectivamente con la gente pero ocasionalmente me dan ganas de contribuir a mejorarle el día a alguien. Por eso llevaba un tiempo pensando en hacer voluntariado aquí y, finalmente, una tarde me encontré frente a un formulario en línea por quinto día consecutivo. El formulario no era largo, era solo que no me animaba a enviarlo porque temía el compromiso y las responsabilidades que adquiriría. Una de las preguntas, por ejemplo, era si sabía primeros auxilios. Fui a una sesión años atrás, una mujer imaginaria murió bajo mi jurisdicción porque hice todo bien pero no llamé a la ambulancia. Antes de enviar el formulario, me matriculé en un curso gratuito en línea de primeros auxilios.

Me seleccionaron como voluntaria y me llamaron para la sesión de entrenamiento. El entrenamiento era para ayudar en el Pride de la ciudad, que sería en algunos meses. En parte, llegué a estudiar a Inglaterra gracias a Pride, la película sobre el grupo Lesbians and gays support the miners que apoyó la huelga de los mineros en 1984. Esa película me dio la idea para lo que llegó a ser mi investigación de doctorado, y me sacudió estructuras internas que ahora me tenían respondiendo ante un grupo de desconocidos lo que Pride significaba para mí.

Salí de la sesión de entrenamiento sintiéndome incompetente. Habíamos hecho el reto de los marshmallows, que mi equipo ganó porque alguien buscó en google cómo construir la torre. Por otro lado, tenía el guion de qué decir para evacuar parcial o totalmente el evento en caso de amenaza de bomba, sabía que tenía que estar alerta ante child predators, y conocía el área del parque designada para que ciertos siervos del Señor ejercieran su “derecho” a gritarnos con megáfono que nos iríamos al infierno. Consideré abandonar el evento pero estos eran los worst-case scenarios que tal vez no ocurrirían, salvo por el tercer punto, y esto era “hacer algo”. No quería quedarme de brazos cruzados, no para un evento que se le cuadra al rechazo, la exclusión y las injusticias experimentadas por millones de personas, por generaciones y alrededor del mundo.

La segunda reunión del equipo de voluntarios fue menos intimidante. Los organizadores de Pride ofrecieron un picnic en el parque donde sería el evento, para además familiarizarnos con el lugar. Llegué al punto de reunión y uno de los organizadores (que llevó fresas de su huerta que eran amor puro) nos señaló cómo llegar al resto del grupo: “Just find the rainbow flags”. En medio del extenso campo verde, destacaban banderas de arcoíris que delimitaban el área del picnic. Era mi primera vez pledging allegiance a la banderita en público y me encorvé, literalmente, pero poco a poco me obligué a enderezar la columna. Cerca había un grupo de hombres hipermasculinos jugando frisbee, y niños pequeños corrían a enrollarse en las banderas bajo la mirada sonriente de sus cuidadores. Estábamos ahí y no pasaba nada. Digo que fue “menos” intimidante porque en el equipo de Pride eran todos británicos; era la primera vez que yo, en este país, pertenecía a un grupo social que no estaba compuesto por extranjeros como yo. Esto significó (a) estar dos horas bajo un rarísimo sol abrasador, del que yo tuve más que suficiente las dos primeras décadas de mi vida y que me dio dolor de cabeza pero que los británicos amaban; y (b) que yo no entendía la mitad de lo que decían, y ellos apenas me entendían a mí.

Dos días antes del evento fue la última reunión del equipo. Llegó alguien de la policía de la ciudad a hablarnos de su rol en el evento y repasamos las responsabilidades de los stewards, las cuales ya no me parecían tan amenazadoras. Las caras ya me eran familiares, conocía los protocolos y la distribución de las zonas, tenían café y galletas. Uno de los organizadores preguntó quién querría ayudar con la marcha y levanté la mano. La ayuda consistía en ordenar a los grupos participantes, e ir delante de la marcha para detener el tráfico en cada callecita que desembocaba en la avenida por la que pasaría. Eran 22 callecitas (insértese aquí el emoji de calavera).

Llegó el día y me dieron un chaleco amarillo. El voluntario más joven era un bebé de meses, hijo de otra voluntaria, que vestía su propio chaleco que decía “Mommy’s little helper”. Varios nos apretujamos dentro de una van sin ventanas que nos llevó al punto de salida de la marcha. Me llevó tiempo entrar en calor, además que estaba distraída con las rollerblade girls, pero logré ubicar a los grupos en sus posiciones. Entre los grupos destacaba una amable reverenda y su comunidad cristiana (my kind of siervo del Señor), una imponente drag queen, los queer commies y perros del cuerpo de bomberos vistiendo pañuelitos de colores. Ahora no puedo esperar para llegar al infierno.

Los siguientes 45 minutos los pasé leapfrogging con otros voluntarios, corriendo por más de una milla para detener los carros que se dirigían a la avenida. Corrí como si me persiguiera un predicador con megáfono, con los tambores de la marcha sonando a mis espaldas. Entendí lo básico del cierre de carriles para retener a los conductores con ceño fruncido mientras llegaba la patrulla a explicarles por dónde podían salir. La marcha alcanzó el parque y entonces pude verla de principio a fin, desde una elevación, mientras hacía su entrada triunfal.

El resto del evento lo pasé cargando una cubeta con mercancía o una alcancía, recolectando fondos para el próximo año. Me di ánimos pensando en la película Pride, en la que los protagonistas también pedían donaciones. Aquí nadie iba a escupirme por hacer eso pero ni siquiera pude abrir la boca. Afortunadamente, mi compañera de rondas, una undergrad bajita de voz dulce, era menos introvertida y su “Donations for Pride!” le salía como una canción. Conversamos sobre la última vez que desconocidos la grabaron a ella y su novia, y sobre las veces que le han dicho que ambas solo quieren llamar la atención. Estábamos a la entrada del parque y notábamos quiénes llegaban por interés genuino y quiénes por morbo. Los segundos ni volteaban a vernos, querían entretenimiento gratuito. Hay una investigación (tendrá que pedirme la referencia) que declaraba que Pride era la ocasión para mucha gente “dentro de la norma” de suspender su prejuicio para disfrutar el freak show, pero nada más. No cuestionaban sus propias actitudes hacia la diversidad sexual y de género, ni se esforzaban por comprender el por qué de este evento más allá de la pluma y la brillantina.

Cuando terminó mi jornada, regresé a casa caminando sola. Algo en el ambiente se disolvía mientras me alejaba del parque. Había menos colores, por supuesto, ni un signo de festividad. La vida no cambió para la gente que podía tomar la mano de su pareja en público o despreocuparse de nombres y pronombres. Le devolví la mirada a algunas personas en la calle pero hasta que iba llegando a casa me vi en la ventana de un carro. En mi cara todavía tenía dos arcoíris que otro voluntario había estampado bajo mis ojos.

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Entornos verdes

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 3 de agosto de 2017.

A media cuadra de la casa en la que crecí, en El Salvador, había un parque. Era este un terreno verde que se estiraba por una calle cinco cuadras cuesta arriba. Tenía una cancha de fútbol, una cancha de basketball, árboles cuyas copas formaban un techo de hojas, glorietas, columpios y una pendiente por la que uno podía rodar. Mi primer recuerdo en ese parque soy yo escondiéndome tras una piedra porque hay un soldado frente a mí, y creo que mi mamá me está pidiendo que le dé la mano y que sigamos caminando porque no pasa nada. Otros recuerdos, menos angustiantes y difusos, tienen que ver con llevar a mi mascota, mi socia, la Rana (RIP), a corretear por la cancha de fútbol.

Este parque todavía existe pero me es difícil hablar de él en presente. Recordé su existencia hace poco, cuando alguien compartió en Facebook la denuncia ciudadana de que algunas de sus pendientes se han erosionado y los árboles en el borde de las mismas pueden venirse abajo en cualquier momento. Son árboles masivos. El peligro y la pérdida que significarían su caída es largo de explicar aunque fácil de imaginar. Ver esta advertencia me recordó la sensación que tengo cada vez que vuelvo a mi país, una sensación sin nombre específico que me da al observar el entorno: descuidado, sobrecargado de cables y publicidad, buena parte de ella en inglés, cada vez con menos vegetación y con más inmuebles deteriorándose junto con la gente que los habita.

Me llevó muchos años hacer consciente mi impresión de que la vegetación se asocia a un cierto privilegio social. Mi casa tenía un jardín bonito, mi calle tenía árboles (de nuevo, probablemente debería estar hablando en presente) y enredaderas que brotaban de entre los alambres razor. Además del parque mencionado al inicio, había otro dos cuadras más abajo de mi casa. Sin embargo, siempre había vecindarios más bonitos que el mío, los de aquellos sectores sociales selectos que podían costearse arboledas, jardines y parques más frondosos que a los que yo tenía acceso. Los vecindarios más “populares” tenían más cemento que vegetación, o vegetación que era maleza apenas controlada. Eso sí, el alambre razor era común a todos lados, porque la arquitectura de la inseguridad es más o menos democrática.

En 1969, el psicólogo social Philip Zimbardo y su equipo de investigación dejaron dos autos abandonados, uno en una zona pobre de Nueva York y otro en una zona rica en California (al igual que usted, tengo la duda de cómo consiguieron dos autos para este estudio). El primero fue rápidamente vandalizado, como cualquier persona con determinadas ideas acerca de la pobreza podría esperar. El segundo auto quedó intacto, hasta que el equipo investigador mismo le rompió una ventana. A partir de eso, este segundo auto también fue deteriorándose a causa de los distinguidos habitantes y transeúntes que contribuían a desmantelarlo poco a poco.

Este experimento de mi tío Zimbardo (a quien algunos reconocerán más bien por su experimento de la cárcel de Stanford) tiene relación con la llamada Teoría de las Ventanas Rotas en criminología. No vengo a hablar maravillas de esta teoría, porque se ha utilizado como excusa para implementar políticas represivas en ciertas poblaciones, pero quiero destacar su punto de partida: la facilidad con la que colectivamente contribuimos, por acción u omisión, al deterioro de nuestro entorno, especialmente cuando vemos que “a nadie más le importa”. Si alguien ya rompió una ventana, ¿qué tiene de malo manchar la pared en la que está esa ventana? Así, el deterioro va aumentando a partir de pequeñas acciones individuales (esta dinámica, en la que pequeños comportamientos van sumando hasta crear un fenómeno mayor, no ocurre solo a nivel comunitario, pero ya hablaremos de eso otro día, si es que algún día me pagan por enseñar y/o escribir intelectualidades).

Cuando vivía en El Salvador, observaba cómo áreas verdes en general y árboles en particular iban disminuyendo. Ahí también me daba la impresión de que a nadie le importaba, o, que a alguien le importaba el aspecto equivocado del problema. Parecía ser contagioso, eso de que cada persona realizaba una acción que por sí sola no era tan importante pero que tenía un efecto acumulativo. Los árboles desaparecían, a veces, para disminuir riesgos, como el de raíces metiéndose bajo una casa (e.g. la mía) o ramas entrando en contacto con cables de alta tensión. Otra veces, la vegetación desaparecía a causa de criterios en principio bien intencionados pero cuestionables, como el caso de una plaza en la capital en la que talaron árboles para poner piso de cemento. O cuando talaron hileras de árboles que se extendían por varias cuadras para construir un nuevo carril. O cuando destruyeron un bosque entero para montar tres centros comerciales y residencias exclusivas. Las ardillas cambiaron ramas de árboles por cables del tendido eléctrico, las aves pasaron de construir sus nidos entre hojas a esconderlos entre estructuras metálicas.

No estoy siendo una hippy abraza-árboles, o sí y tendrá que aguantárselo, pero no estoy preocupándome solo por la estética y el ornato de zonas habitadas. Hace poco leí un artículo sobre una especie de escarabajo, el polyphagous shot hole borer, cuyo nombre claramente no voy a molestarme en traducir, y que carga un hongo llamado Fosarium. El artículo, publicado en línea en la revista Wired, estimaba que 26.8 millones de árboles iban a morir en el sur de California en los próximos años a causa de este hongo que interrumpe la habilidad del árbol de transportar nutrientes y agua. La muerte de estos árboles tendrá un impacto importante en la salud pública, no solo porque los árboles controlan la polución y regulan la temperatura ambiental, sino porque contribuyen a la reducción de estrés y al incremento de la actividad física. La desaparición de los árboles, en otras palabras, impacta directamente el estado de salud. Es hora de recordar que detesto la frase “hay estudios que muestran que…” cuando no la acompaña ningún estudio específico, así que voy a ser específica y hacer eco del meta-estudio (un estudio de estudios) que menciona Wired, de Gascón y colaboradores (2015): Residential green spaces and mortality: A systematic review. Los resultados, en resumen: vivir en áreas con espacios verdes reduce la mortalidad. Por supuesto los hallazgos son más complejos que esa frase pero, como ya dije, espérese a que me contraten para ejercer la intelectualidad y sigo con esta historia.

Tengo la suerte de vivir en una de las ciudades más “verdes” de Inglaterra, tanto así que parte de ella está inserta en un parque nacional, o viceversa. Me invade una sensación bonita, una amalgama de satisfacción y bienestar, al caminar por zonas verdes aquí. Esto lo experimento desde antes de conocer los beneficios de rodearse de vegetación o las dinámicas sociales asociadas a ello. Pienso en el entorno –el ecológico, el social– deteriorado en mi país, en lo difícil que es preocuparse por semejante cosa cuando la lucha diaria es sobrevivir para ver el día siguiente. Tal vez los árboles del parque ya se cayeron o serán talados por seguridad. Son dos o tres árboles, qué tienen de importante.

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Party hard

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 20 de julio de 2017.

Una de mis fotografías favoritas de Inglaterra fue tomada la última noche del año 2015 en Manchester. The Guardian hizo eco de la apreciación colectiva de la composición de esta foto, “similar a la de una obra de arte del Renacimiento”. Al frente de la imagen, dos o tres policías mantienen a un hombre contra el suelo. Tras ellos, otro hombre está tirado en medio de la calle, como apoltronado en un diván, estirando el brazo para alcanzar su cerveza como si alcanzara la mano de Dios. Mi pie de foto personal para esta imagen es la de un meme: you will never party this hard.

En mis años de colegio fui solamente a una fiesta, la de quince años de una amiga, y pasé sentada todo el tiempo viendo a los invitados bailar. La primera vez que volví a mi casa después de medianoche, y solo por algunos minutos, tenía 24 años; de hecho, era mi cumpleaños 24 y lo había celebrado tomando un batido de fresas. Entrego estas credenciales para que no parezca tan inverosímil mi triste confesión de que no conozco la sensación de una resaca al día siguiente. En mis primeros 23 años de vida, salir me parecía demasiado trabajo. Esto, por supuesto, no me volvía popular entre mis pares.

Para sumar más puntos como el alma de la fiesta, yo solía huirle al alcohol. Mi primer asomo al abismo de la ebriedad fue en una celebración de la ONG en la que trabajaba en ese tiempo. El staff lo componía una veintena de personas que nunca le decían no al trago, y yo. Las oficinas de la ONG eran una casa que amoblaron con escritorios y archiveros, y estábamos en el jardín, celebrando nuevos proyectos o quizás nada en particular. Alguien me dio un vaso de jugo de naranja con vodka. Cuando viví en carne propia el significado de buzzing, paré. Nunca había sido testigo de los efectos de la alcoholización excesiva pero conocía la teoría y eso me bastaba.

A pesar de mis temores, comencé a sentir más y más curiosidad por los mundillos de las parrandas. Cuando experimenté una estrepitosa ruptura amorosa, que era lo que “celebraba” la noche de mi 24º cumpleaños, comencé a salir de noche. En la noche era más fácil marinar en la miseria y eso me resultaba insoportable. Recuperé viejas amistades, hice nuevas, y mi convicción de que uno podía divertirse sin tomar alcohol se derrumbó; no tenía ningún argumento racional para justificarlo, solo sentía que era así, quizás en virtud de ser una idea socialmente compartida. Comencé a dedicar los fines de semana a ir a presentaciones artísticas de amigos, o de amigos de amigos, o a deambular por la ciudad como si eso no implicara un riesgo a la integridad personal. Gracias a mis nuevas tendencias, descubrí que tenía un ego monumental. Estos fueron mis dos años de juventud, aunque esto, también, era una fachada: aun en medio del público más prendido, me paraba rígidamente sosteniendo una botella de Absolut que no iba a acabarme, y mi mayor preocupación era cuánto tiempo más sería socialmente aceptable esperar antes de darme el zafe e irme a dormir. El alma de la fiesta, ciertamente.

En Chile aprendí la palabra carrete, que era el equivalente al salvadoreño patín. Ahora que yo ya era totalmente independiente, y vivía en una ciudad que no estaba en los rankings de las ciudades más letales del mundo, podría explorar mi lado fiestero. No lo hice. Con mi nuevo roommate de entonces tuvimos una fiesta por su cumpleaños, tras la cual dijimos nunca más. Luego vino una seguidilla de recepciones matrimoniales de las que me despedía aprisa, cual Cenicienta, para no tener que trasnochar. Por suerte encontré un nicho social en el que estábamos de acuerdo sobre cuál era el corazón de un carrete: la comida. Hasta la fecha, mi razón primordial para ir a eventos sociales es la mesa de snacks. Es mi alegría y mi castigo atracarme de papitas.

No obstante mi atrofiado sentido de la diversión, un hábito logró deslizarse sigilosamente en mi cotidianidad desde mis primeros años en Chile, y se vino en mi maleta a Inglaterra. Adquirí una enorme simpatía por el vino, alcanzando niveles estereotípicos. Cuando hice una retrospectiva de la excelente reunión familiar (e.g. incluyó máscaras de luchadores mexicanos)  del año pasado con motivo de las fiestas decembrinas, me di cuenta de que había tomado alcohol todos los días que estuve en ese viaje. Fueron 17 días. Mi hermano tenía un conveniente mini-bar en su casa, lo cual explica mucho, y todas las tardes se ofrecía a prepararme algo. Tres sorbos más tarde yo ya me estaba riendo por nada, y sirva esto como recordatorio de que mi supuesto alcoholismo es de juguete. Efectivamente, I will never party that hard.

Todo lo anterior no significa que no he seguido intentando irme de juerga, y el Reino Unido se presentó como una nueva oportunidad para triunfar en este rubro. Desde mi primer día aquí ya había visto gente alegre pululando de noche por las calles (¡ni siquiera era fin de semana!), y yo misma había experimentado interesantes mareos en la recepción para nuevos estudiantes, gracias a media copa de vino. Las invitaciones abiertas abundaban, tanto como los pubs en el vecindario en que vivo, pero me llevó un tiempo construir algo que asemejara una vida social. Mi primer año en Inglaterra fue más bien silencioso, con mi ruta establecida de la casa a la universidad y viceversa, por la consabida lucha de hacerse un hueco propio al llegar a una cultura nueva.

Ahora, casi dos años después, tengo semanas en que termino exhausta no por los estudios sino por la cantidad de compromisos sociales que adquiero: un cumpleaños, un evento académico en un pub, una reunión de voluntariado (que incluye un boleto para entrar gratis a la megafiesta después del evento), otro cumpleaños, ida al cine con pint previa, reunión en un café. Por ser tan asquerosamente proactiva, además, me uní al comité de la sociedad de posgrado de mi programa. La razón de ser de la sociedad es ofrecerles a los estudiantes de doctorado una vida social fuera del doctorado, y lo estamos logrando. Actualmente, en mi horizonte social tengo una colorida marcha y una fiesta veraniega el mismo día, y por obligación tengo que estar en ambas, no para divertirme sino para asegurarme de que otros se diviertan. Al final terminé convirtiendo mi curiosidad por el jelengue en una responsabilidad vital más. Y eso sigue explicando por qué, hasta la fecha, no sé qué se siente tener resaca.

Desde que recuerdo tengo una agenda, formato papel-y-lápiz, para llevar registro de mis actividades. Ahora Google también conoce mi agenda, y Facebook conoce mi agenda, y los dos pasan recordándome todos los eventos y actividades a los que quiero o no quiero asistir. Uno de los eventos más recientes en mi lista de sandungueo social se denominó informalmente como un International Drunken Exchange. Leí con temor la invitación y me pregunté simultáneamente si alguna vez voy a estar a la altura de estos eventos y dónde confirmo mi asistencia.

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Estudiar lleva lejos (por un precio)

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 6 de julio de 2017.

En mi primer empleo formal, conocí a alguien que me regaló un libro sobre los mil lugares que hay ver antes de morir. Esta persona se convertiría en un amigo muy querido, y lo conocí gracias a que él era un trotamundos y pasaba su vida saltando como pulga por todos los continentes, trabajando para una agencia de cooperación internacional. Mi vida, en contraste, estaba confinada a la recepción de la ONG que me había contratado, la cual era una fuente de invaluable aprendizaje personal pero me mantenía estancada en mi profesión. No hay una psicología de la angustia por contestar el teléfono (si usted me pasa fondos puede haberla) ni de prepararle el café a la junta directiva. Loor a las asistentes ejecutivas y secretarias, oficios horrendamente subestimados que hacen que la civilización avance. Pero lo mío no es hacer que la civilización avance.

A lo que voy es a la fe que este amigo tenía en mí. Supongo. No hemos conversado en persona por más de un par de horas en todos los años que llevamos de conocernos, pero desde nuestras primeras interacciones él pareció ver en mí a un kindred spirit; podíamos hablar de muchos temas por largo tiempo. Excepto a la hora de conversar sobre explorar el mundo, ahí yo solo podía escuchar. Estaba estancada en mi trabajo de asistente y en cansinos trámites para postular a becas que no iba a ganarme. No me imaginaba no salir a estudiar a otro país pero esa era la extensión de mi imaginación: salir a estudiar y volver. A lo mucho, viajaría para visitar familia en ese patio delantero de mi país que es Estados Unidos, y además me rehusaba a volar sobre el mar. No sabía adónde quería ir pero quería irme.

Antes de continuar, un disclaimer: aquí no hay ninguna moraleja acerca de lo maravilloso que es viajar. Para eso están los contactos de Facebook que postean videos y artículos sobre cómo vivir sin viajar es como leer solo la primera página de un libro y cosas así. Es difícil estar en desacuerdo con esa idea pero viajar es un privilegio más que un imperativo. Puedo pensar en algunas personas que tienen tanto o más mérito y capacidad que yo para estar estudiando y explorando países nuevos, y si no lo hacen es porque sus condiciones de vida les han llevado a tomar otras decisiones y otros caminos. La realidad pesa, como decía un amigo mío. Por supuesto que es recomendable salir del entorno propio de vez en cuando pero cada quien lo hará de acuerdo a sus posibilidades (o artimañas, como es mi caso).

Decía, mis aspiraciones tenían algo de ambición pero eran poco imaginativas. Fuera de querer seguir estudiando (sepa Dios por qué), estaba conforme quedándome en mi casa. Al mundo lo conocería por internet, por libros, por amigos internacionalmente cooperadores como el que había ganado, quien de vez en cuando me mandaba postales desde países asiáticos y africanos. En algún idioma debe haber un término que designe a la persona que observa sentada a otras que andan de viaje; esa era yo. De pequeña, me encantaba que la gente fuera y volviera de viaje porque me traían regalos, y ganaban puntos extra si lo hacían por avión, porque era mi oportunidad de ir al aeropuerto a ver los aviones despegar y aterrizar. También puede que haya un término para alguien que disfruta holgazanear viendo aviones despegar, volar y aterrizar.

Un par de años después de graduarme de la licenciatura y de haber recibido el libro de los lugares que debía ver antes de morir, logré una beca para estudiar en el extranjero. Ese fue el momento en que le vendí mi alma al diablo. Con la segunda beca que me gané años después, confirmamos nuestros votos de condena. Es cierto que estudiar lleva lejos. Desde que me convertí en becaria amplié mi kilometraje una barbaridad, gracias a los tantos lugares a los que tenía que ir para recoger datos o difundir hallazgos de estudios. Bendita academia y la necesidad de nosotros sus súbditos por aportar y destacar. Además, siempre hay oportunidad de ser turista cuando se es ponente, especialmente si uno ignora la presión social inherente a las listas del tipo “Los 10 sitios que absolutamente hay que visitar cuando estás en Ciudad X”. Me inclino por las atracciones gratuitas, las caminatas por la ciudad y la comida comprada en supermercado. Austeridad aparte, mi vida se ha convertido en un feliz loop de segmentos de La Cámara Viajera de Sábado Gigante y tengo los magnetos de refrigerador para probarlo. Tengo postales, fotografías y souvenirs que terminaré regalando porque hay que viajar ligero.

Por todos estos ires y venires, cuidadosamente instagrameados, uno podría creer que soy inteligente y adinerada, o al menos una de las dos cosas, pero no soy ninguna. Digo, no lo seré más que el promedio. Pasa que le pongo empeño a lo que hago y estoy construyendo un bonito CV, pero eso no hará que me zafe de mi pacto. El diablo se llevará mi alma cuando se me acaben las becas, recuerde que no coticé durante los años más productivos de mi ciclo vital, y me encuentre a mí misma sin pensión, si es que logro llegar a una edad en la que eso es una preocupación.

No pienso mucho en ese precio que tendré que pagar por haber salido de mi casa. A veces pienso, a modo de wishful thinking, que tal vez nunca tenga que pagarlo porque no sabemos adónde iremos a parar (e.g. Yo decía que nunca iba a cruzar el charco y heme aquí, viviendo en el otro extremo del mismo bajo un régimen monárquico). Mi tío George Harrison tiene una canción llamada Any Road, sobre la vivencia y el apremio de estar en movimiento constante, y los intentos por abarcar todo lo que hay por ver. A la luz de esta canción, hace varios párrafos que estoy tentada a comenzar una oración diciendo “Aprendí que..”, pero eso iría en contra de mi disclaimer. A nadie le importa lo que yo he aprendido viajando, además de que la mayoría de los viajes ocurrieron sin que yo los buscara. Soy una turista accidental, una mezcla de esfuerzo y buena fortuna, el embodiment del “yo pasando iba” que termina con un sello en el pasaporte. Lo importante es lo que dice mi tío: If you don’t know where you’re going, any road will take you there.

En el momento en que escribo esto, he viajado a diez países. A siete por razones académicas y a tres por Aerosmith, esto último es una historia de amor aparte. Ahora yo también puedo mandarle postales de América y Europa a mi amigo trotamundos. Como yo no tenía tanta fe en mí misma como él la tenía en mí, dejé el libro que él me regaló en la casa de mis papás cuando me mudé al extranjero. La próxima vez que regrese voy a desempolvar el libro y a tachar los lugares que he visitado, para escribir la guía de las decenas de lugares que alcancé a ver antes de que se me acabara la beca.

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