En papel

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 18 de enero de 2017.

Cuando estábamos en cuarto grado, mi amigo imaginario y yo comenzamos a recibir cartas de vez en cuando. Me las entregaban en persona o yo las encontraba en mi escritorio, cada una como un regalo de navidad envuelto con cuidado. Estas cartas eran hojas arrancadas de cuadernos, o papel colorido fabricado para que pre-adolescentes se comunicaran por escrito con sus pares. Mi amigo imaginario y yo también escribíamos. La reciprocidad era esencial, y una clase con contenidos que saldrán en el examen no es razón para interponerse entre un remitente y un destinatario.

Leer y escribir notitas y cartas era inherente a la cultura estudiantil. Mis compañeros en la cúspide de la cadena alimenticia social podían comunicarse con estudiantes de otros colegios; yo me contentaba con escribirles a mis vecinos de mesa, y con suerte a alguien en otro salón. Mi mejor amiga, no imaginaria, me recordaba que TQM, y una compañera del salón de al lado le decía a mi amigo imaginario que disfrutó mucho su última caricatura en la que no sabía si él estaba bailando o transformándose en araña.

Los dos párrafos anteriores dejan en claro que soy una anciana. En mis tiempos, allá por la secundaria, ya teníamos internet en casa, pero su apogeo y el de los teléfonos celulares y redes sociales no llegaría hasta unos años más tarde, cuando hubiésemos comenzado la universidad. Antes de eso, y antes de que mis compañeros crecieran y encontraran otros objetos brillantes con los cuales entretenerse, acumulé montañas de cartas y notas con innumerables colores y caligrafías, con una textura de honestidad que no he vuelto a encontrar (quizás porque, como decía, soy una anciana y estoy idealizando el pasado). Esas montañas están resguardas en una enorme caja, en la casa de mis padres, mientras vuelvo por ellas algún día y me las llevo a un hogar que no sea rodante.

Recordé con especial aflicción esa enorme caja y las memorias que hay en ella cuando llegué a Inglaterra. Aquí descubrí que la industria de las tarjetas de felicitación no había muerto con internet, como yo creía, como había visto en mi país y en mi país adoptivo. El corazón se me hizo chiquito por la ternura. Cerca de mi casa (“mi casa”) hay una tienda de tarjetas. En su interior hay dos pasillos, uno de tarjetas y otro de pequeños regalos, pero puedo perder la noción del tiempo leyendo cada tarjeta y salir de ahí deseando haber comprado muchas, para ocasiones que ni siquiera voy a experimentar. Los dibujos, los juegos de palabras(!), los colores, los materiales. Mentes anónimas trabajando para compartir penas y alegrías con otras personas de una manera que queda suspendida en el tiempo.

Todavía, en anticipación a un cumpleaños o a navidad, mi hermana tiende a dedicar fines de semana a dar vueltas por incontables tiendas por todo San Salvador. Ella dice que ahora cuesta hallar tarjetas de felicitación decentes, y yo suscribo; o suscribiría si estuviera ahí. Lo he visto, la oferta es limitada y bastante decepcionante, aunque a veces se encuentran joyas, a juzgar por la tarjeta que ella me regaló esta navidad. Parte de la culpa de la oferta limitada, supongo, es la existencia de las e-cards, que son más rápidas, menos trabajosas para su envío. Son bastantes útiles, eso es innegable. Sí hay e-cards bonitas, dirá alguien como mi hermana, pero -aquí vienen cuatro palabras definitivas, la frase tajante- no es lo mismo.

Mi hermana, mis hermanos en general, saben mucho más de comunicación en papel que yo: son mayores que yo y también son, o alguna vez fueron, inmigrantes. De ellos también tengo cartas dentro de mi caja. Ellos también escribieron a casa, desde la distancia y la soledad, cuando las cartas tardaban hasta dos meses en llegar y las llamadas internacionales estaban fuera del presupuesto. Tal vez es por ellos que cargo una sensibilidad vicaria hacia la comunicación old school, lo cual no riñe en absoluto con mi, con nuestra gratitud por tener hoy a la mano Skype y WhatsApp y lo que sea (a Snapchat no llego, demasiado juvenil para mí; pero otro de mis hermanos lo goza).

Agreguemos los libros a la discusión y digamos que lo impreso y lo digital no son lo mismo. Para no hablar con vaguedades: lo impreso y lo digital difieren en sus procesos de creación y en sus efectos sobre quienes se comunican a través de ellos. Por ejemplo, la lectura en papel involucra considerablemente al tacto; las manos participan en esa experiencia. Aun más, leer este artículo en una pantalla provocaría un movimiento ocular distinto que leerlo impreso. Convertido en hábito, este movimiento ocular podría impactar, a largo plazo, el funcionamiento del cerebro (¿usted es de quienes cree que un lado del cerebro sirve para la lógica y el otro lado para la creatividad? Porque eso no es cierto y le han mentido descaradamente, pero, si lo cree, probablemente usted y yo tenemos nociones muy distintas de lo que significa “funcionamiento del cerebro”).

Si este artículo estuviera en internet, usted podría poner en pausa su lectura y dar click en los hiperenlaces que aportan a lo que digo, como “e-reading is not reading” de Andrew Piper; “Learning Directly From Screen? Oh-No, I Must Print It!”, de Ackerman y Goldsmith; o, en la misma línea pero relacionado más a la escritura que a la lectura, “The pen is mightier than the keyboard” de Mueller y Oppenheimer. De esos artículos saltaría a otros, y quizás terminaría en sus redes sociales compartiendo lo que acaba de aprender. Además, tal vez dejaría este artículo a medias, porque ya sabe suficiente y la lectura digital también hace mella en los procesos atencionales. Por suerte este artículo está por terminar y podrá ir a googlear en paz.

No hago énfasis en que papel y pantalla no son lo mismo para establecer jerarquías o perpetuar la batalla entre ambos. Soy una anciana pero no le grito a las nubes. Resulta tentador preguntarse cuál de los dos medios “es mejor”, sobre todo cuando se está en un medio digital que se nutre de clicks, pero esa es una pregunta ociosa. La respuesta la brinda el propósito de la comunicación y el contexto en el que ésta se desarrolla. Agradezco la convivencia de lo impreso y lo digital. Aprecio la rapidez cuando, por ejemplo, tiembla en mi país y en Twitter se reporta en tiempo real, y puedo atinarle a la magnitud y la intensidad según el número de tweets, caracteres por tweet y signos de exclamación en él. Por otro lado, aprecio el afecto que desborda una postal cuando cae por el buzón. Y está el intermedio, compartido entre personas con quienes intercambio cartas que lleva una hora escribir y tres segundos recibir. Es hermoso.

Mi amigo imaginario y yo seguimos recibiendo mensajes amistosos, ahora casi todos en línea. Con la adultez, con las mudanzas y con los avances tecnológicos, expandimos nuestras amistades y las maneras de comunicarnos con ellas. Mi amigo imaginario también es más digital que impreso estos días, y su existencia es más satisfactoria por ello. Pero no se le olvida, a mí tampoco, que comenzamos la historia en papel.

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Encontré estas imágenes que tenía guardadas en mis borradores desde hace un tiempo y dije, “vieja, ¿qué ondas con esta mara y los títulos de sus columnas?”

(Por otro lado, quisiera destacar ejemplo tras ejemplo del nivelón de tabloide que se manejan los periódicos del país en el presente, encima de sus sesgos de todos conocidos, pero ya no estoy para esos trotes. Además, tanta chabacanada se encuentra en línea fácilmente, hasta pena les debería dar. Mi trabajo aquí está hecho).

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Una nueva carrera en una nueva ciudad

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 4 de enero de 2017.
[Yo le dije que estaba leveleando. La publicación digital viene seis meses después de la impresa]

Un puñado de británicos alegres y bulliciosos se arremolinó bajo mi ventana en el tercer piso. Era mi primera noche en el Reino Unido y la habitación en la que sudaría el jet lag por una semana estaba encima de un bar. Solamente un año antes de esa noche, pensar en visitar cualquier región fuera del continente americano me generaba un temor irracional, caricaturesco. No voy a cruzar ningún charco, gracias. Las razones abarcaban desde el vuelo de Air France que cayó en medio del Atlántico en el 2009 hasta los fantasmas de las guerras mundiales y el terrorismo. Todas esas razones conllevaban probabilidades mínimas de ocurrencia que podían desestimarse fácilmente; eran excusas. Por otro lado, el argumento significativo para rehusarme a salir de mi continente era obvio y tajante: la distancia. La distancia que pondría entre mi persona y el mundo en el que crecí y que conocía hasta entonces. No, gracias.

Llegué a Inglaterra sin quererlo. Mi llegada no fue un accidente repentino, no fue que me tropecé y le caí encima a la isla. Ese accidente comenzó muchos años atrás, con mi pretensión de salir por un tiempo de mi país que mide diez cuadras, en el centro de América. El slogan turístico no oficial de El Salvador es “pueblo chico, infierno grande”. No se me malentienda. Lo llamaré infierno pero es mi infierno y tiene playas bonitas. Antes de que el peso de la realidad aplastara mi idealismo, tenía toda la intención de aportar a mi país in situ. Pero estaba consciente de que antes debía pasar por una educación intensiva, una que solo podía obtener estudiando fuera del país. Ya miles de videos cuasi-trascendentales en Facebook predican sobre la importancia de viajar así que no tengo más que decir al respecto.

Por algunos años, tras obtener mi licenciatura, tiré los dados para irme a estudiar al norte de América. Los dados me mandaron al sur, al país más largo del mundo. Chile ha sido mi máximo benefactor en esta vida hasta la fecha. Le vendí mi alma pero se la vendí cara y no me arrepiento de nada. Tanto es así que mi idea de salir del país “por un tiempo” pasó a ser un “indefinidamente, con suerte para siempre”. Mis planes vitales, fundamentales, me salieron al revés.

Mi trabajo es profundizar en la naturaleza humana (lección número uno, no existe tal cosa como “naturaleza humana”). Con esta labor en la que tanto se sufre pero se goza he costeado mi vida adulta. Cuando encontré la oportunidad de que mi máximo benefactor me siguiera pagando por eso, apliqué, otra vez, a varias universidades en Norteamérica. Todas me dijeron que no y se enriquecieron en el proceso. También apliqué a una, solo una universidad en el Reino Unido, como quien quiere y no quiere. Este es un buen momento para mencionar mi Beatlemania y mi devoción a Bowie –quien la comparte podría sospecharla al iniciar el artículo– las que inclinaron la balanza hacia el quien quiere. Uno creería que la cultura pop no es criterio ni aliciente para escoger dónde cursar un postgrado, pero es que no hemos hablado, ni lo haremos, de por qué apliqué a universidades norteamericanas en primer lugar.

La universidad del Reino Unido me aceptó y el gobierno de Chile me dio permiso de asistir a ella. Sentí ambivalencia hasta que sintonicé la BBC Radio Sheffield diariamente, para saber lo que me esperaba. En uno de sus programas escuché la noticia de que a alguien se le había escapado un avestruz. Cuando finalizó el reporte y se fueron a comerciales, supe que me sentiría en casa en mi nuevo destino.

Levantar el campamento para la mudanza fue relativamente simple. No era mi primer cambio de país y los adioses esenciales los había sufrido años atrás. Ya conocía el arte y el oficio de viajar liviano. También conocía la resignación de preservar amistades por la vía digital, el respirador artificial de muchas relaciones. Vendí casi todo, empaqué la pequeña familia que armé en Chile, y me fui.

Me enviaron en un vuelo de la aerolínea Air France, pero no tuve oportunidad de calcular probabilidades porque dormí todo el trayecto sobre el océano. Al bajarme del avión, un chileno -bless his heart- me recibió en el aeropuerto de Manchester y me llevó hasta Sheffield, a cambio de una botella de pisco e historietas de Condorito. El Snake Pass entre Manchester y Sheffield fue la primera cara que vi de UK. El Snake Pass me pareció una serie de paisajes que, en un universo alterno de mi existencia, solo habría conocido por un calendario, regalo de algún familiar lejano que me recuerda pero no me conoce. Lo digo como un cumplido para los calendarios de paisajes.

Observé a los británicos alegres y bulliciosos, desde el tercer piso sobre el bar, desternillándome de la risa. Menos divertido fue encontrar vómito y botellas quebradas en la calle al día siguiente, pero esta era una faceta novedosa no incluida en mis estereotipos sobre los nativos del Reino Unido. Mi acervo de conocimientos sobre el país aumentó aún más cuando pasé del tercer piso sobre el bar a una casa en la cima de una colina, donde, efectivamente, era factible tener un avestruz.

Me llevó pocas semanas sentirme a gusto en la universidad y en la ciudad, y un año después declaré que me quedaría en Sheffield para siempre si pudiera (no puedo). Sentí que encajaba aquí porque por fin había gente que pedía tanto perdón como yo por nimiedades. Porque tener el pelo coloreado y la piel tatuada era tan normal como no tenerlos. Porque aquí recordaban, con placas y estatuas, piezas de su historia, mientras que mi país se enorgullecía de su amnesia histórica y encima debía recordarse constantemente que estaba orgulloso de ella. Porque vivir aquí, amén de los atractivos entornos urbanos y campestres, era como vivir en un spin-off de Monty Python.

Algo más me reconfortó: nuevamente la comunidad de chilenos me acogió, pero aquí los chilenos eran tan extranjeros como yo. Mis primeros meses en Chile, sentí la horrenda obligación de deshacerme del voseo y pasarme al tuteo cuando alguien me preguntó por qué hablaba como argentina. Me sentí avergonzada ante el señalamiento, aunque mi respuesta debió haber sido “vos tu madre, cerote”. Tutear era como fingir ser zurda siendo diestra, pero el apremio por ajustarme socialmente era abrumador (quizás está preguntándose si este anhelo por ajustarse califica como naturaleza humana, y, pues, no). Ya perdí semejante apremio.

Me quedan tres años en Sheffield, lo cual me genera un sense of impending doom como el que evoca la canción Five Years. Pero, al mismo tiempo, nunca me había sentido tan feliz. Historias de migraciones hay millones y el desarraigo siempre tiene algo de descorazonador, pero mi descorazonamiento es de los más privilegiados. Las angustias y privaciones a causa de mis trasplantes de un país a otro han sido efímeras. Mi historia no tiene moraleja porque no alentaría a nadie a creer que el que los planes salgan al revés es algo bueno per se. Pero a mí me resultó y me colocó en rumbo a obtener un doctorado, lástima que no del tipo útil.

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Queen Bitch

Respetada Sra. X.,

Mi intención inicial era postrarme humildemente ante su obra y solicitarle que me mostrara el camino.

En las etapas tempranas de mi instrucción con usted, sin embargo, me di cuenta de que tal humildad no era necesaria. No quiero seguir su camino, además.

Su habilidad es admirable, usted merece cada elogio que recibe y más. No obstante, la lección que rescato tras mi encuentro con una pieza específica de su trabajo es que yo podría hacer algo mejor que eso. Probablemente ya lo hice.

(Esta aseveración no excluye que los gustos compartidos por usted y sus pares me dejan en desventaja. La generación que me venerará no ha nacido aún).

Atentamente.

 

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Trípin – versión Vacil en el carril del Sitramss

Nuestra otrora puntual lente llegó con retraso al mega patín más reciente que se armó en Sívar. El retraso se debió a que su bus del Sitramss debía ahora compartir el carril segregado con vehículos particulares. La clase conductora aceptó esta democrática invitación y se apersonó a una de las trabazones más vibrantes que la ciudad haya visto en años, y eso que las hay todos los días.

“Esto del carril exclusivo lo hacen en otros países y es para ofrecer un buen servicio que más gente quiera ocupar”, nos comentó la señora Chayo Márquez de Suachi. “Uno no puede tener una cosa bonita porque ya otros lo miran feo a uno”, lamentó ella. “Las calles no son privadas. Este no era un carril exclusivo, era un carril excluyente. ¿Por qué los que andan en transporte colectivo tienen que tener más facilidades que los que andamos en carro?”, nos expresó su sensación de marginalización social un caballero, cuando le preguntamos cuánto tiempo llevaba atorado dentro del carril recién abierto al público.

Se esperaba que esta medida fuera sobre ruedas, y que la apertura del carril del Sitramss para todos los automovilistas disminuyera el estreñimiento urbano. Aquí algunas estampas de este patín que quedará en la memoria colectiva, hasta el día en que un grupo de hackers secuestren estos registros y nadie quiera pagar un centavo por su rescate:

Edwins Valenzuela se sintió tan entusiasmado con la apertura del carril segregado que comenzó a usarlo dos días antes de que fuera permitido. “¿Qué opina de que el carril a su lado, el que usted como conductor usaría, está ahora vacío?”, le preguntamos. “Hay estudios psicológicos que demuestran que la fila en la que estamos siempre nos parece la más larga y la más lenta”, respondió. Luego subió su ventana y procedió a pitarle con insistencia al carro de adelante, que apenas avanzaba.

La conductora del carro de adelante, Sayonara Saravia, también procedió a pitarle con insistencia al carro que ella tenía adelante, que apenas avanzaba.

Empresarios del transporte público celebran la apertura del carril y recuerdan al público que están a disposición sus buses alegres enchulados.

El renombrado cuarteto Los Constitucionales ameniza las trabazones con su más reciente material, “Notorio y evidente”. Su opening trackNo queremos sectores más favorecidos que otros (la democracia es estar todos jodidos por igual)” es un vanguardista loop de 37 minutos, confeccionado con violines pequeñitos y ProTools, que está sonando fuertemente en las calles de la capital.

Sobeyda Andalucía Coto, usuaria del Sitramss, camina a lo largo de la procesión de vehículos estancados en el carril ex segregado. La única declaración que nos brinda Sobeyda es mostrarnos el periódico de la competencia que sostiene en sus manos en ese momento, con el cual demostraba desacuerdo:

Afortunadamente podemos mencionar la dirección web porque es tan genérica que no identifica al periódico.

Querétaro Sanhueza, abatido por la espera en el carril Sitramss, intentó volver al carril habitual y se quedó estancado entre los separadores. En medio de una versión sinfónica de La Vieja, interpretada por los conductores tras él, Querétaro se lamentó de las circunstancias, del gobierno y de los magistrados por haberlo arrastrado a esta situación. Le mostró el dedo medio a los conductores a sus espaldas y comenzó a empujar su carro con la ayuda de dos prójimos solidarios.

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La interfaz cerebro-máquina y el empático salmón muerto

La página que enlacé en la entrada anterior, Neuralink and the brain’s magical future, es maravillosa. Es una explicación kilométrica (200 páginas de Word, según una estimación en los comentarios) sobre el funcionamiento del cerebro y los intentos por construir una interfaz cerebro-máquina. Todo eso explicado con dibujitos. Archívese bajo Cosas que se me ocurren pero que alguien más ya hizo y lo hizo mucho mejor de lo que yo podría. Tengo un libro entero que temo resulte ser la materialización de esta categoría.

Algo que no mencioné en la entrada anterior, porque estaba ocupada conmiserándome (y preocupada por el abismo que es mi país), es que me intriga esa clase de proyecciones, que podremos teclear directamente desde nuestro cerebro y todo eso, pero no creo que ocurra, al menos no tan pronto como dicen. Aun con los argumentos y los dibujitos de la entrada sobre Neuralink, y la competencia entre Neuralink y Facebook y Kernel por quién lo logra primero…meh.

Pensé que solo era yo, siendo básica e ignorante del avance de las neurociencias y cayendo en infundado escepticismo cual integrante de la población general. Pero no soy solo yo:

[La directora del Building 8 de Facebook, Regina] Dugan dice que su equipo […] está explorando interfaces que podrían leer la actividad cerebral desde fuera del cráneo. Pero de acuerdo a [Miguel] Nicolelis y otros neurocientíficos, este tipo de tecnología que ella describe puede no ser posible en diez o incluso veinte años, si es que alguna vez lo es. Facebook espera usar sensores que leen actividad cerebral a través de tecnología de imágenes ópticas, pero hacer lecturas confiables desde esa distancia no es factible hoy, sin mencionar la dificultad extrema de interpretar esas señales. Hoy, los científicos comprenden muy poco sobre cómo el cerebro trabaja en realidad.

[…] “Todo esto es marketing,” dice Nicolelis, quien supervisó el trabajo académico de dos científicos que son parte del nuevo emprendimiento de Musk, incluyendo el CEO de Neuralink.

En la entrada con dibujitos se explica cómo es la tecnología actual para “leer” el cerebro. Mire, no es que no se sepa nada sobre cómo trabaja el cerebro. Se sabe un chingo. Lo que pasa es que cuando uno investiga, la respuesta de una pregunta se convierte en diez preguntas más. Aparte, lo que se puede “leer” del cerebro son outputs como impulsos eléctricos y flujos sanguíneos, todo bien mundano.

Una de las alegorías en la entrada de Neuralink es que si el cerebro es una estadio lleno de personas viendo un partido, la mejor tecnología a la fecha es un micrófono que instalamos fuera del estadio; escuchamos murmullos y podemos adivinar lo que está pasando, pero no mucho más. También está la tecnología, más invasiva, de meter algunos de estos micrófonos dentro del estadio, entre la gente. Aun así, escuchar un puñado de personas entre miles de espectadores en medio de un partido tampoco es el panorama completo. Ni hablar, como se menciona en el texto citado, sobre las cuestiones éticas de abrirle el cráneo a alguien para implantarle aparatitos que no siempre son realmente necesarios.

Una de las cosas que hago actualmente con mi vida es estudiar la toma de perspectiva cuando uno lee ficción. Hay estudios que enlazan los procesos psicológicos relativos a leer ficción con un funcionamiento cerebral específico…es mala práctica decir “hay estudios que” sin especificarlos, pero me da hueva ir a buscar la lista así que voy a dejar solo este, que es del que me acuerdo ahorita. Entonces, por ejemplo, gracias a la resonancia magnética funcional (fMRI) tenemos una idea de qué ocurre en el cerebro cuando éste responde a estímulos de naturaleza social. Aun si este cerebro es el de un salmón. Y el salmón está muerto.

No, en serio:

 Al salmón muerto se le presentó una tarea de mentalización (interpretación los pensamientos y emociones de otros), con fotografías de seres humanos en situaciones sociales. Los resultados del fMRI frente a esta tarea mostraron que el salmón muerto fue capaz de adoptar la perspectiva de las personas en las fotografías. Aquí explican mejor este estudio, que ganó un IgNobel Prize, pero claramente no es que el salmón muerto tenga la capacidad cognitiva de comprender lo que piensa y sienta otra gente.

¿Entonces todos los estudios con fMRI están errados? No, mire, tampoco hay que ser. Ese estudio, en esencia, advierte sobre la necesidad de controlar por comparaciones múltiples, un tema en el que no me voy a detener porque todos lo estudiamos en octavo grado. Los actuales instrumentos de medición de activación cerebral, y los medios de interpretación de esas mediciones, tienden a ser eficientes y confiables pero tienen limitantes importantes.

Nomás acuérdese de esto cuando lea cierta clase de titulares en los medios que se refieren al cerebro. Pero no seré yo quien rompa la burbuja (mi doctorado es, a fin de cuentas, sobre la imaginación de otros) y, sí, hay gente a la que le pagan por imaginarse lo que todavía no existe y el mundo es mejor por ello. Tal vez cuando yo llegue a la adultez media ya pueda solo pensar en un post para este blog y transmitirlo a WordPress en segundos, y ojalá más pulido y menos cholero de cómo se me ocurre originalmente.

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Belongingness

Mi vida transcurre con un ojo hacia el contexto donde se proyecta la simbiosis cerebro-inteligencia artificial(!) y el otro hacia donde los trastornos mentales son obra del demonio. Estoy en ambos contextos pero no quepo en ninguno de los dos. Mi no-pertenencia, y mi subsecuente inutilidad en ambos, me desespera.

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