Estudiar lleva lejos (por un precio)

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 5 de julio de 2017.

En mi primer empleo formal, conocí a alguien que me regaló un libro sobre los mil lugares que hay ver antes de morir. Esta persona se convertiría en un amigo muy querido, y lo conocí gracias a que él era un trotamundos y pasaba su vida saltando como pulga por todos los continentes, trabajando para una agencia de cooperación internacional. Mi vida, en contraste, estaba confinada a la recepción de la ONG que me había contratado, la cual era una fuente de invaluable aprendizaje personal pero me mantenía estancada en mi profesión. No hay una psicología de la angustia por contestar el teléfono (si usted me pasa fondos puede haberla) ni de prepararle el café a la junta directiva. Loor a las asistentes ejecutivas y secretarias, oficios horrendamente subestimados que hacen que la civilización avance. Pero lo mío no es hacer que la civilización avance.

A lo que voy es a la fe que este amigo tenía en mí. Supongo. No hemos conversado en persona por más de un par de horas en todos los años que llevamos de conocernos, pero desde nuestras primeras interacciones él pareció ver en mí a un kindred spirit; podíamos hablar de muchos temas por largo tiempo. Excepto a la hora de conversar sobre explorar el mundo, ahí yo solo podía escuchar. Estaba estancada en mi trabajo de asistente y en cansinos trámites para postular a becas que no iba a ganarme. No me imaginaba no salir a estudiar a otro país pero esa era la extensión de mi imaginación: salir a estudiar y volver. A lo mucho, viajaría para visitar familia en ese patio delantero de mi país que es Estados Unidos, y además me rehusaba a volar sobre el mar. No sabía adónde quería ir pero quería irme.

Antes de continuar, un disclaimer: aquí no hay ninguna moraleja acerca de lo maravilloso que es viajar. Para eso están los contactos de Facebook que postean videos y artículos sobre cómo vivir sin viajar es como leer solo la primera página de un libro y cosas así. Es difícil estar en desacuerdo con esa idea pero viajar es un privilegio más que un imperativo. Puedo pensar en algunas personas que tienen tanto o más mérito y capacidad que yo para estar estudiando y explorando países nuevos, y si no lo hacen es porque sus condiciones de vida les han llevado a tomar otras decisiones y otros caminos. La realidad pesa, como decía un amigo mío. Por supuesto que es recomendable salir del entorno propio de vez en cuando pero cada quien lo hará de acuerdo a sus posibilidades (o artimañas, como es mi caso).

Decía, mis aspiraciones tenían algo de ambición pero eran poco imaginativas. Fuera de querer seguir estudiando (sepa Dios por qué), estaba conforme quedándome en mi casa. Al mundo lo conocería por internet, por libros, por amigos internacionalmente cooperadores como el que había ganado, quien de vez en cuando me mandaba postales desde países asiáticos y africanos. En algún idioma debe haber un término que designe a la persona que observa sentada a otras que andan de viaje; esa era yo. De pequeña, me encantaba que la gente fuera y volviera de viaje porque me traían regalos, y ganaban puntos extra si lo hacían por avión, porque era mi oportunidad de ir al aeropuerto a ver los aviones despegar y aterrizar. También puede que haya un término para alguien que disfruta holgazanear viendo aviones despegar, volar y aterrizar.

Un par de años después de graduarme de la licenciatura y de haber recibido el libro de los lugares que debía ver antes de morir, logré una beca para estudiar en el extranjero. Ese fue el momento en que le vendí mi alma al diablo. Con la segunda beca que me gané años después, confirmamos nuestros votos de condena. Es cierto que estudiar lleva lejos. Desde que me convertí en becaria amplié mi kilometraje una barbaridad, gracias a los tantos lugares a los que tenía que ir para recoger datos o difundir hallazgos de estudios. Bendita academia y la necesidad de nosotros sus súbditos por aportar y destacar. Además, siempre hay oportunidad de ser turista cuando se es ponente, especialmente si uno ignora la presión social inherente a las listas del tipo “Los 10 sitios que absolutamente hay que visitar cuando estás en Ciudad X”. Me inclino por las atracciones gratuitas, las caminatas por la ciudad y la comida comprada en supermercado. Austeridad aparte, mi vida se ha convertido en un feliz loop de segmentos de La Cámara Viajera de Sábado Gigante y tengo los magnetos de refrigerador para probarlo. Tengo postales, fotografías y souvenirs que terminaré regalando porque hay que viajar ligero.

Por todos estos ires y venires, cuidadosamente instagrameados, uno podría creer que soy inteligente y adinerada, o al menos una de las dos cosas, pero no soy ninguna. Digo, no lo seré más que el promedio. Pasa que le pongo empeño a lo que hago y estoy construyendo un bonito CV, pero eso no hará que me zafe de mi pacto. El diablo se llevará mi alma cuando se me acaben las becas, recuerde que no coticé durante los años más productivos de mi ciclo vital, y me encuentre a mí misma sin pensión, si es que logro llegar a una edad en la que eso es una preocupación.

No pienso mucho en ese precio que tendré que pagar por haber salido de mi casa. A veces pienso, a modo de wishful thinking, que tal vez nunca tenga que pagarlo porque no sabemos adónde iremos a parar (e.g. Yo decía que nunca iba a cruzar el charco y heme aquí, viviendo en el otro extremo del mismo bajo un régimen monárquico). Mi tío George Harrison tiene una canción llamada Any Road, sobre la vivencia y el apremio de estar en movimiento constante, y los intentos por abarcar todo lo que hay por ver. A la luz de esta canción, hace varios párrafos que estoy tentada a comenzar una oración diciendo “Aprendí que..”, pero eso iría en contra de mi disclaimer. A nadie le importa lo que yo he aprendido viajando, además de que la mayoría de los viajes ocurrieron sin que yo los buscara. Soy una turista accidental, una mezcla de esfuerzo y buena fortuna, el embodiment del “yo pasando iba” que termina con un sello en el pasaporte. Lo importante es lo que dice mi tío: If you don’t know where you’re going, any road will take you there.

En el momento en que escribo esto, he viajado a diez países. A siete por razones académicas y a tres por Aerosmith, esto último es una historia de amor aparte. Ahora yo también puedo mandarle postales de América y Europa a mi amigo trotamundos. Como yo no tenía tanta fe en mí misma como él la tenía en mí, dejé el libro que él me regaló en la casa de mis papás cuando me mudé al extranjero. La próxima vez que regrese voy a desempolvar el libro y a tachar los lugares que he visitado, para escribir la guía de las decenas de lugares que alcancé a ver antes de que se me acabara la beca.

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No te dejés pero no jodás

Acto 1: es tu responsabilidad controlar a otros para que ya no se te violente.
Uno: “Nunca dejen que un hombre les haga esto” (impensable el “hombres, no hagan esto”).
 Dos: Un hombre acosa a una mujer y la denuncia es contra las organizaciones feministas que “no hacen nada al respecto” y permiten que pasen estas cosas.
Tres: Madre, si tu hijo o hija se involucra en una violación, es tu responsabilidad. Madre, dije.

Acto 2: dejá de tratar de controlar a otros, eso es censura.
No tengo la menor idea de lo que digo sobre este fenómeno, pero seguro la interpretación que yo hago es a partir de la [que creo que es la] tuya así que vení que te explico.
– Oiga, señor, su lectura sobre el fenómeno está errada.
– Estas mujeres solo son alharacas.

Acto 3: se te violenta bien poco, sos una exagerada. Pero si tanto te molesta, es tu responsabilidad controlar a otros para que ya no se te violente. 

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Peatones Inc.

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 21 de junio de 2017.

En el evento de un apocalipsis zombie o cualquier calamidad natural que venga en dirección a nosotros, la gente que me rodea ha recibido la instrucción de dejarme morir. No tiene caso sentir compasión por mí, corro muy lento. Las clases de educación física en el colegio, con las evaluaciones que requerían darle vuelta a una cancha, o más bien tres canchas en una, me enseñaron desde temprano cuál es mi lugar en la cadena alimenticia.

No he sido una persona con inclinación a la actividad física y la vida outdoors. Uno de mis hermanos accedía a ocuparse de mí por temporadas porque, decía él, yo era una maceta que requería regarse una vez al día y estar a la sombra todo el tiempo. A media cuadra de mi casa, en El Salvador, había un parque al que casi nunca me llevaban -quien sea que estuviera a mi cargo en ese tiempo-, en mis primeros años porque estábamos en guerra y más adelante porque estábamos en post-guerra. Por esta última razón, además, era raro que yo caminara a lugares fuera de mi vecindario. Siempre me llevaron en carro, hasta que llegué a la edad en que yo podía llevarme a mí misma en carro. Esto me hace sonar como que provengo de la clase burguesa pero no, de verdad. Aunque sí fue un privilegio el mío, eso de poder prescindir de viajar en transporte colectivo en un país donde el ídem es un servicio paupérrimo y riesgoso.

Fast forward a unos años más adelante, al presente en tierras inglesas. Corro a la velocidad de un maratonista y domino el arte de voltear a la cámara y soltar una sonrisa como Usain Bolt (puede ir a googlear smiling Usain Bolt, espero). No ha sido hasta mi adultez ya no tan temprana, justo cuando mi estado físico comienza su natural proceso de deterioro, que mi cuerpo está familiarizado con la actividad física constante. No es solo que tengo que correr atrás del bus y voltear para dedicarle una sonrisa de agradecimiento al conductor que se detuvo para que yo cruzara la calle y pudiera llegar a la parada a tiempo. No es solo que aquí vine a engrosar las filas de peatones, ya de por sí numerosas debido a la población universitaria. Es la ciudad construida entre colinas; es vivir cerca del Peak District; es, incluso, la empinada escalera de mi casa. Todo esto no es mucho, en realidad no es nada, a menos que estemos hablando de un couch potato como yo.  Entonces sí es mucho y cada paso cuenta.

La primera vez que visité el Peak District National Park (o el Parque Nacional del Distrito de los Picos, para quienes hablan cierta modalidad del español y quieren reírse como adolescentes), caminé prácticamente todo el día. Para entonces ya era una transeúnte nivel intermedio, con entrenamiento en subir una colina mutante, y además seguía una modesta rutina de ejercicio por mi cuenta. La caminata fue un éxito, por esta lista de razones pero también por una más, la más importante: todo lo que me rodeaba. La vista del lugar. La vista de la ruta hacía que uno obviara el esfuerzo de los músculos propios, y lo que mantenía a las piernas en movimiento eran los ojos ávidos por observar lo que había más adelante.

El Peak District me pareció una pintura profunda, una panorámica que solo vería en televisión, en calendarios, en libros de viaje. Cuando pensaba en Inglaterra sin conocerla pensaba en Londres, pero cuando llegué acá me di cuenta que también tenía la imagen del countryside, muy al fondo en mi mente. La había visto y leído en novelas clásicas, en películas. Extensiones inmensas de verde, salpicadas con ovejas y vacas, pueblitos y estaciones de tren, bajo un cielo que alterna entre azul y gris. En mi primera caminata al Peak District, con un grupo de amiguitos de mi programa de estudios, subimos y bajamos cerros. Observamos el mundo desde las alturas, almorzamos en un valle, y nos paramos sobre una carretera agrietada que se cortaba en una hondonada. Cruzamos jardines que eran los patios traseros de casas de cuento. El cansancio del día era insignificante comparado con las maravillas que había descubierto, y prometí volver pronto.

No cumplí mi promesa, soy holgazana de corazón. No volví tan pronto al Peak District pero no dejé de caminar por la ciudad. No obstante lo relatado hasta este punto, me encanta caminar, especialmente cuando no tengo prisa. Además mantuve mi rutina de ejercicios, que era más calentamiento que ejercicio propiamente pero mi cuerpo igual lo agradecía. Hice algunos viajes fuera de la ciudad, donde valía más el entusiasmo que la disposición física para abarcar lo que había que abarcar. Hasta hice el esfuerzo de mejorar mi postura y erguirme un poco más, logro que enorgullecería a mi madre.

Sin embargo, estos avances en mi capacidades ambulantes no se desarrollaron gracias a que me mudé a la isla. Es de agradecerle también al cambio de ambiente, al hecho de irme a otro país por primera vez. Ese fue el momento en que me encontré sin carro y en un entorno no totalmente libre de hostilidad social, atroz delincuencia y horrendo acoso callejero, pero en términos comparativos, más respirable en todos esos aspectos. Podía caminar a todos lados, de hecho, debía hacerlo. Tuve la precaución, antes de irme de El Salvador, de comprarme unas zapatillas deportivas que creí que aguantarían todo pero que se volvieron esponjas en mi primera semana en Chile.

Esto último lleva a un punto esencial al hablar de caminatas y sprints para alcanzar el bus: zapatos. Sé que esto es algo obvio para alguien con inclinación al deporte y la actividad física. Para mí fue una epifanía tardía pero al menos me llegó. Después de abandonar la madre patria y su clima tropical tuve que reconsiderar el andar por la vida usando All Stars. Eso, además de que tengo el pie plano, entre otras cosas. El primer y mejor consejo que recibí al llegar a Temuco fue que tenía que invertir en zapatos todoterreno. Examiné los que recomendaban, parecían zapatos que llevarían a cualquiera al fin del mundo. Era una inversión considerable para alguien en mi posición en la escalera sociodemográfica, pero con el paso del tiempo valió cada centavo y desgasté las suelas con un gozo que hasta entonces me era ajeno. Esos zapatos sí me ayudaron a llegar al fin del mundo, o quizás más bien el inicio del mundo, en el hemisferio sur primero, en el hemisferio norte después.

Finalmente sí volví al Peak District, una y otra vez. Incluso, ahora soy parte del comité en mi programa de estudios que organiza actividades al aire libre. Las caminatas no son particularmente exigentes, porque ya quedó clara mi naturaleza, pero una caminata aquí y allá está bien para mí. En realidad me encanta caminar y el lugar donde vivo ahora es perfecto para eso, si removemos el factor clima en esta apreciación. Incluso, puede que logre salir del fondo de la cadena alimenticia, dependiendo de los zapatos que esté usando el día que tenga que correr.

 

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Televicio

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 7 de junio de 2017.

Un momento crucial en mi asentamiento en Inglaterra ocurrió hace poco, cuando llegó a mi sala un televisor. Esto significó reafirmar mi compromiso con la vida doméstica y hasta se sintió como un pequeño triunfo (no sé sobre qué, tal vez sobre otros usuarios que perseguían la misma oferta en ese sitio de ventas y trueques. En ese caso, el triunfo fue de quien se agenció esa oferta y la trajo a la sala que compartimos). Con este aparato, además, llegó la licencia para ver televisión, un permiso que me resulta curioso y desconcertante, aunque comprensible. La sala se volvió el corazón de la casa cuando la pantalla se prendió por primera vez. “¡Poné la BBC!”. “Todos los canales son la BBC”. Bueno, no es para tanto. Solo un poco.

Yo crecí tan pegada al televisor como la gente hoy a su celular, era casi una extensión de mi propio cuerpo y mi propia consciencia. Todos los días pasaba horas y horas de entretenimiento y, sí, educación (shoutout al Canal 10, “Televisión educativa”). ¿Sonaría triste confesar que muchas de mis memorias de mi niñez se remontan a cosas que veía en televisión? Fue maravilloso. Yo no salía mucho, cúlpese en parte a mi entorno social y familiar, pero sobre todo a mi carencia de inclinación por la vida outdoors. Estaba bien en mi casa, en mi propio universo, con una lista breve de objetos relacionados a crear y consumir narraciones, entre ellos la televisión. Ahora que efectivamente salí al mundo, la experiencia de crecer frente a la televisión la evoco como ir viendo por la ventana de un tren que le da la vuelta al mundo (por si no queda claro aun, este no es uno de esos artículos que argumentan que la televisión embrutece. No estoy en posición de negarlo ni de confirmarlo).

Sé que no soy la única que vincula su niñez a la televisión, a juzgar por los giros temáticos que toman algunas conversaciones con mis pares de Latinoamérica. Crecimos viendo prácticamente los mismos programas, las mismas caricaturas, a pesar de nuestras distancias geográficas y culturales. Antes apreciaba más estas conversaciones, hasta que la ubicuidad de YouTube tornó el intercambio de coloridas memorias en una seguidilla de openings que llega a ser cansina. Pero no solo voy a quejarme, ese agujero negro/memoria colectiva que es YouTube me ha ayudado a recordar algunas de las influencias de muchas de mis aspiraciones, preferencias y crushes esenciales. Aunque también, a la luz de mi adultez, hay programas y personajes a los que el tiempo no les ha hecho ningún favor.

Uno de mis sueños de mi infancia era tener televisión por cable; yo no era muy persona muy ambiciosa, está claro. Ocasionalmente podía expandir mis horizontes rentando películas pero no en Blockbuster porque eso era para las clases pudientes. Había otro servicio de películas, que conocí cuando fui a visitar a uno de mis hermanos en Estados Unidos, que se llamaba Netflix, que era como Blockbuster solo que las películas se enviaban a la casa en un sobre y se devolvían de la misma manera. Después vino internet, con torrents y sitios web que me resultaron útiles cuando me fui de mi casa a estudiar a Chile, con la pantalla de mi computadora a mis espaldas como el caparazón de un caracol.

La primera vez que encendí una televisión en Chile, cuando llevaba unas horas ahí y estaba confundida porque había sol a las ocho de la noche, estaban dando Los Simpsons. Pronto aprendería que en Chile siempre están dando Los Simpsons. Exagero, sí, pero es que cada vez que yo me encontraba con una televisión encendida, ahí estaban; excepto si era en las mañanas, ahí eran los matinales. Mi círculo de amistades chilensis citaba frases de Los Simpsons y conocía qué tramas en qué temporada. A todo esto, en mi vida he visto un capítulo completo de Los Simpsons, a lo mejor por mera reactancia (aquí imaginemos que esa palabra tiene un hipervínculo a Wikipedia).

En Chile, eventualmente, conseguí un televisor. Lo encendía por las mañanas para despertarme con el barullo de los matinales, tanto haciendo deconstrucción sociológica crítica de sus contenidos como contagiándome de su buena ondita, y para ver Seinfeld cuando podía. Pero no volvería a tener una relación tan cercana con la televisión como cuando era niña y veía caricaturas y noticieros (en mi familia apreciamos estar informados). Cuando me convertí en adulta emergente, mientras más opciones surgían con el auge de internet y la tecnología más accesible, menos televisión veía.

Al llegar a Inglaterra, no proyecté comprar un televisor. Uno, no quería pagar licencia. Dos, tenía computadora e internet. Tres, vivía con la sensación constante de que yo misma estaba dentro de un programa de televisión (todavía, siempre). Esto último es maravilloso. Los acentos que escucho, las apariencias que veo, los edificios en los que entro, nada de eso me parece que pertenece a mi vida real. Es una realidad a la que no pertenezco pero en la que me siento a gusto. Hace unas semanas entré al Eagle and Child fingiendo actitud casual y me senté a la par de dos caballeros que eran como los presentadores de Top Gear (voy a eso más abajo). Diría que conversaban pero más bien uno de ellos desarrollaba un monólogo sobre la carísima boda de su hija y el dramón que se había armado a raíz de eso. Él, divorciado de la madre de su hija, no daría un speech sino un toast, y lamentaba que su interlocutor no hubiera sido invitado a la boda, algo que noté era causa de resentimiento para el caballero. Mi memoria guardará este ameno momento como un episodio de un programa X visto en algún canal de la BBC.

Ahora he vuelto a mis raíces. Ahora, como en mis tiempos y como mis ancestros, veo televisión, proper telly, señal y aparato. Me gusta encender la tele y encontrarme programas sobre lugares de Inglaterra porque no digo “quisiera conocer ahí” sino “¡yo estoy aquí!”. Pero la cantidad de opciones de contenido y el control que uno tiene sobre ellas, con tantos aparatos complementarios y servicios de streaming encima del televisor, es apabullante. Finalmente el único programa que veo es Top Gear, el de Clarkson, May y Hammond, que pasan constantemente en dos versiones de un mismo canal.

El televisor es una gran adquisición: veo películas, series, documentales y juego Mario Kart, sería imperdonable no hacerlo. Probablemente le saque el mayor provecho a la licencia una vez al año, cuando se conmemore el nacimiento y ascensión de Nuestro Señor David Bowie. Fuera de eso, hay demasiadas series que seguir, y demasiada presión social por seguir demasiadas series. I can’t bother. Puede que haya alcanzado la etapa vital Old man yells at cloud (resulta que yo también hago referencias a Los Simpsons) o que tengo otras cosas que hacer. Pero, aunque no me enganche con ella como antes, tener televisión todavía me hace sentir en casa.

[Sirva esta nota para dar crédito por el título de la columna a una de las cosas que traen inconmensurable gozo a mi alma: la obra “La tanda”, del grupo de comediantes argentinos Les Luthiers. Televicio. La mejor programácio.]

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Un cuento en una muestra de narrativa.

El buen equipo de Parafernalia ediciones digitales, de Nicaragua, me tuvo fe y me incluyó en una muestra de narrativa breve de escritoras centroamericanas. Alguien más, en el futuro y dentro del cuento, describirá mejor que yo de qué se trata la historia .

El libro puede descargarse aquí. Descárguelo y vaya a leer a escritoras centroamericanas, pero sobre todo vaya a leerme a mí.

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Otro mundo

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 24 de mayo de 2017.

Esta historia empieza por el final, en el que le mostré a Jimmy lo que escribí y le pregunté si podía publicarlo. Miré para todos lados excepto hacia su rostro mientras leía el texto; su expresión en blanco volvió su escrutinio más incómodo de lo que anticipé. “Con una condición”, dijo al terminar de leer, “tiene que titularse La heteronormatividad me desamuebló la mente“. Le respondí que ese no podía ser el título. Se encogió de hombros y me devolvió el texto, haciendo un esfuerzo por no cambiar su expresión neutral. Ese era un sí, asumí que entusiasta.

Jimmy es parte de mi familia. No fuimos muy cercanos mientras crecíamos pero siempre ha estado ahí. Mi trayectoria de vida nos ha acercado porque cada vez que yo le vendo mi alma al diablo de la academia él obtiene un sello en su pasaporte. Ha visto mucho de lo que yo he visto, pero cuando nos encontramos en Reino Unido vi sus ojos brillar como nunca. “Este es otro mundo”, dijo observando hacia la calle, desde la segunda planta del autobús, hacia una pareja de hombres paseando con su hija. “No shit, Sherlock“, respondí con una sonrisa de satisfacción.

Jimmy y yo, como cualquier criatura de nuestro entorno, crecimos con el ideal de una pareja compuesta por un hombre y una mujer. Son complementarios y hay que quedarse en el carril asignado: hay cosas que te hacen hombre, cosas que te hacen mujer. El hombre persigue, la mujer espera. Tal vez ambos se detestan al principio, las mujeres son de un planeta y los hombres de otro, la guerra de los sexos y todo eso, pero con mayor razón terminarán juntos. El hombre es una máquina de instintos sexuales inevitables, la mujer es receptora de ellos. La historia de amor termina triunfalmente en matrimonio. Después vienen los chistes sobre cómo el matrimonio es como el demonio, y cómo ambos no se soportan (otra vez) pero siguen siendo complementarios. Algunas narrativas eran más alentadoras que otras, pero siempre eran entre un hombre y una mujer. Lo cual no era incorrecto pero tampoco era el absoluto que nos hacían creer.

A la sombra de esos guiones sociales, había otros más perversos acerca de cómo sobrellevar la sexualidad. Para Jimmy y yo, iniciarnos en ese tema fue incursionar en un campo minado. Para mí fue en la adolescencia con un compañero de colegio, el cual a los cinco minutos de conocernos (en un retiro espiritual, para decorar más la trama) llevó mi mano a su entrepierna. Tuve el tino de zafarme de él cuando, minutos más tarde, seguía tomando mi mano para jalarme al interior de su habitación. Los mensajes con los que yo había crecido me hacían pensar que debía sentirme halagada porque por fin un chico se había interesado en mí. Yo no era muy popular en el colegio y, sí, llegué a sentir gratitud por ello y a intentar estirar la narrativa para llegar al final triunfal con él. Hasta en la universidad, donde desarrollé mi inclinación hacia temas que nunca me harían el alma de una fiesta, comprendí que, aunque la pasé mal con este compañero, me salvé de algo peor. Jimmy no tuvo tanta suerte. Él era un niño y el otro era un chico mayor. Nuestras historias son distintas pero su desenlace fue similar: vergüenza y silencio.

El día en que Jimmy y yo subimos al autobús, fuimos a mi universidad y respondimos un cuestionario para ayudarle a un colega mío. Al terminar, me excusé para ir al baño. Busqué automáticamente los dibujos que indican “hombre” y “mujer”. Ahora eso me resulta cuestionable, especialmente cuando recuerdo que la primera mujer transgénero que vi fue en la película Ace Ventura. El tratamiento de ese personaje fue atroz y se suponía que era comedia. No me reí en la escena humillante, pero recuerdo la confusión y las ganas de preguntar y la obligación que sentía por reírme como todo el mundo. Le comenté esto a otro de mis hermanos en diciembre pasado, cuando él acababa de regalarme la NatGeo de enero 2017. Nos gustaba Ace Ventura, ahora nos suena como uñas rayando una pizarra. Después le conté lo que estaba aprendiendo con mi investigación, que incluso mis gustos musicales, antes testosterónicos, eran hoy más glam. Su respuesta incluyó orgullosamente la palabra queer.

Cuando entré al baño de mujeres, Jimmy entró atrás de mí, puso sus manos sobre mis hombros y me dijo en voz baja, “hoy es la última vez en tu vida que marcás ‘heterosexual’ en un formulario”. Mi primera reacción fue asegurarme de que no hubiera nadie más en el baño. Mi segunda reacción fue pegarle en el brazo por espiar mi respuesta. Jimmy no haría salir del clóset un imperativo para nadie, comprendía bien que a veces es más oscuro dentro que fuera de él. Él vivió una heterosexualidad tragicómica y especialmente una masculinidad inflamada. Bajo esta luz, las personas interpretaban su narcisismo de fábrica como el rasgo deseable de un macho alfa, mientras que bajo una luz multicolor lo llamaban promiscuo. Cuando eran benevolentes en sus juicios, le decían que estaba confundido o pasando por una fase.

En los días siguientes, Jimmy compartió el peso de mis retrospectivas. Cómo creí que mi persistente corazón roto en secundaria porque mi mejor amiga me cambió por otra era una enfermedad. Cómo le entregaba mi tiempo y devoción a amigas que eran populares, volátiles y que dejaban tras de sí una estela de hombres decepcionados; era cualidad de ellas el ser atractivas, no peculiaridad mía que me atrajeran. “Puede ser “, dijo Jimmy, “pero también tus gustos eran discutibles. Tu criterio ha ido mejorando ahora que tenés más claridad”. Esa claridad vino gracias a un par de personas que me hicieron preguntarme si de verdad, como yo creía, toda la gente podía engancharse con una persona sin importar su género aunque no lo aceptara abiertamente. Resultó que, entre otras cosas, yo había malinterpretado esa idea tan arraigada en mi cultura que las mujeres se arreglan para otras mujeres. Significaba que estaban pendientes unas de otras en su competencia por la atención de un hombre, no que se traían ganas mutuamente. “Además, tu ex”, siguió Jimmy, “el que creía que eras lesbiana”. Este caballero, como casi en todo, tenía razón a medias.

En el baño le prometí a Jimmy que no volvería a marcar heterosexual en formularios. “Al menos no en esta isla”, insistió. Adonde debemos regresar eso ni siquiera se registra. O tal vez para entonces sí. Tal vez, en un futuro cercano, las cosas cambien o nosotros cambiemos las cosas. Lo segundo, en realidad. El acrónimo tan largo, el espectro tan vasto; el matrimonio efectivamente como un contrato de derechos y deberes, o la legislación en torno a la identidad de género; la certeza de que no todas las relaciones sexuales y románticas son entre un hombre y una mujer, y que no toda la gente es hombre o mujer. Nada de eso simplemente ocurrió. Muchísima gente se ha sacrificado, ayer y hoy, para que estas cosas ocurran. No es un entorno completamente libre de prejuicios pero sí, Jimmy, es otro mundo: el nuestro.

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Más extraña que la ficción

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 10 de mayo de 2017.

Cada vez que alguien me preguntaba qué estudié, yo apretaba la mandíbula y suprimía una sonrisa miserable. Sabía que a mi respuesta seguía alguna versión del “me estás analizando”: me estás leyendo la mente; ya me diagnosticaste; ya te diste cuenta de mis locuras. Con la supresión de mi sonrisa miserable, me tragaba mis palabras: tengo mejores cosas que hacer que “analizarte” (a menos que querrás pagarme por ello), y si alguien sabe cómo leer la mente serán los servicios de inteligencia estadounidense o, últimamente, empresas de Silicon Valley.

No obstante estas amarguras, sí me dedico al estudio de la capacidad de “leer la mente” de otras personas. Eso lo hacemos todo el tiempo. La vida en sociedad sería imposible sin los esfuerzos, constantes y automáticos, por entender lo que otras personas piensan y sienten. La idea de que la imaginación es cosa de niños -como si fuera algo indeseable para los adultos- ha sido hermosamente refutada por una serie de autores que debería citar pero ello volvería tedioso este texto. Puede ir a Google a buscarlos o confiar en mi palabra; yo recomendaría lo primero, pero si escoge lo segundo, ocurre que la vida en sociedad exige imaginar (con distintos grados de éxito) lo que otros están pensando o sintiendo, y actuar en concordancia a ello.

Las historias de ficción son un ejemplo de cómo usamos la imaginación para construir, comprender, expandir. Cada quien tiene su propia lista de libros o películas que conllevan una relevancia personal importante. Historias y personajes ficticios conforman mundos aparte que son un escape de nuestra realidad, o un reflejo de ella. La evidencia hasta la fecha, y otra vez puede ir a Google o confiar en mí, sugiere que adentrarnos en estos mundos alternos, por muy fantásticos e increíbles que sean, nos abren la posibilidad de entender mejor a otras personas y a nosotros mismos. Odiaría ser de esas personas que afirman que “hay estudios que lo comprueban” y no aportan ni uno, así que recomiendo The function of fiction is the abstraction and simulation of social experience como punto de partida (y, ya que estamos, ningún estudio por sí solo “comprueba” algo).

Por esta capacidad de la ficción, la de “buena calidad” al menos, de mostrar experiencias y puntos de vista distintos a los propios, se cree que los escritores tienen una habilidad superior a la hora de comprender a otros. Los escritores son capaces de moldear personajes, tramas, universos enteros, y nosotros les creemos. Dentro de una misma historia de ficción aceptamos que exista un dragón del tamaño de un edificio, pero no aceptamos que el personaje de Fulanito traicione al personaje de Menganito, porque quien escribió la historia dedicó capítulos enteros a establecer que ambos personajes son mejores amigos de toda la vida. Por lograr sumergirnos en estas simulaciones de experiencias sociales, esperaríamos que quienes escriben tuviesen ventaja en habilidades cognitivas que ayudan a conectar con los demás: empatía, teoría de la mente, toma de perspectiva. Conceptos mundanos que, en la fantasía colectiva, se acercarían a “leer la mente”.

Tengo, creo, un entendimiento decente del proceso de escritura y he logrado convencer a algunas personas de concederme unos minutos de suspended disbelief. Uno pensaría que este quehacer, aunado con mi oficio aludido en el primer párrafo, sería una valiosa ventaja sobre mis congéneres. Uno pensaría que puedo leer a las personas, inferir lo que piensan y sienten según lo que dicen y lo que no dicen. Pero, hace muchos años, mi pareja de ese entonces declaró nerviosamente, tras casi cinco años de relación, que debíamos “tomarnos un tiempo” y salió corriendo de mi carro. En retrospectiva, el hecho de que él estuviera usando lentes oscuros dentro de un auditorio debió haberme llamado la atención, pero era el día de mi graduación de la universidad y yo estaba distraída graduándome.

Horas más tarde, cuando lo llevé a su casa después de la ceremonia y lo vi salir como un rayo de mi carro, intenté imaginar lo que pasaba. No encontré nada inusual en las semanas anteriores, excepto que yo estaba estresada por la incertidumbre que se me venía encima tras la graduación, y una persona estresada es poco aporte; pero confiaba en que él supiera que era temporal. Por otro lado, listé las condiciones de la vida que él llevaba en ese momento, y concluí que probablemente se había metido en algún funky business y algo había salido mal.

A esa conclusión contribuyó que, en los meses siguientes, me llamaba ocasionalmente. En una de esas llamadas me dijo que tenía un pecado que pagar; una persona del pasado había rastreado sus pasos y esta era su oportunidad de reivindicarse o irse al infierno. Recuerdo sus palabras porque sonaban dignas de un drama literario, porque me hicieron reírme y preocuparme. Le respondí que si yo no podía ayudarlo, al menos le daría el tiempo que pidió (como si hubiera tenido otra opción). Entonces, replicó él, yo tendría que esperar por mucho tiempo. En mi diagrama de flujo mental, la orden de “esperar por mucho tiempo” era distinta a la de “no esperar”.

La realidad resultó ser mucho más aburrida, y un tanto más cortante, que la ficción. Lejos de las historias que imaginé sobre él siendo perseguido por la mafia (eran historias entretenidas, if I do say so myself), simplemente una mujer se había mudado con él. Ella era quien había vuelto del pasado y él, felizmente, logró reivindicarse. Se casó con ella unos meses después de salir corriendo de mi carro. Vivieron felices para siempre, según veo de vez en cuando en la columna de Amigos Sugeridos de Facebook.

La imaginación, cuando involucra simular la vida interior de otros, tiene un límite. Hay cosas que uno no esperaría de una persona tras confiar en ella por años; hay cosas que no se descubren en el primer encuentro con una persona desconocida. En este sentido, la ficción es más gratificante que la realidad. La ficción debe entregar toda la información que necesitamos, aunque no necesariamente de modo explícito. La ficción, además, debe tener sentido hasta en los giros narrativos más sorpresivos y aleatorios; especialmente en los giros más sorpresivos y aleatorios. La realidad no suele extendernos semejantes cortesías.

Durante este y otros capítulos tragicómicos de mi vida, me refugié en historias de ficción que, sin reflejar mi experiencia personal a cabalidad, lograban expandirla y me ayudaban a darle sentido. Había algo terapéutico y reconfortante en esos mundos y personajes creados por otros que llegaban a mí en forma de libros. Observé otras perspectivas, conversé con personajes que no encontraría en mi vida diaria, experimenté otros finales.

Un estudio del 2015, publicado en la Scientific Study of Literature, preguntaba si los escritores de ficción realmente tenían mayor capacidad de tomar la perspectiva de otras personas. La respuesta fue no. Tenían tanta capacidad como cualquier mortal, y la brillante labor de adoptar el punto de vista de otros ficticios no se generalizaba automáticamente a congéneres reales. Mientras aparece un estudio similar para gente de mi disciplina, ahora cuando me preguntan qué estudié, respondo y agrego “…y no te estoy analizando”. Mi interlocutor exclama “¡me leíste la mente!” pero, de verdad, no lo hice.

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