En el ADN

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 15 de febrero de 2017.

Una mañana, mi papá salió de la claustrofóbica pieza que compartía con toda su familia en el exilio, y bajó a la calle. En el stand de periódicos y revistas, a la salida del edificio, las portadas reportaban la desoladora noticia de que John Lennon había sido asesinado. Puedo ver esa escena vívidamente como si yo también hubiera bajado a la calle, de la mano de mi papá. En realidad, faltaban algunos años para que yo naciera, en medio de una guerra civil que apenas registré conscientemente pero que, como a mis coetáneos, se les metió bajo la piel.

Ahora, una fría noche de enero de 2017, estaba en una protesta contra Donald Trump y la complicidad del Reino Unido, representado por Theresa May, con sus políticas. La protesta se había organizado esa mañana, y era reconfortante encontrarse con solidaridad hacia inmigrantes y refugiados. Recordé que la población británica tampoco era ajena a las luchas sociopolíticas, como yo bien había aprendido mucho antes de venir a este país gracias a Billy Elliot. Aun así, la experiencia que yo recordaba de estar en una protesta no era la misma de esa noche de enero. Esta no era una queja ni era algo incomprensible: yo estaba en otro tiempo y en otro mundo, y además era otra persona. The people united will never be defeated, para mí, no podía significar lo mismo que el pueblo unido jamás será vencido.

Esa consigna está profundamente enraizada en mi mente, aunque solo asistí a dos o tres marchas cuando vivía en mi país. Mi currículum de desobediente civil es vergonzoso pero agradezco a quienes lucharon por que fuera así. Las protestas del tiempo de mis padres terminaban con francotiradores disparando a las masas; pero igual no había que quedarse en casa. Las mías fueron marchas pacíficas, blanca y roja. La blanca, en solidaridad con los médicos del Seguro Social en huelga (entre ellos, uno de mis hermanos) por el insalubre sistema de salud nacional. La roja, cuando ganó la izquierda en mi país por primera vez en su historia y creímos que eso sería algo bueno. En retrospectiva, una de las cosas más valiosas de esa victoria es la foto de mi primo levantando su puño a un lado de la calle, vistiendo su camiseta del Chapulín Colorado, que era la última camiseta roja que nos quedaba.

La protesta de enero del 2017 me revolvió esos recuerdos, los propios y los vicarios. Me sentí muy lejos de ellos, con una mezcla de alivio y culpa de sobreviviente. Por años desestimé mi apropiación de los recuerdos de mis padres y mis hermanos, eventos que no viví, como un espejismo o un delirio. Hasta que di con un estudio en ratones (hay mucho que decir sobre la experimentación en animales pero hagamos de cuenta que no hay nada que decir). En este estudio, publicado en la revista Nature Neuroscience en el 2014, se reportó que los ratones fueron condicionados para que temieran un olor específico. Más adelante, las crías de estos ratones experimentaban el mismo temor a ese olor, aunque nunca antes habían estado expuestas a él como para asociarlo a algo negativo.

Muy bonita la epigenética en roedores, dirá usted, pero qué tiene que ver eso con las personas. Tiene algo que ver, en términos de lo que se pasa de una generación a otra. Mucha gente está más o menos familiarizada con el trastorno de estrés postraumático. Un grupo más reducido sabe que, en Latinoamérica, ese término se quedaba corto para hablar de los que les pasó a las generaciones de nuestros padres y abuelos, generaciones que chocaron de frente con dictaduras, guerras civiles, represión, tortura, desaparición y desplazamiento forzados, el terror y la desconfianza hacia el prójimo. El psicólogo Ignacio Martín-Baró, en la ebullición del conflicto armado salvadoreño, lo llamó trauma psicosocial. Este trauma no es una aflicción individual, ni en su causa ni en sus consecuencias; no es solo una serie de síntomas psiquiátricos en quien vivió el trauma. El tejido social está roto. No es difícil, al menos en mi país, ver que mi generación y las subsiguientes se sigan enredando entre las hilachas de ese tejido.

En un estudio en Chile, publicado en el 2013 (Faúndez, Brackelaire y Cornejo, por si le aporta), se entrevistó a nietos de víctimas de tortura durante la dictadura de Augusto Pinochet, entre 1973 y 1990. Los resultados de este estudio sugieren el enlace entre los ratones temerosos y mis recuerdos vicarios: la transmisión intergeneracional de las vivencias, incluidas las traumáticas. No es que los contenidos mentales se transfieran de una forma material, sino que la vida psíquica de los recién llegados a este mundo está interrelacionada con la de quienes les preceden. El estudio en Chile reafirmaba que el trauma psicosocial no solo afecta a la generación que lo vive, sino que puede manifestarse por varias generaciones, especialmente cuando las sociedades no han sido capaces de reconocer el terror vivido ni de garantizar justicia.

Yo estaba feliz de participar en la protesta. Bueno, no feliz, porque lo ideal sería que el racismo, el sexismo, la xenofobia, y otros modos de discriminación sistemática desaparecieran y así no hubiera que levantar la voz contra ellos, pero ya ve. Mejor dicho, entonces, yo estaba conforme con mi apersonamiento a la protesta. “Pero no creás por un momento que con esto tu trabajo está hecho”, me dijo una de las festivas pero cautelosas voces en mi cabeza. Si uno va a protestar, que no sea solo por aportar al conteo de cabezas, sino también para cuestionarse seriamente su posición en el mundo, y cómo con esa posición pudo haber contribuido a aquello contra lo que protesta. Esa fue una crítica a la impresionante, esperanzadora y problemática Women’s March que había ocurrido una semana antes en diversas partes del mundo (las fotos del evento “por todo el mundo” generalmente se limitaban a listar ciudades estadounidenses, países de Europa y con suerte alguno de América Latina; también la hubo en lugares tan psicológicamente remotos para nosotros como Tanzania).

La inclusión no se nos da tan fácil. Apenas extendemos nuestro círculo de compasión a un grupo históricamente excluido y aparece otro. En la protesta se abordó, por supuesto, la islamofobia y el racismo. Aprecié el No Ban y el No Wall en solidaridad con los pueblos musulmanes y los mexicanos, respectivamentepero eché en falta mi propio cartel que dijera “entiendo que no toda la gente lo sepa, especialmente estando al otro lado del océano, pero El Muro del que habla Trump no es contra México sino contra América Central”. Contra los refugiados centroamericanos, muchos de ellos niños, que huyen para no ser tragados por la violencia. Es una violencia distinta a la experimentada por las generaciones anteriores, en forma y fondo, pero a todas luces una extensión de ella.

En un texto sobre resistencia intergeneracional, Soraya Membreño, hija de inmigrantes nicaragüenses, escribía sobre un intercambio que tuvo con su abuela septuagenaria. Ellas conversaban sobre la participación de la autora en las protestas recientes en Estados Unidos. Su abuela, que protestó contra el régimen de Somoza, no estaba impresionada: ” No es que esto sea peor, es que ahora es tu turno”.

Publicado en Más REINO UNIDO | Deja un comentario

Draw the line

Hace 20 años compré mi primer cassette de Aerosmith, el Nine Lives, aunque llevaba varios años obsesionada con el video del chero sin camisa y las dos cheras bonitas. Desde entonces y hasta la fecha, podría construir mi CV con todo lo que aprendí de Aerosmith, desde inglés (veía The making of Pump en VHS al menos una vez por semana, hasta que logré entenderlo todo, y eso me ayudó a que me dejaran saltarme las clases de Leyla en el colegio), pasando por una introducción a fenómenos sociales como la drogadicción y el abuso sexual, hasta la sobriedad, la guapura, la perseverancia y los delirios de grandeza.

Esperé 20 años para dibujar a Aerosmith en mis caricaturas porgustosas. Creo que en algún lado dibujé a ambas partes interactuando pero también quería hacerlo teniendo street cred, y por fin lo obtuve.

Lo que de verdad pasó, hace un mes y un día, fue tan breve como en el dibujo, pero lo relaté con más detalle a unos amiguitos que me dieron apoyo moral en un foro en línea sobre la banda (me da hueva traducirlo):

I did the M&G. I counted the time since the first person got into the tent/photobooth until he got out. As someone said in another thread, it took no more than 30 seconds, 27, really (counting also helped me calm down). When it was my turn I went straight to Joe and shook his hand, I said it was an honor to meet him. I couldn’t even say thank you, which is all I’ve ever wanted to say to the band.

I can’t remember his reaction, and suddenly I was in front of Steven and I leaned in close to his ear and did manage to say thank you. He closed his eyes

HIZO ESTO, VIEJA, YÍSUSCRAIST.

and I thought he was mentally somewhere else, but he gave me a brutal compliment and my self-esteem will never be the same.

I replied something silly and he held my hand, and then Joe was next to me and I went blind, until someone said “another one” and I noticed a flash and I realized the whole thing was over. I showed Steven my tattoo (I hope Joe saw it too but Steven was like a black hole, sucking me in, in spite of my best efforts to remain mindful of my surroundings), and I think he said “very nice”. Then someone led me outside and I felt like a stalker, I got Aerosmith loot, and that was it.

I ran to the toilets so I could freak out in private for a few minutes. I would have loved to give them a hug but I feel weird invading someone’s personal space as a stranger. I supposed Steven would be more open to that; Joe doesn’t strike me as a touchy-feely guy and I wanted to treat both of them equally, which in the end I couldn’t manage to do because I’m a sucker.

(Es menester notar que estoy consciente de que todo esto es una fantasía: sé que para ellos esto del Meet&Greet es un momento borroso tanto o más que para mí, y yo no fui nada que no hubiesen visto millones de veces. Aun así, es mucho más de lo que yo creí que lograría con ellos. Si de paso les ayuda a pagar su retiro, está bien. Su trabajo y hasta retazos de sus vidas personales me han beneficiado lo que es una barbaridad.)

Uno hubiera creído que al tener una foto con los (ex)Toxic Twins me apresuraría a subirla para que el mundo la viera. La foto ya está en internet de todos modos, pero estará fuera de mis círculos virtuales por un tiempo. Ahorita es mía. Mientras, hay fotos gloriosas del concierto, el tercero de mi vida. La gente que me conoce diría que ya puedo morirme tranquila. La verdad es que quiero vivir por mucho tiempo para revivir este momento constantemente.

Publicado en Jue!, Música, Personitas | 1 Comentario

A la cárcel por perder un feto inviable

Adolescente salvadoreña víctima de violación condenada a 30 años de prisión por parir un feto muerto.

¿Qué más hay que decir? ¿De qué otra forma se lo explicás a la manga de imbéciles que compone el grueso de la fauna salvadoreña, si ya redujiste la situación a su mínima expresión?

Vaya y lea El signo letrina:

Hace menos de un año, una menor de edad sale corriendo al baño antes de empezar clases en el instituto. Último año de bachillerato. Tiene una relación con un pastor evangélico mayor que ella, una infección en la sangre, un feto en las entrañas. ¿Ha entrado alguna vez a los baños de un instituto nacional? Hay un olor penetrante a orina o a cloro; a veces, a ambas. Se siente en los ojos casi como una nube de gas mostaza. En ese aromático entorno ella pare a un feto muerto, inviable. La fiebre se alza atropellada, la sangre le brota, ella se desmaya. Teledós se entera. Lo transmite en vivo. Medio El Salvador sopla su sopita de frijoles con epazote mientras sigue el minuto a minuto y espera a que saquen a esa bicha zorra, asesina, puta, del baño del instituto. Durante los comerciales, quizá el comedor comentó cómo estas monas ahora no pueden cerrar las piernas. Seguro es culpa del reggaetón.

[…]

Nadie parece notar que una y otra y otra vez la narrativa de las mujeres acusadas de homicidio –no de aborto, ni lo quiera Dios–  en contra de sus fetos tiene como escenario brutalista y vulgar el baño público. No es uno con pastillitas olor lavanda tropical, toallas suavecitas gracias al poder del Suavitel Adiós al Planchado ni duchas con control de temperatura, no. Son fosas sépticas. Estas mujeres-monstruo, inmorales, capaces de matar a sus propios hijos, suelen tener como escenario el piso de tierra, la pared de bahareque, las lombrices reptando al fondo de la fosa.

Repito, vaya y lea, y comparta el post.

Relacionado:
La “sinvergüenza” que abandonó a su bebé.

Publicado en Artículos y lecturas, Azul y blanco, De todos los días, Desastres poco naturales, Fibras delicadas, Frases, Género, Memorias y heridas, Periódicos y noticieros, Violencia | Deja un comentario

Paciencia

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 1 de febrero de 2017.

La persona con quien yo estaba sacó un arma de fuego de un cajón. Nos encontrábamos en su habitación discutiendo sobre armas. Esto fue mucho antes de que los tiroteos masivos en Estados Unidos se volvieran noticia habitual, y durante la perpetua ola de violencia de nuestro propio país. Esta persona me mostró su pistola y la colocó sobre la mesa frente a mí. “¿Está haciendo algo? No está matando a nadie. Las armas no matan a las personas, las personas matan a las personas”.

Yo conocía bien a esta persona, conocía su quasi-vocación de soldado y que cargaba cuchillos por diversión, como yo cargaba encendedores aunque jamás he fumado. Conocía cómo pensaba y me quedé en silencio. Había algo que chirriaba en su afirmación, tan obvia como condescendiente, pero no supe señalarlo. Me senté en una silla e invoqué al ángel de la paciencia.

El ángel de la paciencia llegó a mí, inmaculado y fabuloso como era su costumbre. Su llegada siempre era un alivio y una condena. La bendita incapacidad de distinguir qué es realidad y qué es ignorancia en determinados dominios pudo haber sido mía, pero me mandaron a aprender cosas y ya no podía desaprenderlas. Para eso me servía la paciencia, para comprender a un amplio espectro de mis congéneres sin que se me reventara una vena, siendo yo una persona naturalmente pródiga en rabia. “Está malito de su capacidad de valorar el contexto”, me dijo el ángel sobre la persona que me mostró el arma.

Lo que no supe decir ante la lógica de que las armas de fuego no matan era bastante sencillo. Hace poco lo encontré mejor dicho en un cómic: casi cualquier material o sustancia que puede causar daño tiene también otros propósitos menos destructivos. Ciertamente esta pistola exigía que una persona que le diera uso, pero ahí no terminaba, no debía terminar el análisis. El arma de fuego tiene un propósito, o una serie de propósitos agrupados, para bien o para mal, en el campo semántico de dañar. No en vano “un tiro al aire” significa un gasto, un desperdicio. El arma de fuego sobre la mesa frente a mí era inútil en ese momento, ni siquiera estaba cargada (creo, espero). Pude haber tomado la silla que tenía a mi lado e inculcarle algo de sensatez a golpes a esta querida persona, aunque en el proceso le diera la razón en cuanto a que la culpa la tiene la persona y no el objeto. Pero la silla también servía para sentarse en ella, y me senté, y fue ahí desde donde invoqué al ángel de la paciencia. Mientras, esta persona no podía hacer nada más con su arma excepto devolverla al cajón hasta que creyera necesitarla.

La capacidad de valorar el contexto, eh. He intentado ser paciente cuando noto que esa capacidad está ausente en una conversación. Como la vez que un caballero me preguntó por qué las mujeres se ofendían cuando un hombre desconocido les lanzaba un piropo en la calle. “A mí me encantaría que una mujer me piropeara en la calle”. Así qué ganga, deme veinte de esos. Más adelante supe que, por supuesto, no le encantaría que otro hombre le gritara piropos en la calle. Más recientemente, en el contexto del Brexit, un amiguito británico se quejaba de que los llamados a evitar prejuicios y discriminación eran, habitual y convenientemente, dirigidos a los hombres blancos. “¿No es ese un prejuicio también?” preguntó él, un hombre blanco. Bajo la definición más pura y neutral de prejuicio lo era, y él procedió a sentirse discriminado a sus anchas.

Como al caballero que no entendía las finezas del tejido del acoso, a mi amiguito británico se le olvidaba algo: una frase con dos actores no siempre mantiene el sentido original si los actores cambian roles dentro de ella. Como categorías sociales amplias, los hombres y las mujeres, la Gente Blanca y Los Otros, no tienen el mismo poder ni trayectoria histórica. Para el primer caso, en términos descriptivos y prescriptivos, un hombre tiende a ser y parecer más amenazante que una mujer (no falta en la audiencia quien aportará que “conoce un caso en el que eso no es así…”, y yo también, se lo aseguro, pero ese es norte de otra discusión). Sabemos perfectamente que al hombre no se le debe pegar ni con el pétalo de una rosa, pero tradicionalmente esa frase se refiere a la mujer; en el imaginario social y en la práctica, son dos actores en posiciones dispares.

Para el segundo caso, entiendo (paciencia…) que mi amiguito británico sienta que se juzga injustamente su carácter según condiciones de género y origen étnico sobre las que él no tiene control. Él se sentía discriminado porque, para otras personas, su mera apariencia sugería que estaba en contra de los refugiados que llegaban a su país ilegalmente como si se creyeran los dueños del mundo (aunque sí estaba en contra, en esos términos, y hasta el ángel de la paciencia ha perdido sus estribos con él). Pero sufrir prejuicio y discriminación no es lo mismo que sobrellevar el orgullo herido porque te vieron feo a causa de tus ideas.

El prejuicio y la discriminación, en su definición más espinosa y compleja, contempla un contexto que difícilmente cabe en una fotografía o en una frase rápida que intenta ser ingeniosa: las escurridizas dinámicas de poder y desigualdad. La paciencia va de la mano con la tolerancia, pero cuando uno observa esas dinámicas (once you see it, you can’t unsee it, como dicen en mi pueblo) comienza a cuestionarse qué tan funcional resulta eso. Uno quiere llevarse bien con sus vecinos y promover la democracia, pero pasa también que no todas las ideas tienen por qué ser toleradas en la misma medida. El “tengo que ser tolerante ante la gente intolerante porque si no yo seré intolerante también” no sustituye el tomar una posición frente a un tema. Esta paradoja de la tolerancia fue resuelta hace décadas. Uno puede no tolerar ciertas ideas y comportamientos en virtud del daño que causan a otros, y con ello contribuir al metro cuadrado de mundo que le corresponde.

El cómic que mencioné arriba aparecía en una antología de cómics a beneficio de las víctimas de la masacre de la discoteca Pulse, en Orlando, ocurrida en junio de 2016. Este es otro tema, aunque también resuenan en él el control de armas y las manifestaciones más letales del prejuicio, pero ese cómic me devolvió al episodio de la pistola para reconsiderar que no era paciencia lo que necesitaba en ese momento, ni lo que se necesita ahora. Contraargumentar no habría cambiado esa mentalidad, cierto, la pistola se hubiera mantenido en el cajón con la inocencia de un objeto inanimado. Tal vez algún día, incluso, esa pistola le salvaría la vida a quien la posee. Y por supuesto que “las personas matan a las personas”, no se puede no aceptar esa frase. Solo que no es aceptable como explicación ni justificación de algunos hechos y hay que decirlo. Por eso, llegó el día en que el ángel de la paciencia me dijo: “Dejá de llamarme. Ahí te ves”. Otro ángel llegó en su lugar.

Publicado en Más REINO UNIDO | Deja un comentario

En papel

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 18 de enero de 2017.

Cuando estábamos en cuarto grado, mi amigo imaginario y yo comenzamos a recibir cartas de vez en cuando. Me las entregaban en persona o yo las encontraba en mi escritorio, cada una como un regalo de navidad envuelto con cuidado. Estas cartas eran hojas arrancadas de cuadernos, o papel colorido fabricado para que pre-adolescentes se comunicaran por escrito con sus pares. Mi amigo imaginario y yo también escribíamos. La reciprocidad era esencial, y una clase con contenidos que saldrán en el examen no es razón para interponerse entre un remitente y un destinatario.

Leer y escribir notitas y cartas era inherente a la cultura estudiantil. Mis compañeros en la cúspide de la cadena alimenticia social podían comunicarse con estudiantes de otros colegios; yo me contentaba con escribirles a mis vecinos de mesa, y con suerte a alguien en otro salón. Mi mejor amiga, no imaginaria, me recordaba que TQM, y una compañera del salón de al lado le decía a mi amigo imaginario que disfrutó mucho su última caricatura en la que no sabía si él estaba bailando o transformándose en araña.

Los dos párrafos anteriores dejan en claro que soy una anciana. En mis tiempos, allá por la secundaria, ya teníamos internet en casa, pero su apogeo y el de los teléfonos celulares y redes sociales no llegaría hasta unos años más tarde, cuando hubiésemos comenzado la universidad. Antes de eso, y antes de que mis compañeros crecieran y encontraran otros objetos brillantes con los cuales entretenerse, acumulé montañas de cartas y notas con innumerables colores y caligrafías, con una textura de honestidad que no he vuelto a encontrar (quizás porque, como decía, soy una anciana y estoy idealizando el pasado). Esas montañas están resguardas en una enorme caja, en la casa de mis padres, mientras vuelvo por ellas algún día y me las llevo a un hogar que no sea rodante.

Recordé con especial aflicción esa enorme caja y las memorias que hay en ella cuando llegué a Inglaterra. Aquí descubrí que la industria de las tarjetas de felicitación no había muerto con internet, como yo creía, como había visto en mi país y en mi país adoptivo. El corazón se me hizo chiquito por la ternura. Cerca de mi casa (“mi casa”) hay una tienda de tarjetas. En su interior hay dos pasillos, uno de tarjetas y otro de pequeños regalos, pero puedo perder la noción del tiempo leyendo cada tarjeta y salir de ahí deseando haber comprado muchas, para ocasiones que ni siquiera voy a experimentar. Los dibujos, los juegos de palabras(!), los colores, los materiales. Mentes anónimas trabajando para compartir penas y alegrías con otras personas de una manera que queda suspendida en el tiempo.

Todavía, en anticipación a un cumpleaños o a navidad, mi hermana tiende a dedicar fines de semana a dar vueltas por incontables tiendas por todo San Salvador. Ella dice que ahora cuesta hallar tarjetas de felicitación decentes, y yo suscribo; o suscribiría si estuviera ahí. Lo he visto, la oferta es limitada y bastante decepcionante, aunque a veces se encuentran joyas, a juzgar por la tarjeta que ella me regaló esta navidad. Parte de la culpa de la oferta limitada, supongo, es la existencia de las e-cards, que son más rápidas, menos trabajosas para su envío. Son bastantes útiles, eso es innegable. Sí hay e-cards bonitas, dirá alguien como mi hermana, pero -aquí vienen cuatro palabras definitivas, la frase tajante- no es lo mismo.

Mi hermana, mis hermanos en general, saben mucho más de comunicación en papel que yo: son mayores que yo y también son, o alguna vez fueron, inmigrantes. De ellos también tengo cartas dentro de mi caja. Ellos también escribieron a casa, desde la distancia y la soledad, cuando las cartas tardaban hasta dos meses en llegar y las llamadas internacionales estaban fuera del presupuesto. Tal vez es por ellos que cargo una sensibilidad vicaria hacia la comunicación old school, lo cual no riñe en absoluto con mi, con nuestra gratitud por tener hoy a la mano Skype y WhatsApp y lo que sea (a Snapchat no llego, demasiado juvenil para mí; pero otro de mis hermanos lo goza).

Agreguemos los libros a la discusión y digamos que lo impreso y lo digital no son lo mismo. Para no hablar con vaguedades: lo impreso y lo digital difieren en sus procesos de creación y en sus efectos sobre quienes se comunican a través de ellos. Por ejemplo, la lectura en papel involucra considerablemente al tacto; las manos participan en esa experiencia. Aun más, leer este artículo en una pantalla provocaría un movimiento ocular distinto que leerlo impreso. Convertido en hábito, este movimiento ocular podría impactar, a largo plazo, el funcionamiento del cerebro (¿usted es de quienes cree que un lado del cerebro sirve para la lógica y el otro lado para la creatividad? Porque eso no es cierto y le han mentido descaradamente, pero, si lo cree, probablemente usted y yo tenemos nociones muy distintas de lo que significa “funcionamiento del cerebro”).

Si este artículo estuviera en internet, usted podría poner en pausa su lectura y dar click en los hiperenlaces que aportan a lo que digo, como “e-reading is not reading” de Andrew Piper; “Learning Directly From Screen? Oh-No, I Must Print It!”, de Ackerman y Goldsmith; o, en la misma línea pero relacionado más a la escritura que a la lectura, “The pen is mightier than the keyboard” de Mueller y Oppenheimer. De esos artículos saltaría a otros, y quizás terminaría en sus redes sociales compartiendo lo que acaba de aprender. Además, tal vez dejaría este artículo a medias, porque ya sabe suficiente y la lectura digital también hace mella en los procesos atencionales. Por suerte este artículo está por terminar y podrá ir a googlear en paz.

No hago énfasis en que papel y pantalla no son lo mismo para establecer jerarquías o perpetuar la batalla entre ambos. Soy una anciana pero no le grito a las nubes. Resulta tentador preguntarse cuál de los dos medios “es mejor”, sobre todo cuando se está en un medio digital que se nutre de clicks, pero esa es una pregunta ociosa. La respuesta la brinda el propósito de la comunicación y el contexto en el que ésta se desarrolla. Agradezco la convivencia de lo impreso y lo digital. Aprecio la rapidez cuando, por ejemplo, tiembla en mi país y en Twitter se reporta en tiempo real, y puedo atinarle a la magnitud y la intensidad según el número de tweets, caracteres por tweet y signos de exclamación en él. Por otro lado, aprecio el afecto que desborda una postal cuando cae por el buzón. Y está el intermedio, compartido entre personas con quienes intercambio cartas que lleva una hora escribir y tres segundos recibir. Es hermoso.

Mi amigo imaginario y yo seguimos recibiendo mensajes amistosos, ahora casi todos en línea. Con la adultez, con las mudanzas y con los avances tecnológicos, expandimos nuestras amistades y las maneras de comunicarnos con ellas. Mi amigo imaginario también es más digital que impreso estos días, y su existencia es más satisfactoria por ello. Pero no se le olvida, a mí tampoco, que comenzamos la historia en papel.

Publicado en Más REINO UNIDO | 4 comentarios

Encontré estas imágenes que tenía guardadas en mis borradores desde hace un tiempo y dije, “vieja, ¿qué ondas con esta mara y los títulos de sus columnas?”

(Por otro lado, quisiera destacar ejemplo tras ejemplo del nivelón de tabloide que se manejan los periódicos del país en el presente, encima de sus sesgos de todos conocidos, pero ya no estoy para esos trotes. Además, tanta chabacanada se encuentra en línea fácilmente, hasta pena les debería dar. Mi trabajo aquí está hecho).

Publicado en Artículos y lecturas, Azul y blanco, Imágenes, Jue!, Periódicos y noticieros | Deja un comentario

Una nueva carrera en una nueva ciudad

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 4 de enero de 2017.
[Yo le dije que estaba leveleando. La publicación digital viene seis meses después de la impresa]

Un puñado de británicos alegres y bulliciosos se arremolinó bajo mi ventana en el tercer piso. Era mi primera noche en el Reino Unido y la habitación en la que sudaría el jet lag por una semana estaba encima de un bar. Solamente un año antes de esa noche, pensar en visitar cualquier región fuera del continente americano me generaba un temor irracional, caricaturesco. No voy a cruzar ningún charco, gracias. Las razones abarcaban desde el vuelo de Air France que cayó en medio del Atlántico en el 2009 hasta los fantasmas de las guerras mundiales y el terrorismo. Todas esas razones conllevaban probabilidades mínimas de ocurrencia que podían desestimarse fácilmente; eran excusas. Por otro lado, el argumento significativo para rehusarme a salir de mi continente era obvio y tajante: la distancia. La distancia que pondría entre mi persona y el mundo en el que crecí y que conocía hasta entonces. No, gracias.

Llegué a Inglaterra sin quererlo. Mi llegada no fue un accidente repentino, no fue que me tropecé y le caí encima a la isla. Ese accidente comenzó muchos años atrás, con mi pretensión de salir por un tiempo de mi país que mide diez cuadras, en el centro de América. El slogan turístico no oficial de El Salvador es “pueblo chico, infierno grande”. No se me malentienda. Lo llamaré infierno pero es mi infierno y tiene playas bonitas. Antes de que el peso de la realidad aplastara mi idealismo, tenía toda la intención de aportar a mi país in situ. Pero estaba consciente de que antes debía pasar por una educación intensiva, una que solo podía obtener estudiando fuera del país. Ya miles de videos cuasi-trascendentales en Facebook predican sobre la importancia de viajar así que no tengo más que decir al respecto.

Por algunos años, tras obtener mi licenciatura, tiré los dados para irme a estudiar al norte de América. Los dados me mandaron al sur, al país más largo del mundo. Chile ha sido mi máximo benefactor en esta vida hasta la fecha. Le vendí mi alma pero se la vendí cara y no me arrepiento de nada. Tanto es así que mi idea de salir del país “por un tiempo” pasó a ser un “indefinidamente, con suerte para siempre”. Mis planes vitales, fundamentales, me salieron al revés.

Mi trabajo es profundizar en la naturaleza humana (lección número uno, no existe tal cosa como “naturaleza humana”). Con esta labor en la que tanto se sufre pero se goza he costeado mi vida adulta. Cuando encontré la oportunidad de que mi máximo benefactor me siguiera pagando por eso, apliqué, otra vez, a varias universidades en Norteamérica. Todas me dijeron que no y se enriquecieron en el proceso. También apliqué a una, solo una universidad en el Reino Unido, como quien quiere y no quiere. Este es un buen momento para mencionar mi Beatlemania y mi devoción a Bowie –quien la comparte podría sospecharla al iniciar el artículo– las que inclinaron la balanza hacia el quien quiere. Uno creería que la cultura pop no es criterio ni aliciente para escoger dónde cursar un postgrado, pero es que no hemos hablado, ni lo haremos, de por qué apliqué a universidades norteamericanas en primer lugar.

La universidad del Reino Unido me aceptó y el gobierno de Chile me dio permiso de asistir a ella. Sentí ambivalencia hasta que sintonicé la BBC Radio Sheffield diariamente, para saber lo que me esperaba. En uno de sus programas escuché la noticia de que a alguien se le había escapado un avestruz. Cuando finalizó el reporte y se fueron a comerciales, supe que me sentiría en casa en mi nuevo destino.

Levantar el campamento para la mudanza fue relativamente simple. No era mi primer cambio de país y los adioses esenciales los había sufrido años atrás. Ya conocía el arte y el oficio de viajar liviano. También conocía la resignación de preservar amistades por la vía digital, el respirador artificial de muchas relaciones. Vendí casi todo, empaqué la pequeña familia que armé en Chile, y me fui.

Me enviaron en un vuelo de la aerolínea Air France, pero no tuve oportunidad de calcular probabilidades porque dormí todo el trayecto sobre el océano. Al bajarme del avión, un chileno -bless his heart- me recibió en el aeropuerto de Manchester y me llevó hasta Sheffield, a cambio de una botella de pisco e historietas de Condorito. El Snake Pass entre Manchester y Sheffield fue la primera cara que vi de UK. El Snake Pass me pareció una serie de paisajes que, en un universo alterno de mi existencia, solo habría conocido por un calendario, regalo de algún familiar lejano que me recuerda pero no me conoce. Lo digo como un cumplido para los calendarios de paisajes.

Observé a los británicos alegres y bulliciosos, desde el tercer piso sobre el bar, desternillándome de la risa. Menos divertido fue encontrar vómito y botellas quebradas en la calle al día siguiente, pero esta era una faceta novedosa no incluida en mis estereotipos sobre los nativos del Reino Unido. Mi acervo de conocimientos sobre el país aumentó aún más cuando pasé del tercer piso sobre el bar a una casa en la cima de una colina, donde, efectivamente, era factible tener un avestruz.

Me llevó pocas semanas sentirme a gusto en la universidad y en la ciudad, y un año después declaré que me quedaría en Sheffield para siempre si pudiera (no puedo). Sentí que encajaba aquí porque por fin había gente que pedía tanto perdón como yo por nimiedades. Porque tener el pelo coloreado y la piel tatuada era tan normal como no tenerlos. Porque aquí recordaban, con placas y estatuas, piezas de su historia, mientras que mi país se enorgullecía de su amnesia histórica y encima debía recordarse constantemente que estaba orgulloso de ella. Porque vivir aquí, amén de los atractivos entornos urbanos y campestres, era como vivir en un spin-off de Monty Python.

Algo más me reconfortó: nuevamente la comunidad de chilenos me acogió, pero aquí los chilenos eran tan extranjeros como yo. Mis primeros meses en Chile, sentí la horrenda obligación de deshacerme del voseo y pasarme al tuteo cuando alguien me preguntó por qué hablaba como argentina. Me sentí avergonzada ante el señalamiento, aunque mi respuesta debió haber sido “vos tu madre, cerote”. Tutear era como fingir ser zurda siendo diestra, pero el apremio por ajustarme socialmente era abrumador (quizás está preguntándose si este anhelo por ajustarse califica como naturaleza humana, y, pues, no). Ya perdí semejante apremio.

Me quedan tres años en Sheffield, lo cual me genera un sense of impending doom como el que evoca la canción Five Years. Pero, al mismo tiempo, nunca me había sentido tan feliz. Historias de migraciones hay millones y el desarraigo siempre tiene algo de descorazonador, pero mi descorazonamiento es de los más privilegiados. Las angustias y privaciones a causa de mis trasplantes de un país a otro han sido efímeras. Mi historia no tiene moraleja porque no alentaría a nadie a creer que el que los planes salgan al revés es algo bueno per se. Pero a mí me resultó y me colocó en rumbo a obtener un doctorado, lástima que no del tipo útil.

Publicado en Más REINO UNIDO | Deja un comentario