Artículos y lecturas, Azul y blanco, Fibras delicadas, Imágenes, Jue!, Memorias y heridas, Qué ondas aquí

Catorce años de Qué Joder

Comencé este blog en otra vida*. Ya no puedo escribir como entonces, mi forma y fondo han cambiado tanto como mi entorno actual. Este cambio ha sido para bien, en un sentido individual. En un sentido colectivo, debería disculparme por no ser aporte pero no hay con quién.

Algo que no ha cambiado en 14 años es la cara que pongo a causa de El Salvador. Acá esta cara es magistralmente desplegada por tres antropólogas forenses:

“De izquierda a derecha, Silvana Turner, Mercedes Doretti y Patricia Bernardi, antropólogas forenses argentinas. Las tres testificaron en el juzgado de San Francisco Gotera por la masacre de El Mozote. Foto de El Faro: Víctor Peña”. Fuente: Las antropólogas argentinas dan cátedra en el juicio por El Mozote.

De todos modos, este blog es como el Año Viejo, no lo olvido porque me ha dejado cosas muy buenas.

Nos vemos.

*Antes de este blog, tenía una mi plataforma de MSN Groups(!) para ir guardando documentos sobre corrupción en el gobierno y crímenes de guerra, información que en mis años mozos se compartía por correo electrónico (en Word y Power Point, Santo Padre). Hasta mi chero Ñola se animó a escribir una columna, y solo una, para esa plataforma. Por estos días están juzgando a un ex presidente y sus amiguitos por corrupción, y a militares por crímenes de guerra así que qué alegre, hom’**.
**Medio, porque qué cuesta que se haga justicia.
Anuncios
De todos los días, Gen & sex, Jue!, Personitas, Qué ondas aquí

Recomendaciones de películas con temas LGBTI+ – Addendum

Seguimiento a algunos puntos de esta entrada:

1. Tenía pendiente ver Blue is the warmest color, la primera película de la lista. Comencé a verla pero a medio camino me generó una hueva descomunal y no la terminé.

2. Sí fui a ver The Happy Prince, la película sobre los últimos años de Oscar Wilde. El Príncipe Feliz es de los primeros cuentos que recuerdo haber conocido y lo recuerdo porque hacía que me doliera el corazón. La historia que se cuenta en la película, como señala el título, está conectada con ese cuento. Ahí va mi corazoncito desgarrándose otra vez, ya no solo por tristeza, también por rabia. Recomiéndola.

3. En la lista de películas con protagonistas trans mencioné Boy meets girl. Hace poco encontré un artículo que señala un aspecto de los protagonistas que yo no había visto, que tiene que ver con cómo se desarrolla un personaje trans desde una mirada cis (no trans, pues). Puede que este aspecto sea un spoiler, entonces mejor vea la película, luego lea el comentario y después hablamos.

4. Everybody’s talking about Jamie. No está en la lista que hice pero es un musical que vi hace unos meses:

La historia de Jamie ocurre en la ciudad donde vivo (por el momento…pero represent!) y cuando fui al cine a ver la proyección del musical, porque pasan obras de teatro en los cines <3, encontré un anuncio en el que buscaban extras para la versión cinematográfica. Puede que de aquí a unos años salga la película, y aunque no sé qué tanto refleje la fuente original, considere esto mi pre-recomendación basada en la obra teatral.

Por último, en temas relacionados, este es el mes de la visibilidad bisexual. Busque a su bisexual local desenclosetado para darle extra amor, y aproveche de actualizar sus conocimientos y actitudes sobre sexualidad; la vida de alguien a quien usted quiere mucho podría mejorar por ello.

Imágenes, Jue!, Música, Personitas, Psicología, Qué ondas aquí

Watch that man

Una de las cosas más bonitas de la ficción es que hay un mundo que continúa creándose después de que la obra llega a su fin. La canción termina, la historia se acaba, pero el mundo construido en ellas sigue en expansión (aquí hay un estudio guapo al respecto, fanfiction as imaginary play).

Sé que mucha gente no es partidaria de conocer interpretaciones de una obra que no sean la propia, o, peor, de conocer La Interpretación pretendida por quien creó la obra. Me pasa lo contrario, sobre todo con canciones de artistas que termino absorbiendo. Quiero saber qué es lo que no estoy viendo en una escena o cuál es el aparatoso conflicto que se esconde en un estribillo.

Esta es una de mis canciones favoritas:

Mi yo futuro tendrá otra historia que contar sobre ella, pero a lo que vengo ahora es a dejar el recuento de lo que pasa en la canción. Esto no invalida mis propias elaboraciones mentales ni las de nadie (otra cosa bonita de la ficción), y de hecho en algunos puntos no hay dónde perderse en lo que está pasando…pero podría pasar el día en textos como el de abajo. Jamás se me ocurrió que habría una televisión en la habitación.

Es una canción de rock & roll típica de una fiesta, pues la música suena alto, las botellas de champaña y los espejos para cocaína están en la mesa, y una manada de ebrios están pasando el rato en una esquina de la habitación, robándole miradas al arrogante cantante apoltronado en el sofá (Bowie parece estar viendo televisión la mayor parte del tiempo). Con Bowie, sin embargo, usualmente todo se reduce a quién tiene el mejor ángulo, y para el coro de la canción te das cuenta de que hay alguien más hip que él en la habitación. Ya sea el anfitrión de la fiesta, Shakey, o un dealer, o un ejecutivo de disquera (tal vez es todo lo anterior), el “Hombre” del título perturba a Bowie, lo descoloca. Finalmente, él huye de la fiesta y se dirige a la calle. Con todo el pavoneo que “Watch That Man” tiene, termina con Bowie humillado.

El movimiento progresivo de la canción —los versos se mueven de A a F#m, mientras que el coro comienza con una bofetada, tres pasos hacia arriba (“Watch! That! Man!”, over A/D/G). Ronson usa ambos amplificadores para dominar la habitación, Woodmansey da uno de sus desempeños más sustanciosos, Bolder mantiene la corriente pantanosa en movimiento. Los recién llegados incluyen al pianista Mike Garson, quien irrumpe en el flujo de conversación de Ronson, y las coristas—Linda Lewis y Juanita “Honey” Franklin. Estas dos últimas huyen de la fiesta con Bowie, pero suenan tan fascinadas por su rival como él.

Watch that man

Watch that Marla
Gen & sex, Imágenes, Jue!

Rainbow town

Hace muchos años, por gracia de un blog más antiguo que este(!), encontré a alguien a quien conocí en persona hasta ayer. En esos tiempos jamás habría pensado que viviríamos en el mismo país, pero ya que estamos en esas, me invitó al Pride de su ciudad. Es el segundo Pride más grande del país, después del de Londres.

Más que una marcha limitada a una ruta y a un parque, ocurrió que toda la ciudad estaba tapizada con los colores del arcoíris. Me bajé del tren entre una oleada de gente que llegaba para Pride, y desde entonces no paré de ver personas, parejas y familias de todas las combinaciones posibles en términos de sexo, género y vestimentas. En cada calle por la que pasaba había fiesta, sobre todo en las más cercanas a la playa, y en la playa misma.

Mi cara todo el día:

IMG_1154

Después de ver un pedazo de la marcha, porque era masiva y hacía mucho sol, mi amiga y yo nos fuimos a la playa y compartimos perímetro con una pareja de cheros, que estaban ahí frolicking porque no lograron tickets para ver a Britney Spears. Ese fue el nivelón de este Pride, incluía un concierto de Britney, bitch.

IMG_5553

IMG_5557

IMG_1079

IMG_5581

El Bus Oficial de Futbolistas Gay iba vacío. Al principio saca una sonrisa pero no es un chiste (véase también: Justin Fashanu).

Mi amiga me contó que en el hotel a la par del de la foto arriba, le tiraron una bomba a Margaret Thatcher. En notas más alegres, mi amiga también me contó que vio en vivo a Ziggy Stardust. Mi reacción:

IMG_1155

Me pasa que algunas cosas que he escrito/garabateado, y que usted no ha leído (todavía), terminan materializándose en la vida real. Como ayer, que terminé sentada en la arena sobre mi bandera tricolor, solo que yo le estaba tomando fotos a mi amiga en estado zen, a las gaviotas y a la balsita salvavidas:

IMG_1164

También vi mi primer Banksy en vivo:

IMG_5619

Pero parece que toda la mariquez que reinó a mi alrededor ese día tenía un precio. El inicio y el final de mi viaje estuvieron plagados por ese flagelo de la sociedad que son los Hombres Blancos Que Creen Que Solo Ellos Importan. Lo vuadejar en inglés porque así lo escribí, recapitulándole a alguien que no habla español, y me da hueva traducirlo. Si no habla inglés, aquí y aquí está la versión corta. Y yo no tengo cara de Stacey.

The first annoying entitled white dudebro appeared at the train station, as early as 5:20 am, calling me “Stacey” *and* “Sharon”, and opening his arms for a hug. I said “nope, sorry” politely and he left me alone. Then I cringed when I noticed he and one of his mates, and no-bo-dy-else went on the same coach as me. They both sat in First Class, I was in a standard seat. They left a few minutes later as the Stacey Sharon guy talked to me again, warning me that First Class was rubbish and there was no need to pay extra for that. Then they both left, thankfully.

***

The London train back home was chaotic. Four dudebros were at the table that had my seat. The response of the one in my seat when I pointed that out was something like “I’m not having a good day, am I”. Asshole. But I’m stupid, so I said he could stay there and I could seat nearby if no one else claimed my new seat. Well, of course someone claimed it, which I knew would happen because I CAN READ THE SIGN THAT SAYS THIS SEAT IS RESERVED, but at least the fucker accepted to go away after that, without aiming his drama at me.

I almost gave up my seat because I’m stupid, but also because I had no interest in sharing a table with three dudebros. I heard one ask “is this really her seat?”, but unfortunately I’m no good at confrontations, and yes, it was my seat. They didn’t bother me, but one of them was engaged with fighting with his girlfriend over text message, and their semantic field suggested they were not the kind to respect women as people.

I just read my book, and eventually put on my headphones and doodled a skull, which reflected my frustration over a train journey ruined. I was hoping I’d get some peaceful time, with music, my notebook and a coffee, to collect my thoughts after a beautiful day. Instead I got a burping bro, who also put his feet on the seat next to me when his mate got up.

I have to repeat that they didn’t bother me, only because I’m relieved about that. Afterwards, I could think of many ways I could have reacted differently to the jerk on my seat, beginning by removing “sorry” from my vocabulary, but maybe not reacting on time saved me some trouble. It sucks to have this as a consolation, but also, there seemed to be no train staff around (no one even checked the tickets) in case anything happened.

When I got to the city, there was a long line to catch a cab, and no cabs. Another group of brodudes, who looked like how the ones from the train will look in 30 years, were growing restless behind me, and seemed ready to steal the next cab that came along. They yelled very rude things at an obese man who took a cab first BECAUSE HE WAS IN LINE FIRST. They insulted a guy who was before me because how one dares to use “one cab for one person”.

I was ready to throw a kick if the one who was the leader jumped in front of me to take my cab. Instead, he touched my side, ugh, I felt his fingers brushing against the side of my stomach, and asked me something I did not understand, but I looked down on him (I was slightly taller than him and I tried to emphasize that), said “YES” in a deep voice, and hopped on quickly.

Again, I can think of many ways in which I could have responded to those assholes, and ways in which things could have gone wrong with them. But let’s not think of that, OK? Fucking entitled white males, they are trash indeed. I was super happy after my day at Brighton, and I’m glad it left me in a solid mood, so at least when I got home I was still smiling and thinking of the good times I’d had, and mostly relieved I’d left all the dudebros behind.

See ya never, grandísimos cerotes.

IMG_1140

***Más fotos.

Jue!

Yo soy yo y mi comida

Qué incómodo es comer sin compañía. Me han contado y si es así, es comprensible. Comer, fuera de ser una actividad de subsistencia, es un acto social. Qué triste y hasta patético, dicen las miradas de los transeúntes, eso de sentarse a comer en soledad.

Contrario a lo que ordena el instinto gregario, la soledad también es una condición idónea para comer, especialmente si la comida es buena. No hay nada tan gratificante, cierto, como compartir alimentos con gente valiosa, pero no hay por qué ningunear el placer de comer a solas. Sin distracciones, el mundo se reduce a la comida que se tiene enfrente, a los sabores y texturas que quedan en las manos y en la boca, a la calidez que recorre el cuerpo mientras se calcula la siguiente mordida.

No tengo un cierre digno para este ejercicio de introspección, esto es solo una oda al intenso bagel que almorcé ayer.

Más REINO UNIDO

Cuando sea grande

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 8 de marzo de 2018.

Un visitante y yo estamos en la parada de autobús, esperando el autobús solo porque está lloviendo. De no ser por la lluvia, caminaríamos. El trayecto hasta el centro de la ciudad es colina abajo y, aunque haga frío del que duele, uno termina sudando generosamente bajo las numerosas capas de ropa. Llamo visitante al personaje que está al lado mío en la parada, meciéndose de un lado a otro para fingir que genera algo de calor, pero en realidad es una persona que vive conmigo; solo lo llamo así para señalar que no es de este mundo.

“¿Qué pensabas que serías cuando fueras grande?”, me pregunta el visitante (como si él no lo supiera, pero de algo teníamos que conversar que no fuera el clima). Tengo esa misma duda sobre mis congéneres. A veces me da por observar a alguna persona en mi círculo social y preguntarme si la vida que lleva cumple con sus expectativas, o si la vida que lleva es como es porque así la imaginó y porque luchó tenazmente por construirla a su medida. Al final es una pregunta que no le hago a nadie porque es un tema íntimo y hay que estar in the mood para hablar de esas cosas. “No pensaba en lo que sería cuando fuera grande -respondo- porque no quería crecer”.

Yo no quería ser nada en particular, y en buena medida esa falta de aspiración se materializó. Heme ahí en la parada, siendo nada en particular, junto con un acompañante que se entretiene lanzando su aliento al aire gélido bajo una lluvia torrencial; el autobús no pasaba. “Para saber qué querías ser cuando fueras grande -me dice-, hacé una retrospectiva de todo lo que no querías cuando eras una niña”. No quería no tener mascotas. No quería vivir en un lugar donde no se pudiera caminar en paz por la calle. No quería sentirme atrapada. Jamás se me pasó por la cabeza “cuando sea grande quiero ser inmigrante”, pero parece que muchos de mis deseos vitales se resolvieron al lograr esa agridulce condición. No es que me resolviera la vida, sigo sin tener dónde caerme muerta, pero eso de emigrar me trajo muchas cosas que yo no me atrevía a desear porque creía que era pedir demasiado. Cosas triviales pero bonitas, como andar en tren, encandilarse abiertamente con chicos y chicas y non-binaries, o vivir en una casa estrecha como la de la película 101 Dálmatas.

Puede que sea hora de asumir que ya estoy grande, o al menos que estoy creciendo. Es algo que hacer mientras se espera el autobús. Más gente comienza a apiñarse en la parada, incluso algunas se quedan fuera de ella, pero al menos ya no llueve torrencialmente. El visitante y yo estamos de acuerdo, con un dejo de orgullo, que no soy solo yo quien está creciendo. Le cuento que hace poco alguien me preguntó qué pensaba yo de que “ahora la gente se ofende fácilmente por todo”. Mi respuesta fue que qué bien por la gente que ahora reconoce sus límites personales y los deja bien claros. Eso, creo yo, es crecer, y hay grupos sociales (algunos a los cuales yo pertenezco) que lo están haciendo. Muchas reacciones parecerán “ofenderse por nada”, pero esa es una apreciación fácil de hacer si uno ha andado por la vida diciendo sandez y media sin consecuencias y les frenan el carro por primera vez. Aun con ejemplos de gente ofendiéndose por algo absurdo, esos ejemplos no invalidan lo saludable que es saber lo que se quiere y lo que no se quiere, y establecer hasta dónde se le permite llegar al otro.

El visitante me pregunta si no deberíamos hablar en inglés estando en la parada. Somos los únicos hablando, de hecho, entre el grupúsculo de gente que revisa nerviosamente su teléfono y suspira con impaciencia. Sé que él solo quiere hablar inglés porque cree que estamos diciendo cosas interesantes y asume que la gente se beneficiaría de escucharnos. Yo, honestamente, creo lo mismo, pero ya aprendí que no tengo un público nicho y todo lo que diga se lo llevará el viento, como se pasó llevando la bandera de Gran Bretaña que ondeaba en el pub frente a la parada de autobús. En la asta ya solo quedan jirones.

Comienza a volver a mí un vago recuerdo de querer ser grande. Quería todos los beneficios de la adultez sin sus responsabilidades. Hasta en eso crecí. Ahora soy una buena ciudadana, una ciudadana cuya presencia bendeciría a cualquier país, y resulta que disfruto ejercer tanto mis derechos como cumplir con mis deberes (mi visitante tiene a bien señalar que yo siempre fui bien nerd, a teacher’s pet. Cito a una amiga: soy lo que soy). Justamente, es en las responsabilidades cotidianas en las que me siento genuinamente grande, cuando hay que sacar el reciclaje, preparar el almuerzo balanceado para el día siguiente, limpiar los juguetes sexuales, pagar las cuentas a tiempo. Sin embargo, en el gran esquema del universo, me falta algo.

Ya no llueve. El visitante y yo salimos de la parada de autobús y comenzamos a caminar colina abajo hacia el centro de la ciudad. A nuestras espaldas, escuchamos el autobús que por fin llegó, recogiendo a toda la gente que dejamos atrás. Necesito que el visitante me pregunte qué es lo que quiero ser cuando sea grande. Necesito confesar que cuando sea grande quiero hacer algo importante, algo útil mejor dicho, porque hasta el momento nada de lo que hago parece cumplir una función por el bien de mi especie; o si la cumple, es imperceptible. Si juntara todas las pequeñas fantasías que tenía de niña sobre la vida que imaginaba para mí, el resultado sería muy parecido a la vida que llevo ahora y que voy a extrañar horriblemente cuando expire mi visa. Estoy bien, pero que yo esté bien no es suficiente. Siento que tengo una deuda, pero no sé a quién debo pagársela ni cómo.

Este visitante es uno de los contados seres de los que no he tenido que separarme a causa de crecer; por el contrario, el lazo se ha vuelto más fuerte, como debe ser. Caminamos en silencio con el rostro enfurruñado en las bufandas y las manos enterradas en los bolsillos. Es un día de invierno y mi visitante y yo podemos decir que en nuestra juventud solo conocíamos el verano. En ese entonces yo no quería crecer, pero ese es un proceso que no termina y creo que todavía estoy a tiempo de imaginar lo que quiero ser cuando sea grande. Cuando sea más grande de lo que ya soy, digo, porque no voy a quitarme méritos por el camino recorrido. Se aprende a afrontar, a escribir bonito (ojalá), a decir que no y a decir que sí. Se engrosa la lista de gente a la cual querer, y la lista de actos de despedida, y a veces esas listas se traslapan. Uno aprende a cambiar de rumbo, a soltar, a irse. Algunas despedidas duran más de lo que deberían, otras son adioses rápidos que abren posibilidades y cierran puertas. Adiós.

Más REINO UNIDO

Visitante en tu propia casa

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 22 de febrero de 2018.

Tenía año y medio de no poner pie en mi país, El Salvador. Los días previos al viaje los pasé marinando en ansiedad: faltaban cinco días para mi vuelo y la maleta ya estaba lista, o me despertaba a media noche y no podía volver a dormir. La ansiedad no era impaciencia ni alegría por ir, pero tampoco era que no quería ir. Sentía ambivalencia. Fuera de reencontrarme con gente que quiero y poder comer mango verde, no me habría importado quedarme en mi foster home que es Inglaterra. Me esperaba un viaje largo hacia un lugar que se reportó en el top 10 de los países más felices del mundo según una encuesta Gallup del 2015, a la vez que ocupa una posición similar en los rankings de los países más violentos. Eso explica mi ambivalencia.

Vivir fuera de mi país, en el Reino Unido, me malacostumbró a sentirme segura. Qué sensación más extraña la de no tener paranoia, la de no sentir profunda desconfianza por el prójimo, la de saber que no me van a arrebatar la cartera en la calle o que un desconocido me gritará un “piropo” que nadie le pidió, seguido de un contundente insulto cuando yo no le agradezca ese piropo. No digo que estas cosas no pasen fuera de mi país; como dice mi hermano, la gente es gente en todos lados. Pero hay niveles, pues. Años de estar fuera de El Salvador y ver que las cosas podían ser distintas me volvieron menos tolerante y menos capaz de navegar un entorno tan hostil, y eso que yo ya era intolerante y torpe cuando vivía en él.

Con todo esto en mente, aterricé en mi país, después de un vuelo en el que la señora en el asiento a la par me contó su ruta de viaje y la vida de su hijo que estudiaba en Canadá. ¿Es malinchismo querer que una persona desconocida no te cuente su vida cuando uno lleva 22 horas viajando? Que alguien haga eso en el avión es señal de que uno se acerca a Centro América y ni los libros, los audífonos, ni estar honestamente durmiendo parece ser razón suficiente para que te dejen en paz. Pero decía, aterricé. También ya me había malacostumbrado a que no hubiese nadie que me fuera a dejar o a traer a aeropuertos. Agradecí el gesto de que hubiera un grupito esperándome, pero a esas alturas del viaje yo ya no era persona y me urgía el aislamiento.

Se supone que el propósito de volver al país de origen es ver a “mi gente”. Pero no es cierto que cuando estoy en mi país estoy de vacaciones, porque no es descanso tratar de quedar bien con todo el mundo. No se me malentienda, tengo una larga lista de personas con las que querría ir a tomar un café y saber cómo están, pero el tiempo es limitado y la familia es prioridad. Mi familia por sí sola, además, es un país pequeño. Termino disculpándome con amistades porque no me dio el tiempo para verles, o porque ni siquiera le avisé que estaba en el país (cognitivamente, sé que no le debo explicaciones a nadie, pero mi Súper Yo es imponente y el afecto a veces conlleva cierto sentido del deber). O termino haciendo el esfuerzo emocional de conversar con quien se tomó la molestia de ir por mí e invitarme a comer, cuando yo preferiría sentarme al fondo del frondoso jardín de mi casa, donde está enterrada la Rana, mi socia canina de mi adolescencia, y ser una planta más. No es queja, es bonito que te quieran tanto, es solo que mi tiempo y mi energía social son muy limitados.

En cualquier caso, mi meta en este viaje era pasar tiempo con mi familia, y logré mucho más que eso. Algo que me gusta de Inglaterra es que mantienen presentes sus historias de diversas maneras, eso es algo que yo veía con cierta envidia. Esto, y que el color de mi piel fuera motivo de elogio(!) cuando vivía en mi país, me hizo preguntarme, en buen salvadoreño, qué ondas aquí. Resultó que un tío llevaba décadas trabajando en el árbol genealógico de la familia, y de eso y otras fuentes, descubrí que desciendo, por un lado, de un cura español(!) e hijos ilegítimos que tomaron el apellido materno y, por otro, terratenientes que perdieron un significativo trozo de la superficie nacional por andar de picarones. Estos descubrimientos trajeron indescriptible gozo a mi alma.

Llegué a un país distinto del que veo a la distancia en las noticias, el de los 15 asesinatos diarios. El Salvador no es un país pobre, pasa que sufre una horrenda desigualdad social. Me sentí parte de la upper class, no porque mi familia sea una de grandes recursos, sino porque los espacios públicos están construidos para reforzar la impresión de que son exclusivos; son excluyentes, en realidad, pero se presentan como exclusivos. No toda la gente puede acceder a esos espacios. Quienes podemos, vemos una cara más “próspera” del país, con opulentos centros comerciales y edificios de apartamentos donde antes había ecosistemas protegidos porque qué estorbo son para la vida los árboles y la fauna que los habita.

Lejos de esa cara opulenta, o más bien como parte de ella, la realidad del país exige portones cerrados y muros con alambres razor, guardias con fusiles en cada esquina, y estar a la expectativa de que el motociclista que se ve por el retrovisor del carro puede ser un asaltante (asumiendo que uno tiene un espejo retrovisor, y por ende un carro, y hay que tenerlo porque andar en bus y a pie también es peligroso). Un amigo confrontó mi paranoia, cuando se acercaba mi viaje, diciéndome que lo peor de la violencia ocurría en los sectores socioeconómicos más bajos. Eso me ayudó. Las pandillas ya aparecieron en mi muy clasemediero vecindario pero en este país, como consuelo y perspectiva, siempre hay alguien mucho más jodido que uno y hay que saber reconocer los privilegios propios.

La paranoia con la que llegué a mi país no pasó a más (la paranoia no es por gusto en El Salvador; como diría un célebre psicólogo social, es una respuesta normal a la situación anormal que se vive cotidianamente). Hizo viento del bueno y sentí un poquito de cariño al recorrer de nuevo lugares que alguna vez fueron parte de mi día a día, a pesar del deterioro físico, el bestial tráfico, lo pasivo-agresivo o meramente-agresivo de las interacciones sociales. Lamento no poder hablar de mi país como lo pintan las campañas internas sobre paisajes y valores, pero es que no es un sitio agradable para vivir, aun cuando uno puede encontrarse lugares bonitos y gente amable. Desearía que fuera un país vivible, pero sus problemas específicos, como los de cualquier otro país, son complejísimos y resolverlos requiere tiempo, voluntad, recursos, conocimientos, cosas en las que nadie parece estar dispuesto a invertir. Este país es mi casa, no dejo de sentirlo como tal, pero también es como un pariente bien intencionado pero irreflexivo a quien es mejor hacerle una visita breve.