23 kg

Primero se quebró la regadera. Después se quebró la cama, en el lado más concurrido. Por último, se quebró mi cuadro favorito, el de las gaviotas y el mar; se deslizó por la pared cuando nadie lo veía y el vidrio roto se esparció por la alfombra. Dos es coincidencia, tres es un patrón. Pero el cuadro fue mi culpa, horas antes lo había descolgado para examinarlo y decidir si debía meterlo a la maleta. Lo colgué mal y resultó que me hice un favor: hay que viajar ligero.

Ese fue el comienzo del final, la semilla del autosabotaje que desembocaría en ganas de huir de una existencia idílica. Esto estaba claro desde el primer día, lo decía el contrato, esta vida sería como habitar una historia acogedora dentro de un mundo turbulento. Con un principio, un conflicto y un final. Ahora la película está por terminar, todos los arcos narrativos deben cerrarse y los gatos empacarse:

Su regreso al continente americano involucrará más estrés e incertidumbre (para los gatos y para sus humanos) que su llegada a la isla. Sin embargo, en lo que concierne a procesos migratorios, este par de sabandijas se encuentra en una posición privilegiada y desde su cajita de transporte gritan “NINGÚN SER HUMANO ES ILEGAL”. 

En la casa no quedan mesas ni sillas. La cama es un montón de cojines y la regadera funciona otra vez. El eco de las habitaciones se vuelve más notorio con cada objeto vendido, regalado o tirado a la basura. El reloj en el comedor renunció a su trabajo. Qué aventura esa de perder la noción del tiempo.

Este año, el verano aquí duró exactamente dos días y hoy se sintió un primer soplo otoñal. Qué miedo, pero también qué bonito es el otoño y qué lástima que ya no voy a estar para verlo. En la pared solo queda un Bowie, a la espera de que se acabe el agosto a sus pies para meterse en mi maleta.

 

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