Hielolandia

Hola desde Islandia. No se me ha olvidado este blog, de verdad. Pienso en él frecuentemente, en la ingente cantidad de zanganadas que he escrito y las que me siguen brotando, muy a mi pesar. Pasa que últimamente (tipo los últimos tres años) dedico mi energía mental a escribir otras cosas en otros lados, amén de explorar mis inclinaciones más honestas con 100% pasión y 0% talento.

La cosa es que llegué a Islandia. Por fin me digné a llevar registro escrito de un viaje encima del fotográfico. Me compré un cuaderno bonito y la primera página, con fecha del primero de abril de 2019, dice:

Tal vez hubo un momento en el que pude haberme rehusado, una ventana por la cual sacar la cabeza e intervenir en la discusión: “puede que no sea una buena idea que cuatro personas pasen seis días cruzando Islandia en una van”. Tal vez hubo un momento en que pude detener esto y proponer un plan más cuerdo pero si lo hubo, lo dejé pasar.

Se pone más sandunguero pero no voy a transcribir tanto carburo. Aparte, casi todo lo escribí mientras iba en la parte trasera de la camper van y en mi letra se notan el traqueteo de la carretera y mis náuseas por escribir en movimiento. En resumen, tenía mis reservas sobre las condiciones del viaje. O sea, camping, vieja. Sin cama. Sin baño. En un lugar poblado por glaciares. Por qué alguien se expondría voluntariamente a tal precariedad escapa a mi comprensión.

Y sin embargo, heme ahí, durmiendo en el estacionamiento de una gasolinera en medio de la nada, a -8ºC. Fue una experiencia que atrofió mi alma al punto de quedar sin ánimos para asomar la cabeza al cielo por si aparecían auroras boreales. Por el lado amable, semejante crujir de dientes forjó mi carácter de modo que cualquier temperatura que no comenzara con “menos” se sentía como un día fresquito.

Una cosa aprendí de esa noche gélida: tenía que irme a un hostal la siguiente noche. Así fue, con el apoyo de uno de mis compañeros de viaje, quien estaba de mi lado, moral y contractualmente, y la sutil disconformidad de los otros dos. En realidad, fue la destreza para sobrevivir y prosperar al aire libre de estas dos últimas personas lo que nos llevó a través de esta isla y ello lo agradezco profundamente. Al final, fuimos alternando guesthouses y van.

Esto de dormir en una van no es tan malo. Acérquense, criaturas, y apunten los detalles prácticos de este viaje. Primero, uno puede cubrir buena parte de Islandia tomando el Ring Road que recorre los contornos del país. Si uno es medianamente ranger, como inocentemente mis compañeros de viaje creyeron que yo era, se puede alquilar una camioneta acondicionada para acampar. Hay camping sites a lo largo del camino, habitualmente eso significa el estacionamiento de una gasolinera N1, pero los baños públicos son bien decentones. Recomendable llevar comida desde el país del que uno viene, comida enlatada o que se prepare fácil; hay incluso un límite de peso en comida permitido. La única vez que comimos algo no preparado por nosotros, una cena sofisticada y elegante para cuatro personas, pagamos 60 euros: cuatro hamburguesas en una gasolinera N1. Sí, pues, incluía unas papas fritas de ensueño pero Yísuscraist.

El 1 de abril llegamos a Reykjavíc con el señor Sepúlveda, con quien estamos legalmente obligados a hacer esta clase de viajes juntos. Esta ciudad en el extremo del hemisferio norte es increíblemente similar, al menos visualmente, a una ciudad en el extremo del hemisferio sur. Esa noche la pasamos en un hotelito del cual tuvieron que arrancarme a regañadientes la mañana del 2 de abril. Nos subimos a la van con nuestros dos amiguitos -uno de ellos el conductor designado para todo el viaje, bless his soul- y agarramos al este:

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Esta fue la noche en el parqueo de la gasolinera. Es menester notar que cuando digo “en medio de la nada” no estoy diciendo mucho porque casi todo en Islandia está en medio de la nada. Entonces me desperté entre montañitas nevadas y salí de la van para ir al baño de la gasolinera sin que necesitara abrigarme mucho. Era 3 de abril y seguimos hacia el norte, en una ruta que incluyó una visita a El Tunco islandés (mentira, es un elefantito):

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Los paisajes y los climas cambian cada media hora o menos. En este país, como en Escocia, dicen que si no te gusta el clima, esperés cinco minutos. Pero no llovió ni nevó durante nuestro viaje, alabado sea.

Esta noche la pasamos en una guesthouse. Lo repito con regocijo porque los cute B&Bs son una de mis alegrías en la vida. Tras una noche obscenamente confortable, el 4 de abril salimos hacia el noroeste. Pero antes, BALLENAS:

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Las fotos de las ballenitas son del señor Sepúlveda. Me he subido a barcos antes, pero esta tuvo que ser la ocasión en que me dieron mareos y no estaba en condiciones de sostener la cámara. Al final fue mejor, homb’. Qué liberador no preocuparse por tomar fotos, aunque sea solo por evitar el ridículo de vomitarle encima al Atlántico. Los mareos se me pasaron un poco con las ballenas porque quizás me puse a llorar de la emoción. Después se me pasaron completamente con el chocolate caliente que dieron al regreso. Esta gaviota ilustra mi éxtasis al ver las ballenas (o una minúscula parte de ellas):

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YAAAAAAASSSSSSSSSSSSSS

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Esta foto de arriba me recuerda un punto importante: uno se encuentra frecuentemente olor a huevo podrido en baños, pero es por el sulfuro en el agua.

Esta noche la socamos un poco. Se nos hizo tarde manejando entre montañas nevadas, eran las 11:00 pm y faltaba más de una hora para alcanzar el camping site planificado. Entramos a un pueblito y estacionamos frente a unos muelles donde sus habitantes amablemente instalaron un baño público (porque si no les tocaba limpiar inmundicias de turistas). Esa segunda noche en la van estuvo bien. Para entonces, la miseria de la primera noche me había endurecido y me sentía un boy scout, pero sépase que yo solo duré dos semanas en los boy scouts cuando intenté unirme al grupo en mis mocedades.

A la mañana siguiente, el 5 de abril, agarramos hacia al este:

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Esa noche nos desviamos de la carretera para dormir en otra guesthouse que estaba en medio del medio de la nada. Lo más raro era que no había nadie atendiéndola. Un par de huéspedes nos abrió la puerta y eso porque los despertamos (como aprendimos en la primera guesthouse donde nos quedamos, algunos dueños se van a su casa en la noche).

A ver. No me había hecho muchas ilusiones con las auroras boreales. No era buena época para que aparecieran y todo lo que leí concluía que verlas era, en buena medida, cuestión de suerte. Pero la esperanza sigue siendo verde y entonces…

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Pues, por supuesto que apenas se ven en la foto porque no tenía el equipo adecuado. Saludesss otra vez al señor Sepúlveda que fue like Jesus taking the wheel de la cámara mientras yo lloraba del puro sobrecogimiento. Ahora, el conductor designado del viaje no es solo un proper boy scout, sino que encima es fotógrafo profesional. Ya viendo las fotos que él tomó, uno queda ahí nomás. En fin, me dijeron que las auroras eran un tanto tenues por la época, pero igual estaban para derramar lágrimas cual estatua de virgencita llorando sangre. Parecían brochazos de polvo blanco esparcido a lo largo del cielo, moviéndose con vida propia.

Despertamos el 6 de abril. Seguía sin haber nadie atendiendo el guesthouse y nos fuimos (no, pero ya estaba pagada la noche en línea). Finalmente, llegamos al sur:

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Foto de arriba: ¡Men, les están diciéndoles que no usen drones!
Foto de abajo: vi esta explosión del geyser y dije, ve, así se siente cuando unx sale del clóset.

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*Insertar aquí comentario obligatorio sobre locaciones de filmación para Game of Thrones*

La tarde del 6 de abril volvimos a Reykjavíc y después alojamos en la ciudad al asito, Keflavík, porque ahí está el aeropuerto principal. Las últimas palabras sobre el viaje en mi cuaderno otorgan merecido reconocimiento al character arc de mi persona a lo largo de esta semana, pasando de Whiny Tourist a Happy Camper y gracias, estaré aquí toda la semana.

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