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To the southernmost of the southernmost, Johnny.

07 Nov

Saludos desde el estrecho de Magallanes. Cuando compré estos zapatos y dije “estos podrían llevarme al fin del mundo” lo decía como hipérbole. Pero por una combinación de mucho esfuerzo y buena fortuna, terminé en la Patagonia. Tierra del Fuego se veía desde la ventana del hostal, y recordaba un libro que alguien me regaló para mi cumpleaños: “Perico trepa por Chile”. Es sobre un niño, Perico (jaja), que hace justamente eso; vive en Tierra del Fuego y viaja por todo el país hasta llegar al extremo norte.

Está ahínomasito, a dos horas(!) en ferry.

El calor que esperé encontrar en el desierto lo encontré aquí. Primero porque hacía buen clima: estaba soleado, con poco viento. “Hace calor hoy”, le dijimos a un taxista que nos llevó una mañana. Él respondió desde el alma: “¡Sí, estamos a 15 grados!”. Pero hay semáforos solares que alertan cuando la radiación es muy fuerte, puede que el sol ahí no llegue igual que a otros lados. La segunda razón es porque en todos los edificios la calefacción la ponen a todo chancho, al máximo. Y si se ponía demasiado caliente, en lugar de bajarle, abrían la ventana. Para mí eso no tenía mucho sentido, pero quizás es porque no alcancé a experimentar la crudeza climática de Punta Arenas.

Una parada de buses y colectivos. Medio día antes de que yo llegara, estuvo lloviendo y con ventarrones. La gente del vuelo anterior al mío no podía bajarse del avión porque en esas condiciones el viento se lleva la manga para desembarcar. Los pasajeros tuvieron que descender en grupos de cinco directamente a la pista por escalerilla.

Pero la crudeza climática no importa, que falte el sol en invierno y que sobre en las madrugadas de verano. Si no tuviera lazos sociales fuera de este país, consideraría mudarme a Punta Arenas; es una linda ciudad y sus alrededores son impresionantes. Digo si no tuviera lazos sociales porque me gusta(ría) que me visiten, pero este es un lugar al que no se llega tan fácilmente por otro medio que no sea avión, cuando el clima lo permite. Puede llegarse en bus, pero se tarda dos días y hay que dar la vuelta por Argentina porque no hay camino en tierra chilena.

En los primeros días ahí, se exacerbó eso que siento por estar lejos de mi país de origen, una mezcla de impotencia, culpabilidad y alivio. Recuerdo estar leyendo algo sobre homenajear a militares perpetradores de masacres, una compra cuestionable de aviones de guerra, y que si uno no cree en Dios, tampoco creerá en el mercado. Coincidió con que uno de mis hermanos me envió un correo cuyo asunto decía “Por si tenés nostalgia por tu país…”, y al abrirlo continuaba: “…con esto se te quita”. Y me adjuntó enlaces a noticias que francamente nomb’e.

Dejemos la impotencia y culpabilidad para otro día.

Capitulo 3: vine a este lugar porque había un congreso de psicología y teníamos unas ondas que presentar sobre el proyecto de investigación. Fin del capítulo 3.

Aun en un lugar tan inhóspito como este, hay perros callejeros. La mayoría grandes y con capa sobre capa de pelo, lo cual habla maravillas de su capacidad de adaptación. Pero no habla bien de la tenencia responsable, que es la razón de fondo por la que hay tantos perros en la calle. Vi algunos de pelo corto y me angustió pensar si esos sobrevivían las temperaturas bajo cero, la nieve y los vientos de más de 100 km/h.

Pero como dice un viejo adagio, la mara se rebusca.

Criaturitas del estrecho. Hay motivos de pingüinos por todos lados pero los de verdad viven en unas islas a varias horas de camino.

Punta Arenas tiene una zona franca, una alegría para el bolsillo en algunos rubros (había una tienda llamada Sandy Point y me llevó días caer en la cuenta por qué ese nombre me sonaba tan familiar -_-). Cuando fui a conocer el lugar, había niños jugando ajedrez en todas partes. Estaban intentando romper el récord nacional de más personas jugando al mismo tiempo. Lo lograron.

La clase de edificios que se ven en el centro. Lo que es la elegancia arquitectónica. Tampoco hay cables del tendido eléctrico pero cuando hay mucho viento ponen cuerdas en la plaza para que la gente no se vaya volando.

Muchos lugares siguen teniendo los nombres que les pusieron los exploradores que llegaron. Pareciera que fue hace no mucho que se toparon con esta región. Y tras madrugar y viajar por tres horas, llegué a la provincia Última Esperanza (nombrada así por un explorador viejito, para quien este lugar fue su última esperanza de dar con el estrecho de Magallanes).

Puerto Natales.

Quien haya leído el libro El Club de la Pelea sabrá que es menester sentarse en medio de esa mano.

A mitad del viaje, mi tarjeta de memoria dio error. Perdí muchas fotos y todo fue lágrimas. Andaba también otra vieja cámara con la que ya había tomado una o dos, y me aferré a ella por el resto de la jornada. Por eso no tengo fotos propias de la cueva del milodón ni de la Silla del Diablo, una formación rocosa. Más lágrimas.

Foto prestada. Este lugar da escalofríos, tanto como pensar en todo lo que había antes de que llegara el Homo sapiens.

Señor milodón. Foto prestada.

La cueva del milodón y la Silla del Diablo estaban cerca de Puerto Natales. Las Torres del Paine, la siguiente parada, estaba a un par de horas más. En el camino, el guía nos contó que ese lugar estaba concursando para ser la octava maravilla del mundo. Al día siguiente, le otorgaron ese título.

Un pueblito en medio de la nada. Nótese el efecto del viento en las montañas.

Guanaco, versión literal.

Torres del Paine *coro de querubines*

No es parte de la cordillera de Los Andes. Los Andes tienen 60 millones de años, las Torres tienen 12 millones *lagrimita huyendo del ojo derecho*.

El tour era por el día, cansado y apresurado, pero con el chance de rodear las Torres y ver otras cosas. Era mejor llegar a Puerto Natales, alojar ahí y salir al día siguiente. Con eso se gana unas seis horas para cubrir más terreno. Fin del brotip burgués.

Tres salvadoreños. Están en peligro de extinción.

Aun en su punto final, el mundo resulta pequeño. Mientras íbamos en la camioneta de la excursión, vi por la ventana a dos amigos a la orilla del camino (el de la derecha en la foto). La semana anterior había ido a su boda y estaban quedándose en el hotel de la isla por su luna de miel. Andaban tomando fotos y buscando una chaqueta que el viento tiró al lago. También me los hallé en la zona franca y tomamos el mismo vuelo de regreso, que es donde me enteré qué andaban haciendo a la orilla del camino.

Después de las Torres, pasamos al lago y glaciar Grey. Llegamos a una *pLaYiiiTa* en la que flotaban trozos gigantescos de hielo, con una pureza cual metanfetamina de Heisenberg. Al cruzar la playa había que subir un cerro para llegar a un mirador. En dos patadas la cruzamos.

No es cierto, llevó más de media hora, peor si se era parte del grupito de hipsters santiaguinos que andaban tomando fotos con cámara de rollo. Con estas caminatas uno respeta más a los primeros pobladores y todo lo que avanzaron para plagar casi todas las esquinas de la tierra. Sobre todo quienes llegaron a las islas del Pacífico, esas que a veces ni siquiera salen en los mapas porque están en la parte de atrás (¿?) del planeta. 

Los zapatos obraron en mí y de verdad me llevaron al fin del mundo:
Un día después de esta travesía, el señor Sepúlveda, compañero confiable para esta clase de mandrakadas, dijo que volviéramos a Puerto Natales. Bueno. El viaje a las Torres empezó a las 5:30 am y terminó a las 12:30 am del día siguiente, y la mayor parte del viaje se pasó en la camioneta viendo por la ventana. Que es ganancia también, porque pasamos frente a miles de ovejas y corderitos (<3), vacas despeinadas, guanacos, llamas, algunos cóndores y un ñandú. Uno.

En un bus grande y cómodo, sin andar con una decena de personas que quiere tomar la misma foto que uno, el viaje a Puerto Natales fue más fructífero:

Una perrita con ropa de oveja y en alarmante estado de gravidez.

Monumento al viento, wiiiii.

Milodón a la entrada/salida de la ciudad.

Aquí se me acabó la peseta y tuve que regresarme. Mientras el avión estaba en la pista esperando despegar, perreaba intensamente con las ráfagas de viento que ese día reaparecían.

Tierras argentinas. Del otro lado del avión, se ven los Campos de Hielo en tierras chilenas. En verdad os digo, no somos nada.

De vuelta a los estudios.

 
9 comentarios

Publicado por en noviembre 7, 2013 en Criaturitas del Señor, Imágenes, Jue!, Turis-turista

 

9 Respuestas a “To the southernmost of the southernmost, Johnny.

  1. Virginia

    noviembre 7, 2013 at 2:10 pm

    Lo más importante de este post es el .gif de Kima. DECIME QUE ESTÁS VIENDO THE WIRE.

     
    • Ligia

      noviembre 7, 2013 at 2:13 pm

      Todavía no😦 Siento que no tengo el street cred para ponerlo pero es perfecto.

       
      • Virginia

        noviembre 7, 2013 at 2:24 pm

        JAJAJAJAJÁ.

         
  2. Virginia

    noviembre 7, 2013 at 2:24 pm

    Ya me dio culpa. Mejor te dejo un comentario en forma:

    Me gusta cuando narrás así, casi siento que te tengo acá al haz (tuve que buscar cómo se escribe), tomándote un café con leche.

    Te extraño, pues.

    Muacks.

     
    • Ligia

      noviembre 7, 2013 at 2:28 pm

      Ay T___T❤ Quisiera que estuvieras aquí, chera.

       
  3. hunnapuh

    noviembre 7, 2013 at 2:37 pm

    Me encantó el tour, mucho mas que el maldito desierto al que nos llevaste la vez anterior, me gusta, a pesar de que tampoco ofrece condiciones de habitabilidad agradable, me parece un lugar perfecto para escribir novelas distópicas, post apocalípticas.

    Espero jubilarme aún con fuerzas para devolverle la visita al Ché pero a la inversa. Mi esposa se apunta como compañera mochilera… pero cinco estrellas, ya no puede dormir en el suelo.

     
    • Ligia

      noviembre 7, 2013 at 2:49 pm

      Eso pensé de Puerto Natales, es un lugar de oro para quedarse un tiempo y escribir. Los cafés de Punta Arena triunfan también. Es de devolver esa visita, totalmente…de preferencia en primavera o verano.

       

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