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Archivo de la categoría: Imágenes

Aportes desde la confusión.

La Policía masacró en la Finca San Blas:

La Policía afirmó que durante la madrugada del 26 de marzo sus agentes fueron atacados en una finca de San José Villanueva, y que en el “intercambio de disparos” murieron “ocho sujetos miembros de una estructura criminal”. Esa historia es falsa y los hechos reconstruidos por El Faro revelan indicios de ejecuciones sumarias y montajes en la escena de los homicidios.

Pero qué esperar de un país donde sus enfurecidos* ciudadanos honrados (algunos que eventualmente serán víctimas de los abusos institucionales que hoy aplauden) no distinguen entre explicar y exculpar, entre justicia y venganza; y donde se aboga por la sodomía para resolver los problemas sociales:

* Uno está en todo su derecho de enfurecerse por la criminalidad y hacia los criminales, pero…qué diablos, ya lo dije. Este país es la sección de comentarios de Sala Negra.

 

La psicología dice.

PsychologySays

“La psicología dice: la gente no necesariamente cambia, sólo se convierte en lo que se supone que deben ser, lo cual viene con crecer”.

1. No veo cómo “convertirse de una cosa en otra” no implica cambiar.

2. ESO NO DICE LA PSICOLOGÍA. No es una disciplina que determine lo que una persona “tiene que ser”, sino que trabaja con probabilidades, como otros de sus amiguitos científicos que no pueden predecir ocurrencia exacta sino probabilidad de ocurrencia.

Este anuncio de interés público fue patrocinado por tests psicológicos La Vaquita.

 
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Publicado por en julio 17, 2015 en Frases, Imágenes, Jue!, Psicología, Qué ondas aquí

 

Cis, trans, todos.

Hay una nueva palabra en el diccionario de Oxford, aunque la palabra misma ya tiene ratos dando vuelta. Voy ahí: cisgénero: “la designación de una persona cuyo sentido de identidad personal corresponde con el sexo y género que se le asignó al nacer” (si cree que las palabras para designar no importan, vaya aquí).

“¿Es un niño o una niña?”

“Creo que es muy pronto para empezar a imponer roles, ¿no le parece?”

Leía hoy la nota “Como decís que sos hombre, te estamos tratando como hombre“, donde se reporta el reciente arresto y tortura de un activista trans y su pareja, por parte de la Policía Nacional Civil:

“La declaración del policía que se ha mostrado como víctima es que teníamos que estar agradecidos de que le había pasado eso (la golpiza a Álex), porque lo que se hacía ahora era pegarles un tiro y dejarlos en la cuneta”, dice [William] Hernández [de la Asociación Entre Amigos].

[…] el 72.6 % de policías que contestaron el cuestionario cree que la atracción sexual hacia las personas del mismo sexo es una enfermedad mental. El 80 % de policías cree que en cualquier sitio público el dueño tiene derecho a pedirle a una persona LGBTI que se retire debido a su orientación sexual. El 56.5 % piensa que las personas de esta comunidad nunca deberían ser policías. No obstante, solo aproximadamente un 9 % dijo conocer a algún compañero que hubiera golpeado o que hubiera usado excesivamente la fuerza para detener a una persona gay, lesbiana, bisexual o trans.

Por cierto, y tenga en mente esas estadísticas: un día antes del ataque, se instauró el matrimonio igualitario en Estados Unidos. Vi algunas publicaciones como esta, de la pobre gente heterosexual, cisgénero (y con una particular tendencia religiosa, digamos), que se sentía perseguida, reprimida y discriminada por la visibilidad LGBT:

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Persona que respondió: PREACH!

Aparte “tratar como hombre”, qué asco de mentalidad. Y no dudo que la gente se la cree, un hombre es el que aguanta golpes y eso se puede y debe poner a prueba. N’ambe. Hay que ser gente y tratar a los demás a como tal, y no estar usando la masculinidad como excusa para violentar a nadie. A un hombre no hay que pegarle ni con el pétalo de una rosa.

Lo he dicho varias veces, y lo digo de nuevo: así como usted piensa, así actúa. Por eso no es extraño que el uso de la tortura sea legitimado y aplaudido por el común de la gente…siempre que sea usado en “otros”. Pero, dejando de lado lo cis y los trans, lo hetero y todo lo demás, déjeme traerle a mi amiguita @Huishte, que le señalará algo más que está en una esquina de la nota de El Faro:

Algunos de los finos ciudadanos honrados que comentan en la nota de El Faro (y en otros muchos lugares) creen fervientemente que algunas personas merecen ser maltratadas. Lo bueno es que las pandillas piensan lo mismo. Y la policía piensa lo mismo. Y las columnistas Opus Dei piensan lo mismo. Así que hay que andar con cuidado para ser dignos de respeto de todo el mundo. Qué agradable manera de vivir.

– Yo nunca he hablado de cambio de sexo, porque el sexo está en el cerebro de la persona. Los primeros años de vida, el sexo no se puede cambiar ni con cirugía, ni con hormonas, ni con psicoterapia. Porque si se pudiera, eso es lo que haríamos.

[…]

¿A usted nunca le pareció inmoral ni contra natura?
Creo que lo realmente inmoral es oponerse a que alguien viva mejor, solo porque lo que le pasa no lo entiendo o me molesta. Y respecto a que es contra natura, la primera vez que me lo dijeron no me supe defender, pero luego pensé que casi toda la medicina es contra natura. Todo lo que hacemos, la quimioterapia, las drogas, con todo tratamos de torcerle la mano a la naturaleza. Que más contra natura que un transplante, sacarle un corazón a alguien y ponérselo a otra persona. Para mí, ese argumento no vale. Torcerle la mano al destino es nuestro trabajo. Es toda la medicina.

Guillermo MacMillan. Reportaje “El doctor de los trans”, suplemento Sábado de El Mercurio, 4 de julio de 2015, p. 11.

 

La rata Gonzala (apéndice).

¿Sueña con el lugar donde quiere ir mañana? Parece que las ratas también lo hacen.

Cuando a estos animales se les muestra una recompensa comestible al final de un camino al que no pueden acceder, y luego toman una siesta, las neuronas que representan esa ruta en sus cerebros se disparan mientras duermen – como si estuvieran soñando con correr por ese camino para agarrar el alimento.

[…] David Redish, de la Universidad de Minnesota en Minneapolis dice que esto muestra que los sueños de las ratas pueden ser moldeadas por sus metas. “No es sólo el reflejo de una actividad de línea base; depende de los deseos del animal”.

La investigación apoya la idea de que el hipocampo nos ayuda a imaginar el futuro, así como a codificar las memorias de nuestro pasado. Algunas personas con daño en el hipocampo tienen problemas al imaginar eventos futuros en detalle.

Las ratas sueñan con los lugares a los que quieren ir.

Adjúntese a La rata Gonzala. Y juímolos.

 

El Playón.

El Playón es un campo de lava al norte de San Salvador. Metros y metros de grava negra yacen a las faldas de un volcán cuyo nombre original no recuerda nadie. En un día normal, el sol hace que aquello parezca una enorme parrilla. Aunque ahora este terreno forma parte de un área natural protegida, a finales de los setenta era un basurero de latas, de papel y de personas. Ahí iban a parar los desaparecidos por los Escuadrones de la Muerte, los cuerpos policiales y el Ejército.

El consejo que recibían quienes buscaban ahí a sus familiares era conseguir un vehículo de doble tracción y manejar sobre la carretera hasta ver los buitres. Ellos eran la señal para abandonar el pavimento y seguir sobre la grava hasta llegar a los cadáveres arrojados a la intemperie, sobre la piedra ardiente. Decenas de cuerpos eran abandonados como carroña, a merced del viento y del sol.

Desde mediados de los setenta, entre los huesos, los buitres y la grava, caminaban señoras buscando trozos de camisas, sombreros o zapatos que permitiesen identificar a quien salió de casa y nunca volvió. A veces les acompañaba un sacerdote de modos suaves y rostro sereno. Era Monseñor Óscar Romero, arzobispo de San Salvador desde febrero de 1977.

Su acompañamiento no terminaba ahí. Durante las misas de domingo en Catedral, transmitidas en vivo a través de la emisora del Arzobispado (la dictadura no la censuraba por ser voz de la Iglesia), Monseñor nombraba cada huelga suprimida, cada estudiante desaparecido, cada preso y asesinado por el aparato represor. Pedía por sus almas. Denunciaba la injusticia de su padecimiento. El monseñor que caminaba sobre la grava buscando muertos, acompañando a una madre, era el solaz de cientos, de miles, todos los domingos en misa.

Monseñor Óscar Romero: el pastor entre los buitres

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Décadas después.

(Gracias a Víctor por darnos jalón)

 

Orgullo.

– ¡Nos llamaron pervertidos!
– Bromley, es hora de una parte importante de tu educación. Levanten la mano en esta habitación si alguna vez los han insultado de esa manera. Ahora, hay una larga y honorable tradición en la comunidad gay, y nos ha mantenido a flote por un largo tiempo. Cuando alguien te lanza un insulto…¿cierto, Jonathan…?
– Cierto.
– …Lo tomás y te lo apropiás.

Aprovechando que hoy se celebra y conmemora el Día Internacional del Orgullo LGBT alrededor del mundo, recomiéndole la película “Pride“, sobre la historia real de activistas gay que se unieron para apoyar la huelga minera de 1984 en el Reino Unido. Y recuerde que se llama “matrimonio igualitario”, no “matrimonio homosexual”. Y que hay muchas personas no-heterosexuales que, antes de preocuparse por casarse, les preocupa no ser perseguidas o asesinadas sólo por no ser heterosexuales. Lea sobre Stonewall, lea sobre cómo, en El Salvador, el Batallón Bracamonte violó y asesinó a personas gay.  Piense, y sepa, que hay muchas maneras de ser humano.

marchadivsexual2015

Amo esta foto <3 (Fuente)

 

En el puente.

Primero vi la foto, que mostraba un bulto en la acera de un viejo puente que conecta dos ciudades. El bulto era un perro atropellado. Luego lo vi en vivo la primera vez, desde el carril contrario a la acera: estaba sentado con el hocico apuntando al cielo y los ojos entrecerrados. Lo vi una segunda vez desde el carril contiguo: se había acostado con la mirada clavada en el horizonte. La tercera vez, por fin, llegué hasta él.

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¡Ahí está mi dedo!

Era un día frío y oscuro. El puente vibraba sin cesar y cada carro que pasaba era un atropello a punto de suceder. El panorama que tenía el perro no era mucho mejor. Había reptado hasta el borde del puente para alejarse del tráfico y tenía al río bajo sus patas. Un tren pasó por la zona en ese momento; el puente vibró más fuerte. La cabeza del perro se estremecía bajo mi mano. El tren, y más carros como puños que casi nos alcanzan, y peatones pasando de largo, quizá alguno resintiendo que se estuviera ayudando a un miserable perro ya paralítico, en lugar de ayudar personas (pero me aseguré, no había ninguna persona atropellada en el perímetro).

Es de agradecerle al Sr. Sepúlveda, quien una vez más prestó sus brazos (se prestó todo él) para sacar al perro del puente. Su condición no parecía muy diferente a la de Magda, patas delanteras rígidas y patas traseras inmóviles, y comencé a consolarme con que al menos este pobre perro no pasaría días agonizando, ni moriría, en un entorno tan aterrador. Los carros, la vibración, el ruido, la multitud que ignora, el frío y las nubes amenazantes.

Hace no mucho fui a un curso de primeros auxilios. En mi role play lo hice todo bien con mi compañero pero la señora aparentemente intoxicada terminó fracasando porque mucho CPR y lo que sea pero nunca llamamos a la ambulancia. Me acordé de eso en un episodio de Grey’s Anatomy de la última temporada -posible spoiler- donde muere un personaje importante. Este personaje, un médico, pasa casi toda la hora salvando gente. Pero no hizo lo que siempre debe hacerse lo antes posible en una emergencia, por más docto en medicina que uno sea. “¡Maje, andá llamá la ambulancia!” le gritaba yo todo el rato. Mi persona hervía de indignación ante tal chambonada.

No garantizo que yo sería capaz de actuar si surgiera una emergencia. Pero me acuerdo de los pasos, algo aprendí. Por eso -para volver a lo que nos ocupa-, cuando metimos al perro en el carro, lo arropé con una toalla que andaba en el carro precisamente gracias al curso. Y nos alejamos del puente justo a tiempo. Comenzó a llover.

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En la clínica veterinaria lo esperaban con una camilla, me enterneció mucho verlo en ella. Le hablamos bonito y lo examinaron; le sobé la cabeza y le matamos algunos bichos que hacían mandados sobre su lomo. Tenía cara de sabueso, era simpático y se dejaba querer. Se veía tristón -no triste- pero dígame si usted no lo estaría bajo semejantes condiciones. Bien cuidado hubiera sido un muchacho buen mozo; quién sabe si alguna vez fue bien cuidado. Se lo llevaron para tomarle radiografías y lo escuchamos aullar de dolor desde el fondo de la clínica. Su cuerpo ya no daba más.

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Me despedí de él; ni siquiera alcancé a ponerle nombre. Poco después lo durmieron. Me encomendaron encontrar donde enterrarlo porque era un perro grande y me sentí fracasar, como cuando fracasé con la señora hipotéticamente intoxicada.

Pero en eso aparecieron los papás de mi amiga veterinaria. Siempre hay un samaritano, dice mi señor padre. Se solidarizaron con el hecho de que yo no tengo donde caer muerta (ni perro que me ladre), y menos terrenitos para abonarlos con cada criatura que me encuentro cuando va de salida de este mundo cruel. Ellos se llevaron el cuerpo del perrito al campo para enterrarlo ahí.

 
 
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