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Nucita.

Uno de mis libros favoritos es “La casa del fin del mundo”, de Mónica Dickens (descendiente, en efecto, de aquel Dickens). Lo tenía en la colección roja del Barco de Vapor. En mis años mozos, colocaban esos libros en los estantes del supermercado al lado de las cajas, como diciendo “que su pre-adolescente no se vaya de aquí sin un libro”. Quizás no era ese realmente el mensaje, considerando que era el Súper Selectos, pero dónde se colocan los productos en un supermercado tampoco es casualidad. Sepa que fui feliz con mi colección Barco de Vapor.

En fin. Este libro contaba la historia de cuatro hermanos, dos niños y dos niñas, a quienes les gustaban mucho los animales; su mamá estaba en el hospital después de un incendio y su papá andaba navegando por el mundo. Los tíos no se querían hacer cargo ni de sus sobrinos ni de sus mascotas, y los niños terminaron viviendo solos en una casa en el campo. Lo importante de todo esto es que se convirtieron en un refugio para animales. Heridos, maltratados, abandonados; perros, gatos, aves, caballos, cabras. Los encontraban de casualidad, los rescataban sorteando toda clase de obstáculos, los recibían de gente que confiaba en su cuidado…algunos animales llegaban por su cuenta. Como si se hubiera regado la noticia, como si supieran que ahí serían bien recibidos.

Pensé en esto último una noche a finales de noviembre del año pasado, en que iba saliendo del condominio donde vivo y encontré a una gatita rascando la puerta para entrar. Le abrí y se frotó contra mis piernas. Se dejó tomar sin protestar. Estaba bien domesticada, supuse que sería de alguien de por ahí. Tocamos puertas, preguntamos en los edificios alrededor y al conserje. Parecía que no era nadie y yo no tenía espacio en el departamento, que por el momento las hacía de pequeño hostal. Pero tampoco podía dejarla en la calle, y la gatita terminó alojándose en mi baño por esa noche.

Temía que llorara por la noche queriendo salir pero no emitió un sonido. Comió, tomó agua y probablemente durmió como no se puede dormir cuando uno vive en la calle. En la mañana abrí la puerta y la encontré dormida en la caja de arena.

A la maña siguiente seguí el protocolo, llevarla a la veterinaria para el paquete entero: esterilización, vacunación, exámenes de VIH y leucemia y todo lo que fuera necesario. Pasó una semana en observación, mientras yo me iba a pulular a Chillán, y después la traje a la casa de nuevo. Estaba bien de salud y apta para adopción.

Mire qué guapura.

Marla y Macareno no fueron ajenos a este movimiento. Desde la noche en que entré corriendo a la casa con un bulto bajo mi abrigo, rondaron la puerta del baño. Y la semana siguiente, rondaron la puerta de la habitación donde alojé a la que pronto sería bautizada como Nucita. Para entonces mi casita ya no funcionaba como hostal; mis huéspedes, mi familia, se había ido y eso me rompía un poco el corazón. Pero me distraje del vacío que me quedó en el pecho gracias a Macareno, que usaba su pequeño cráneo para empujar la puerta y demostrarle a esta nueva chera que venía en son de paz.

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Macareno no cabía en sí mismo de la contentera.

Nucita fue agarrando confianza. Le gustaba acostarse sobre la gente: sobre sus piernas, sobre el pecho, alrededor de los hombros. Por el lado menos amable, aquello de al principio, de “se dejó tomar sin protestar”, desapareció. Me regañaba por todo. No era agresiva, nomás protestaba si, por ejemplo, estaba a punto de comerse la mantequilla sobre la mesa y yo la tomaba para bajarla. O si la tomaba para darle un abrazo. O si por casualidad yo caminaba en su misma dirección; ahí correteaba maullándome, como reclamándome que no la siguiera. También regañaba a Macareno, que quería acercarse a jugar. Ella y Marla guardaban la distancia una de la otra y se bufaban al acercarse. Hubo algunos zarpazos pero nada fuera de lo normal: una defendía su territorio y la otra trataba de encajar en él. Era un proceso de reacomodación y poco a poco nos fuimos acostumbrando a la pequeña visitante.

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 photo nucita7.jpgPensé que se iría rápido pero no aparecían adoptantes. Aunque por el momento eso no era problema, estábamos bien con ella, y ella con nosotros. Aunque se la pasara regañándome. Tenía dos estados: tranquilita y ensatanada. Ya tenía un año pero todavía se comportaba como cachorra. Lo del año era el gran pero en su adopción: muy linda y todo pero la gente quiere gatos bebés, “para criarlos desde chiquitos”. Déjeme decirle: no hay que ser zoquete.

¡FUSIÓN!

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En sus sueños era Freddie Mercury.

Pasó varias semanas cojeando de una pata delantera. Me di cuenta que mordía las sillas en esa pose, y con tanta energía que tenía, al terminar de morder se tiraba de la silla, sin importarle que su pata siguiera enganchada.

Marla y Macareno ya están en edad de ser señoritos (más o menos) y, a diferencia del año pasado, dejaron intacto el arbolito de navidad. Llegó Nucita en modo Ensatanado y el pobre arbolito pasó a parecer un espantapájaros fundido por un ataque radioactivo, víctima constante ya no sólo de Nucita sino de Macareno, que también quería ser chévere.

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Ensataneishon (por suerte, como puede ver, mis papás me mandan nacimientos a prueba de gatos)

Lo bueno de seguir sin hallar adoptantes era que la Nucita cada día era más de la familia. Lo malo era…lo mismo. Encariñarse tanto. Muchas veces pensé en dejar de buscarle casa, en que se quedara conmigo (además que de a poquita iba dejando de regañarme y era puro amor conmigo). Pero oiga, parte de la tenencia responsable es saber en qué momento uno ya no puede ocuparse de más entes. Dos gatos son suficiente responsabilidad por el momento.

Mientras, pagaba su estadía siendo mi asistente.

El caballero de Trípin no aprueba que Nucita cultive la hueva. “Yo sí voy a trabajar para sacar adelante al país”, comentó.

Lo que es no tener vergüenza.

LOL la cara de Macareno.

Nucita pasó tanto tiempo en esta humilde morada que Marla terminó tolerándola. Eso es un gran mérito para esta gata, que no es muy chera de sus congéneres. Incluso tenían una rutina de nado imaginario sincronizado:

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Bless this wall.

Mi cara cada vez que me encuentro con vecinos en las escaleras del condominio. O con gente, en general.

Uno sabe que es parte de la manada cuando es parte del membrete institucional (aunque sea en paréntesis).

Aquí, jugando a La Tiendita del Niño Hildo (también en video. Nojepreocupe, ahí todavía estaban tanteando terreno y conociéndose, así funcionan los gatos. Ningún animal resultó lastimado en la filmación de este video)

Esta secuencia de tres fotos engloba la relación Nucita-Macareno:

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¡FUSIÓN!

Y esta:

<3

 

Y esta:

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Double rainbow! WHAT DOES IT MEAN?!

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Jue.

Finalmente, hasta en abril, apareció una persona interesada en Nucita. Se me hizo un nudo en la garganta: finalmente se iba y yo no quería que se fuera. Pero que no se utilice este triste sentimiento como razón para no ser hogar de paso (o para no tener mascotas). En verdad os digo, no hay que tener miedo a lo que uno siente. Dolía un pelín pero quizá hubiera sido peor para ella que no la hubiese tomado aquella noche de noviembre, o, peor, que yo ni siquiera hubiera bajado a la entrada del condominio.

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En cambio, todo fue jolgorio.

En una pequeña ciudad a los pies de la cordillera (<3) estaba la que sería la familia de Nucita. Querer un animal no implica automáticamente que uno sabe cómo responsabilizarse por él; en esta familia habría ambas cosas para Nucita. Cuando su nueva guardiana la tomó amorosamente en brazos, Nucita comenzó a regañarla…señal de que por fin había llegado a casa.
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En una palabra.

Señales de advertencia tempranas del fascismo:
1. Nacionalismo poderoso y crónico.
2. Desdén por los derechos humanos.
3. Identificación de enemigos / chivos expiatorios como causa unificadora.
4. Supremacía de los militares.
5. Sexismo rampante.
6. Medios de comunicación masiva controlados.
7. Obsesión con la seguridad nacional.
8. La religión y el gobierno están entrelazados.
9. El poder corporativo está protegido.
10. La fuerza de trabajo está suprimida.
11. Desdeño por los intelectuales y las artes.
12. Obsesión con el crimen y castigo.
13. Favoritismo y corrupción rampantes.
14. Elecciones fraudulentas.

Le están diciendo:

Cuestión de opiniones aparte, no voy a defender su presunta calidad literaria. Lo que me interesa subrayar es la verdadera intención del editorialista, cuál es su cólera, qué es lo que de verdad le molesta. Y esto no es otra cosa que la temática de denuncia social. Ese es todo el dolor. Cito:

“No es lo mejor para un país y para su futuro, que los pobladores no entiendan de moral, que se les trate de embrutecer con prédicas del odio de clases que, en vez de fomentar la paz y convivencia pacíficas, se incite al enfrentamiento”.

¡Apareció el peine!

Volvemos entonces a más de lo mismo: según esta gente, señalar, comentar, reflexionar, analizar o retratar literariamente la injusticia y marginación social es “embrutecer con prédicas de odio de clases”, mientras que ocultarla o justificarla es “fomentar la paz y la convivencia pacíficas”. Es, sin más, el mismo razonamiento con el que la extrema derecha instigó los asesinatos políticos de décadas anteriores.

Espumarajos pro-educación

También le están diciendo que la inseguridad es un gran negocio, en términos económicos y políticos (e.g. Maquilas salvadoreñas usan pandilleros contra sindicalistas), y que

Incluso frente a la violencia más atroz, tenemos el deber de conservar la cabeza fría y los principios claros. Son nuestras razones —no los sentimientos— las que podemos evaluar moral y políticamente. La criminalidad duele y a unos más que a otros, pero eso no justifica el abandono de la razón, la justicia o la dignidad humana.

Los menos fascistas

Pero eso depende de los ciudadanos honrados, y ellos están ocupados luchandoporsaliradelante mientras pisotean a otros y defienden su derecho a hacerlo.

 

Viajar en el tiempo.

Se viaja en el tiempo, en una sola dirección, la persona alejándose cada vez más de su punto de partida. Lo pensé cuando recibí una foto de un querido amigo, con quien intercambiamos cinco líneas dos veces al año, para nuestros respectivos cumpleaños. La foto era prueba de que había recibido la postal que le mandé para romper la dimensión digital. Pero en la foto no aparecía sólo la postal, también un dibujo. Me llevó un segundo reconocerme en él.

Yo fui esa persona, quien hizo el dibujo. Ya no más. Pero también: sí, todavía lo soy. Y recordé el episodio de las nueve vidas de Garfield: mascota de faraón, animal de laboratorio, gata de una pianista, etc. Me vi en otra vida, y perdí la cuenta de cuántas otras vidas tuve antes de hacer ese dibujo (voy a ser caricaturista, decía entonces, y cultivo mis delirios de grandeza a pesar de ser un fracaso), y cuántas después, hasta la vida en que estoy ahora. Cada vez más lejos del punto de partida, aunque sea siempre yo, distintas vidas como distintos países.

“Siempre me ha interesado cómo viajamos a través del tiempo, cómo podemos cambiar de diez años a veinte y a treinta y más allá, pero esencialmente mantenernos igual. Somos quienes somos; el resto es acumulación. Yo tengo cuarenta y cinco años pero tengo diecisiete también, y además, desafortunadamente, nueve. Soy un receptáculo de todos esos años, todos esos triunfos y esas heridas, esas inseguridades. Y sólo nosotros conocemos la verdad detrás de nuestra ficción”.

David Gilbert.

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Gracias, compa, por salvaguardar a Segismundo.

 

 

Incendios y erupciones.

 

11 de marzo de 2015.

 

 

 
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Publicado por en abril 3, 2015 en Desastres poco naturales, Imágenes, Jue!

 

Aguacateros.

Me parecen los espejos de una humanidad tierna, salvaje, violenta y sosegada. Son los miles de desconfiados que nos miran con cautela sin perder del todo la esperanza.

La vida cotidiana del perro aguacatero (+ fotos).

A este lo conocí la víspera de Año Nuevo. Ojalá haya encontrado refugio para huir de los fuegos artificiales.

 

 

“Cultural”.

Entre los jardines, vi una línea de jovencitos. Tenían la ropa hecha jirones y todo su cuerpo manchado de cualquier sustancia: pinturas, condimentos, cosas que huelen extremadamente mal y sustancias químicas que pueden resultar peligrosas. A algunos les faltan mechones de cabello o lo tienen pintado; podrían algunos llevar una cabeza de pescado colgando del cuello como un collar. Todavía no les falta un zapato. Digo que vi una línea de jovencitos, pero he visto varias. A veces están sentados; a veces van caminando lentamente hacia donde se les dice.

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Siempre hay otro grupo con ellos. Algunos van con batas blancas. Oh, el simbolismo de las batas blancas, además de su utilidad para este evento. También llevan mascarillas para soportar el repugnante olor de las mezclas casi tóxicas que han hecho (pero el resto de quienes estamos en el perímetro la socamos. Gracias, cerotes). En esas mezclas se revuelcan los jovencitos, los que acaban de entrar a la universidad. A veces uno a uno, a veces varios o todos al mismo tiempo. Lo hacen mientras los de batas blancas y sus compañeros, que llevan ya varios años en la universidad, gritan, celebran y se ríen, con música de reggaeton de fondo. Ellos y los bystanders, los que se quedan parados observando el espectáculo; los que no quieren ver lo reafirman alejándose, acaso volteando ocasionalmente para convencerse de que semejante cosa está ocurriendo. Por último, los mechones salen a la calle, semi-desnudos, manchados, malolientes, con el pelo chachajeado y a veces sin un zapato, a pedir monedas.

He visto poco de esto. Digo, he visto demasiado, personalmente, pero considérese que este es un país larguísimo y yo llevo aquí unos pocos años. Si uno guglea estas novatadas, llamadas acá mechoneo, puede hallar otras actividades además de las que he visto, que involucran poses sexuales o interacciones con cabezas de cerdo. Puede hallar comunicados de quienes planificaron estas actividades defendiéndolas como lúdicas y de integración para los que inician la universidad, y contracomunicados de autoridades preocupadas por el abuso hacia los pares.

Esto pasa en la primera semana de clases del semestre. Esa semana en la que entro a un salón y miro caras nuevas devolviéndome la mirada. Nomás por cálculo de probabilidades me da escalofríos pensar en lo que dirían si yo sacara a colación el tema; si les preguntara qué piensan, si les dijera lo que realmente están haciendo. Me superan en número. Me superan en que su entorno es natural para ellos y para mi no. Y posiblemente saldría el argumento de que por eso no entiendo esa parte de la cultura chilena, y que es bacán tener un ritual de bienvenida, de integración de los nuevos estudiantes a la comunidad universitaria, y que…

No. Entiendo perfectamente. Entiendo perfectamente la necesidad de pertenecer. Hablando de culturas, provengo de una plagada de pandillas y de gente que desesperadamente necesita distanciarse de ellas (paradójicamente, pensando igual que ellas). Uno haría cualquier cosa con tal de ser aceptado por un grupo, por ese atado de personas que tienen o tendrán algo en común conmigo. El algo en común, la identidad grupal. Mientras más valiosa la membresía, más exigente es la prueba que tenés que dar de que valés como miembro de ese grupo. Y para esa prueba, hay que presentarse ante la jerarquía: alguien que sabe, alguien que ya pasó por lo que estoy a punto de pasar.

No es por gusto que en la primera clase hable del experimento de la cárcel de Stanford. De lo fácil que es sucumbir a un rol que te han dado, aun si es ficticio, aun si la evidencia no lo sostiene. De lo fácil que es sucumbir a la situación, de someterte si no tenés poder, de abusar si lo tenés. De cómo el grupo al que pertenecés te refuerza lo anterior. En tu grupo encontrás permisividad y anonimato para salirte con la tuya, que es “la tuya” compartida. Y sí desde el punto de vista de los “carceleros” y “prisioneros”, pero también desde el responsable del experimento. P. Zimbardo -mi homie forever-, quien diseñó la idea de la cárcel de Stanford, también sucumbió a esta dinámica; de eso nos hemos dado cuenta décadas más tarde. Permitió que los abusos continuaran porque le resultaba fascinante todo lo que estaba ocurriendo, “mirá cómo cambiá la gente bajo ciertas circunstancias”. El experimento fue cancelado a medio camino cuando se dignaron a escuchar a C. Maslach, que observó lo que estaba ocurriendo y recriminó a Zimbardo, diciéndole que lo que le estaba haciendo a esos estudiantes era terrible (Zimbardo, dentro de todo un hombre sensato, volvió a sus cabales, detuvo el experimento y terminó casándose con ella).

No sólo le das patadas a quien te cae mal, te cae mal alguien porque le das patadas. Alguien tan buena gente como vos no lastimaría o manipularía el cuerpo de otra persona…sin una buena justificación. A veces la justificación viene después del acto, para que podás dormir con tranquilidad. Se lo merecían. Ellos estaban ahí por voluntad propia. Podrían haberse quedado en casa ese día. La voluntad es debatible cuando lo que está en juego es demostrar tu lealtad al grupo y tenés que ganarte su aceptación. Y a lo mejor no hay consecuencias por no aparecerse el día del ritual de iniciación y parece que efectivamente están ahí porque quieren. Pero hace ratos nos dimos cuenta que, más que a quien se deje humillar, hay que tenerle cuidado a quien decide humillar.

A juzgar por las reacciones que me encuentro, todo queda en buena onda. Salvo los casos de estudiantes con alergias a sustancias y algunos usos inadecuado de ácido(!), la espantosa contaminación en el campus y la necesidad de visitar la peluquería para que emparejen, parece que no quedan secuelas. Son más los que le tienen aprecio a esta tradición y parece que participar en ella, en cualquiera de las dos posiciones, no dice nada de la calidad de profesionales que serán. La única consecuencia trascendental, parece, es que los mechoneados quedan con vía libre para ser ellos quienes mechoneen a otros en los años siguientes, cuando ya no sean pollitos de 1er año, sino los “grandes” de años más avanzados. Escucho en silencio esas impresiones, aparentemente tan en buena vibra, y me muerdo la lengua (tú no eres de aquí) para no decir “eso ya es bastante”.

 

Crédito a quien se lo merece, nada más.

Este es el mejor consejo que recibirá este día: vaya a Spotify, busque Sister Rosetta Tharpe y escuche. Si no, dele play:

 

Lo siguiente fue tomado de aquí:

“Yo inventé el rock and roll. Pero está bien si quiere seguir dándole todo el crédito a Elvis”.

Excepto que Chuck Berry no inventó el rock and roll…

Sister Rosetta Tharpe antecede a Chuck Berry y Little Richard por algunos años.

Dos de los grandes éxitos de Tharpe fueron lanzados alrededor de 1944-45, cuando Chuck Berry se encontraba a) en la cárcel y b) era estudiante de secundaria. Tharpe básicamente descubrió a Little Richard y se hace referencia a ella como la madrina del rock and roll.

Ya que estamos, hablemos entonces de dar crédito a quienes, histórica y erróneamente, se ha creído que no se lo merece. Carol Kaye es una bajista desconocida, a pesar de que, al contrario, muchas de sus melodías son conocidas (e.g. el tema de Misión Imposible):

Algunas personas no pueden enfrentar eso, especialmente algunos hombres. No pueden…quieren pensar que es un hombre el que toca el bajo por el asunto sexual. Pero si escuchás a alguien con bolas, esa soy yo:

Sigamos:

– Cinco mujeres que inventaron la cultura pop y no recibieron crédito (incluyendo a Tharpe).

– Cómo el descubrimiento de una mujer sacudió los fundamentos de geología (“Bruce inicialmente desechó mi interpretación de los perfiles, calificándolos como ‘temas de niña’”)

– El espectacular gol de la mujer que desafía a James Rodríguez y Robie van Persie:

– Hathshepsut, una de las gobernantes más exitosas de la historia…que nadie recuerda (y aquí una breve charla TED-ED sobre ella):

Su éxito es precisamente la razón por la que no la recordamos. Todavía somos ambivalentes frente una mujer al poder. Una mujer que ha tenido éxito automáticamente recibe nuestra desconfianza: asumimos que sólo se preocupará por ella misma y por miembros de su familia, en lugar de tomar decisiones políticas de largo alcance. Un mujer líder ambiciosa es usualmente calumniada en la historia como una mujer seductora, confabuladora, que irreflexivamente hará caer a los hombres a su alrededor.

– Seis científicas que fueron ignoradas debido al sexismo (“estas mujeres cambiaron el mundo con ciencia, lástima que a un hombre le dieron el crédito”).

Las mujeres que mapearon el universo y no recibieron crédito (“Pickering juntó un equipo de mujeres para mapear y clasificar los tipos de estrellas…probablemente nunca has escuchado de ellas. Me pregunto por qué“):

Así inició una era en la historia del Observatorio de Harvard en la que mujeres -más de 80 durante el periodo de Pickering, de 1877 hasta su muerte en 1919- trabajaron para el director, computando y catalogando datos. Algunas de estas mujeres producirían trabajo significativo por su cuenta; algunas obtendrían cierto nivel de fama entre los seguidores de científicas. Pero la mayoría es recordada no individual sino colectivamente, con el apodo “el harem de Pickering”.

– Bomberos mujeres apagan las llamas tras el ataque a Pearl Harbor. Y trabajadoras de la II Guerra Mundial.

– “Judit, quien es ahora la mujer con el ranking más alto y se encuentra en la posición ocho de mejores jugadores del mundo, avanzaría hasta ganar un torneo en 2002 frente al campeón Garry Kasparov, quien había dicho que ‘las mujeres por naturaleza no son jugadoras excepcionales de ajedrez'” – the Grandmaster experiment.

– Doctoras del siglo XIV de la Schola Medica Salernitana.

– Aprovechemos de recordar a Prudencia Ayala. Adiós, Milena mi amiga.

Las chicas buenas se rebelan: cómo las mujeres de Newsweek demandaron a sus jefes por sexismo y cambiaron el lugar de trabajo (oiga, vea Mad Men, es dos que tres).

“Entonces lo primero, regla #1: nadie nos dio nada. Nosotras tuvimos que pelear cada pulgada del camino por cada avance y contra resistencia constante” (fuente)

 

Gerda Lerner (las negritas son mías):

Y para las mujeres, ver al pasado usualmente ha sido doloroso porque lo que aprendemos es una ausencia. Aprendemos que las mujeres no han hecho “esto” y no han hecho “aquello” y que esencialmente, de acuerdo a la visión tradicional, las mujeres han contribuido muy poco a la creación de la sociedad humana, y aun menos a la creación del producto intelectual de la civilización occidental.

Ahora, yo sabía que ese no era el caso. Sabía que eso era falso. He estado trabajando por treinta años en el campo de la Historia de las Mujeres y el hecho es que las mujeres sí tienen una historia, han participando en hacer historia, pero no hemos reconocido eso hasta en tiempos recientes.

Y eso ha creado enormes problemas para la sociedad en conjunto, para hombres y mujeres. Creo que los problemas son que le han dado a las mujeres una impresión totalmente errónea de su conexión al funcionamiento del mundo.

El efecto en los hombres de la omisión de las mujeres ha sido muy malo también, porque los hombres han tenido la impresión de que son mucho más importantes en el mundo de lo que realmente son, y esa no es una buena manera de convertirse en un ser humano. Ha generado ilusiones de grandeza en cada hombre que son injustificadas.

Si usted puede pensar, como hombre, que todo lo grandioso en este mundo y en la civilización fue creado por hombres, entonces naturalmente verá de menos a las mujeres y naturalmente tendrá diferentes aspiraciones para tus hijos que para tus hijas, y no creo que eso es bueno para los hombres tampoco.

 
 
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