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12 años de Qué Joder.

Observamos esta feliz e irrelevante fecha con la exhibición de una reliquia. La encontré traspapelada en mi casa hace varios años. Es un recuerdo de tiempos en que estábamos igual de peor que hoy pero por distintas razones, que en el fondo son las mismas del presente.

Si adivina el número y lo marca, no creerá el fantasma de quién le contestará. Ya en serio, si intenta llamar, acuérdese de cambiar el código del país.

Nadie lo recuerda a estas alturas, pero  alguna vez fuimos un país con esperanza.  No fue hace mucho, en realidad.  No han pasado ni diez años.

La muerte de la esperanza.

Cómo tengo esa tarjeta, preguntará usted, a punto de ponerme el dedo en tuiter para que se lleven a mi perico para que me delate (le saldrá el tiro por la culata. Mi perico pasó a otro plano astral hace muchos años QEPD. Además, vieja, qué crueldad enjaular animales). Tengo esa tarjeta de la misma manera en que tengo otras minucias que atesoro: porque me gusta jugar a seis grados de separación (he estado a un grado de Steven Tyler, un grado, Yísuscraist) y porque cuando era una infante estaba rodeada de gente más adelantada en la vida que yo; todavía, en realidad. Así que para quitarle el sabor a fracaso que nos dejan los temas que impulsaron a empezar este blog —😦 — cierro el post de aniversario con otras reliquias que sí son alegría de adulto contemporáneo:

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1. En la tarjeta superior escribí “Chepe Toño”. He comprobado, con regocijo, que efectivamente ese es el nombre del personaje y no uno de mis delirios. 2. Esas tarjetas con las banderas de los países jugando en el Mundial de Naranjito tenían varias marcas de gaseosa, como Kolashampan y otra que era como Sprite-7UP pero no esas.

Gracias por leer. Adiós.

 

Los mensajes alrededor.

[L]a idea de que un día tendría que crecer y portarme “como una mujer” me parecía una condena, porque asociaba eso de ser mujer algo superfluo, cursi, y restrictivo. Debo admitir que era una idea extraña: contrastaba con los ejemplos de mujer que tenía más cercanos, mi mamá y mis abuelas eran asertivas, independientes, autónomas.

Pero la sociedad me había machacado esa misoginia sutil de manera tan persistente que llegué a pensar que todo lo femenino era indeseable. Por eso, en la adolescencia, cuando me decían “tú no eres como las otras chicas” yo me lo tomaba como un cumplido. Muy mal. En ese entonces yo no sabía que “ser como una chica” no tenía nada de malo.

Paradójicamente, al tiempo que la sociedad me decía que lo femenino era ridículo, me insistía en que “no verme femenina” era lo peor que me podía pasar. Si no me veía femenina, nadie me tomaría en cuenta “como una mujer”, es decir, mis posibilidades románticas estaban anuladas, ningún hombre me querría porque no me reconocería como una potencial pareja y las otras mujeres me mirarían con desdén.

Soy feminista y eso no me quita lo femenina (aunque no siempre lo tuve tan claro)

Me pasaba lo mismo. Es que una vive la vida rodeada de mensajes de toda clase; no hay organismo que sepa registrar todos los estímulos del entorno, y no todos los estímulos son registrados con el mismo grado de consciencia. Al ver la tele de pequeña, por ejemplo, de los personajes me daba cuenta de lo que había, no de lo que faltaba (y quizás faltaba, entre otras razones, porque las mujeres son “muy difíciles de animar“).

Con esas situaciones que se registran automáticamente se van formando las actitudes implícitas. Implícito no es lo mismo que subliminal; para la formación de una actitud implícita no hace falta sutileza. Los estímulos están ahí, a plena luz del día y constantemente, pero uno los observa y sigue su camino. Luego los observa de nuevo, en otro momento, y sigue su camino. Su mente, trabajando para usted sin que usted se de cuenta. Y así se va colando la normalización de muchas cosas, por ejemplo, “esta cosa es como la otra: igual de mala”. Después, cuando a uno le llaman la atención por normalizar algo que finalmente hace daño a otras personas, uno responde Pero yo no soy racista. Yo no soy machista pero. Ese es el problema de confiar en el auto-reporte.

 

El Museo de la Esclavitud.

Hola desde Liverpool. Pero no vengo a hablar de Los Beatles.

Ahí estoy, atrasito de la cámara.

Puede googlear las atracciones de esta ciudad (fuera de la razón principal y obvia por la que llegué a ella en primer lugar), o puede venir y seré su guía turística a cambio de una visita al public house. En cualquiera de los casos -prefiera el segundo-, con frecuencia encontrará mención del Museo de la Esclavitud. Es un museo no muy grande pero pródigo en atrocidades. Algunos amiguitos dirán que hay que perdonar y olvidar, pero recordemos que esos amiguitos no tienen vergüenza.

Pedacitos del museo:

“Los Europeos usaron sus propios conceptos rígidos de civilización para justificar esta manipulación y abuso de los Africanos. Ellos consideraban superiores los logros de la civilización Europea. Dado que las sociedades y culturas africanas no les eran familiares, los Europeos tacharon al continente de barbárico e infestado de tribus salvajes y despotismo religioso. Estas creencias racistas serían luego usadas como justificación para la intervención colonial en África”.

Suena familiar. Tal vez el museo nos pueda prestar algunos de sus materiales, y sólo cambiamos los nombres. No le tomé foto a un texto que contaba que habían escogido africanos porque los europeos eran demasiado débiles para los trabajos que necesitaban hacer. Mire qué arrecha esa gente.

“La esclavitud transatlántica ha dejado un legado peligroso de racismo. Muchos países africanos, caribeños y sudamericanos han sufrido subdesarrollo a largo plazo a causa de la esclavitud y el colonialismo”.

Esta era una exhibición interactiva, donde hablaban en clave (como hablaban entre sí los esclavos y quienes les ayudaban). Uno iba levantando pestañas a medida que uno “huía” de sus captores. “Te acostás en silencio en el bote mientras cruza el agua. Tenés frío y hambre pero al amanecer estás en Canadá”. 

Como sigue una cronología, el museo explica la conexión entre la esclavitud y las manifestaciones extremas de racismo, como los linchamientos y el KKK.

En el área de temas contemporáneos, estaba la campaña para destacar la lucha por la visibilización de las comunidades con raíces africanas, a través de personalidades públicas y personajes de ficción.

Los orígenes africanos de algunas tradiciones en América del Sur. Esta zona era para llorar de emoción, por todas las expresiones artísticas (música de todos los géneros, bailes, trajes) que lograron surgir en medio de atrocidades inimaginables. 

Formas actuales de esclavitud: esclavitud sexual en zonas de India. En Walkfree.org puede aprender más sobre la esclavitud moderna.

El “padre de la ginecología”, Dr. James Marion Sims, perfeccionó sus procedimientos (ya le digo, algunos de esos procedimientos, para algunas de nosotras, resultan brutales aun en su estado más moderno) usando mujeres esclavas negras:

Aunque se creía comúnmente que las personas negras no sentían el mismo dolor que personas blancas, la verdad es que las mujeres esclavas, siendo propiedad humana, no podían cesar la operación como las mujeres blancas. En una época en que la investigación de casi cualquier enfermedad que involucrara la vagina se consideraba inapropiada entre médicos hombres blancos, las mujeres esclavas fueron el medio para hacer avanzar la medicina Euroamericana debido a su estatus de sometimiento. Sin ningún poder, no podían hacer más que soportar el dolor y vergüenza extremas que se les inflingía repetidamente.

Para no olvidar, o para aprender:
La invisible herencia africana de El Salvador
Esclavos africanos en Sonsonate, El Salvador.

***

Como bono en esta entrada, en el museo de Liverpool encontré una escultura que se llama Miss El Salvador. Proviniendo yo de tan pintoresco lugar, mi reacción inicial fue creer que la escultura tenía algo que ver con el país y parece que no. Pero le tomé foto en ese periodo de incertidumbre y aquí está. Aun sin intención, sería digna representante en certámenes de belleza:

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Va’pasar a disculpar la calidad de la imagen. Aquí hay otra foto con más detalle.

Hablando de conexiones que no existen, otra de sus esculturas, La Pasionaria, se parece al Chulón y a la Chulona:

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Ahí estoy otra vez, atrás de la cámara. Literalmente yo iba pasando (después del viaje en tren), y solamente la reconocí porque la había visto en internet cuando busqué sobre Miss El Salvador. 

*****
Recomendaciones que no tienen mucho que ver con el tema de este post pero urgen como Remberto ser leídas:

Reclamo mi derecho a la verdad
Mauricio Colorado, la respuesta a la pregunta que nadie le hizo.
Pobrecitos los Poma.

 
 

El insólito peregrinaje dentro de un libro, de sur a norte.

Hay un libro que se llama “Perico trepa por Chile”. Me lo regalaron para mi primer cumpleaños en ese país. Claro que era un buen libro, no por nada era edición El Barco de Vapor, pero para mí tenía un valor agregado. Un niño llamado Perico (¡jaja!), en efecto, va subiendo por todo Chile; su viaje empieza en Tierra del Fuego y termina en Arica. El libro traía un mapa de Chile y me ayudó a conocer mejor la geografía del país. Leerlo era un poquito como echarse ese viaje. Más adelante, también pude conocer muchos de esos, desde Punta Arenas hasta Arica, con otras ciudades de por medio.

Tuve una sensación similar de logro cuando el cementerio que está por mi casa resultó ser como los paisajes británicos que había leído e imaginado en los libros.

Hace un tiempo leí El insólito peregrinaje de Harold Fry. Me recordó mucho al libro de Perico porque también era la historia de una persona que atravesaba su país de sur a norte; también traía el mapa de Inglaterra. Solo que Harold Fry es un viejito. Las últimas páginas las leí a través de una cortina de agua salada. Meses después de haber terminado la historia, se me hizo un nudo en la garganta porque iba en tren (habrá notado que, desde hace un tiempo, yo también vivo en una historia dentro de un libro) y de repente paramos en la estación de Berwick-Upon-Tweed. Ahí terminaba la historia del señor Fry y ahí termina Inglaterra en el norte.

Se me inundaron los ojos. Me pegué a la ventana para ver si los últimos capítulos los había imaginado como la autora. Era ahí, era justamente ahí:

Mire, ve, hasta con una palomita photobombing con gracia.

El tren pasó por una playa con banquitas (<3) y estuve segura que ahí había pasado algo que se contaba en el libro. Por supuesto, eso no es tanto logro de mi imaginación como de la escritora que supo evocar esos lugares y esas vivencias, pero eso no me restó emoción.

Creo que este es un buen momento para contar que mi doctorado trata sobre el impacto -un impacto específico- de las obras de ficción en la gente. Nunca aspiré a estudiar semejante cosa, en realidad, hace un año no sabía que se podía; cual Harold Fry, siento que estoy haciendo lo correcto pero comencé a hacerlo sin proponérmelo. Y, pues, lol.

 

 

Decisión.

No hay nada inherentemente liberador en cubrirse, como no hay nada inherentemente liberador en vestir poca ropa. La liberación está en la decisión. – Hanna Yusuf

Relacionado:
– “La mujer vistiendo el hijab decidió usarlo (su pareja no lo usa), mientras que Alemania exige el bikini”.
– “Así se está hablando de las mujeres en los Juegos de Río: el increíble trato sexista a las atletas”.
– “Deportistas que, además de guapas, son deportistas” y jayanadas similares.
– Una capa sobre otra de “ismo”: Dos atletas estadounidenses, un hombre blanco y una mujer negra, ganaron medallas de oro en natación. No creerás lo que pasó después.
– “La gimnasia amplía nuestras expectativas sobre los cuerpos de las mujeres y los deportes que practican…pero sólo hasta donde  resulta cómodo“.
– “Lo que no podemos perdonar: mexicanos al grito de ‘¡gorda!’

 

Un extraño tipo de tristeza.

Estaba tratando de articular cierta cosa de que sufro, que sentirme increíblemente mal por algunas personas en algunas situaciones…situaciones en las que la persona por la que me siento mal apenas fue afectada por lo que pasó. Es un extraño sentimiento de intensa y descorazonadora compasión por gente que en realidad no experimentó nada especialmente malo.

Clueyness: un extraño tipo de tristeza.

Como la vez que, hace muchos años, alguien de mi familia me contó que había hallado una babosa dentro de la casa, y le echó sal. Ella me contaba que en el lapso en que dejaba caer la sal de su mano, el animalito apuntó sus ojos hacia ella, consciente de lo que se venía encima. Interpretando la mirada como una súplica por clemencia, ella se arrepintió, pero ya era demasiado tarde y la babosa sufrió una muerte dolorosa. Después se sentía muy culpable por ese horrendo impulso que tenemos los seres humanos de matar criaturas cuando es posible, simplemente, moverlas de un lugar a otro.

Hasta la fecha, yo cargo vicariamente con ese arrepentimiento, y con los últimos momentos de una babosa cuya muerte era innecesaria.

Fin. Aquí hay un caracolito:

:3

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Consuelo de terrícola.

Siento envidia de las sondas y naves que mandan al espacio. Pero no nos centremos en la insensatez de sentir envidia por objetos que son expulsados de la órbita terrestre, sino en cuánto me gustaría ver en persona lo que hay fuera de esa órbita (con ir a la Estación Espacial podría conformarme, pero poquito). No puedo creer que existan otros planetas, lunas, estrellas, galaxias y demás; no es éste un “no puedo creer” de teoría conspirativa, sino uno de “somos nada”.

Como consuelo por mi condición de terrícola, mi cámara tiene un zoom decentón.

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