
Hace un par de años, una persona y yo nos íbamos de la universidad y un amigo en común nos pidió jalón. Le dijimos que sí. Cuando llegamos al carro y yo abrí la puerta del conductor, dijo que mejor no, con una sonrisa burlona. No pensé en decirle que si el problema era que condujera una mujer, podía irse en bus, conducidos por hombres, excelentes conductores preocupados por la seguridad del pasajero.Por ese tiempo entraba en el mundo de la psicología social y el prejuicio. El juicio previo. Este tipo en su vida había andado en carro conmigo, pero soy mujer, de seguro era un desastre al volante. Al final se fue con nosotros y no volvió a mencionar el tema, tal vez porque no había nada de reprochable en mis malditas habilidades visomotoras.
Con los años recuerdo este insignificante episodio. Sólo puedo pensar en que se sintió feo y en que fue un juicio injusto. Nada único, nada anormal, pero no por eso tolerable. Pero también, con los años, me acuerdo de algo más: la otra persona, la que iba conmigo antes de que se nos apareciera este tipo. Era un hombre. Era mi pareja en ese tiempo. Él era, en realidad, una razón de peso por la que yo estaba tras el volante. Me insistió en que yo debía manejar en pos de mi independencia y sí, tenía razón, y le hice caso. De los dos, era yo quien tenía carro, quien pasaba por él y lo llevaba de vuelta a casa, quien nos llevaba a los lugares donde teníamos que ir (no eran muchos, lo que significaría mi fin años más tarde). No me molestaba hacerlo, excepto por flojera ocasional, y él era un buen tipo, un buen copiloto en más de un sentido. Pero quiero decir, él sabía cómo manejaba yo. Nunca me señaló alguna falla porque no solía cometerlas; conductora a la defensiva que mide a cabalidad la presión del clutch, estandarte del parqueo en reversa. Él sabía que yo no manejaba mal y que cualquier prejuicio al respecto era nada más que eso, un juicio previo a la experiencia.
Y hoy pienso: pero él no dijo nada.
Es algo muy pequeño; es un segundo entre la sonrisa burlona del tipo y entre que entramos al carro y seguimos con nuestras vidas. Lo es. Pero no es irrelevante, no después de saber lo que a estas alturas sé. Estos días me he visto en la obligación de pasar frente a trabajadores que tiran besos que entran en mi oído como una lengua. Antes he pensado qué voy a decir porque alguien tiene que decir algo. Por supuesto que van a andar por la vida sabroseando féminas si no hay consecuencias desagradables por ello. Y mejor si les digo algo ocurrente, algo sarcástico. Pero paso y me hago la maje, primero porque son varios, segundo porque no hay nada peor que el ego herido de un macho y tercero…
…No sé qué tan en serio se tomarían a alguien que de entrada no respetan. Podrían reírse, podrían insultarme. Y ya. Cuando el tipo dijo que era mejor no subirse, no sé qué tanto hubiese valido que yo le dijera que manejo bien. Para su estado mental preexistente (considere que estamos hablando del caballero de los comentarios de arriba; yo también me alegro de que no tendrá una niña), la opinión de mí misma no tendría tanta credibilidad. Tal vez tampoco hubiera cambiado mucho que mi entonces pareja le llevara la contraria, el tipo podría tener varias justificaciones relativas a nuestro vínculo para tampoco creerle.
Aun así, creo que hubiera sido importante que otro hombre hablara. “Género” no es sinónimo de mujeres ni el sexismo es problema de mujeres. La violación no es problema de mujeres; se insiste en mostrarlo así porque suelen ser las víctimas y se le echa el muerto de ser quien provoca, pero para que exista tal cosa debe haber un perpetrador que tome la decisión de actuar así, y éste suele ser hombre y volverse invisible. Algunos hombres escuchan a quienes creen sus únicos pares: otros hombres. En su oficina, mi hermano tenía pósters de Men Can Stop Rape y leer algo así me modificó la perspectiva del mundo en un instante (y es muestra de los hombres con los que afortunadamente cuento en mi vida).No necesito príncipes azules que me rescaten de malos ratos, necesito aliados que levanten la voz conmigo y digan que estos malos ratos, y cosas peores, no por habituales son aceptables.
Creo que él lo explica mucho mejor:








