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Mostrame cómo se ve la valentía

Asombro. Esta palabra me aburre. Achaco mi desgano al libro ganador de un certamen, el cual leí porque quería saber qué se necesitaba para uno mismo lograr semejante aberración. La palabra aparecía una y otra vez como reacción a observar el cielo nocturno y a otras cosas que en los primeros capítulos del libro dejaron de importarme. A ver, sí: observar el cielo nocturno, en lo personal, me causa asombro. Pero qué superficial suena.

Soy incapaz de describir con justicia la inflamación existencial en el pecho cuando uno ve algo bonito, pero la palabra en cuestión, en sus formas sustantivas y adjetivales, me pareció un atajo que privaba de la vista panorámica. Esta aversión se mantiene en mi lista de palabras, expresiones y hábitos que me recomiendo evitar al escribir. La lista incluye “cómplice/complicidad”, que por estar escupiendo al cielo no logré evitar una vez, pero tengo una nota de mis guardianes legales para explicarlo; “la santa/regalada gana” y sus variaciones; y el uso de adjetivos que arrebaten de las manos el esfuerzo de imaginar lo que está pasando con el personaje.

Bajo este último criterio, uno de los primeros puestos en la lista lo ocupa la palabra “envalentonado”. Una vez la escribí, en medio de dos comas al igual que esta aclaración, y cuando leí la frase completa sobre un evento supuestamente emocionante, bostecé. Borré la palabra y opté por describir el comportamiento sin calificativos, tal vez porque soy conductista de corazón (aunque para conductistas ortodoxos esta oración es risible). Soy un fracaso pero defiendo mi rigurosidad.

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De segunda mano

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 12 de octubre de 2017.

Es un descuido mío el no recordar la primera vez que entré a una charity shop en Inglaterra. Puede que me cueste recordarlo porque ocurrió en los vertiginosos primeros días de mi llegada, en los que todo lo que uno hace, en calidad de extranjero recién llegado, califica como una primera vez. De alguna manera me enteré de que existían tiendas de segunda mano donde vendían prácticamente de todo y barato, para beneficiar distintas organizaciones de caridad. Por lo que quisiera recordar esa primera vez es simplemente por gratitud. Agradezco la existencia de estas tiendas.

En retrospectiva, puede ser que la primera charity shop que visité haya sido una de muebles, o una donde vendían el libro de 1956 “101 dálmatas”, en el cual se basó la película, y que hasta este día lamento no haber comprado. Pero digamos que fue la de muebles. No podía acceder a alojamientos de la universidad porque yo era estudiante pero los dos gatos que venían conmigo no, así que terminé alquilando una casa. La casa no estaba amoblada y alguien me sugirió una tienda en el centro de la ciudad. Mi nesting instinct estaba hiperactivado, estaba ansiosa por instalarme en un lugar que pudiera llamar hogar, y esa tienda me ayudó a hacerlo con rapidez. No podía creer que los muebles que había escogido tenían un precio tan bajo. No podía creer que fueran de segunda mano. En cosa de días dejé de dormir en la sala sobre un montón de cojines, teniendo en su lugar una cama decente en la cual sudar el jet lag sobrante.

Cuando estaba pagando los muebles que compré, noté todos los afiches y trípticos que adornaban la tienda, relativos a la investigación y tratamiento de dolencias cardiacas. “Espere, ¿estoy comprando toda clase de cosas a precios bajos *y* salvando vidas? Tome todo mi dinero. Y agregue otra mesita para poner en una esquina”. Me pareció una de las mejores ideas que había visto puestas en práctica en la vida, un estupendo aprovechamiento de recursos por una buena causa.

Resultó que la calle principal cerca de la casa que alquilé, ahora felizmente amueblada gracias a esa tienda del corazoncito, estaba salpicada de tiendas de segunda mano. A beneficio de la tercera edad, de la protección animal, del tratamiento de la esquizofrenia, de un hospital. Poco a poco fui entrando a ellas, y mi instinto de anidación volvía a activarse porque me urgían cosas para la cocina y para el baño, me urgía ropa de invierno, me urgían libros y vinilos. Después me faltaban libreras y un tocadiscos, y después más libros y discos para sacarles provecho.

Gracias a las tiendas de segunda mano, también, expandí mi guardarropa. No en cantidad sino en estilo. Comencé a vestirme diferente porque era barato experimentar. No importa que la ropa de las charities, y las tiendas mismas, vengan con un olor particular. En general, la ropa y su contribución a la apariencia de una persona son sumamente relevantes para mí. No es que yo tenga el mínimo conocimiento serio sobre moda; mi primer referente de cómo vestirme es una estrella de rock de quien se dice que se viste dentro del clóset con las luces apagadas. Ese fue mi primer estándar, y eran justamente estas vestimentas estrafalarias (sin llegar a leotardos negros con rayas blancas) las que le hablaban a mi alma. Sin embargo, mientras vivía en mi país, mi guardarropa consistía en camisetas, jeans y zapatos deportivos, como el de la mayoría de gente de mi edad.

En cualquier caso, a lo largo de mi adolescencia tardía y mi adultez emergente, encontré ciertas prendas y accesorios que le ponían un poco de sabor a mi imagen. Aunque no estaba en mí vestirme estrafalariamente como mi role model, claro que quería expresarme a través de mi apariencia. Por otra parte, siendo prudente, me decía a mí misma que, en mi entorno, lo mejor que uno podía hacer era no destacar. No se necesitaba mucho para que la gente, más precisamente hombres, se te quedaran viendo y te dijeran cosas. Hay personas que están malitas de su Teoría de la Mente y atribuyen rápidamente que uno se viste o se ve de cierta manera para llamar la atención. Ciertamente hay un componente comunicativo en la apariencia que uno proyecta, pero las más de las veces, esta responde a sentirse bien con uno mismo, a sentir orgullo e incluso paz con aristas de la identidad propia. Cualquiera que ha usado una camiseta de su equipo favorito o su banda favorita lo sabe, aunque no lo ponga en palabras. Pero esta deferencia se les concede más a cosas como esas que a, digamos, un vestido. Yo jamás usaba vestidos, entre otras cosas. Dirían que solo quería llamar la atención.

No más. Aquí, además de que era barato experimentar con distintos looks, podía hacerlo tranquilamente. Había salido levemente de mi zona de confort cuando me mudé de mi país natal a uno que tenía las cuatro estaciones, pero fue en esta isla donde por fin tuve vestidos y botas y ropa de verano que no solo usaba en la casa cuando nadie me veía. De repente me encontraba a mí misma adoptando estilos y prendas de vestir a las que en otras épocas de mi vida les habría aturrado la nariz. Actualmente, en mi círculo social, muchos de los cumplidos sobre mi apariencia los respondo con “gracias, lo compré en una charity”. Y en ocasiones cambio el “gracias” por un “lo sé”, porque sí, yo sé, me veo bien.

Algunos fines de semana, en lugar de hacer un pub crawl, hago un charity shop crawl, llegando al final de la calle principal cerca de mi casa y deshaciendo el camino a medida que entro en cada tienda. Sé que no soy la única con semejante pasatiempo porque en cada tienda a la que entro veo las mismas caras que vi en la tienda anterior. No puedo llenarme de cosas en casa, por salud mental y porque algún día tendré que irme de aquí y no quiero viajar con nada más que lo esencial (aunque me gustaría quedarme, estoy disponible para adopción). Hace un tiempo, tuve la buena fortuna de que un familiar mío viniera a pasar una temporada conmigo. Los meses que pasó aquí, trabajó como voluntario en dos tiendas de segunda mano, una de ellas era de puros libros. Él se convirtió en mi dealer, buscaba títulos que me interesaban y me los apartaba hasta que yo llegaba por ellos. Cuánta alegría se compra con un billete de diez libras.

Por supuesto que no todo lo que compro proviene de tiendas de segunda mano. Hay cosas que ameritan comprarse nuevas, por necesidad primaria o por halagarse a uno mismo (puede que solo hable por mí misma, pero esto último también cuenta como necesidad primaria). A medida que fui estabilizando mis finanzas, sobre todo cuando mis gatos consiguieron trabajo y por fin contribuyeron al hogar, pude combinar la austeridad con la abundancia, lo pre-loved con lo newly arrived. En todo esto debe haber una lección sobre capitalismo y posesiones materiales pero ahorita estoy bien sin ahondar en ella.

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Ocupar nuestro espacio #IWD2018 #8M

En otros tiempos y en otras circunstancias, escribiría largo y tendido sobre algún aspecto relacionado al Día Internacional de la Mujer. Ahorita no. Hay muchísimas mujeres -cis y trans- que escriben trabajan con contundencia, y no le costará hallarlas porque están en todas partes, levantando la voz y ocupando un espacio visible, por ellas mismas y por las que no pueden. Y no hacen eso solo hoy, lo hacen todos los días. Y no levantan la voz hablando de “ser mujer” en un vacío o en una vaga generalidad, sino en contextos específicos, porque siempre se es mujer en un contexto.

Yo hoy nomás vine a ocupar mi espacio. Hoy es día de especial reconocimiento y gratitud por las luchas de las mujeres -cis y trans, dije- y la sororidad. Si hay algo que usted tiene que llevarse de este día para aplicarlo en su vida diaria es esto: las mujeres son personas; se dice fácil para hay gente a la que le cuesta usar ese criterio. Hace más de 10 años que le vengo diciendo.

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Vainilla

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 28 de septiembre de 2017.

Era media tarde y las callejuelas comenzaban a llenarse. Había llegado a una conferencia día y medio atrás y por fin me había zafado del ámbito académico para recorrer esta ciudad. Esas callejuelas eran mi único destino fijo, como una peregrinación que le debía a no sé quién, pero a alguien. La mayoría de las ventanas se mantenían con cortinas cerradas a esa hora pero las que encontré abiertas me hicieron sentir como si estuviera cometiendo una indiscreción. Me compré un cono de papas fritas y me senté en una plaza, frente a la estatua de una mujer apoyada en el umbral de una puerta y debajo la inscripción “Proteger a las trabajadoras sexuales en todo el mundo”.

Cuando estoy fuera de casa, fuera de mi ciudad adoptiva en Inglaterra, me asalta el pensamiento fugaz de que en cualquier momento podría “ocurrir algo”. Un atentado, quiero decir, pero no quiero decirlo. Es fugaz porque sopeso probabilidades y comparo el nivel de alerta en el que estaría si me encontrara en un espacio público en mi propio país. Solo con esta última comparación, el terror en mí disminuye (que no se tome como una competencia de qué es peor; dos tragedias de distinta naturaleza pueden ocupar una misma mente). Pero en ese momento fugaz, me da por pensar qué dirían de mí los medios de comunicación, especialmente porque yo ya no estaría para defenderme. Tiendo a pensar que se pondrían sentimentales por una hora y luego pasarían a otros temas, como es la norma con los don-nadies.

Las papas fritas en un cono las había comprado en el Barrio Rojo de Ámsterdam. La estatua era un justo reconocimiento a las personas que se dedican, por cualquier cantidad de razones, al vilipendiado trabajo sexual. Además de tener papas fritas en mi organismo (qué celestial es la comida en Holanda, verdá-de-Dios), había aspirado humo de marihuana de segunda mano, y había echado un vistazo al CV de algunas trabajadoras sexuales en las ventanas. Es posible que yo sea la persona más vanilla del mundo, pero pensé que, si “algo ocurriera” y yo quedara ahí nomás, la incisiva hipermoralidad de algunos de mis congéneres les haría preguntarse qué hacía yo en ese lugar obsceno. Esta sería, claro, una pregunta retórica empapada de reproche y hasta de schadenfreude.

Podía escuchar esta pregunta en mi cabeza porque nací en un entorno social que me machacó que el sexo, en su significado más amplio e inclusivo, era algo vergonzoso, malo, inmoral. Tuve la suerte de contar con algunos factores protectores que, desde que logré consciencia sobre estos temas, contribuyeron a que no se cimentara en mí una visión demasiado tradicional del sexo. No me parecía malo, solo algo sumamente íntimo y que no tenía nada que ver conmigo. Aun así, nadie es inmune a la influencia del sistema en el que nace y crece, y por mucho tiempo equiparaba, por ejemplo, “enseñar piel” con vergüenza y hasta poca inteligencia.

Eventualmente dejé atrás muchos de los “valores” de mi entorno social, en buena parte porque esos valores se mostraban empecinados en destruirme. Tenía siete años cuando sufrí mi primer acoso sexual, por parte de dos hombres en un parque, y desde entonces vino una seguidilla de eventos y amenazas que desembocaron en una espantosa disfunción sexual. “Esto es demasiada información para mí”, dirá el modesto lector, pero no cuento esto para modestos lectores sino para criaturitas como la que yo fui alguna vez, que habría agradecido enterarse de que lo sentía era habitual pero no por ello “lo más normal del mundo”, que tenía un nombre, una explicación y más de una solución. Pensándolo bien, a algunos modestos lectores les convendría aprender un par de cosas más sobre sexualidad.

La fortuna me sonrió y pude escapar de ese entorno opresor. Salir primero de mi país y después de mi continente, además, resultó terapéutico en ese sentido. Por supuesto que es triste decir esto, lo último que uno quiere es que el entorno que uno llama hogar justifique con velado regocijo que te pasen cosas malas. Y lo mío fue nada. Mientras escribo esto, un nuevo caso de feminicidio ha vuelto a visibilizar las protestas del #NiUnaMenos. Digo vuelto a visibilizar porque esa lucha se hace todos los días, generalmente en el ámbito privado y ante la ceguera selectiva de mucha gente; si esta lucha es difícil de creer, sépase una persona privilegiada. No hace falta que yo venga a hablar de esto, las explicaciones de qué distingue un feminicidio de otros tipos de asesinatos, y por qué se destaca esta distinción, son fácilmente accesibles (aun así, abundan quienes esperan que sean “las feministas” quienes denuncien todo y expliquen todo, pero de buena manera porque de mala manera no vale. No. Esta es una labor intelectual de la que cada quien debe hacerse cargo si de verdad le interesa).

Decía, pude escapar de ese ámbito opresor, y hoy camino por la calle sin que me hormiguee por la piel esa duda introyectada de si no estaré “llamando la atención” (eufemismo de ser mujer o parecerlo). Esta inseguridad es difícil de entender para quien no crece recibiendo mensajes sobre lo frágil, llamativo y moralmente vinculante a su valía como persona que es el propio cuerpo. Es difícil de explicar, esa libertad que deriva de que te dejen en paz. Aquí pude cambiar mi pelo, mi forma de vestir, y encontré a la persona que había encerrado en el fondo de mí para protegerla de todos esos valores de la “gente de bien”. El “aquí” en el que estoy ahora dista de ser idílico y de estar libre de prejuicios y de riesgos que me son familiares. Pero para mí sigue sintiéndose como un alivio, un mínimo con el que apenas se puede soñar en mi región de origen.

Aquella tarde en el Barrio Rojo de Ámsterdam, no solo comí papas fritas, sino que salí de la zona con un bombón de marihuana. Me lo regaló el dependiente buena-onda de una tienda de recuerdos. Me fui del Red Light District antes de que cayera el sol, cuando el lugar comenzaba a llenarse de excursionistas. Para mí, lo importante no era ver sex workers convirtiendo lo mundano en glamoroso, no era el sexo ocupando el espacio público. O sea, sí, lo era, mil veces. Pero era también, ante todo, el hecho de ver este tema tan polémico, sucio, pecaminoso, tabú, vergonzoso, como la compleja necesidad humana que es; no totalmente pero mucho más de lo habitual. Solo hay una cosa que, colectivamente, debería concernirnos en cuanto a la actividad sexual ajena: que sea plenamente consensuada entre las partes involucradas. Fuera de eso, los con quiénes, los cómos, los con qués, no están para debatirse en términos de bueno o malo.

Me fui del Barrio Rojo pero regresé al día siguiente para desayunar porque that’s my thing. Una amiga definió mi espíritu vanilla como alguien que va al Barrio Rojo y sale de ahí con un Chupa chups. Y, sí, así fue. Ahí comí papas fritas y un waffle belga, y compré algo en una sex shop –nada fálico– que mantuve en una bolsa negra para fingir que sentía vergüenza.

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Llorar en las bodas

No suelo llorar en las bodas. Las ceremonias a las que asistí en mis años mozos me aburrían y, más adelante, me exasperaban con sus tintes conservadores y exigencias tradicionales. Estos sentimientos, por supuesto, no excluyen que yo sintiera afecto y alegría por la pareja que se unía en matrimonio. En mi adultez, contando con un círculo social que afortunadamente se desvía de algunas tradiciones, ciertos momentos de la celebración pueden darme un feliz nudo en la garganta.

Hace poco fui a mi primera (y quizás única) boda en Inglaterra. Era un matrimonio civil en el Town Hall, un evento de quince minutos. La jueza inició con un breve discurso que logró ser formal y emotivo, y procedió: “En este país, el matrimonio se define como la unión entre dos personas…”.

La unión entre dos personas.

Terminó la ceremonia y yo seguía secándome las lágrimas.

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Español

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 14 de septiembre de 2017.

El amiguito británico que venía a mi lado, viendo por la ventana del avión que aterrizaba, le tocó al hombro a su compatriota en el asiento de adelante. “We are definitely not in Yorkshire anymore!”. Su tono cargado de emoción me dio ternura. El avión estaba lleno de británicos sacándole el jugo a lo último del verano, entre ellos uno sonriente que usaba un sombrero mexicano, lo cual también me dio ternura y me hizo poner los ojos en blanco. Le respondí al amiguito a mi lado, “not anymore, vieja, bienvenido a Latinoamérica”. Me nació decirlo por lo familiar que me resultó el paisaje, como cuando uno ve distintas películas de un mismo director y reconoce su estética particular. La verdad fue que aterrizamos en España. Por eso puse los ojos en blanco cuando vi el sombrero mexicano.

Era mi apreciación que ya tenía suficiente exposición a ese umbrella term que es España. Mi primer contacto significativo, muy cercano a mi corazón, fue el Gran Juego de la Oca. Luego la Compañía de Jesús, y más adelante profesores españoles que llegaban a enseñar a las universidades por las que yo pasé. Mencionaría a Cristóbal Colón y la desafortunada malinterpretación de que descubrió América, pero prefiero destacar a Ska-P, porque si bien el ska está fuera de mi menú musical, su posición frente una serie de temas sociales (y animales) era una caricia a mi alma. No obstante, nunca se termina de aprender sobre otras culturas, y una razón en particular me llevó a Barcelona.

Por mucho que estuviera consciente de la burbuja lingüística en la que vivo en Inglaterra, ver rótulos en español y catalán fue como respirar un aire distinto. Una cosa es la consciencia, otra la visceralidad, y esa visceralidad me pegó bonito. El sonriente agente de migración me dijo “buenas tardes” (me sonó tan musical) y me selló el pasaporte con apenas una mirada rápida, entretenido como estaba conversando con el colega de la otra ventanilla. El paisaje que veía desde el tren que tomé a la ciudad me seguía pareciendo familiar. Cuando toqué la puerta del lugar donde iba a alojarme, recordé que eran dos besos en la mejilla y no uno, y me lancé al saludo con efusividad. Extrañaba esta clase de contacto, extrañaba tener una señal tangible de apertura y cierre de una interacción social.

Lo primero que hice al salir a la calle, después de instalarme en la habitación que me prestaron, fue entrar a un restaurante mexicano. Hace mucho tiempo que no como frijoles; no British beans, no porotos, quiero decir frijoles jalvadoreños, y esto era lo más cercano que iba a encontrar. A veces encuentro frijoles refritos en lata en la Students’ Union, o bolsas de frijoles en un puesto jamaiquino en el Moor market, pero no con suficiente frecuencia, de modo que la reactancia identitaria-gastronómica me asaltó en esa calle en Barcelona (soy salvadoreña, no mexicana, pero ya quedó claro que estoy hablando de frijoles molidos y no de naciones). Fue irreal decir “gracias” en voz alta cuando me iba del restaurante; me sentía fuera de lugar hablando español en público. Mi acento ahora, especialmente al hablar inglés, es una tristísima mescolanza que suena a que yo no pertenezco a ningún lado –lo cual, parece, es cierto–, pero tal es la fuerza de la costumbre. Casi se me sale un thank you en lugar de un gracias.

Como paréntesis, además, la razón por la cual estaba en Barcelona era eminentemente británica: fui a la exhibición David Bowie is, porque este ha sido mi año de peregrinaciones en pos de semi-deidades con quienes sostengo tórridas relaciones parasociales. Cuando uno quiere recordar que es una insignificante partícula de polvo en este universo, o levanta la vista al cielo o revisa todo lo que hizo David Bowie. Después de tres sobrecogedoras horas en la exhibición, fui por tapas. Fin del paréntesis.

Aprecio el concepto de tapas. Lo que no aprecié tanto fue que me invitaran a experimentar ese concepto a las 9:30 pm. Estaba al tanto de la vibrante vida nocturna de la ciudad, lo cual me parece maravilloso y algo de lo que me hubiera encantado participar, pero yo ya no estoy para esos trotes. Yo nací no estando para esos trotes. Agréguese que llevaba despierta desde las 4 am, cuando desperté en mi cama en South Yorkshire, y se entenderá lo reconfortante que me resultó entrar a la estación del metro para dirigirme a la cama que me prestaron en Barcelona. El metro me recordó mucho a Santiago de Chile, al menos porque fue en esa ciudad donde aprendí a ser usuaria del metro.

Dura más una emisión del Juego de la Oca que lo que duró mi viaje a Barcelona, pero alcancé a ver museos, castillos, y el mar. El clima era hermoso para ser turista peatón. Por tramos, Barcelona me recordaba a mi ciudad natal, o como sería si no la plagara la violencia, la corrupción, la indolencia oficial y civil, la exasperante ausencia de un mínimo criterio estético, y lo que uno de mis hermanos llama la arquitectura de la inseguridad.

Sabía más cosas sobre este país fuera de lo que listé en el segundo párrafo de esta columna, y experimenté dos en particular. Primero, en un restaurante, tuve que sentarme frente a alguien, de otra ciudad de España, que despotricaba porque el menú que le dieron estaba en catalán. “Vieja, estás en Cataluña”, me mordí la lengua. Lo suyo no era la expresión de un inconveniente como lo era para mí, que tampoco sé hablar catalán. Lo suyo fue un insulto haciéndolo pasar por chiste con una sonrisa hostil. Segundo, el día anterior a eso se me habían puesto los pelos de punta cuando tuve a mi alcance un trozo de cartulina que se colocaba como máscara. La “máscara” era la caricaturización de una persona afrodescendiente, el trazo más colonialista posible, un inquietante recordatorio del belga Tintin en el Congo. La máscara, en el contexto en el que la encontré, parecía considerarse digna de guardarse “con humor”. Sentí la urgencia de tomar esa máscara, ya fuera para destruirla o para entregarla como aporte al Museo de la Esclavitud de Liverpool, donde sabrían explicar con más contundencia que yo por qué esa caricaturización es, cuando menos, una desgracia. Hay temas que no son dignos de tratarse con paciencia.

Fuera de algunas interacciones penosas, deseé que mi visita hubiese sido más larga para conocer más de la ciudad. Desde el tren al aeropuerto me despedí de esa sensación de familiaridad. A medida que transcurría mi vuelo de regreso, los cielos azules pasaron a ser nubarrones grises hasta que la visibilidad a través de la ventana fue nula. Pero ahora los nubarrones, también, me eran sumamente familiares. Entre mis compatriotas se da el cuestionable hábito de aplaudir cuando el avión aterriza pero, como consuelo y perspectiva, cuando aterrizamos en Manchester, un grupo de blokes, posiblemente volviendo de una despedida de soltero abroad, también aplaudió. La sensación que me invadió cuando me bajé del avión me sorprendió un poco: la sensación, la certeza, de haber vuelto a casa.

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Información a distancia

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 31 de agosto de 2017.

Tengo un globo terráqueo en mi escritorio. Lo giro ocasionalmente para señalar mi posición actual, para ubicar islas que se hunden por el cambio climático, para angustiarme con el cinturón de fuego del Pacífico, y para conocer las regiones que tapizan el planeta. Pero las más de las veces, lo giro para ver hacia mi país. Apenas se ve en el mapa, en el Centro de América. Vivir en el extranjero me refuerza esa percepción de lejanía, como si viviera en la luna y me estuviera perdiendo de todo lo que está pasando en la Tierra.

Tengo internet para salvar parte de esa distancia. Las vidas de la gente que quiero, y de la gente que no me importa, y de la gente en medio de ambas categorías, todas esas vidas las sigo a través de pantallas. Las pantallas me muestran historias en las que yo no tengo nada que ver, y a veces eso resulta un alivio, pero lo habitual es que resulte frustrante. Alguna vez creí que podía hacer más por mi país de lo que en realidad podía; culpo a la pubertad por eso.

A medida que crecía surgió en mi la curiosidad por entender lo que pasaba en la sociedad. Esto fue gracias a cierto interés social que traía por defecto; a mi entorno familiar, con su propio historial de revolución y resistencia; y a mi querido colegio marca “en todo amar y servir” que nos orientaba al compromiso social. Me dio no solo por estar al tanto de las noticias, sino también por examinar los eventos a la luz de la historia del país. El Salvador es pródigo en violencias, y progresivamente comprendí las raíces de los problemas que constituían titulares noticiosos. También comprendí que estas raíces solían ocultarse, negarse, o distorsionarse. “Discurso oficial” ya eran palabras de grandes.

Mi yo adolescente-tardío quiso ayudar a contrarrestar la desinformación que, a mis ojos, plagaba a la sociedad. Abrí un pequeño sitio en internet donde recopilaba declaraciones de políticos y sus abordajes superficiales de la violencia, y los contrastaba con “la realidad”: documentos que rescataban la memoria historia, argumentos de individuos y grupos que cuestionaban o contradecían las declaraciones oficiales. En retrospectiva, aun ahora que tengo casi el doble de la edad de en ese entonces, creo que el sitio que monté no estaba nada mal. No creo que lo hayan leído más que unas cinco personas porque lo mío es atraer audiencias que me ignoran pero aun así: buen trabajo, yo.

La plataforma que alojaba ese material cerró, lo perdí casi todo (jaja), y me fui a abrir un blog. Resultó que tuve la misma idea que un montón de compatriotas que también abrieron blogs en esa época, algunos con temas sociopolíticos, otros con temas personales. La mayoría inició bajo seudónimos o anonimato, como había sido mi caso, porque en el país “uno nunca sabe”. Pero ese temor se fue perdiendo y hasta se convocaron reuniones sociales de gente que escribía en blogs. Nunca fui a una, pero igual terminé conociendo a muchas de esas personas y gané algunas amistades guapas que persisten hasta hoy. Luego vinieron las redes sociales con la revelación de la cara y el nombre. Llegaron los status y los 140 caracteres, amén de la ajetreada vida adulta, y los blogs pasaron a segundo plano.

Para ese entonces, me mudé a Chile y me propuse olvidar a El Salvador por un rato (sé que hablo mucho de mis procesos migratorios, pero es que ellos son probablemente lo único que me otorga un mínimo de street cred en esta vida). Se me había terminado el idealismo juvenil. Ahora que mi cerebro había alcanzado la madurez y yo tenía un título profesional, veía las cosas de modo distinto. Todavía pude haber llenado sitios web con todo lo que había que decir, y no guardar silencio siempre era necesario, pero eso no tenía incidencia, al menos viniendo de una doña nadie.

Entre Chile e Inglaterra, me pegó recio la conciencia de ser extranjera y resentía los comentarios del tipo “si no vive en este país, no opine”. Seguía siendo mi país, no era mi culpa que fuera uno tan hábil para expulsar a su propia gente. Me propuse volver a estar tan bien informada como si todavía viviera ahí. Comencé a suscribirme y a seguir medios de comunicación en línea, y personas específicas asociadas a ellos. Rápidamente resultó que algunos de esos medios ofrecían contenido risible, con titulares nada informativos en los que la oración ni siquiera tenía sujeto y la frase no transmitía contexto alguno. Uno pensaría que era una buena estrategia porque yo terminaba dando click en el enlace para saber de qué diablos me estaban hablando, pero rara vez resultaba algo relevante. Habitualmente me llevaban a notas sobre entes de la farándula nacional y los comentarios que reciben de sus seguidores o detractores en Instagram. Por otro lado, mis muros y timelines se llenaron de videos, y en algún lugar leí que ahora se tenía esa condescendencia con los millennials de creer que no leen (me cuesta llamarme millennial porque suena a un término para gente moderna y yo ya voy para anciana, pero, estrictamente, caigo en la categoría). Como alternativa, comencé a seguir a periódicos pequeños que habían proliferado en años recientes, pero los deseché pronto por su pésima redacción y el enfoque deshumanizante que les daban a las noticias, sobre todo las de hechos violentos; hay que tener tacto con nuestro lamentable deporte nacional.

No es que no haya medios de comunicación medianamente decentes. Con esos mi problema es otro. Cuando intento leer noticias o reportajes, termino dejando abierta la pestaña del navegador por días y al final la pierdo. Me entero al final por mis contactos en las redes sociales, que comentan lo ocurrido y comparten textos sobre lo acontecido, y termino tanto aburrida como indignada por la capacidad del país de hacerlo todo mal. A veces una persona poderosa y rastrera termina en la cárcel, o una persona pobre sale de ella cuando se comprueba que su “delito” fue sufrir un proceso biológico espontáneo. No es que las cosas no cambien en el país, pero generalmente cambian para peor. Afortunadamente, en las redes sociales también se encuentran agrupaciones de personas que intentan incidir en temas específicos con distintos grados de éxito.

Inevitablemente, es más fácil estar al tanto en temas que son relevantes a la región en la que vivo. Solo puedo ver una cara del globo terráqueo a la vez, pero eso no excluye que me interesen varias de sus caras El mundo está malito de todos lados, la gente está jodida en cualquier esquina a la que se voltee; siempre hay problemáticas sobre las cuales aprender y razones para no guardar silencio. Además, creo que logré equilibrar mi manera de informarme sobre mi país. Se lo que ocurre en él. No estoy al tanto como si viviera en mi ciudad natal, claro, leyendo los periódicos que sirven para desinformar, peleándome con los moderadores tendenciosos de un debate por televisión, y rabiando con editoriales retrógrados. Pero quiero creer que no hay nada malo en ahorrarme toda esa bilis.