Magnos eventos tectónicos

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 26 de abril de 2017.

Uno de mis mayores temores, viviendo lejos de mi país, es despertarme por la mañana y encontrar mi teléfono a reventar de mensajes. Malas noticias. Algo así ocurrió hace unas semanas, cuando desperté y tenía decenas de mensajes nuevos en WhatsApp. “Decenas” suena a queja pusilánime; puede ser peor, me han contado, pero véase desde la perspectiva de mis modestas habilidades sociales. Solo recibo tantos mensajes cuando mi grupo familiar -numeroso como un pequeño país pero mucho menos que El Vaticano- discute viajes o cáncer.

Decía, hace unas semanas me desperté y encontré que tenía decenas de mensajes. Yo sabía que San Salvador, la capital, llevaba varios días lidiando con un enjambre sísmico y con la incertidumbre de si se debía a una placa tectónica o a una urgencia volcánica; la ciudad está en las faldas de un volcán. Finalmente, mientras yo dormía, tembló fuerte, de esos sismos con retumbo incluido. La magnitud era modesta pero la profundidad era poca y esto último era lo importante, además de que el epicentro se localizó en un área cercana a la ciudad. Mi familia estaba bien, afortunadamente. Los reportes mencionaban daños considerables y había al menos una persona fallecida pero, técnicamente, no fue un terremoto. No dio para alcanzar periódicos internacionales o activar el servicio de alerta de Facebook. Carry on.

Estar en medio de un movimiento sísmico, fuera del potencial peligro mortal que implica, me parece fascinante. No en el sentido “la Pachamama nos recuerda que está viva” sino en el sentido del libro “La Tierra y sus recursos” que usábamos en mis clases de ciencias naturales. Mi primer terremoto fue en 1986, cuando yo tenía un año, y siéntase libre de hacer cálculos sobre mi edad, no pasa nada. Gracias a los recuentos de mi familia, tengo un recuerdo construido de estar en la calle, en brazos de quien me cuidaba, con el cableado telefónico amenazando con caer sobre nuestras cabezas.

La mañana del 13 de enero de 2001 ocurrió el primer terremoto que viví conscientemente. Estaba con uno de mis hermanos viendo televisión y la Rana (QEPD), mi perrita y gran socia, corrió a nosotros como si nos diera la noticia. Objetos cayeron y más adelante hubo que cortar un árbol del jardín para evitar riesgos, pero eso fue todo en mi mundillo. Fuera de este, al terremoto le siguió un frente frío que empeoró la precaria situación de las personas en los albergues. Esta fecha, además, es tristemente recordada por Las Colinas, un vecindario que fue soterrado por un desprendimiento de la adyacente Cordillera del Bálsamo (agréguese a este archivo al expresidente de la república que se robó buena parte de los donativos internacionales para la reconstrucción tras el terremoto).

El siguiente terremoto ocurrió solo un mes más tarde. Era 13 de febrero y recién había comenzado el año escolar. Este terremoto también ocurrió en la mañana y uno de mis profesores, dando clases en el salón al lado del mío, salió corriendo y dejó a mis compañeritos tirados a la buena de Dios. Después del magno evento tectónico, una amiga quedó en shock, llorando a mares, y le presté mi mood ring para tranquilizarla. Le llevó meses devolvérmelo y para entonces estaba raspado y ya no funcionaba (qué hace alguien para que ese tipo de anillo deje de funcionar, no lo sé). En mi colegio solo hubo daños materiales menores, entre ellos una placa del techo en mi salón de clases, justo encima de mi pupitre, que quedó suelta por meses.

Con esos terremotos en mi haber, más los frecuentes sismos de poca monta esperables en un lugar apodado “El Valle de las Hamacas”, llegué a Chile. Llegué un año y días después del terremoto y tsunami del 27 de febrero de 2010. Conocí Valdivia, donde ocurrió el terremoto más fuerte registrado en la historia, en 1960, y vi una punta de chimenea sobresaliendo del río que se tragó el resto de la casa. En mis visitas a lagos y playas, buscaba los rótulos de “ruta de evacuación de tsunami”, en parte porque los deseaba para mi propio país. En un artículo en el periódico digital El Faro, titulado “En caso de tsunami sálvese quien pueda”, el señor Hilton Aguilar explica –you can’t make this stuff up– que el plan de emergencia para su comunidad costera, cuando ocurra un sismo, es correr al mar a ver si el agua ha retrocedido. Si es así, es porque viene el maremoto y entonces hay que alejarse de la playa. Es lo mejor que puede hacer esa y otras comunidades costeras porque, como mis compañeritos en el 2001, están abandonadas a la buena de Dios por las autoridades. Nuestra cultura de prevención es admirablemente inexistente. Quizás desde que se escribió ese artículo, en 2012, se ha implementado un plan serio pero yo no sería tan optimista.

Llegué a Inglaterra y palpé el terreno: no tenían volcanes activos, ni placas tectónicas, ni les llegan colas de huracanes. Must be nice. No es que estén exentos de calamidades, pero también están preparados para diversas emergencias. He estado en más simulacros de incendio aquí en año y medio que en simulacros de terremoto en 20 años; agradecimientos a la gente de Health and Safety de la universidad por el entrenamiento. Si los llevara a mi país, y nos vieran quedarnos quietos mientras tiembla para estimar la magnitud y calcular si valdría la pena el esfuerzo de evacuar el edificio, les daría patatús.

Para el sismo de hace algunas semanas, escribí frenéticamente a mi familia y amistades. Asumí que estarían bien, que dirían que “solo fue el susto” y que cosas se cayeron en sus casas y ya, pero los eventos geológicos activan mi instinto gregario y mi culpa de sobreviviente. Tal como lo esperaba, las respuestas que obtuve pueden resumirse con la frase “Se sufre pero se goza”, que es el slogan no oficial de El Salvador (no me crea, esa es solo mi opinión. Por otro lado, es la verdad). A uno de mis hermanos y mi cuñada el terremoto los encontró en el supermercado. Mi hermana vive en zona de riesgo, que no es decir mucho porque todo el país es una gran zona de riesgo, pero su caso es porque vive en la pendiente del volcán, y al volcán lo arrasó un incendio masivo hace poco (puras alegrías mi país) y hay riesgo de deslave. Mis padres compraron su casa en una zona firme en los 70s pero, a su alrededor, donde solía haber riachuelos y barrancos en ese época, ahora hay zonas residenciales. Es decir, casas construidas sobre un vacío que puede quedar al descubierto con un vigoroso estornudo.

Mis días suelen ser más largos que las 24 horas reglamentarias porque incluyo las horas de diferencia entre Inglaterra y El Salvador. Con frecuencia pienso en los procesos geológicos de este último y en años recientes los he tenido más presentes, al punto de desarrollar el temor a las notificaciones matutinas del teléfono. Aproximadamente, en mi país ocurre un terremoto arrollador cada 15 años y una erupción del volcán de San Salvador cada 100 años. El último terremoto fue en 2001, la última erupción fue en 1917.

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Trece ortodoxos y asolapados años de Qué Joder

No iba a detenerme a conmemorar esta magna fecha, hasta que el buen Víctor publicó algo que me recordó las zanganadas que me arrastraron a esta vorágine:

¿Felicidades?

Nota: El título de esta entrada no implica identificación con ningún partido, ahí que se den a probar sus virilidades entre ellos.
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Café

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 12 de abril de 2017.

Terminé con un cargo en la sociedad de postgrado de psicología porque me gusta tomar café. Yo no quería, solo fui a la elección del nuevo comité para unirme a las voces que solicitaban el regreso del coffee morning en el departamento. La idea del coffee morning, reunirse con amigos o colegas a tomar café (¡con galletas!) y conversar de cualquier cosa, despierta un aspecto fundamental de mi vida en El Salvador. Mi círculo social era tan entusiasta como yo en el consumo de cafeína.

No es tanto el sabor puro o las propiedades del café las que me atraen a él. Sobre el sabor, no suelo tomarlo solo; tiene que ir con leche y azúcar. Me gustan las preparaciones elegantes y las versiones frías, hereje y sibarita que soy. Mi papá y mi hermana, que no dejan pasar el día sin tomar al menos dos tazas de café negro (de verdad, el tiempo se detiene cuando comienzan a escucharse sus quejas), dicen que el café helado no es café. Sobre las propiedades del café en mi organismo tengo evidencia contradictoria; no lo uso para mantenerme despierta ni me cambia el humor, y en ocasiones no me da reflujo.

Mi inmersión en el consumo de café comenzó en secundaria, cuando en mi colegio me saltaba una clase dos veces a la semana porque ya conocía los contenidos. Tremenda arrogancia, dirá usted, pero yo le diré que era la clase de inglés y tenía permiso de la profesora y del coordinador de mi año. Lo justifiqué con que llevaba años viendo películas de Disney en VHS sin subtítulos, cortesía de mi hermano, el pionero de la migración en mi familia; y con buenas notas, por supuesto. Además, estamos hablando de un colegio de jesuitas, en todo amar y servir, caracterizado por la excelencia académica, el compromiso social y el jolgorio. Entonces, decía, me saltaba una clase y me iba a tomar café a unas mesitas que estaban en la zona de las canchas deportivas. A veces me encontraba al coordinador de mi año en sus rondas y filosofábamos sobre la vida un rato.

Después vinieron los años de universidad. La universidad también era jesuita, gracias a Jesusito el Cristo por eso, pero ello no viene al caso aquí, solo quería darle otro shout-out a la Compañía de Jesús. Lo que importa de esta universidad es que estaba rodeada de cafés y otros puestos de comida amistosos con el presupuesto estudiantil. En esos años forjé amistades que le traían gozo a mi alma diariamente y con quienes, entre clase y clase, nos íbamos a tomar café (notará que aquí no digo que me saltaba las clases porque no lo hacía. Aquí tenía toda la libertad del mundo para saltármelas pero, mire, no conocía los contenidos. Aceptaré la estrellita por mi humildad académica cuando quieran entregármela).

Esos fueron los años en que enganché y dejé de ser bebedora social (tengo una historia similar con el alcohol pero esa será otro día). Compraba café todos los días, primero el capuccino gourmet de La Cantata, a la vuelta de la esquina de la entrada peatonal de la universidad, y después, cuando me volví más responsable con mi presupuesto y La Cantata quebró, el modesto pero reconfortante café con leche de la cafetería. No latte, café con leche. Café con leche en vasito de durapax, o vasito de poliestireno expandido, para que nos entendamos. No necesitaba a mis amigos para tomar café. El café era mi amigo sin que yo fuera de esas personas que se desvelaban.

Al graduarme de la universidad me volqué al subempleo y a, citando a Los Beatles en su primera película, nursing a broken heart. Lo primero, el trabajo, me dio independencia económica para dedicarme a lo segundo, marinar en mi infelicidad. Ello incluía, paradójicamente, pasarla bien, y pasarla bien significaba, para mi alma anciana, salir a comer o ir a tomar café. Llegué a una fase pseudomaníaca que me permitió mantener mis amistades de la universidad, retomar el contacto con gente que no había visto desde el colegio, conocer gente en internet (i.e. reunirme con compatriotas bloggeros, que Blogger en ese tiempo era como una red social), y tener encuentros romanticones pero en última instancia inútiles con personas nuevas. El más célebre de estos últimos fue un tipo al que pude haberle dado una oportunidad, hasta que salí a tomar café con otra persona que resultó que lo conocía, porque mi país mide seis cuadras, lo conocía a él y a sus escapadas con la cocaína. Los procesos sociales en torno al café, queda claro, cumplían una función importante en mi vida.

Cuando me mudé a Chile perdí ese ecosistema y lo eché en falta. El café, el lugar, era más importante que la bebida e igual de importante que la compañía. Me interesaban los cafés locales más que los de marca transnacional, y afortunadamente llegué a una ciudad relativamente pequeña en Chile en la que hallé cafés independientes. No encontré tantas personas con quienes reconstruir momentos como los que añoraba, pero las personas que sí pasaron a formar parte de mi libreta de contactos me ayudaron a sentirme en casa.

Al llegar a Inglaterra descubrí que se alentaba el apoyo a los negocios locales de una manera que yo solo podía envidiar. Suponía que ese apoyo provenía de un sentido de comunidad que en un país como el mío, desgarrado por su propia historia, es casi imposible inculcar. La calle principal del vecindario en el que vivo tiene algunos cafés pequeños, además de un pub que vende coffee + cake por 2.99. Mi espíritu aventurero me ha impulsado a tomar trenes al Peak District y caminar a campo traviesa entre pueblo y pueblo solo para conocer cafés (bueno, en honor a la verdad, no tengo espíritu aventurero. Lo del tren en adelante es cierto).

Mi país ha sido, literalmente, cafetales. Las rutas turísticas entre montañas que esconden fincas de café son preciosas. Pero el mundo del café que yo conozco está muy lejos de su origen. Las condiciones laborales de quienes se dedican a su producción y recolección son problemáticas, y hoy más inciertas de lo usual por el cambio climático. Históricamente, los tiempos del año escolar coinciden con los de las cortas de café, de octubre a diciembre, y la explotación infantil persiste en las zonas rurales. Lo menos que puede hacerse es no olvidar de dónde proviene el café y escoger, en la medida de lo posible, fuentes sostenibles y justas.

Los coffee mornings volvieron al departamento, once in a fortnight. Al principio casi nadie enganchó y llegó poca gente. Como también me encajaron la tarea de preparar el newsletter mensual (me pasa por andar de metiche en elecciones de comités), mencioné en él un estudio publicado en la Social Psychological and Personality Science en 2010, que encontró que interacciones sociales casuales mejoraban funciones cognitivas. Era un buen argumento para tomarse un descanso de las arduas labores intelectuales y aun así la gente no llegó. Por supuesto. Apelamos entonces al argumento de cualquier persona que disfruta tomar café: cambiamos el café instantáneo por café de grano y el evento ha vuelto a ser un éxito.

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Mature student

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 29 de marzo de 2017.

Llevaba menos de un mes en la universidad cuando recibí un correo que creí que no era para mí. Era una invitación dirigida a los mature students que habían comenzado sus estudios en esa universidad británica ese semestre. Cuando llegué a la parte del mensaje que mencionaba almuerzo gratis acepté la invitación, pero todavía pensaba que no era para mí. Resultó que no había ninguna equivocación. Yo era, efectivamente, una mature student: era mayor de 25 años. Por un momento sentí que me habían robado lo que me quedaba de juventud con esa categorización. Luego volteé a mí misma, reconocí quién era yo, y asalté las bandejas del almuerzo gratis con el derecho que mi madurez me otorgaba.

Una clase de prejuicio que pasa desapercibida es el viejismo (ageism), el prejuicio hacia el envejecimiento y las personas de mayor edad. Uno puede asegurar con humildad que “todos vamos para allá”, pero no siempre es tan fácil andar ese camino. El viejismo involucra una serie de nociones negativas sobre el envejecimiento; no solo temores relacionados con la disminución de habilidades o el aumento de malestares físicos, sino también creencias sobre lo que una persona mayor hace, o debería hacer, o no debería hacer, en muchas esferas de su vida. Este prejuicio me resultó notorio cuando llegué a Reino Unido, pero no porque lo viera en acción. Al contrario.

No puedo hablar de la calidad de los servicios de salud o de los planes de retiro de este país, solo de algo que observo en la cotidianidad de la calle: hombres y mujeres de la tercera edad son visibles, tienen condiciones que mantienen su independencia lo más posible, y continúan teniendo vida social. Como me decía una amiga que vino a visitarme, aquí –al menos parece que- llegar a la vejez no implica dejar de participar en la sociedad. Por todo lo que algunas sociedades latinoamericanas veneran la sabiduría de las abuelas y los abuelos, sus políticas públicas y las actitudes compartidas hacia las personas ancianas apuntan a hacerles desaparecer, en muchos sentidos.

Mientras tanto, mi generación registra su propio proceso de envejecimiento en internet. Fotos y comentarios muestran los cambios paulatinos en su alimentación (es hora de ir reduciendo las grasas, por ejemplo, aunque los hábitos alimentarios van sumando desde mucho antes de entrar a los “entas”); sus intentos por establecer una rutina de ejercicios; los incipientes achaques que exigen chequeos médicos más frecuentes. Y no hay nada como ver crecer a los hijos de nuestros amigos de la niñez para hacernos contemplar nuestra propia mortalidad. Fuera de internet, el contenido de las conversaciones también cambia, o al menos se expanden, para agregar la nostalgia por el pasado, los pequeños quebrantos de salud y la preocupación por las pensiones.

El tema de las pensiones es una pesadilla, la verdadera razón por la que temo envejecer. Creo que nunca voy a poder jubilarme. Asumiendo que llego a la expectativa de vida que se estima para mi grupo sociodemográfico, estoy a la mitad de mi vida laboralmente productiva y no tengo pensión. Podría decir que no tengo dónde caerme muerta, pero sirvan estas líneas para expresar mi inclinación por la cremación. En El Salvador coticé por un par de años, la vez que encontré un trabajo formal, que curiosamente no tenía que ver con mi profesión. Tras unos años de vivir fuera de mi país, volví a él de visita y fui a la AFP a solicitar ese dinero porque, probablemente, ojalá, no vuelva a cotizar ahí (ese es otro tema, el de perder la habilidad de vivir en un contexto hostil). La AFP me respondió que volviera cuando cumpliera mi edad de retiro y ahí me darían mi dinero. No era una suma importante, pero era mía. Para cuando se cumpla el plazo en el que pueden soltar mi dinero, el modelo de la AFP habrá fracasado, algún funcionario se habrá robado ese dinero, o, por qué no, mi persona ya será una con la naturaleza.

Por supuesto, mi situación está lejos de ser una peculiaridad. Aparte, soy de la afortunada minoría que pudo optar a estudios superiores y a movilidad geográfica, que a la larga no son garantía de nada pero pueden ser factores protectores ante ciertas adversidades sociales. Sin embargo, el trabajo informal, o formal mal remunerado, es una norma y no una excepción en mi país, sin importar la preparación. Recuerdo la columna de una compatriota escritora, una mujer con una respetable producción literaria y que ha hecho aportes importantes a la cultura nacional: ella también temía por su futuro, y lo tenía mucho más cerca de lo que yo tengo el mío. El trabajo en las ciencias y en las artes es un trabajo pobremente reconocido en mi país de origen. El gobierno y la sociedad se benefician de la producción cultural -lo poco que saben aprovecharla- pero le dan la espalda a sus autores. Temo por ella, y por tantas personas como ella, que probablemente no recibirán en vida el reconocimiento que se merecen, un reconocimiento que pasa por ofrecer condiciones laborales dignas para vivir y envejecer en paz.

Al inicio de mis estudios en Inglaterra, conocí a un compañero en el programa que estaba aterrado porque en su primer año de doctorado cumpliría 23 años. Estaba viejo, decía, se le hacía tarde. Después supe que acá tenían la facilidad de dar ese saltoundergrad-postgrad. Es algo que me hubiera encantado hacer en mis años mozos, pero en los primeros meses comenzó a notarse que la casi década que nos separaba a mí y a mi compañero no había transcurrido en vano. Él estaba admirado por mi nivel de avance a comparación del suyo, a lo que yo le respondía with a smug face: “sí, porque yo sé lo que estoy haciendo”…lo cual no era del todo cierto, pero comparativamente lo era. Yo traía a cuestas algunos años de experiencia laboral en investigación y con eso mi edad se notaba. Precisamente por ello, la manera de aprovechar un programa académico tan exigente y tan flexible variaba entre ambos.

No soy inmune a que el paso del tiempo me sorprenda y me asuste. Pero también me resulta reconfortante el hecho de que mi cuerpo, finalmente, se está poniendo al día con mi espíritu. Hablando de mi generación que documenta su envejecimiento, no puedo evitar poner los ojos en blanco al ver a mis pares destacar cómo ahora, en lugar de salir de fiesta hasta el día siguiente, prefieren quedarse en casa y dormirse temprano. Dicen que es cosa de abuelos pero para mí eso no es alcanzar una nueva etapa de la vida, esa ha sido mi vida. Claro que está el riesgo de pensar en términos estereotípicos y equiparar introversión con ancianidad; pero si la quietud se asocia con la vejez, de ahí soy. Después de una adolescencia y adultez temprana en que fui catalogada como antisocial por no salir mucho, eso mismo se ha convertido en una práctica compartida por mis coetáneos.

Todavía no sé qué más implica ser mature student en mi universidad, además de que me inviten a almuerzos gratis. Pero considerando las incertidumbres que trae envejecer, eso es lo menos que pueden ofrecerme.

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Autoconscientes anónimos

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 15 de marzo de 2017.

Una sensación desconocida me invadió en mi primer día de clases. Mi primer día de clases en el que yo era la profesora, quiero decir. Para ese entonces tenía experiencia como instructora en El Salvador; me gustaba juntar conocimiento, estructurarlo y ejemplificarlo, y discutirlo con los pequeños saltamontes. Pero esta situación era distinta. Una universidad de Chile me había contratado para impartir una materia por un semestre. El grupo a mi cargo no se dividía en conjuntos de entre 6 y 8 estudiantes, ni los contenidos habían sido ya preparados por alguien más. Tampoco estos estudiantes eran mis compatriotas. Ya se me había machacado lo raro de mi acento lo suficiente como para activarme una devastadora autoconsciencia cuando puse pie dentro del salón y los estudiantes me miraron. La sensación desconocida que me invadió en mi primer día de clases, supe meses después, era reflujo.

La academia exige la tolerancia a cierto grado de visibilidad. Quien se dedica a la docencia o a la investigación debe ser capaz de compartir y defender el conocimiento que maneja (cuestionarlo también, pero ese es tema aparte). No se me ocurrió esto cuando era estudiante de licenciatura, generalmente podía echarle el muerto a alguien más en mi grupo de trabajo para que presentara nuestros reportes. Pero aun si yo tenía que hacerlo, los profesores y compañeros de esa época me resultaban familiares, despertándome un nivel de confianza que no he vuelto a experimentar. La exigencia de defender mi propio trabajo aumentaba con cada grado académico, pero también mi preparación para enfrentarla. Hasta que esta progresión me llevó a dar clases.

Me habitué a dar clases pero mis problemas gástricos empeoraron desde aquel primer día. Me gusta la docencia pero quienes la ejercen entienden lo ingrata que puede llegar a ser. Si se tiene la suerte de contar con estudiantes motivados o a quienes se les despierta la curiosidad, que nunca faltan, tanto trabajo vale la pena. Pero, y creo que no soy la primera persona en vivirlo, el salario era bajo, las condiciones inestables, y por año y medio no tuve fines de semana. Además de dar clases, tenía otros dos trabajos, igual de inestables, y de repente me volví intolerante a la lactosa. Me pagaban por hora clase, pero eran materias que se impartían por primera vez y debían construirse desde cero, cosa que no lleva poco tiempo (aparte, quien hizo esa malla curricular nos estaba enviando, a los estudiantes y a su docente, al fracaso seguro, metiéndonos de cabeza en investigación aplicada sin una materia previa de investigación básica).

No extraño los días en esa universidad, pero los agradezco como parte de mi formación. Y la sombra de esos días me siguió hasta el Reino Unido, cuando mi supervisor del doctorado me informó que yo tenía que impartir una clase en un curso suyo. Primero, silver linings: mi supervisor me tiene fe, es bueno para mi CV, no sé mucho del tema pero es una oportunidad para aprender más. Segundo, el reflujo: tengo que pararme frente a un puñado de undergrads y hablarles en inglés por 50 minutos. Me pregunté qué tan distintos serían estos de los estudiantes salvadoreños y chilenos que conocía. Fui a una de las clases de mi supervisor para familiarizarme con la dinámica y obtuve un panorama no optimista pero tranquilizador: estos estudiantes no eran tan distintos, excepto que no saludaban al entrar al salón.

El día de mi clase llegué media hora antes para asegurarme de que podía manejar el proyector y las luces. Minutos antes de la hora de inicio, entró una pequeña oleada de estudiantes y comencé la clase. Mi voz no tembló como suele temblar al iniciar una presentación en público. Los estudiantes me observaron fijamente la mayor parte del tiempo, no sé si era porque estaban interesados o porque intentaban en vano entenderme. Se me olvidaron algunos ejemplos pero las palabras se desenrollaron en mi lengua con facilidad inesperada y no me dio reflujo. Por esto último aseguro que la clase fue un éxito. Los estudiantes fueron decentes y no hubo preguntas.

Pero una clase sin nervios no implica una victoria definitiva. Mi autoconsciencia se me activa también como estudiante. El doctorado, por defecto, no ofrece ninguna clase obligatoria a sus estudiantes, pero hay muchas oportunidades para formarse en el campo que sea necesario, y en mi primer año me registré como oyente en algunos cursos de las maestrías. En este caso solo tenía que entrar al salón, con mi solemne halo de PhD en potencia, sentarme y escuchar. Si me sentía generosa, podía también presumir de mi privilegio de estar exenta de elaborar los assignments correspondientes.

Esa gracia llegó a su fin el semestre en que me registré en un curso de ciencias neurocognitivas. Iban a discutir un libro que yo quería leer hace tiempo y entregaban una copia de ese libro a cada estudiante que lo solicitara. El curso lo impartía un profesor que yo conocía desde antes de que se me ocurriera estudiar en el Reino Unido. No lo conocía personalmente, quiero decir que sabía quién era porque yo seguía parte de su trabajo en línea. Todo eso fue una coincidencia. Fue hasta que llegué a Inglaterra, a la oficina que me asignaron en el departamento, que leí su nombre en una puerta al lado de la mía, y me quedé pensando el resto del día de dónde conocía ese nombre.

Casi un año y medio después, me encontraba en una clase suya. Ello era, por supuesto, considerablemente más emocionante que leer un par de párrafos en internet sobre los temas que abordaba. El problema era que esta clase era más bien un grupo de discusión (defensa, argumentación, impasibilidad), y mi reflujo volvió. O llámese correlato fisiológico de mi autoconsciencia, para que no suene tan crudo. Una vez entré al salón y me senté, esperando en silencio a que empezáramos. Cómo va el doctorado, escuché preguntar al profesor. “No es conmigo”, fue la reacción en mi cabeza, pero sí era conmigo porque yo era la única del doctorado en su curso de maestría. Siendo justos, era difícil reconocer mi status porque tendía a hacer preguntas tontas en clase.

Afortunadamente, o no, con ese curso recordé el concepto de amenaza del estereotipo. Estar consciente de las expectativas que tengo que cumplir me genera ansiedad, y aunque esté a la altura de las exigencias (¡lo estoy!), esa ansiedad entorpece mi desempeño. Mi mayor aprendizaje en ese curso es que soy el embodiment de la Amenaza del Estereotipo, porque me tengo a mí misma en altísima estima (¡con justa razón!) pero mi autoconsciencia es mi propia ruina.

Esa no es manera de vivir, dirá usted. Ah, lo es. Pero sí estoy intentando controlarlo, a estas alturas no puedo privarme de hablar en público porque tengo cosas importantes que decir (altísima estima, dije). Tengo algunas propuestas para intervenir en mí misma, ya sea para habituarme a la ansiedad o para resignarme a hacer el ridículo. No espero soluciones mágicas ni consejos inútiles tipo “imaginate que tu audiencia está desnuda”. Mi cerebro está sobrecargado enfrentando la ansiedad y no voy a pedirle que encima se entregue a la fantasía y la lujuria…o, bueno, tal vez.

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Familia alienígena

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 1 de marzo de 2017.

En mi primera noche en el Reino Unido, me asomé a la ventana no solo por entretenerme con los coloridos clientes del bar bajo mi apartamento, sino porque esperaba una camioneta. Una fracción de mi familia venía en ella y no tenía idea de cómo la haría encajar con la nueva vida que comenzaba. Que no encajara no era opción pero la incertidumbre del método me pesaba. En esa camioneta venían dos gatos.

Cuando cuento que tengo gatos, la gente asume al menos una de dos cosas: que yo considero a mis gatos mis hijos y que soy una cat person. Ninguna de las dos cosas es cierta. Por un lado, no tengo hijos, pero según mi experiencia como hija y cuidadora de consanguíneos, amén de testimonios que he escuchado de terceros, concluyo que la crianza es una responsabilidad crónica tremendamente gratificante y abrumadora. Mis gatos no me abruman y es un alivio no tener que enseñarles valores. Sí soy responsable de su bienestar integral y de reconocer mi lugar en la jerarquía gatuna, pero nuestra feliz convivencia me deja tiempo suficiente para dedicarme a escribir sin culpa (si tuviera hijos seguiría escribiendo, pero sentiría culpa por dejarlos solitos por horas rodando en hierba gatera).

La segunda suposición es que soy una cat person. Evidencia de eso, cualquier creería, es no solo que tengo gatos, sino la cantidad de objetos que poseo con motivos felinos. Pero todos esos objetos son regalos de gente que cree que soy una cat person. No se me malentienda, puede regalarme cualquier cosa con gatitos y verá mi rostro iluminarse de ternura y gratitud. Pero yo tendría un perro si pudiera. Tendría un cerdo si pudiera, y no de los pequeñitos (que son una estafa y terminan siendo de tamaño regular). Soy una animal person, más bien, y mi destino es ajustar constantemente el zoom cognitivo para evitar tanto el antropomorfismo como el antropocentrismo.

Antes de eso, por mucho tiempo fui una dog person. El mayor sueño de mi niñez era tener un perro pero no me dejaban en casa. En retrospectiva, eso fue lo mejor porque nadie en la casa tenía la disposición de cuidar de uno, y yo tenía más ganas que capacidad. Me conformé con animales residentes en el jardín, como lagartijas y pájaros, y, ante la complejidad de cuidar mamíferos, intentaron consolarme con una seguidilla anónima de peces, tortugas, y un par de cuyos que escaparon por un desagüe.

Hasta que llegó el primer inquilino no-humano importante: un sanguinario perico. Con él aprendí que la jaula es uno de los dispositivos más crueles usados por el ser humano. Dispositivos de esa clase hay muchísimos, pero la jaula, en su normalización y cotidianidad, tiene una perversidad excepcional. Con los años (¡años!), me ahogué en desesperación al ver al perico en su jaula. Era como amarrar a una persona que puede caminar a una silla por el resto de su vida.

Un día abrí la puerta de la jaula, y desde entonces el perico pasaba sus días en la cúpula de la jaula (es espantoso lo “bonitas” que hacen las jaulas), y en las noches dormía dentro de ella, bajo las páginas de un periódico. Ocasionalmente yo tenía que bajar al perico de un árbol vecino, o perseguirlo por la calle cuando le daba por intentar volar, pero ya no era capaz de vivir por su cuenta. Afortunadamente, dejar de vivir enjaulado le disminuyó lo sanguinario.

Al perico eventualmente se le unió la Rana. La Rana fue mi sueño cumplido. Tras rogar desde que tenía uso del lenguaje, a mis 12 años adoptamos a mi gran socia, mezcla poodle con cocker spaniel, que fue la felicidad de mi vida por más de una década. El día que hubo que dormirla, cuando sus riñones ya no dieron más, me senté en el jardín, con el cuerpecito de mi socia dentro de una bolsa negra, a esperar a que llegara el jardinero para que cavara un hoyo donde enterrarla. Ese día, casualmente, todos mis hermanos (tengo muchos, dice la gente) estaban en la casa y alguien había comprado tamales. Así que todos nos sentamos en el jardín y nos sacamos un velorio de la manga, con familia, café, tamales, y la agasajada en una esquina, no existiendo dentro de su bolsa. Llegó el jardinero y le dimos la sentida despedida que merecía. Yo no podía parar de llorar y, al finalizar el magno evento, mi hermano mayor colocó su mano en mi hombro y me dijo sus más célebres palabras: “estuvo buena la vela”.

Después de la Rana adoptamos dos hermanos himalayas, gato y gata, tan hermosos y aristócratas que no me sentía digna de ellos. Con ellos conocí la importancia de la esterilización de las mascotas y el por qué los gatos no pertenecen a la calle como muchos creen, y tuvimos unos bonitos años juntos. El gato tuvo un final trágico justamente en la calle, y la gata se fue deslizando de mis manos hasta que la vi perderse en el vacío. La dejé en casa cuando me fui a estudiar a Chile y en eso llegó un cáncer a mi familia. La gata tuvo una casa tras otra, pues por una u otra razón ya no podían hacerse cargo de ella, y le perdí la pista. A estas alturas ya no vive pero, además de tener razones para creer que cayó en buenas manos, tuve el consuelo de que nadie podría explotarla sacándole crías.

Por algunos años, el perico, la Rana, los himalayas y un segundo perico (al cual terminé dando en adopción a un amigo metalero, y headbangeaban en conjunto) convivieron conmigo. Éramos muchas patas bajo el techo de mi casa y fui feliz. Los animales me fascinan. No uso fascinación como sinónimo de gustar, me sorprende y desconcierta lo mucho que mi especie es igual y es distinta a ellos. Es como vivir con extraterrestres, o tal vez con terrícolas si la extraterrestre soy yo. A pesar de eso, de los distintos umwelten, fuimos familia. Lo que queda de esa parte de mi vida ahora es un cementerio animal en el jardín de la casa en la que crecí; la vegetación en esa parte del jardín es particularmente abundante.

El fantasma de lo que le pasó a mi gata himalaya es como el cuervo del cuento de Allan Poe, siempre rondándome. Nunca más. Nunca más vuelvo a dejar atrás a criaturas que están bajo mi cuidado. Al mismo tiempo, además, no concibo no tener criaturas (no humanas) bajo mi cuidado. Cuando llegué a Chile, adopté una gata negra y un gato naranja, los dos huérfanos y abandonados. Con ellos corregí errores que cometí con mis socios anteriores, errores que provenían de buenas intenciones pero sobre todo de la ignorancia.

Por eso estos gatos saltaron el Atlántico conmigo, y la camioneta que los traía finalmente llegó. Ambos gatos son una bolita de amor, pero temí que cuando salieran de sus cajas transportadoras me saltaran encima en protesta por hacerlos cruzar un océano. Eso no pasó. Salieron de sus cajas, se estiraron con pereza, y se frotaron contra mí. Al día siguiente, durmieron profundamente como quien se sabe a salvo en casa.

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En el ADN

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 15 de febrero de 2017.

Una mañana, mi papá salió de la claustrofóbica pieza que compartía con toda su familia en el exilio, y bajó a la calle. En el stand de periódicos y revistas, a la salida del edificio, las portadas reportaban la desoladora noticia de que John Lennon había sido asesinado. Puedo ver esa escena vívidamente como si yo también hubiera bajado a la calle, de la mano de mi papá. En realidad, faltaban algunos años para que yo naciera, en medio de una guerra civil que apenas registré conscientemente pero que, como a mis coetáneos, se les metió bajo la piel.

Ahora, una fría noche de enero de 2017, estaba en una protesta contra Donald Trump y la complicidad del Reino Unido, representado por Theresa May, con sus políticas. La protesta se había organizado esa mañana, y era reconfortante encontrarse con solidaridad hacia inmigrantes y refugiados. Recordé que la población británica tampoco era ajena a las luchas sociopolíticas, como yo bien había aprendido mucho antes de venir a este país gracias a Billy Elliot. Aun así, la experiencia que yo recordaba de estar en una protesta no era la misma de esa noche de enero. Esta no era una queja ni era algo incomprensible: yo estaba en otro tiempo y en otro mundo, y además era otra persona. The people united will never be defeated, para mí, no podía significar lo mismo que el pueblo unido jamás será vencido.

Esa consigna está profundamente enraizada en mi mente, aunque solo asistí a dos o tres marchas cuando vivía en mi país. Mi currículum de desobediente civil es vergonzoso pero agradezco a quienes lucharon por que fuera así. Las protestas del tiempo de mis padres terminaban con francotiradores disparando a las masas; pero igual no había que quedarse en casa. Las mías fueron marchas pacíficas, blanca y roja. La blanca, en solidaridad con los médicos del Seguro Social en huelga (entre ellos, uno de mis hermanos) por el insalubre sistema de salud nacional. La roja, cuando ganó la izquierda en mi país por primera vez en su historia y creímos que eso sería algo bueno. En retrospectiva, una de las cosas más valiosas de esa victoria es la foto de mi primo levantando su puño a un lado de la calle, vistiendo su camiseta del Chapulín Colorado, que era la última camiseta roja que nos quedaba.

La protesta de enero del 2017 me revolvió esos recuerdos, los propios y los vicarios. Me sentí muy lejos de ellos, con una mezcla de alivio y culpa de sobreviviente. Por años desestimé mi apropiación de los recuerdos de mis padres y mis hermanos, eventos que no viví, como un espejismo o un delirio. Hasta que di con un estudio en ratones (hay mucho que decir sobre la experimentación en animales pero hagamos de cuenta que no hay nada que decir). En este estudio, publicado en la revista Nature Neuroscience en el 2014, se reportó que los ratones fueron condicionados para que temieran un olor específico. Más adelante, las crías de estos ratones experimentaban el mismo temor a ese olor, aunque nunca antes habían estado expuestas a él como para asociarlo a algo negativo.

Muy bonita la epigenética en roedores, dirá usted, pero qué tiene que ver eso con las personas. Tiene algo que ver, en términos de lo que se pasa de una generación a otra. Mucha gente está más o menos familiarizada con el trastorno de estrés postraumático. Un grupo más reducido sabe que, en Latinoamérica, ese término se quedaba corto para hablar de los que les pasó a las generaciones de nuestros padres y abuelos, generaciones que chocaron de frente con dictaduras, guerras civiles, represión, tortura, desaparición y desplazamiento forzados, el terror y la desconfianza hacia el prójimo. El psicólogo Ignacio Martín-Baró, en la ebullición del conflicto armado salvadoreño, lo llamó trauma psicosocial. Este trauma no es una aflicción individual, ni en su causa ni en sus consecuencias; no es solo una serie de síntomas psiquiátricos en quien vivió el trauma. El tejido social está roto. No es difícil, al menos en mi país, ver que mi generación y las subsiguientes se sigan enredando entre las hilachas de ese tejido.

En un estudio en Chile, publicado en el 2013 (Faúndez, Brackelaire y Cornejo, por si le aporta), se entrevistó a nietos de víctimas de tortura durante la dictadura de Augusto Pinochet, entre 1973 y 1990. Los resultados de este estudio sugieren el enlace entre los ratones temerosos y mis recuerdos vicarios: la transmisión intergeneracional de las vivencias, incluidas las traumáticas. No es que los contenidos mentales se transfieran de una forma material, sino que la vida psíquica de los recién llegados a este mundo está interrelacionada con la de quienes les preceden. El estudio en Chile reafirmaba que el trauma psicosocial no solo afecta a la generación que lo vive, sino que puede manifestarse por varias generaciones, especialmente cuando las sociedades no han sido capaces de reconocer el terror vivido ni de garantizar justicia.

Yo estaba feliz de participar en la protesta. Bueno, no feliz, porque lo ideal sería que el racismo, el sexismo, la xenofobia, y otros modos de discriminación sistemática desaparecieran y así no hubiera que levantar la voz contra ellos, pero ya ve. Mejor dicho, entonces, yo estaba conforme con mi apersonamiento a la protesta. “Pero no creás por un momento que con esto tu trabajo está hecho”, me dijo una de las festivas pero cautelosas voces en mi cabeza. Si uno va a protestar, que no sea solo por aportar al conteo de cabezas, sino también para cuestionarse seriamente su posición en el mundo, y cómo con esa posición pudo haber contribuido a aquello contra lo que protesta. Esa fue una crítica a la impresionante, esperanzadora y problemática Women’s March que había ocurrido una semana antes en diversas partes del mundo (las fotos del evento “por todo el mundo” generalmente se limitaban a listar ciudades estadounidenses, países de Europa y con suerte alguno de América Latina; también la hubo en lugares tan psicológicamente remotos para nosotros como Tanzania).

La inclusión no se nos da tan fácil. Apenas extendemos nuestro círculo de compasión a un grupo históricamente excluido y aparece otro. En la protesta se abordó, por supuesto, la islamofobia y el racismo. Aprecié el No Ban y el No Wall en solidaridad con los pueblos musulmanes y los mexicanos, respectivamentepero eché en falta mi propio cartel que dijera “entiendo que no toda la gente lo sepa, especialmente estando al otro lado del océano, pero El Muro del que habla Trump no es contra México sino contra América Central”. Contra los refugiados centroamericanos, muchos de ellos niños, que huyen para no ser tragados por la violencia. Es una violencia distinta a la experimentada por las generaciones anteriores, en forma y fondo, pero a todas luces una extensión de ella.

En un texto sobre resistencia intergeneracional, Soraya Membreño, hija de inmigrantes nicaragüenses, escribía sobre un intercambio que tuvo con su abuela septuagenaria. Ellas conversaban sobre la participación de la autora en las protestas recientes en Estados Unidos. Su abuela, que protestó contra el régimen de Somoza, no estaba impresionada: ” No es que esto sea peor, es que ahora es tu turno”.

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