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Extranjera en todos lados

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 7 de diciembre de 2017.

El sentido de pertenencia tambalea cuando toca migrar. Atrás queda el hogar, la familia, los amigos, las experiencias y los lugares que fueron clave para formar la persona que somos. Uno no deja de sentir que pertenece a todo eso, aunque a veces el tiempo de muestras de lo contrario. Mientras uno sale a encontrar un lugar nuevo en el mundo (porque quiere y no porque le obligan, en el caso de los privilegiados), en el lugar antiguo la vida sigue para quienes se quedan. El agujero que uno deja con su partida va cambiando de forma y de tamaño, al punto que a veces uno regresa y descubra que ya no cabe en él.

Digo “uno”, pero no sé si quiero decir “yo”. Mi sentido de pertenencia ha tambaleado siempre, por una razón o por otra. Ha sido una constante en mi vida sentirme fuera de lugar y marinar en la soledad que conlleva esa sensación. Al mismo tiempo, sin embargo, las redes de apoyo tan cuerdas y estables que tuve mientras crecía me prepararon para estar en paz con esas fluctuaciones. De modo que no es una tragedia, esto de sentirme al margen de mis propios grupos sociales, aunque por momentos (y por momentos quiero decir años) se sintiera así.

Mi primer hogar, mi familia nuclear, tiene los tintes de un textbook case de cómo inspirarle un yo sano a una personita. No estoy idealizando, pero dejo en claro que lo negativo queda entre mi terapeuta y yo. Por el lado amable, pienso en la casa en la que crecí y recuerdo la seguridad y comodidad que sentía a diario dentro de ella y con los seres que vivían en ella. Estos seres me hacen mucha falta y siempre hay una parte mía que desea volver a verlos.

Mi colegio fue una extensión de mi casa, aunque no tuviera amigos. Esto es un decir, tenía amigos, pero no pertenecía a ningún grupo y yo era más bien un anexo ocasional de pequeñas cliques. Aquí comencé a sentir que no encajaba del todo. Salvo un par de excepciones, yo no era la primera persona que se le viniera a la mente a nadie cuando le preguntaban por sus mejores amigos. Por temporadas, pasaba sola en los recreos. Habitualmente me sentía invisible e insignificante, aunque tampoco sufrí bullying, alabado sea, pero en esas épocas de juventud y lozanía, no siempre se tienen las mejores herramientas emocionales para comprender y lidiar con el ego herido. Encima de ser socialmente inepta y de creer que tenía una onda cerebral distinta al resto de mis pares, a veces sentía odio, enojo y desdén por ellos. Hasta este día no me explico por qué, fuera de mis delirios secretos de grandeza y superioridad; no me trataban mal, que yo recuerde. De hecho, muchos me trataban de “usted”, bless them; y tampoco me explico por qué.

Con todo y todo, la vorágine de síntomas que me hacían digna de mostrar mi foto en un apartado del DSM-IV (no he visto la versión más reciente, el V) fue cediendo. Mi vida interior tenía buenos cimientos, yo contaba con el apoyo de algunos profesores por quienes hasta este día siento una enorme gratitud, y, a fin de cuentas, estaba un entorno escolar bastante amigable. En retrospectiva, además, me doy cuenta de que andaba pegándomele al grupo de queer kids de mi generación, lo cual me causa satisfacción porque demuestra consistencia en mi vida, aunque en ese tiempo no supiera apreciar lo que ello significaba.

Sabía, entonces, que pertenecía a ciertos grupos sociales, y sabía que se me apreciaba en ellos. Pero no dejaba de sentir que no encajaba del todo. Con la madurez y la disolución de la vida escolar, llegó el distanciamiento objetivo que por fin correspondía a mi vivencia subjetiva de soledad. Con la edad de las redes sociales, además, llegó el dar gracias por ese distanciamiento. Facebook es una manera de leer la mente de las personas, de acceder a sus contenidos mentales más relevantes, y me di cuenta de que algunas de mis relaciones sociales, parientes o amigos, eran más agradables cuando no sabía qué pensaban con respecto a ciertos temas.

Mi constante siguió siendo pertenecer sin pertenecer. O más bien pertenecer a un archipiélago que a un continente, mis amistades eran pequeñas islas con poca o nula conexión entre ellas salvo yo. Cuando llegué a la adultez, me di cuenta de la colección de amigos que había hecho en distintos contextos y de cómo rara vez se conocían entre ellos. Ocasionalmente los presentaba unos con otros, pero la cúspide de esta colección sin ton ni son fue la incómoda celebración de mi cumpleaños, en la que invité a mi colección de amigos que poco tenían en común unos con otros. No más intenté juntar mis pequeños círculos. Imaginé que esta sería la clase de problemas logísticos que uno enfrentaría liderando el Arca de Noé, con tantas especies distintas en un solo espacio. No se me malinterprete, amo a mis amigos y doy fe de que forman, en mi vida, un bonito mosaico de gustos, personalidades y cosas que aprender de ellos. Es solo que me acuerdo lo que me dijo uno de estos amigos queridos: “uno es el promedio de sus amigos”. Soy un tanto fragmentada, entre otras cosas.

Con esta pulsante sensación de no encajar, no solo entre mis círculos sociales inmediatos sino en un país abiertamente misántropo, estaba preparada para mudarme a otro lado. Me rompió el corazón dejar atrás a mi familia, y a mis amistades que habían madurado hermosamente con los años. La distancia y el paso del tiempo me confirmaron que yo ya no cabría en ese agujero que había dejado atrás, y en realidad no estaba del todo segura de querer caber. Estaba bien sin lidiar con un país misántropo, pero también mi condición de extranjera dejó de ser una mera subjetividad. Mi acento, mis gustos, mis conocimientos, mi temperatura corporal, todo gritaba que yo no pertenecía al sur del continente americano. Pero me aceptaron en él, como mucha gente antes me aceptó en sus círculos como miembro honorario. Logré un nuevo hogar, uno lejos de mi primer hogar.

Para cuando llegué a Inglaterra, no me preocupaba encajar o no. Por supuesto, a estas alturas también estoy consciente de que ese sentido del yo proviene de una vida de privilegios, de contar con los recursos materiales básicos y con suficiente apoyo emocional. Pienso en quienes no tienen casa, familia, un techo sobre su cabeza, sobre todo ahora que vienen las fiestas y ahora que viene el invierno.

Mi sentido de pertenencia se mantiene, y ahora que le pongo atención lo entiendo mejor. Dentro de todo, he tenido mucha, mucha suerte, entre estar en paz con mis rasgos de outcast (como dice la intelectual frase que leí alguna vez: “wherever you go, there you are”) y encontrar en mi camino nuevas personas que hacen crecer mi mosaico. Estoy bien con mi –figurativa– onda cerebral divergente y mi condición objetiva de extranjera. Reconozco que sí quepo en muchos círculos, aunque siempre tenga que contorsionarme un poco para ello.

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Protocolos para socializar

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 23 de noviembre de 2017.

Las voces en mi cabeza no se ponen de acuerdo en este tema. En Inglaterra, uno le pasa de largo a la gente y la gente le pasa de largo a uno. Estoy segura de que no es por ser mala onda y no hay que tomárselo personal, pero este trato (o no-trato) resulta más confuso cuando proviene de gente que conozco. La explicación más sencilla es que la persona no me vio mientras cruzábamos caminos, o solo vio una sombra irreconocible por el rabillo del ojo. Aprecio la energía psíquica que ahorro al no tener que interactuar con casual acquaintances, pero todavía no entiendo si estas se pasan de largo entre sí con o sin intención.

Estas convenciones sociales de mantener la distancia parecen hechas a la medida para alguien como yo. No me desagrada la gente, no siempre, pero en mis interacciones sociales apunto al mínimo esfuerzo. Mis días en la oficina están salpicados de momentos con silencios incómodos cuando encuentro colegas en la cocina o en los pasillos. “You a’right?”, “Not too bad, you?”, fin. La amabilidad nunca falta, pero aquí es donde meten su cuchara las voces en mi cabeza, las que me dicen que evada esos silencios incómodos preguntando cómo va la investigación (el “hablemos sobre el clima” de los estudiantes de doctorado) y otras nimiedades. Finalmente arruino esa deliberada brevedad con conversaciones forzadas que no van a ningún lado.

Estas interacciones mínimas contrastan con las de mi entorno natal, donde la gente siempre está pendiente de los demás. Era cotidianidad ver venir la charla casual, o el sentir en la nuca la mirada de otros, ese gesto a veces maleducado de que alguien se me queda viendo porque algo en mí le llama la atención. Hablo de comportamientos culturalmente compartidos más que de cualquier cualidad que yo pueda o no tener; yo soy una persona horriblemente promedio sin mayores señas particulares. Podría achacar estos comportamientos al carácter colectivista de mi cultura, que a veces es reconfortante y otras veces, invasivo y demandante. Estar viendo para otro lado, estar pensando en otras cosas y por eso pasarle a alguien de largo es aquí la norma, mientras que en mi entorno natal es un paso en falso, un fallo en la vida pública:  uno no es distraído, sino un engreído que no saluda a los amigos y quién se cree que es para ignorarme.

Crecer en un entorno así he dejado secuelas en mí, pero venir a un país donde las demandas de interacción social son menores, en cantidad y calidad, también me causan cortocircuito. Uno de estos días, en la parada de bus, veía al suelo, keeping to myself y oyendo música, cuando una mano sacudiéndose frente a mi cara llamó mi atención: “Hey” escuché. Un colega del doctorado, de reciente ingreso a mi pokédex de amistades, me saludaba sin detenerse en su marcha. “Hey”, le respondí con una sonrisa, sorprendida de que ya hubiéramos alcanzado un nivel social en el que podíamos no pasarnos de largo. Mientras le respondía, noté a otro colega del doctorado que venía en mi dirección, cuya forma de ver el mundo me despierta un arranque de reflujo. Afortunadamente, él pasó de largo sin notarme (o fingiendo que no lo hacía, no lo sé). Mientras lo vi alejarse, me di cuenta con horror de que mi supervisor del doctorado se estaba subiendo al bus que acababa de estacionarse frente a mí. Solo lo vi de espaldas y no sé cuánto tiempo él y yo estuvimos a un par de metros, y si él habrá reparado en mi presencia, y si creyó que, y si, y si.

Aun entre amigos de culturas similares hemos modificado nuestras maneras de saludarnos y despedirnos; ya no es un beso en la mejilla sino una sacudida de manos. Un amigo del doctorado, recién llegado de Filipinas, todavía me saluda con un beso en la mejilla cuando nos vemos en la universidad; compárese con otros colegas con quienes intercambiamos una mirada para asegurarnos que nos conocemos y luego volteamos para no hablarnos (a veces intento esbozar una sonrisa, pero termina siendo invisible para mi contraparte). Una colega británica me preguntó con curiosidad por qué este amigo me daba un beso al saludarme. Supongo que además le confundía conocer a mi pareja y nunca haberme visto concediéndole el mismo trato que a mi amigo. Le expliqué a mi colega que era una costumbre de nuestras culturas. Casi le digo que, además, “it’s OK because we’re both queer”, pero esa es una capa de interseccionalidad que queda para otro día.

Pero no es el entorno social, propio o ajeno, el problema; soy yo. Y está bien, me perdono. Acepto que toda mi vida le he huido a contestar el teléfono, y tomo caminos innecesariamente largos porque me cuesta pedirle cosas a la gente: una dirección, una respuesta, un favor, una pizza; agradezco la tecnología actual que permite que muchos servicios puedan solicitarse en línea. Estoy consciente de que soy una persona con una timidez incapacitante. En mi primer trabajo de investigación, me encajaron la tarea de llamar a estudiantes universitarios para pedirles que respondieran una encuesta, y no una vez, si no tres veces al año, por tres años. En esta tarea coincidieron varias cosas que detesto: llamar por teléfono a personas desconocidas, pedirles algo a cambio de nada (o de registrarlos para una rifa de gift cards, que tampoco siento que sea mucho), solicitar su atención y sostener su atención. Duré en esa faena alrededor de una semana. La asertividad tampoco es mi fuerte, así que no fue que me retiré informando abiertamente mi aflicción. Pasó que, mientras hacía llamadas una mañana, me dio un fuerte dolor de cabeza, y me asaltó un creciente y atroz vértigo que me mantuvo postrada por dos semanas. “Eso es una exageración”, dirá como usted, como dije yo entre lágrimas a la semana y media de estar mareada, después de ver a varios doctores, revisarme el oído medio y tomar medicamentos, sin que nada disminuyera mi vertiginosa miseria. Le pagué a alguien para que hiciera las llamadas por mí y eventualmente volví a la normalidad.

He crecido como persona desde entonces, alabado sea, aunque sigo huyéndole a hablar por teléfono con desconocidos, sobre todo los que hablan una lengua que no es la mía. Al menos hoy llevo una vida en la que quienes me llaman por teléfono son mi flatmate chileno, una o dos personas de confianza, y gente que me quiere estafar. Esto de las interacciones sociales es un aprendizaje que nunca termina, y por eso decidí ir a un taller, Networking for the nervous (¡!). Terminé escogiendo a la peor persona con quien hablar, quien respondía a mis preguntas con voz inaudible y viendo al infinito como si yo no estuviera ahí. Me dije que acercarme a hablar con ella había sido un error, pero una de las voces en mi cabeza señaló que, justamente, me le acerqué porque todos la ignoraban (sí, pronto entendí por qué). Mis voces no se ponían de acuerdo si yo hice esto porque era noble o solo incapaz de escoger mis batallas.

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Ciudad de acero

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 9 de noviembre de 2017.

La ciudad en la que vivo, me enteré hace poco, se considera una “sticky city”: un lugar al que uno llega y del que ya no se va. Me enteré del término por el profesor de un curso que yo llevaba en la universidad. Es difícil despegarse de esta ciudad, es lo que él quiso decir, y contaba que él era un ejemplo de esa tendencia. Pude haberme levantado para darle un abrazo frente al resto de la clase cuando escuché su comentario, porque supo articular y validar una bonita sensación que me corroe por dentro. Con frecuencia expreso, apuntando al cielo, que me gustaría quedarme a vivir en esta ciudad. Estoy consciente de que, si hay alguien en el cielo, este ser tiene prioridades aparte de mis preocupaciones migratorias. Estoy consciente de que la vida que llevo actualmente tiene fecha de expiración.

Unas semanas atrás, tuve una velada que fue la encarnación del espíritu de esta ciudad. La velada comenzó cuando el sol todavía brillaba, en un festival de cerveza y sidra para celebrar el cumpleaños de un amigo. El festival era en una antigua zona industrial de la ciudad, una especie de isla artificial construida para que el río local mantuviera andando los talleres. Como es mi estilo, me emborraché con half a pint de sidra. Después caminé hasta la estación del tram bajo la lluvia para ir a ver jugar a los Steelers, el equipo de hockey sobre hielo de la ciudad, con amigos del doctorado (a estas alturas de la vida, esto de “dedicar mi vida al estudio” me parece una excusa, elaborada a espaldas de mi conciencia por la faceta más escurridiza de mi yo, para hacer otras cosas).

Mi entusiasmo por ver este partido era inaudito. Los deportes no podrían importarme menos. A veces pienso que pude haber llegado lejos si me hubiera tomado en serio mis entrenos de natación. Fuera de eso, me uní a un equipo femenino de basquetbol en mi segundo año de bachillerato (el último año de colegio en mi país), y lo que me emocionaba de eso era que mi camisa tenía el número 00, y que el equipo masculino, el de mis compañeros de curso, se llamaba Los rollos de papel higiénico. Con el tiempo reconocí que lo único que me atrae de los deportes es observar los comportamientos de los grupos en contienda y, más que los competidores y sus equipos, sus seguidores.

Era extraño encontrarme anticipando un partido, pero heme ahí, esa noche, con boleto en mano. Una compañera del doctorado logró emocionarnos, el hockey en hielo sonaba divertido. Lo primero que se me venía a la mente al pensar en hockey era la esperanza de ver peleas entre los jugadores, que también sonaba atractivo. Pensé en tomar notas durante el partido, para esta columna y para un segundo doctorado que siga retrasando mi inserción en la sociedad, pero sucumbí a la conformidad social. Imposible no hacerlo, soy mi propio objeto de estudio. Los jugadores, aparte de ser very easy on the eyes, se deslizaban por el hielo como criaturas celestiales. Los cánticos de los aficionados eran contagiosos. Los goles ocurrían demasiado rápido. En la kiss cam, una abuelita besó a un abuelito, y después a otra abuelita (you go, girl!). La mascota del equipo local era un hombre bigotón, del que no pude averiguar si era un trabajador del acero o un minero, aunque me inclinaba a que era lo primero. Hubo una rifa de más de mil libras y un concurso de no sé qué. Nadie se agarró a golpes con nadie, pero quizás eso es lo mejor. Los Steelers ganaron. Casi podría decir “ganamos”.

Párrafo parentético: me parece hermoso cómo los jugadores se deslizan sobre el hielo. Excluyendo las tensiones propias del partido, verlos patinando me resultaba divinamente plácido, tan plácido que me llevó casi media hora recordar que yo también una vez patiné sobre hielo. Duré diez minutos en la pista hasta que me resbalé y me quebré el coxis, lo cual desestabilizó mi calidad de vida y mi suelo pélvico para siempre. Fin del paréntesis.

Después del partido, mis amiguitos y yo rompimos la racha británica y nos fuimos a comer a una cadena gringa de comida rápida. Después, tomamos el tram de regreso al centro de la ciudad, bien entrada la noche. En las noches de fin de semana, el centro de la ciudad es un gigantesco antro al aire libre, plagado de jaurías humanas que despliegan distintos grados de prosperidad etílica. No es agradable estar a las diez de la noche en medio de un ambiente así, esperando el bus que pasará en veinticinco minutos más, pero viniendo del país que vengo, hasta esa parada de buses solitaria y oscura frente a la catedral resulta reconfortante.

Pienso mucho en esa sensación de seguridad que siento viviendo aquí. Puede que sea una ilusión. Digo, lo es, lo sé. Apenas comencé a seguir los periódicos locales, conocí el lado de la ciudad que queda fuera de mi burbuja. Esto no quiere decir que idealizaba la ciudad (bueno, un poquito), o que no estuviera consciente de que puedo ser víctima de un crimen en algún momento; pero uno no puede evitar convertir la moneda extranjera a la propia, no puedo evitar comparar. Las noches en las que me encuentro fuera de casa, tengo en mente lo más reciente que leí sobre delitos cometidos y quizás apresure el paso. Aun así, siempre cargo ese dejo de felicidad al recorrer diariamente las calles que conozco, y al explorar nuevas ocasionalmente.

No son solo los espacios públicos los que me alegran, también está mi vida social. Me llevó mucho tiempo aprender a socializar en este país, y esta frase todavía es bastante optimista; mi personalidad hiper-autocrítica no me deja desenvolverme fácilmente en las interacciones más mundanas, ni en inglés ni en español. En todo caso, he hecho avances, y mi memoria se va llenando de rostros conocidos y de rutinas de terceros que se traslapan con la mía. Está la ancianita en la parada de buses por mi casa que espera el bus de las 9:30 am, o los estudiantes que se bajan en paradas que quedan en mi camino a la universidad. Están las personas de los cafés cerca de la oficina, los vendedores de la Big Issue North, y la gente que pasa sus días en la calle. Además, voy a ciertos eventos y reconozco caras de eventos anteriores. Camino por la oficina y saludo gente y gente me saluda.

Nada de lo que menciono se refiere a eventos fuera de lo común, toda la gente se encuentra con gente todos los días. Pero para mí significa mucho. Diariamente, apenas abro la boca, recuerdo mi condición de outsider, pero este lugar se caracteriza por recibir a outsiders con los brazos abiertos (más o menos; a veces), y eso, por ende, me hace sentir que pertenezco aquí. Siento la stickiness de la ciudad, el magnetismo, la sonrisa que deslumbra a pesar de sus dientes torcidos. Vivo con la tentación de llamar a esta ciudad mi ciudad, quiero hacerlo, pero temo el desconsuelo cuando llegue la hora de despegarme.

Imágenes, Jue!, Tongue-in-cheek

Handsome devil

Destáquese a Jesucristo por su atractivo físico, amén de su elocuencia, bondad y poca paciencia para aguantar changonetas. No sería difícil creer que su estilo de vida y genes celestiales contribuyeron a su óptimo rendimiento corporal y hasta a una cabellera ondulada y sedosa.

Otros aspectos del envase mundano de Yísus, como su gran estatura, su piel blanca con una pizca de bronce, su musculatura cincelada y su occidental rostro dejarían más espacio para cuestionamientos. Pero hay que ponerse en los zapatos (o en las sandalias) de sus seguidores, atareados con encandilar más adeptos al Hijo de Dios mientras La Competencia venía con furia y sensual:

The Lucifer of Liège, Guillaume Geefs -By I, Luc Viatour, CC BY-SA 3.0,
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Alba Yesenia Eguizabal, del PDC

Ex360

En octubre del año 2015, un grupo de jóvenes de Santa Catarina Masahuat (Sonsonate) apoyados por la Fundación Maquilishuatl y Progressio, empezaron a construir con técnicas eco-amigables un espacio para su formación. El grupo se llama MIJUDEM, Mesa Integral Juvenil para el Desarrollo Municipal. Además de construir el espacio exclusivamente para ellos, también construyeron una zona de juegos para toda la comunidad, con énfasis en los niños.

Tres grupos de voluntarias y voluntarios británicos trabajaron de la mano con jóvenes de la zona para construir este lugar junto al salón de usos múltiples.

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Incluso el Embajador de Reino Unido visitó la zona para conocer el trabajo en el que habían estado involucrados los jóvenes (que fue financiado en parte por contribuyentes ingleses).

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La alcaldesa Alba Yesenia Eguizabal firmó y selló el 6 de julio de 2016 una carta donde se comprometía a “cuidar las obras y velar por…

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El comité

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 26 de octubre de 2017.

Reviso el calendario y me parece increíble que haya pasado un año desde que me uní al comité. Ha sido una experiencia sumamente gratificante, aunque mi involucramiento iniciara por una situación que en mi país archivaríamos bajo la etiqueta: “yo pasando iba”.

Porque soy una señora que cuenta lo mismo una y otra vez, repetiré parte de una historia que ya conté: hace un año, la Sociedad de Posgrado de mi departamento en la universidad convocó a sus elecciones anuales. En ese entonces, el departamento acababa mudarse a un nuevo edificio. Yo solo fui a la elección para pedir que volviera el coffee morning que solía organizarse, en el antiguo edificio, cada quince días (gracias al coffee morning aprendí la palabra “fortnight”, que no deja de sonarme terriblemente específica). Entré a la reunión de votación y no había mucha gente aparte de los miembros del comité saliente. Estuve tentada a irme, pero ya todos me habían visto entrar.

Para ahorrarme el cuento, que de todos modos está borroso en mi memoria, terminé nominándome a mí misma para secretaria. No pude soportar ver la casi nula presencia de candidatos y, sí, seguía pensando en el coffee morning. Podía hacerme cargo de eso y, además, ya era hora de que socializara más con compañeritos del doctorado. En ese tiempo cumplía un año en Inglaterra y apenas me desviaba de mi ruta casa-oficina y viceversa, y apenas salía de mi círculo social de inmigrantes. Fue un año bastante cómodo, pero seguro mi experiencia inglesa podría abarcar mucho más que eso.

El paquete informativo sobre mi rol de secretaria listaba tareas y beneficios. Skills de esto y lo otro, se verá bien en tu CV. Yo fui secretaria una vez, en mi país, en un entorno más formal y “adulto”, en una organización no gubernamental. Mi cargo se llamaba “asistente ejecutiva”,  secretaria en clave elegante, y estuve en él dos años. Detestaba contestar el teléfono y el imaginario social de subordinación asociado a este trabajo; más bien, el mundo avanza gracias a las secretarias. Yo resulté ser una muy eficiente, aunque no quería serlo para siempre. Según mi CV, estaba sobrecalificada y era poco idónea para el puesto, aunque esto no quiere decir que no aprendí nada. Esta ONG trabajaba con personas que adquirieron discapacidades a raíz de la guerra en mi país, y casi todos sus empleados, incluyendo mi jefe, eran de esas personas. Lo mejor que alguien como yo, con sus miembros intactos y sin trastorno de estrés postraumático, podía hacer en un entorno así era guardar silencio y escuchar. Aprendí una barbaridad. Saber cómo llevar una agenda de reunión fue lo de menos.

Con esta experiencia a cuestas, aunque en un entorno radicalmente distinto, comencé como secretaria de la Sociedad. Mientras no tuviera que contestar ningún teléfono o negociar sponsorships con gente desconocida, estaría bien. Pero los primeros meses del comité, no estuvimos muy bien. La presidenta electa resultó ser una presidenta inexistente. Organizábamos actividades y eventos que atraían a las mismas tres o cuatro caras. Bless them por apoyar, pero con ese nivel de convocatoria bien pudimos no haber existido. Por el lado amable, reinstauramos el coffee morning, y eso y la salida al pub cada primer viernes del mes atraían estudiantes y hasta gente del staff.

Una de mis tareas era encargarme del boletín mensual del departamento. Creí que eso implicaba que debía armarlo con insumos que recibiera de otros, pero terminé preparándolo yo sola. Me moría de nervios por equivocarme en algún dato o escribir mal alguna palabra y pensar que eso lo leería mucha gente. Pronto me convencí de que nadie leía el boletín, y traté de hacerlo más atractivo con contenido adicional fuera de los eventos del mes (que no eran muchos). Mi retroalimentación al respecto fue sobre una caricatura, dos estudiantes escribieron diciendo que contribuía a estereotipos sobre cierto trastorno mental. Me disculpé por la falta de criterio, y el error me desanimó a seguir el boletín. Pero seguí, y se me ocurrió escribir sobre una lista de psicólogos eminentes contemporáneos, publicada en un journal años atrás. Cada mes, escribía sobre una de las mujeres en esa lista (que eran muy pocas, ese era el underlying commentary).

Todo mejoró en la Sociedad cuando la presidenta inexistente abandonó el rol y el vicepresidente tomó su lugar. El comité comenzó a moverse más. Resultamos ser un equipo maravilloso, brilliant, cada quien hacía su parte y la hacía bien. Yo, además, agradecía que mi tarea fundamental era mantener la comunicación dentro del comité sin tener que dirigirle la palabra a nadie fuera de él. Nuestras reuniones fortnightly(!) pasaron a agendarse a las 10 de la mañana en un café a una cuadra abajo del departamento, donde venden el café a una libra antes de las 10 de la mañana. No hace falta decir que este comité resultó ser bastante puntual, llegando incluso antes de la hora de la reunión. En ese café, además, tengo un crush de esos que duelen, con un barista, pero no tengo nada que ofrecerle más que las gracias cuando me entrega mi taza.

No importa que ser parte del comité enchule mi CV (de hecho, no creo que resulte relevante). Tampoco creo que ello me dio nuevas habilidades, porque yo ya era bastante competente y organizada. Lo importante es que logré mi objetivo de salir de mi zona de confort social. Empezando por entablar lazos de trabajo y amistad con los colegas del comité, británicos y extranjeros, pasando por dirigirme a esas audiencias invisibles que eran las mailing lists del departamento, hasta llegar a los eventos sociales y académicos que organizamos.

Los últimos meses fueron los mejores. Ventas de pastelería para recaudar fondos, caminatas en el Peak District, seminarios de investigación seguido de una recepción, eventos para concientizar sobre algún fenómeno. Y de repente se acercaba el término de este comité; algunos miembros se graduaron y se fueron antes de tiempo. En un último gesto sentimental, hice un year-in-review para el último boletín, en el que el comité se despedía y agradecía a estudiantes y staff. El día después de enviar el boletín, encontré un correo de respuesta: un profesor que admiro (sobre quien ya conté la historia de cómo fracasé estrepitosamente en una clase suya) dijo que estaba impresionado por todo lo que este comité había hecho, y que disfrutó la serie de psicólogas eminentes, eran un gran recurso. Quise responderle: ¡Yo escribí esa serie, a mí se me ocurrió, no soy tan bruta como parecía en su clase, honest! Pero no iba a perder el decoro y solo le agradecí sus palabras, agregando que ojalá el próximo comité continuara con ese trabajo.

Semejante reconocimiento me hizo reconsiderar postularme para seguir un año más como secretaria. Pero tuve que aceptar que llegó la hora de aprender una última lección en este comité: soltar. Irse. Continuar con la vida. Tengo otras tareas que demandan mi atención, y solo queda pasar la batuta y la confianza al nuevo comité. Preparé mi material para el traspaso, y mi consejo número uno fue que celebraran sus reuniones en el café de la esquina antes de las 10 de la mañana.

Jue!, Psicología, Qué ondas aquí

Mostrame cómo se ve la valentía

Asombro. Esta palabra me aburre. Achaco mi desgano al libro ganador de un certamen, el cual leí porque quería saber qué se necesitaba para uno mismo lograr semejante aberración. La palabra aparecía una y otra vez como reacción a observar el cielo nocturno y a otras cosas que en los primeros capítulos del libro dejaron de importarme. A ver, sí: observar el cielo nocturno, en lo personal, me causa asombro. Pero qué superficial suena.

Soy incapaz de describir con justicia la inflamación existencial en el pecho cuando uno ve algo bonito, pero la palabra en cuestión, en sus formas sustantivas y adjetivales, me pareció un atajo que privaba de la vista panorámica. Esta aversión se mantiene en mi lista de palabras, expresiones y hábitos que me recomiendo evitar al escribir. La lista incluye “cómplice/complicidad”, que por estar escupiendo al cielo no logré evitar una vez, pero tengo una nota de mis guardianes legales para explicarlo; “la santa/regalada gana” y sus variaciones; y el uso de adjetivos que arrebaten de las manos el esfuerzo de imaginar lo que está pasando con el personaje.

Bajo este último criterio, uno de los primeros puestos en la lista lo ocupa la palabra “envalentonado”. Una vez la escribí, en medio de dos comas al igual que esta aclaración, y cuando leí la frase completa sobre un evento supuestamente emocionante, bostecé. Borré la palabra y opté por describir el comportamiento sin calificativos, tal vez porque soy conductista de corazón (aunque para conductistas ortodoxos esta oración es risible). Soy un fracaso pero defiendo mi rigurosidad.