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Archivo de la categoría: Psicología

Sentimiento y acontecimiento.

Sírvase aplicarlo a varias esquinas del contexto salvadoreño:

Recuerdo cuando Enrique Peña Nieto habló sobre Ayotzinapa y nos recomendó “seguir adelante” y “superar el momento de dolor” (citado por Vargas, 2014, p. 3).

[…] Ayotzinapa tan sólo sería un estado mental, un dolor, y como tal, podríamos y quizá también deberíamos deshacernos de él, superarlo, extraerlo de nuestra cabeza. Es lo que el expresidente Vicente Fox, con vocación de psicólogo, les ha recomendado a las madres de los 43 de Ayotzinapa, diciéndoles que “no pueden vivir eternamente con ese problema en su cabeza” (citado por Calvo Aguilar, 2015, párr. 2). ¡Pero el problema es precisamente que el problema no está en la cabeza!

¡La desaparición de los 43 no tuvo lugar en las cabezas de sus madres! No es en esas cabezas, en sus laberintos mentales y circunvoluciones cerebrales, en donde hay que buscar a los desaparecidos. No están ahí. Tampoco están ahí los muertos ni el desollado ni el tiradero de Cocula ni el Cártel de Los Pinos ni Peña Nieto ni los policías federales ni los demás presuntos asesinos. Todo esto no es un delirio ni una pesadilla. Es una realidad y se encuentra fuera de la cabeza de las madres de los 43.

[…] Aquello a lo que me refiero es algo que no puede formularse ni explicarse con facilidad mediante los recursos conceptuales de los que disponemos en el campo disciplinario psicológico. Ayotzinapa es lo que no se deja ni decir ni sentir, ni pensar ni olvidar, ni aceptar ni superar. Es aquello por lo que definitivamente no importa si estamos bien o somos felices. Es aquello insuperable del sujeto al que ofenderemos al pretender que puede superarlo. Es el dolor que intentamos aliviar y que mejor deberíamos respetar. Es aquello por lo cual ciertos duelos no deben terminar. Es aquello por lo que todos tenemos algo de melancólicos.

[…] Pero Ayotzinapa es también algo que no requiere curación individual, terapia o análisis, diván o consultorio, medicina o tratamiento clínico de cualquier otro orden, sino que exige combate por lo incurable, reconocimiento social del sufrimiento, acompañamiento en la protesta, movilización y manifestación, calle y barricada, organización colectiva y lucha social, memoria y constancia, perseverancia y esperanza, y sólo en el horizonte, al final de todo, siempre más allá, como única solución, la justicia y la verdad.

Ayotzinapa en la psicología: del sentimiento momentáneo al acontecimiento histórico
David Pavón-Cuellar

 

La rata Gonzala.

Cuando era un fracaso de pre-adolescente, llegué con mi familia a una cabaña. Durante la inspección del lugar, escuché que en una de las habitaciones había una rata con sus crías. Uno de mis hermanos la bautizó como La Rata Gonzala, y lo último que supe de ella fue que alguien había echado a sus crías por el inodoro. La piel se me erizó, y el estómago se me contrajo como si le hubiesen dado un puñetazo. Todavía hoy me siento culpable, en nombre de mis congéneres.

Años antes, o quizás años después de ese episodio -quién recuerda a estas alturas-, otro de mis hermanos llevó un ratón blanco a la casa. Él estaba estudiando psicología (ve que viene de familia) y el animalito era para ponerlo en una caja de Skinner y aprender sobre conductismo, que es una de las cosas más geniales de este mundo si uno lo aprende como se debe; y si no abusa de sus sujetos. Pero, en ese momento, cualquier explicación que mi hermano me hubiera dado sobre el ratoncito me entró por un oído y me salió por el otro. Lo único importante era que había un programa llamado Los Motorratones de Marte y que esta criaturita se parecía a uno de ellos. Yo era entonces una niña muy urgida por tener una mascota, un mamífero; tenía un perico pero él detestaba a la gente y con razón…se le pasó cuando lo sacamos de la jaula, ya ve. Hablando de eso, abrí la jaula para acariciar al ratón y me mordió el dedo.

Científicos del comportamiento han cuestionado el grado en que los animales no humanos tienen la capacidad de participar en la reciprocidad sin ser explotados por “tramposos” que se aprovechan de su amabilidad. Parece que esto es cognitivamente demandante, en términos de reunir los recuerdos de quién hizo qué y juzgar cómo responder. Los resultados recientes de Dolivo y Taborsky muestran que las ratas pueden recordar la calidad de la ayuda prestada y por cuál rata, y ajustar su comportamiento posterior con el fin de invertir más tiempo y energía en ayudar a aquellos que les ayudaron.

Estudio comportamental muestra que las ratas saben cómo pagar un favor

El conductismo, por cierto, se preocupa por la continuidad conductual entre especies. Sobre la empatía en mamíferos:

Un experimento que prueba si la empatía puede generar comportamiento en ratas ha encontrado que, cuando una rata seca observa a otra, atrapada en una cámara húmeda, la liberará de su jaula. No sólo estas ratas están dispuestas a ayudar a los demás, lo hacen más rápido si ellas mismas han sufrido anteriormente un remojo.

Memorias desagradables impulsan a ratas de laboratorio a rescatar compañeras empapadas más rápido

A veces hasta escogen la amistad por encima del chocolate, que es más de lo que se puede decir sobre algunas personas. O, mejor aun, primero salvan a su amigo y después comparten el chocolate.

Como chiste intradisciplinario, históricamente a la psicología se le ha criticado que las generalizaciones y búsqueda de principios universales parten realmente de un único grupo poblacional que ni por cerca es representativo: hombres jóvenes occidentales de raza blanca (oiga, y el concepto de “raza” ya está obsoleto, pero para seguir con la idea). En el discurso predominante en psicología, los sujetos son blancos, los investigadores son blancos, los pares evaluadores son blancos y…

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….hasta las ratas son blancas.

Sirva esta entrada para recordar a Gonzala y a todas las Gonzalas del mundo. No más ratoncitos neonatos lanzados al inodoro, y sí a su protección y mejora de condiciones laborales como entes de laboratorio porque ni modo, siguen siendo tal cosa; en psicología les debemos una barbaridad. Hágales el favor de evitar causarles daño a estos roedores cuando se encuentre con alguno. A lo mejor se lo pagan compartiendo un chocolate con usted.

 

“Un hombre no puede ser feminista”.

A veces escucho que un hombre no puede ser feminista. Bajo la misma lógica, habría que decir que una mujer no puede ser machista. Al contrario, es de las cosas que más les gusta destacar a algunas personas cuando se busca señalar culpables en el tema de género.

Décadas y décadas de estudios sobre el sexismo ambivalente empaquetadas en un doloroso estado de Facebook.

Una manera de pensar, cualquier manera de ver y de proyectar el mundo, no se vincula inherente y mágicamente a una condición biológica-sexual. Uno, como parte de una categoría social, puede tener valores y principios compartidos con otros grupos sociales, aunque las vivencias no sean las mismas. Sobre todo cuando resulta que estos valores y principios también le afectan y le conciernen directamente. Y en este caso, si uno quiere, puede.

 

Aprendizajes a partir de lo innombrable.

La palabra con la que llamamos a algo tiene poder. Mate un hombre, por ejemplo, y 12 jurados le llamarán asesino. Mate un millón y sus compatriotas pueden llamarle líder.

Poniéndole nombre a la peor cosa imaginable

En 1994 ocurrió el genocidio de Ruanda, la búsqueda de la aniquilación total de los tutsis por partes de los hutus. Fue una masacre de un millón de personas. Líderes políticos alentaron al asesinato entre vecinos, literalmente; ambos grupos vivían en los mismos lugares y ser de uno de otro no implicaba ninguna característica visible. El término genocidio surgió en 1943, gracias a Raphael Lemkin, poco después de que había ocurrido uno, aunque no sería el primero ni el último (por cierto, el año pasado, la Radio Mil Colinas, la misma que alentó a las matanzas en Ruanda, llamó a la “limpieza étnica” en Sudán del Sur. Y hubo gente que escuchó. Llame usted a alguien “cucaracha” y el resto es cuesta abajo).

El asunto es que el accionar de Ruanda tras el genocidio es ejemplar, con una serie de lecciones para dar respuestas justas a esta clase de crímenes, a las que ciertos países deberían estar poniendo atención. En primer lugar, llevaron a juicio a los responsables. Llevaron a juicio a los responsables, dije. Pero eran demasiados y el sistema de justicia colapsaba, al punto que hubiera llevado generaciones el presentar ante la justicia a todos los sospechosos. Además, ese fue sólo el primer paso para reparar las relaciones sociales.

Las sanciones punitivas van de la mano con las restaurativas. Entre vecinos, los perpetradores debían pagar a sus víctimas si hubo daño de propiedad, o realizar servicio comunitario, y sobre todo, debían pedir perdón. Puede que este sistema de justicia basado en la comunidad tenga limitaciones importantes pero, con todo, se hizo justicia. Para el 2013, se esperaba que Ruanda lograra cumplir las Metas de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas, que en otras palabras significa que no son cualquier cincueyuca.

No todas las historias terminan mal en Ruanda. Surcar el país de las mil colinas es encontrar una sucesión de relatos increíbles sobre cómo un pueblo fue capaz de lamerse las heridas tras una degollina sin precedentes: cuentan que hay un equipo ciclista, el Team Rwanda, que ha unido las fuerzas de hutus y tutsis y que hoy es el mejor de África. Cuentan que la emisora nacional, heredera de la radio Mil Colinas, cómplice de la difusión de la ideología genocida, ofrece hoy una exitosa radionovela que basa su argumento en el perdón y el diálogo. Cuentan que, en 1994 un asesino hutu entró en casa de una mujer tutsi en Kigali, la hirió de un machetazo en la pierna y mató a su marido y a su hijo. Años después, cuando salió de la cárcel, pasó por aquella casa de barro para pedir perdón, vio a la viuda casi inválida, se apiadó de ella y comenzó a cuidarla. Poco después se enamoraron y hoy son marido y mujer. Y también nos cuentan que hay un matrimonio formado por la hija de un genocida y el hijo del hombre al que mató. Estos últimos nos invitan a su casa para conocer su experiencia.

Lo que el amor unió ya no lo separa el machete

Si uno no habla de esto, o si trata de disminuirse la importancia de estos crímenes, o justificar que se hayan cometido, la memoria se altera. No, en serio: justificar atrocidades altera la memoria. Por eso no es extraño que el pobrecito Sigifredo Ochoa Pérez, criminal de guerra, diga “yo no recuerdo ninguna masacre” y posiblemente se la crea. Qué desgracia no tener conciencia de los propios actos. Pero para eso están los procesos de justicia, los poquísimos-casi nulos que hay pero que hay al fin: para confirmarle que, en efecto, él estuvo involucrado en masacres.

Antes de Ruanda, Guatemala, Alemania, y otros que quizás ni usted ni yo conocemos, hubo otros genocidios y holocaustos. En abril se conmemoró los 100 años del genocidio armenio, con 1.5 millones de personas asesinadas:

El brutal traslado de la población armenia a los campos de concentración, su ubicación en una zona desértica y el desarrollo de la Primera Guerra Mundial, ayudó a crear el momento propicio para su eliminación física. Aunque los historiadores turcos rebaten las cifras, se calcula que murió un millón y medio de armenios residentes en el Imperio, de un total de dos millones. También fue destruido el 95% del patrimonio cultural armenio, donde se incluyen preferentemente 2.500 iglesias y 1.500 colegios, sufriendo destrucción más de 25.000 aldeas y 66 ciudades.

El primer genocidio del siglo XX

Y en India:

La Hambruna de 1943-44 en Bengala debe considerarse el mayor desastre en el subcontinente en el siglo XX. Cerca de 4 millones de indios murieron por una hambruna artificial creada por el gobierno británico, y sin embargo no recibe más que una breve mención en los libros de historia indios. A Adolf Hitler y sus cohortes nazi les llevó 12 años juntar y asesinar a 6 millones de judíos, pero sus primos teutónicos, los británicos, se las arreglaron para matar casi 4 millones de indios en sólo un año, con el Primer Ministro Winston Churchill alentando desde los márgenes. El bioquímico australiano Dr. Gideon Polya ha llamado a la Hambruna de Bengala “un holocausto creado por el hombre”, porque las políticas de Churchill fueron directamente responsables del desastre.

Bengala tuvo una cosecha abundante en 1942, pero los británicos comenzaron a desviar vastas cantidades de granos de la India a Gran Bretaña, contribuyendo a una masiva escasez de alimentos en las áreas que en el presente componen Bengala Occidental, Odisha, Bihar y Bangladesh. La autora Madhusree Mukerjee localizó a algunos de los sobrevivientes y pinta una imagen escalofriante de los efectos del hambre y la carencia. En “Churchill’s Secret War”, ella escribe: “Los padres tiraban a sus hijos famélicos en ríos y pozos. Muchos se quitaron la vida tirándose frente a trenes. Gente muriendo de hambre rogaba por el agua en la que se había hervido arroz. Los niños comían hojas y enredaderas, tallos y césped. La gente incluso estaba demasiado débil para cremar a sus seres queridos.

Recordando el Holocausto olvidado de la India.

Como pie de página:

Oiga, la gente es multidimensional, así que deje de fruncir la nariz. Además de que la naturaleza del programa y sus protagonistas es fascinante, para mí tiene puntos adicionales. Kim Kardashian reportó tener psoriasis, y alguien que sepa de psicosomática y de la dinámica de esa familia carente de límites en las primeras temporadas levantará los brazos y gritará “eureka”. Luego, está un miembro de la familia, Bruce Jenner, campeón olímpico de antaño, que hace poco se declaró mujer transexual, y lo ha hecho en pleno proceso de transición (recomiéndole ver la entrevista que Jenner dio el pasado 24 de abril)…otra razón para levantar los brazos y hoy gritar “fantástico”. Y por último, un par de Kardashians estuvo hace poco en Armenia, de donde proviene su familia, conmemorando…mire, ve, el genocidio del que le hablaba antes.

De todo se puede aprender algo. No sea como don Sigifredo y el país que lo cobija, una memoria atrofiada genera acciones chuecas.

Relacionado/recomendado:
¿Por qué todavía es difícil prevenir el genocidio? Por la misma razón que a la gente le importa poco o nada que mueran ahogadas 700 personas mientras huyen de conflictos en sus países. “Todo fracaso para apreciar correctamente [el genocidio de Ruanda] provino de debilidades políticas, morales e imaginativas, no informativas”.
El genocidio de indígenas en el sur de Chile que la historia oficial intentó ocultar. Otros que le hacen competencia a Hitler, en pleno siglo diecinue…¡veinte! ¡Veintiuno!

 

Viajar en el tiempo.

Se viaja en el tiempo, en una sola dirección, la persona alejándose cada vez más de su punto de partida. Lo pensé cuando recibí una foto de un querido amigo, con quien intercambiamos cinco líneas dos veces al año, para nuestros respectivos cumpleaños. La foto era prueba de que había recibido la postal que le mandé para romper la dimensión digital. Pero en la foto no aparecía sólo la postal, también un dibujo. Me llevó un segundo reconocerme en él.

Yo fui esa persona, quien hizo el dibujo. Ya no más. Pero también: sí, todavía lo soy. Y recordé el episodio de las nueve vidas de Garfield: mascota de faraón, animal de laboratorio, gata de una pianista, etc. Me vi en otra vida, y perdí la cuenta de cuántas otras vidas tuve antes de hacer ese dibujo (voy a ser caricaturista, decía entonces, y cultivo mis delirios de grandeza a pesar de ser un fracaso), y cuántas después, hasta la vida en que estoy ahora. Cada vez más lejos del punto de partida, aunque sea siempre yo, distintas vidas como distintos países.

“Siempre me ha interesado cómo viajamos a través del tiempo, cómo podemos cambiar de diez años a veinte y a treinta y más allá, pero esencialmente mantenernos igual. Somos quienes somos; el resto es acumulación. Yo tengo cuarenta y cinco años pero tengo diecisiete también, y además, desafortunadamente, nueve. Soy un receptáculo de todos esos años, todos esos triunfos y esas heridas, esas inseguridades. Y sólo nosotros conocemos la verdad detrás de nuestra ficción”.

David Gilbert.

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Gracias, compa, por salvaguardar a Segismundo.

 

 

“Cultural”.

Entre los jardines, vi una línea de jovencitos. Tenían la ropa hecha jirones y todo su cuerpo manchado de cualquier sustancia: pinturas, condimentos, cosas que huelen extremadamente mal y sustancias químicas que pueden resultar peligrosas. A algunos les faltan mechones de cabello o lo tienen pintado; podrían algunos llevar una cabeza de pescado colgando del cuello como un collar. Todavía no les falta un zapato. Digo que vi una línea de jovencitos, pero he visto varias. A veces están sentados; a veces van caminando lentamente hacia donde se les dice.

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Siempre hay otro grupo con ellos. Algunos van con batas blancas. Oh, el simbolismo de las batas blancas, además de su utilidad para este evento. También llevan mascarillas para soportar el repugnante olor de las mezclas casi tóxicas que han hecho (pero el resto de quienes estamos en el perímetro la socamos. Gracias, cerotes). En esas mezclas se revuelcan los jovencitos, los que acaban de entrar a la universidad. A veces uno a uno, a veces varios o todos al mismo tiempo. Lo hacen mientras los de batas blancas y sus compañeros, que llevan ya varios años en la universidad, gritan, celebran y se ríen, con música de reggaeton de fondo. Ellos y los bystanders, los que se quedan parados observando el espectáculo; los que no quieren ver lo reafirman alejándose, acaso volteando ocasionalmente para convencerse de que semejante cosa está ocurriendo. Por último, los mechones salen a la calle, semi-desnudos, manchados, malolientes, con el pelo chachajeado y a veces sin un zapato, a pedir monedas.

He visto poco de esto. Digo, he visto demasiado, personalmente, pero considérese que este es un país larguísimo y yo llevo aquí unos pocos años. Si uno guglea estas novatadas, llamadas acá mechoneo, puede hallar otras actividades además de las que he visto, que involucran poses sexuales o interacciones con cabezas de cerdo. Puede hallar comunicados de quienes planificaron estas actividades defendiéndolas como lúdicas y de integración para los que inician la universidad, y contracomunicados de autoridades preocupadas por el abuso hacia los pares.

Esto pasa en la primera semana de clases del semestre. Esa semana en la que entro a un salón y miro caras nuevas devolviéndome la mirada. Nomás por cálculo de probabilidades me da escalofríos pensar en lo que dirían si yo sacara a colación el tema; si les preguntara qué piensan, si les dijera lo que realmente están haciendo. Me superan en número. Me superan en que su entorno es natural para ellos y para mi no. Y posiblemente saldría el argumento de que por eso no entiendo esa parte de la cultura chilena, y que es bacán tener un ritual de bienvenida, de integración de los nuevos estudiantes a la comunidad universitaria, y que…

No. Entiendo perfectamente. Entiendo perfectamente la necesidad de pertenecer. Hablando de culturas, provengo de una plagada de pandillas y de gente que desesperadamente necesita distanciarse de ellas (paradójicamente, pensando igual que ellas). Uno haría cualquier cosa con tal de ser aceptado por un grupo, por ese atado de personas que tienen o tendrán algo en común conmigo. El algo en común, la identidad grupal. Mientras más valiosa la membresía, más exigente es la prueba que tenés que dar de que valés como miembro de ese grupo. Y para esa prueba, hay que presentarse ante la jerarquía: alguien que sabe, alguien que ya pasó por lo que estoy a punto de pasar.

No es por gusto que en la primera clase hable del experimento de la cárcel de Stanford. De lo fácil que es sucumbir a un rol que te han dado, aun si es ficticio, aun si la evidencia no lo sostiene. De lo fácil que es sucumbir a la situación, de someterte si no tenés poder, de abusar si lo tenés. De cómo el grupo al que pertenecés te refuerza lo anterior. En tu grupo encontrás permisividad y anonimato para salirte con la tuya, que es “la tuya” compartida. Y sí desde el punto de vista de los “carceleros” y “prisioneros”, pero también desde el responsable del experimento. P. Zimbardo -mi homie forever-, quien diseñó la idea de la cárcel de Stanford, también sucumbió a esta dinámica; de eso nos hemos dado cuenta décadas más tarde. Permitió que los abusos continuaran porque le resultaba fascinante todo lo que estaba ocurriendo, “mirá cómo cambiá la gente bajo ciertas circunstancias”. El experimento fue cancelado a medio camino cuando se dignaron a escuchar a C. Maslach, que observó lo que estaba ocurriendo y recriminó a Zimbardo, diciéndole que lo que le estaba haciendo a esos estudiantes era terrible (Zimbardo, dentro de todo un hombre sensato, volvió a sus cabales, detuvo el experimento y terminó casándose con ella).

No sólo le das patadas a quien te cae mal, te cae mal alguien porque le das patadas. Alguien tan buena gente como vos no lastimaría o manipularía el cuerpo de otra persona…sin una buena justificación. A veces la justificación viene después del acto, para que podás dormir con tranquilidad. Se lo merecían. Ellos estaban ahí por voluntad propia. Podrían haberse quedado en casa ese día. La voluntad es debatible cuando lo que está en juego es demostrar tu lealtad al grupo y tenés que ganarte su aceptación. Y a lo mejor no hay consecuencias por no aparecerse el día del ritual de iniciación y parece que efectivamente están ahí porque quieren. Pero hace ratos nos dimos cuenta que, más que a quien se deje humillar, hay que tenerle cuidado a quien decide humillar.

A juzgar por las reacciones que me encuentro, todo queda en buena onda. Salvo los casos de estudiantes con alergias a sustancias y algunos usos inadecuado de ácido(!), la espantosa contaminación en el campus y la necesidad de visitar la peluquería para que emparejen, parece que no quedan secuelas. Son más los que le tienen aprecio a esta tradición y parece que participar en ella, en cualquiera de las dos posiciones, no dice nada de la calidad de profesionales que serán. La única consecuencia trascendental, parece, es que los mechoneados quedan con vía libre para ser ellos quienes mechoneen a otros en los años siguientes, cuando ya no sean pollitos de 1er año, sino los “grandes” de años más avanzados. Escucho en silencio esas impresiones, aparentemente tan en buena vibra, y me muerdo la lengua (tú no eres de aquí) para no decir “eso ya es bastante”.

 

Crédito a quien se lo merece, nada más.

Este es el mejor consejo que recibirá este día: vaya a Spotify, busque Sister Rosetta Tharpe y escuche. Si no, dele play:

 

Lo siguiente fue tomado de aquí:

“Yo inventé el rock and roll. Pero está bien si quiere seguir dándole todo el crédito a Elvis”.

Excepto que Chuck Berry no inventó el rock and roll…

Sister Rosetta Tharpe antecede a Chuck Berry y Little Richard por algunos años.

Dos de los grandes éxitos de Tharpe fueron lanzados alrededor de 1944-45, cuando Chuck Berry se encontraba a) en la cárcel y b) era estudiante de secundaria. Tharpe básicamente descubrió a Little Richard y se hace referencia a ella como la madrina del rock and roll.

Ya que estamos, hablemos entonces de dar crédito a quienes, histórica y erróneamente, se ha creído que no se lo merece. Carol Kaye es una bajista desconocida, a pesar de que, al contrario, muchas de sus melodías son conocidas (e.g. el tema de Misión Imposible):

Algunas personas no pueden enfrentar eso, especialmente algunos hombres. No pueden…quieren pensar que es un hombre el que toca el bajo por el asunto sexual. Pero si escuchás a alguien con bolas, esa soy yo:

Sigamos:

– Cinco mujeres que inventaron la cultura pop y no recibieron crédito (incluyendo a Tharpe).

– Cómo el descubrimiento de una mujer sacudió los fundamentos de geología (“Bruce inicialmente desechó mi interpretación de los perfiles, calificándolos como ‘temas de niña’”)

– El espectacular gol de la mujer que desafía a James Rodríguez y Robie van Persie:

– Hathshepsut, una de las gobernantes más exitosas de la historia…que nadie recuerda (y aquí una breve charla TED-ED sobre ella):

Su éxito es precisamente la razón por la que no la recordamos. Todavía somos ambivalentes frente una mujer al poder. Una mujer que ha tenido éxito automáticamente recibe nuestra desconfianza: asumimos que sólo se preocupará por ella misma y por miembros de su familia, en lugar de tomar decisiones políticas de largo alcance. Un mujer líder ambiciosa es usualmente calumniada en la historia como una mujer seductora, confabuladora, que irreflexivamente hará caer a los hombres a su alrededor.

– Seis científicas que fueron ignoradas debido al sexismo (“estas mujeres cambiaron el mundo con ciencia, lástima que a un hombre le dieron el crédito”).

Las mujeres que mapearon el universo y no recibieron crédito (“Pickering juntó un equipo de mujeres para mapear y clasificar los tipos de estrellas…probablemente nunca has escuchado de ellas. Me pregunto por qué“):

Así inició una era en la historia del Observatorio de Harvard en la que mujeres -más de 80 durante el periodo de Pickering, de 1877 hasta su muerte en 1919- trabajaron para el director, computando y catalogando datos. Algunas de estas mujeres producirían trabajo significativo por su cuenta; algunas obtendrían cierto nivel de fama entre los seguidores de científicas. Pero la mayoría es recordada no individual sino colectivamente, con el apodo “el harem de Pickering”.

– Bomberos mujeres apagan las llamas tras el ataque a Pearl Harbor. Y trabajadoras de la II Guerra Mundial.

– “Judit, quien es ahora la mujer con el ranking más alto y se encuentra en la posición ocho de mejores jugadores del mundo, avanzaría hasta ganar un torneo en 2002 frente al campeón Garry Kasparov, quien había dicho que ‘las mujeres por naturaleza no son jugadoras excepcionales de ajedrez'” – the Grandmaster experiment.

– Doctoras del siglo XIV de la Schola Medica Salernitana.

– Aprovechemos de recordar a Prudencia Ayala. Adiós, Milena mi amiga.

Las chicas buenas se rebelan: cómo las mujeres de Newsweek demandaron a sus jefes por sexismo y cambiaron el lugar de trabajo (oiga, vea Mad Men, es dos que tres).

“Entonces lo primero, regla #1: nadie nos dio nada. Nosotras tuvimos que pelear cada pulgada del camino por cada avance y contra resistencia constante” (fuente)

 

Gerda Lerner (las negritas son mías):

Y para las mujeres, ver al pasado usualmente ha sido doloroso porque lo que aprendemos es una ausencia. Aprendemos que las mujeres no han hecho “esto” y no han hecho “aquello” y que esencialmente, de acuerdo a la visión tradicional, las mujeres han contribuido muy poco a la creación de la sociedad humana, y aun menos a la creación del producto intelectual de la civilización occidental.

Ahora, yo sabía que ese no era el caso. Sabía que eso era falso. He estado trabajando por treinta años en el campo de la Historia de las Mujeres y el hecho es que las mujeres sí tienen una historia, han participando en hacer historia, pero no hemos reconocido eso hasta en tiempos recientes.

Y eso ha creado enormes problemas para la sociedad en conjunto, para hombres y mujeres. Creo que los problemas son que le han dado a las mujeres una impresión totalmente errónea de su conexión al funcionamiento del mundo.

El efecto en los hombres de la omisión de las mujeres ha sido muy malo también, porque los hombres han tenido la impresión de que son mucho más importantes en el mundo de lo que realmente son, y esa no es una buena manera de convertirse en un ser humano. Ha generado ilusiones de grandeza en cada hombre que son injustificadas.

Si usted puede pensar, como hombre, que todo lo grandioso en este mundo y en la civilización fue creado por hombres, entonces naturalmente verá de menos a las mujeres y naturalmente tendrá diferentes aspiraciones para tus hijos que para tus hijas, y no creo que eso es bueno para los hombres tampoco.

 
 
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