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Archivo de la categoría: Memorias y heridas

Un respiro.

Para tener un respiro del ambiente tan desesperante e incierto, recomiéndole leer cinco enemigos acérrimos que formaron amistades inspiradoras (está en inglés, va’pasar a disculpar):

1. Un prisionero de guerra busca a su torturador por 50 años para vengarse…y en lugar de eso, se convierte en su amigo.

2. Padres de luto acechan, luego se vuelven mentores del conductor ebrio que mató a su hijo.

3. Una activista negra por los derechos civiles se hace amiga del miembro del Ku Kux Klan enviado a sabotear su trabajo.

4. Un hombre termina consolando a su secuestrador (y casi asesino) en el lecho de muerte.

5. Sobreviviente del genocidio de Ruanda comienza una organización benéfica con el hombre que le cortó su mano y mató a su hija (De Ruanda puede encontrar muchas historias así, por aquí le manejamos lo que es el genocidio y cómo Ruanda logró superarlo…versus, por ejemplo, Guatemala y El Salvador -_-).

No es para que sienta la obligación de ofrecerle amistad sincera a alguien que le haya hecho mucho daño. Nomás recuerde que ser descortés y grosero es contagioso. Y aquí le dejo una foca:

“Ella empezó a traerme pingüinos y a empujarlos hacia mi cámara. Creo que pensó que la cámara era mi boca, lo cual es el sueño de todo fotógrafo. Esto siguió por cuatro días”.

“Así que resulta que vine a Antártica a fotografiar a este potencialmente sanguinario animal, a que este depredador, este máximo depredador de la Antártica, me cuidara, me criara, y me alimentara por cuatro días seguidos” (aquí las fotos y enlace al video).

(Por supuesto, dentro de tanta ternura, pobrecitos los pingüinos).

 

Cis, trans, todos.

Hay una nueva palabra en el diccionario de Oxford, aunque la palabra misma ya tiene ratos dando vuelta. Voy ahí: cisgénero: “la designación de una persona cuyo sentido de identidad personal corresponde con el sexo y género que se le asignó al nacer” (si cree que las palabras para designar no importan, vaya aquí).

“¿Es un niño o una niña?”

“Creo que es muy pronto para empezar a imponer roles, ¿no le parece?”

Leía hoy la nota “Como decís que sos hombre, te estamos tratando como hombre“, donde se reporta el reciente arresto y tortura de un activista trans y su pareja, por parte de la Policía Nacional Civil:

“La declaración del policía que se ha mostrado como víctima es que teníamos que estar agradecidos de que le había pasado eso (la golpiza a Álex), porque lo que se hacía ahora era pegarles un tiro y dejarlos en la cuneta”, dice [William] Hernández [de la Asociación Entre Amigos].

[…] el 72.6 % de policías que contestaron el cuestionario cree que la atracción sexual hacia las personas del mismo sexo es una enfermedad mental. El 80 % de policías cree que en cualquier sitio público el dueño tiene derecho a pedirle a una persona LGBTI que se retire debido a su orientación sexual. El 56.5 % piensa que las personas de esta comunidad nunca deberían ser policías. No obstante, solo aproximadamente un 9 % dijo conocer a algún compañero que hubiera golpeado o que hubiera usado excesivamente la fuerza para detener a una persona gay, lesbiana, bisexual o trans.

Por cierto, y tenga en mente esas estadísticas: un día antes del ataque, se instauró el matrimonio igualitario en Estados Unidos. Vi algunas publicaciones como esta, de la pobre gente heterosexual, cisgénero (y con una particular tendencia religiosa, digamos), que se sentía perseguida, reprimida y discriminada por la visibilidad LGBT:

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Persona que respondió: PREACH!

Aparte “tratar como hombre”, qué asco de mentalidad. Y no dudo que la gente se la cree, un hombre es el que aguanta golpes y eso se puede y debe poner a prueba. N’ambe. Hay que ser gente y tratar a los demás a como tal, y no estar usando la masculinidad como excusa para violentar a nadie. A un hombre no hay que pegarle ni con el pétalo de una rosa.

Lo he dicho varias veces, y lo digo de nuevo: así como usted piensa, así actúa. Por eso no es extraño que el uso de la tortura sea legitimado y aplaudido por el común de la gente…siempre que sea usado en “otros”. Pero, dejando de lado lo cis y los trans, lo hetero y todo lo demás, déjeme traerle a mi amiguita @Huishte, que le señalará algo más que está en una esquina de la nota de El Faro:

Algunos de los finos ciudadanos honrados que comentan en la nota de El Faro (y en otros muchos lugares) creen fervientemente que algunas personas merecen ser maltratadas. Lo bueno es que las pandillas piensan lo mismo. Y la policía piensa lo mismo. Y las columnistas Opus Dei piensan lo mismo. Así que hay que andar con cuidado para ser dignos de respeto de todo el mundo. Qué agradable manera de vivir.

– Yo nunca he hablado de cambio de sexo, porque el sexo está en el cerebro de la persona. Los primeros años de vida, el sexo no se puede cambiar ni con cirugía, ni con hormonas, ni con psicoterapia. Porque si se pudiera, eso es lo que haríamos.

[…]

¿A usted nunca le pareció inmoral ni contra natura?
Creo que lo realmente inmoral es oponerse a que alguien viva mejor, solo porque lo que le pasa no lo entiendo o me molesta. Y respecto a que es contra natura, la primera vez que me lo dijeron no me supe defender, pero luego pensé que casi toda la medicina es contra natura. Todo lo que hacemos, la quimioterapia, las drogas, con todo tratamos de torcerle la mano a la naturaleza. Que más contra natura que un transplante, sacarle un corazón a alguien y ponérselo a otra persona. Para mí, ese argumento no vale. Torcerle la mano al destino es nuestro trabajo. Es toda la medicina.

Guillermo MacMillan. Reportaje “El doctor de los trans”, suplemento Sábado de El Mercurio, 4 de julio de 2015, p. 11.

 

El Playón.

El Playón es un campo de lava al norte de San Salvador. Metros y metros de grava negra yacen a las faldas de un volcán cuyo nombre original no recuerda nadie. En un día normal, el sol hace que aquello parezca una enorme parrilla. Aunque ahora este terreno forma parte de un área natural protegida, a finales de los setenta era un basurero de latas, de papel y de personas. Ahí iban a parar los desaparecidos por los Escuadrones de la Muerte, los cuerpos policiales y el Ejército.

El consejo que recibían quienes buscaban ahí a sus familiares era conseguir un vehículo de doble tracción y manejar sobre la carretera hasta ver los buitres. Ellos eran la señal para abandonar el pavimento y seguir sobre la grava hasta llegar a los cadáveres arrojados a la intemperie, sobre la piedra ardiente. Decenas de cuerpos eran abandonados como carroña, a merced del viento y del sol.

Desde mediados de los setenta, entre los huesos, los buitres y la grava, caminaban señoras buscando trozos de camisas, sombreros o zapatos que permitiesen identificar a quien salió de casa y nunca volvió. A veces les acompañaba un sacerdote de modos suaves y rostro sereno. Era Monseñor Óscar Romero, arzobispo de San Salvador desde febrero de 1977.

Su acompañamiento no terminaba ahí. Durante las misas de domingo en Catedral, transmitidas en vivo a través de la emisora del Arzobispado (la dictadura no la censuraba por ser voz de la Iglesia), Monseñor nombraba cada huelga suprimida, cada estudiante desaparecido, cada preso y asesinado por el aparato represor. Pedía por sus almas. Denunciaba la injusticia de su padecimiento. El monseñor que caminaba sobre la grava buscando muertos, acompañando a una madre, era el solaz de cientos, de miles, todos los domingos en misa.

Monseñor Óscar Romero: el pastor entre los buitres

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Décadas después.

(Gracias a Víctor por darnos jalón)

 

Sentimiento y acontecimiento.

Sírvase aplicarlo a varias esquinas del contexto salvadoreño:

Recuerdo cuando Enrique Peña Nieto habló sobre Ayotzinapa y nos recomendó “seguir adelante” y “superar el momento de dolor” (citado por Vargas, 2014, p. 3).

[…] Ayotzinapa tan sólo sería un estado mental, un dolor, y como tal, podríamos y quizá también deberíamos deshacernos de él, superarlo, extraerlo de nuestra cabeza. Es lo que el expresidente Vicente Fox, con vocación de psicólogo, les ha recomendado a las madres de los 43 de Ayotzinapa, diciéndoles que “no pueden vivir eternamente con ese problema en su cabeza” (citado por Calvo Aguilar, 2015, párr. 2). ¡Pero el problema es precisamente que el problema no está en la cabeza!

¡La desaparición de los 43 no tuvo lugar en las cabezas de sus madres! No es en esas cabezas, en sus laberintos mentales y circunvoluciones cerebrales, en donde hay que buscar a los desaparecidos. No están ahí. Tampoco están ahí los muertos ni el desollado ni el tiradero de Cocula ni el Cártel de Los Pinos ni Peña Nieto ni los policías federales ni los demás presuntos asesinos. Todo esto no es un delirio ni una pesadilla. Es una realidad y se encuentra fuera de la cabeza de las madres de los 43.

[…] Aquello a lo que me refiero es algo que no puede formularse ni explicarse con facilidad mediante los recursos conceptuales de los que disponemos en el campo disciplinario psicológico. Ayotzinapa es lo que no se deja ni decir ni sentir, ni pensar ni olvidar, ni aceptar ni superar. Es aquello por lo que definitivamente no importa si estamos bien o somos felices. Es aquello insuperable del sujeto al que ofenderemos al pretender que puede superarlo. Es el dolor que intentamos aliviar y que mejor deberíamos respetar. Es aquello por lo cual ciertos duelos no deben terminar. Es aquello por lo que todos tenemos algo de melancólicos.

[…] Pero Ayotzinapa es también algo que no requiere curación individual, terapia o análisis, diván o consultorio, medicina o tratamiento clínico de cualquier otro orden, sino que exige combate por lo incurable, reconocimiento social del sufrimiento, acompañamiento en la protesta, movilización y manifestación, calle y barricada, organización colectiva y lucha social, memoria y constancia, perseverancia y esperanza, y sólo en el horizonte, al final de todo, siempre más allá, como única solución, la justicia y la verdad.

Ayotzinapa en la psicología: del sentimiento momentáneo al acontecimiento histórico
David Pavón-Cuellar

 

La rata Gonzala.

Cuando era un fracaso de pre-adolescente, llegué con mi familia a una cabaña. Durante la inspección del lugar, escuché que en una de las habitaciones había una rata con sus crías. Uno de mis hermanos la bautizó como La Rata Gonzala, y lo último que supe de ella fue que alguien había echado a sus crías por el inodoro. La piel se me erizó, y el estómago se me contrajo como si le hubiesen dado un puñetazo. Todavía hoy me siento culpable, en nombre de mis congéneres.

Años antes, o quizás años después de ese episodio -quién recuerda a estas alturas-, otro de mis hermanos llevó un ratón blanco a la casa. Él estaba estudiando psicología (ve que viene de familia) y el animalito era para ponerlo en una caja de Skinner y aprender sobre conductismo, que es una de las cosas más geniales de este mundo si uno lo aprende como se debe; y si no abusa de sus sujetos. Pero, en ese momento, cualquier explicación que mi hermano me hubiera dado sobre el ratoncito me entró por un oído y me salió por el otro. Lo único importante era que había un programa llamado Los Motorratones de Marte y que esta criaturita se parecía a uno de ellos. Yo era entonces una niña muy urgida por tener una mascota, un mamífero; tenía un perico pero él detestaba a la gente y con razón…se le pasó cuando lo sacamos de la jaula, ya ve. Hablando de eso, abrí la jaula para acariciar al ratón y me mordió el dedo.

Científicos del comportamiento han cuestionado el grado en que los animales no humanos tienen la capacidad de participar en la reciprocidad sin ser explotados por “tramposos” que se aprovechan de su amabilidad. Parece que esto es cognitivamente demandante, en términos de reunir los recuerdos de quién hizo qué y juzgar cómo responder. Los resultados recientes de Dolivo y Taborsky muestran que las ratas pueden recordar la calidad de la ayuda prestada y por cuál rata, y ajustar su comportamiento posterior con el fin de invertir más tiempo y energía en ayudar a aquellos que les ayudaron.

Estudio comportamental muestra que las ratas saben cómo pagar un favor

El conductismo, por cierto, se preocupa por la continuidad conductual entre especies. Sobre la empatía en mamíferos:

Un experimento que prueba si la empatía puede generar comportamiento en ratas ha encontrado que, cuando una rata seca observa a otra, atrapada en una cámara húmeda, la liberará de su jaula. No sólo estas ratas están dispuestas a ayudar a los demás, lo hacen más rápido si ellas mismas han sufrido anteriormente un remojo.

Memorias desagradables impulsan a ratas de laboratorio a rescatar compañeras empapadas más rápido

A veces hasta escogen la amistad por encima del chocolate, que es más de lo que se puede decir sobre algunas personas. O, mejor aun, primero salvan a su amigo y después comparten el chocolate.

Como chiste intradisciplinario, históricamente a la psicología se le ha criticado que las generalizaciones y búsqueda de principios universales parten realmente de un único grupo poblacional que ni por cerca es representativo: hombres jóvenes occidentales de raza blanca (oiga, y el concepto de “raza” ya está obsoleto, pero para seguir con la idea). En el discurso predominante en psicología, los sujetos son blancos, los investigadores son blancos, los pares evaluadores son blancos y…

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….hasta las ratas son blancas.

Sirva esta entrada para recordar a Gonzala y a todas las Gonzalas del mundo. No más ratoncitos neonatos lanzados al inodoro, y sí a su protección y mejora de condiciones laborales como entes de laboratorio porque ni modo, siguen siendo tal cosa; en psicología les debemos una barbaridad. Hágales el favor de evitar causarles daño a estos roedores cuando se encuentre con alguno. A lo mejor se lo pagan compartiendo un chocolate con usted.

 

Que sea útil.

Recuerdo cuando mataron a monseñor Romero. O no. Yo no había nacido y suelo decir que lo recuerdo. Existe, en efecto, la transmisión intergeneracional de la memoria. Son imágenes, experiencias vicarias y, sobre todo, significados. Recibí esas memorias en casa y “con los jesuitas”. De ahí saqué algo en qué creer y la tendencia a cuestionar eso en lo que creo. Lo que sobrevive a ese cuestionamiento es la fe.

Un mensaje que construye, que defiende, que dignifica…un mensaje así de importante requiere un mensajero comprometido para que sea útil. Esa es la lección y esa es la tarea. Eso es lo que celebramos y lo que debe quedar en la memoria.

Seis días después del crimen, Juana fue con su hijo al funeral de quien había sido el obispo de tantos pobres como ella y vio mutiplicarse la muerte entre los vivos. «Cuando estábamos acercándonos a la puerta de la catedral empezamos a oír disparos. Todo el mundo huyó. Había sangre, echamos a correr para refugiarnos y… pisábamos muertos…».

Y en eso Juana niega con la cabeza, mira al techo y suelta un chasquido de fastidio. Y se para.

Pero, de pronto, vuelve a nuestros ojos atentos y termina de encontrar los restos de su memoria. «Mi hijo venía conmigo al funeral. Pero cuando empezaron los tiros lo perdí de vista. Ese día mi hijo desapareció. No lo he vuelto a ver. Se lo llevaron. Enterrado no está, sólo Dios sabe dónde quedó».

Se llama Juana Portillo, tiene 86 años y fue asistenta de Oscar Arnulfo Romero durante los últimos cuatro años de vida del arzobispo más trascendente de América.

“Monseñor Romero sabía que lo iban a matar”

Déjeme pasarle a Ana para que se lo explique:

¿Por qué una persona no religiosa, casi atea, querría ir a un evento tan católico? Por esa sensación de colectividad de un mismo dolor reconocido. Esa victoria de la historia: que una institución que mucho tiempo lo ignoró, lo criticó, hoy esté reconociendo su legado. Personalmente no creo en los santos. Creo en las personas y en su papel en la historia […] No quisiera que ganáramos un mito y perdiéramos la historia.

Y via ex360, una joya de la memoria histórica:

Marissa d’Aubuisson recuerda otra escena: pocos días después de la muerte de monseñor Romero, comenzaron a circular los rumores de que Roberto d’Aubuisson había ordenado el asesinato.

Su hermana mayor decidió averiguarlo y confrontó al hermano paramilitar. “Roberto, dicen por ahí que vos tuviste algo que ver con la muerte de Romero”. El mayor D’Aubuisson respondió: “Mirá, mejor callate si no sabés, porque al que mató a ese hijueputa le van a hacer un monumento”.

(Así matamos a Monseñor Romero)

 

Aprendizajes a partir de lo innombrable.

La palabra con la que llamamos a algo tiene poder. Mate un hombre, por ejemplo, y 12 jurados le llamarán asesino. Mate un millón y sus compatriotas pueden llamarle líder.

Poniéndole nombre a la peor cosa imaginable

En 1994 ocurrió el genocidio de Ruanda, la búsqueda de la aniquilación total de los tutsis por partes de los hutus. Fue una masacre de un millón de personas. Líderes políticos alentaron al asesinato entre vecinos, literalmente; ambos grupos vivían en los mismos lugares y ser de uno de otro no implicaba ninguna característica visible. El término genocidio surgió en 1943, gracias a Raphael Lemkin, poco después de que había ocurrido uno, aunque no sería el primero ni el último (por cierto, el año pasado, la Radio Mil Colinas, la misma que alentó a las matanzas en Ruanda, llamó a la “limpieza étnica” en Sudán del Sur. Y hubo gente que escuchó. Llame usted a alguien “cucaracha” y el resto es cuesta abajo).

El asunto es que el accionar de Ruanda tras el genocidio es ejemplar, con una serie de lecciones para dar respuestas justas a esta clase de crímenes, a las que ciertos países deberían estar poniendo atención. En primer lugar, llevaron a juicio a los responsables. Llevaron a juicio a los responsables, dije. Pero eran demasiados y el sistema de justicia colapsaba, al punto que hubiera llevado generaciones el presentar ante la justicia a todos los sospechosos. Además, ese fue sólo el primer paso para reparar las relaciones sociales.

Las sanciones punitivas van de la mano con las restaurativas. Entre vecinos, los perpetradores debían pagar a sus víctimas si hubo daño de propiedad, o realizar servicio comunitario, y sobre todo, debían pedir perdón. Puede que este sistema de justicia basado en la comunidad tenga limitaciones importantes pero, con todo, se hizo justicia. Para el 2013, se esperaba que Ruanda lograra cumplir las Metas de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas, que en otras palabras significa que no son cualquier cincueyuca.

No todas las historias terminan mal en Ruanda. Surcar el país de las mil colinas es encontrar una sucesión de relatos increíbles sobre cómo un pueblo fue capaz de lamerse las heridas tras una degollina sin precedentes: cuentan que hay un equipo ciclista, el Team Rwanda, que ha unido las fuerzas de hutus y tutsis y que hoy es el mejor de África. Cuentan que la emisora nacional, heredera de la radio Mil Colinas, cómplice de la difusión de la ideología genocida, ofrece hoy una exitosa radionovela que basa su argumento en el perdón y el diálogo. Cuentan que, en 1994 un asesino hutu entró en casa de una mujer tutsi en Kigali, la hirió de un machetazo en la pierna y mató a su marido y a su hijo. Años después, cuando salió de la cárcel, pasó por aquella casa de barro para pedir perdón, vio a la viuda casi inválida, se apiadó de ella y comenzó a cuidarla. Poco después se enamoraron y hoy son marido y mujer. Y también nos cuentan que hay un matrimonio formado por la hija de un genocida y el hijo del hombre al que mató. Estos últimos nos invitan a su casa para conocer su experiencia.

Lo que el amor unió ya no lo separa el machete

Si uno no habla de esto, o si trata de disminuirse la importancia de estos crímenes, o justificar que se hayan cometido, la memoria se altera. No, en serio: justificar atrocidades altera la memoria. Por eso no es extraño que el pobrecito Sigifredo Ochoa Pérez, criminal de guerra, diga “yo no recuerdo ninguna masacre” y posiblemente se la crea. Qué desgracia no tener conciencia de los propios actos. Pero para eso están los procesos de justicia, los poquísimos-casi nulos que hay pero que hay al fin: para confirmarle que, en efecto, él estuvo involucrado en masacres.

Antes de Ruanda, Guatemala, Alemania, y otros que quizás ni usted ni yo conocemos, hubo otros genocidios y holocaustos. En abril se conmemoró los 100 años del genocidio armenio, con 1.5 millones de personas asesinadas:

El brutal traslado de la población armenia a los campos de concentración, su ubicación en una zona desértica y el desarrollo de la Primera Guerra Mundial, ayudó a crear el momento propicio para su eliminación física. Aunque los historiadores turcos rebaten las cifras, se calcula que murió un millón y medio de armenios residentes en el Imperio, de un total de dos millones. También fue destruido el 95% del patrimonio cultural armenio, donde se incluyen preferentemente 2.500 iglesias y 1.500 colegios, sufriendo destrucción más de 25.000 aldeas y 66 ciudades.

El primer genocidio del siglo XX

Y en India:

La Hambruna de 1943-44 en Bengala debe considerarse el mayor desastre en el subcontinente en el siglo XX. Cerca de 4 millones de indios murieron por una hambruna artificial creada por el gobierno británico, y sin embargo no recibe más que una breve mención en los libros de historia indios. A Adolf Hitler y sus cohortes nazi les llevó 12 años juntar y asesinar a 6 millones de judíos, pero sus primos teutónicos, los británicos, se las arreglaron para matar casi 4 millones de indios en sólo un año, con el Primer Ministro Winston Churchill alentando desde los márgenes. El bioquímico australiano Dr. Gideon Polya ha llamado a la Hambruna de Bengala “un holocausto creado por el hombre”, porque las políticas de Churchill fueron directamente responsables del desastre.

Bengala tuvo una cosecha abundante en 1942, pero los británicos comenzaron a desviar vastas cantidades de granos de la India a Gran Bretaña, contribuyendo a una masiva escasez de alimentos en las áreas que en el presente componen Bengala Occidental, Odisha, Bihar y Bangladesh. La autora Madhusree Mukerjee localizó a algunos de los sobrevivientes y pinta una imagen escalofriante de los efectos del hambre y la carencia. En “Churchill’s Secret War”, ella escribe: “Los padres tiraban a sus hijos famélicos en ríos y pozos. Muchos se quitaron la vida tirándose frente a trenes. Gente muriendo de hambre rogaba por el agua en la que se había hervido arroz. Los niños comían hojas y enredaderas, tallos y césped. La gente incluso estaba demasiado débil para cremar a sus seres queridos.

Recordando el Holocausto olvidado de la India.

Como pie de página:

Oiga, la gente es multidimensional, así que deje de fruncir la nariz. Además de que la naturaleza del programa y sus protagonistas es fascinante, para mí tiene puntos adicionales. Kim Kardashian reportó tener psoriasis, y alguien que sepa de psicosomática y de la dinámica de esa familia carente de límites en las primeras temporadas levantará los brazos y gritará “eureka”. Luego, está un miembro de la familia, Bruce Jenner, campeón olímpico de antaño, que hace poco se declaró mujer transexual, y lo ha hecho en pleno proceso de transición (recomiéndole ver la entrevista que Jenner dio el pasado 24 de abril)…otra razón para levantar los brazos y hoy gritar “fantástico”. Y por último, un par de Kardashians estuvo hace poco en Armenia, de donde proviene su familia, conmemorando…mire, ve, el genocidio del que le hablaba antes.

De todo se puede aprender algo. No sea como don Sigifredo y el país que lo cobija, una memoria atrofiada genera acciones chuecas.

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¿Por qué todavía es difícil prevenir el genocidio? Por la misma razón que a la gente le importa poco o nada que mueran ahogadas 700 personas mientras huyen de conflictos en sus países. “Todo fracaso para apreciar correctamente [el genocidio de Ruanda] provino de debilidades políticas, morales e imaginativas, no informativas”.
El genocidio de indígenas en el sur de Chile que la historia oficial intentó ocultar. Otros que le hacen competencia a Hitler, en pleno siglo diecinue…¡veinte! ¡Veintiuno!

 
 
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