Más REINO UNIDO

Extranjera en todos lados

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 7 de diciembre de 2017.

El sentido de pertenencia tambalea cuando toca migrar. Atrás queda el hogar, la familia, los amigos, las experiencias y los lugares que fueron clave para formar la persona que somos. Uno no deja de sentir que pertenece a todo eso, aunque a veces el tiempo de muestras de lo contrario. Mientras uno sale a encontrar un lugar nuevo en el mundo (porque quiere y no porque le obligan, en el caso de los privilegiados), en el lugar antiguo la vida sigue para quienes se quedan. El agujero que uno deja con su partida va cambiando de forma y de tamaño, al punto que a veces uno regresa y descubra que ya no cabe en él.

Digo “uno”, pero no sé si quiero decir “yo”. Mi sentido de pertenencia ha tambaleado siempre, por una razón o por otra. Ha sido una constante en mi vida sentirme fuera de lugar y marinar en la soledad que conlleva esa sensación. Al mismo tiempo, sin embargo, las redes de apoyo tan cuerdas y estables que tuve mientras crecía me prepararon para estar en paz con esas fluctuaciones. De modo que no es una tragedia, esto de sentirme al margen de mis propios grupos sociales, aunque por momentos (y por momentos quiero decir años) se sintiera así.

Mi primer hogar, mi familia nuclear, tiene los tintes de un textbook case de cómo inspirarle un yo sano a una personita. No estoy idealizando, pero dejo en claro que lo negativo queda entre mi terapeuta y yo. Por el lado amable, pienso en la casa en la que crecí y recuerdo la seguridad y comodidad que sentía a diario dentro de ella y con los seres que vivían en ella. Estos seres me hacen mucha falta y siempre hay una parte mía que desea volver a verlos.

Mi colegio fue una extensión de mi casa, aunque no tuviera amigos. Esto es un decir, tenía amigos, pero no pertenecía a ningún grupo y yo era más bien un anexo ocasional de pequeñas cliques. Aquí comencé a sentir que no encajaba del todo. Salvo un par de excepciones, yo no era la primera persona que se le viniera a la mente a nadie cuando le preguntaban por sus mejores amigos. Por temporadas, pasaba sola en los recreos. Habitualmente me sentía invisible e insignificante, aunque tampoco sufrí bullying, alabado sea, pero en esas épocas de juventud y lozanía, no siempre se tienen las mejores herramientas emocionales para comprender y lidiar con el ego herido. Encima de ser socialmente inepta y de creer que tenía una onda cerebral distinta al resto de mis pares, a veces sentía odio, enojo y desdén por ellos. Hasta este día no me explico por qué, fuera de mis delirios secretos de grandeza y superioridad; no me trataban mal, que yo recuerde. De hecho, muchos me trataban de “usted”, bless them; y tampoco me explico por qué.

Con todo y todo, la vorágine de síntomas que me hacían digna de mostrar mi foto en un apartado del DSM-IV (no he visto la versión más reciente, el V) fue cediendo. Mi vida interior tenía buenos cimientos, yo contaba con el apoyo de algunos profesores por quienes hasta este día siento una enorme gratitud, y, a fin de cuentas, estaba un entorno escolar bastante amigable. En retrospectiva, además, me doy cuenta de que andaba pegándomele al grupo de queer kids de mi generación, lo cual me causa satisfacción porque demuestra consistencia en mi vida, aunque en ese tiempo no supiera apreciar lo que ello significaba.

Sabía, entonces, que pertenecía a ciertos grupos sociales, y sabía que se me apreciaba en ellos. Pero no dejaba de sentir que no encajaba del todo. Con la madurez y la disolución de la vida escolar, llegó el distanciamiento objetivo que por fin correspondía a mi vivencia subjetiva de soledad. Con la edad de las redes sociales, además, llegó el dar gracias por ese distanciamiento. Facebook es una manera de leer la mente de las personas, de acceder a sus contenidos mentales más relevantes, y me di cuenta de que algunas de mis relaciones sociales, parientes o amigos, eran más agradables cuando no sabía qué pensaban con respecto a ciertos temas.

Mi constante siguió siendo pertenecer sin pertenecer. O más bien pertenecer a un archipiélago que a un continente, mis amistades eran pequeñas islas con poca o nula conexión entre ellas salvo yo. Cuando llegué a la adultez, me di cuenta de la colección de amigos que había hecho en distintos contextos y de cómo rara vez se conocían entre ellos. Ocasionalmente los presentaba unos con otros, pero la cúspide de esta colección sin ton ni son fue la incómoda celebración de mi cumpleaños, en la que invité a mi colección de amigos que poco tenían en común unos con otros. No más intenté juntar mis pequeños círculos. Imaginé que esta sería la clase de problemas logísticos que uno enfrentaría liderando el Arca de Noé, con tantas especies distintas en un solo espacio. No se me malinterprete, amo a mis amigos y doy fe de que forman, en mi vida, un bonito mosaico de gustos, personalidades y cosas que aprender de ellos. Es solo que me acuerdo lo que me dijo uno de estos amigos queridos: “uno es el promedio de sus amigos”. Soy un tanto fragmentada, entre otras cosas.

Con esta pulsante sensación de no encajar, no solo entre mis círculos sociales inmediatos sino en un país abiertamente misántropo, estaba preparada para mudarme a otro lado. Me rompió el corazón dejar atrás a mi familia, y a mis amistades que habían madurado hermosamente con los años. La distancia y el paso del tiempo me confirmaron que yo ya no cabría en ese agujero que había dejado atrás, y en realidad no estaba del todo segura de querer caber. Estaba bien sin lidiar con un país misántropo, pero también mi condición de extranjera dejó de ser una mera subjetividad. Mi acento, mis gustos, mis conocimientos, mi temperatura corporal, todo gritaba que yo no pertenecía al sur del continente americano. Pero me aceptaron en él, como mucha gente antes me aceptó en sus círculos como miembro honorario. Logré un nuevo hogar, uno lejos de mi primer hogar.

Para cuando llegué a Inglaterra, no me preocupaba encajar o no. Por supuesto, a estas alturas también estoy consciente de que ese sentido del yo proviene de una vida de privilegios, de contar con los recursos materiales básicos y con suficiente apoyo emocional. Pienso en quienes no tienen casa, familia, un techo sobre su cabeza, sobre todo ahora que vienen las fiestas y ahora que viene el invierno.

Mi sentido de pertenencia se mantiene, y ahora que le pongo atención lo entiendo mejor. Dentro de todo, he tenido mucha, mucha suerte, entre estar en paz con mis rasgos de outcast (como dice la intelectual frase que leí alguna vez: “wherever you go, there you are”) y encontrar en mi camino nuevas personas que hacen crecer mi mosaico. Estoy bien con mi –figurativa– onda cerebral divergente y mi condición objetiva de extranjera. Reconozco que sí quepo en muchos círculos, aunque siempre tenga que contorsionarme un poco para ello.

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Protocolos para socializar

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 23 de noviembre de 2017.

Las voces en mi cabeza no se ponen de acuerdo en este tema. En Inglaterra, uno le pasa de largo a la gente y la gente le pasa de largo a uno. Estoy segura de que no es por ser mala onda y no hay que tomárselo personal, pero este trato (o no-trato) resulta más confuso cuando proviene de gente que conozco. La explicación más sencilla es que la persona no me vio mientras cruzábamos caminos, o solo vio una sombra irreconocible por el rabillo del ojo. Aprecio la energía psíquica que ahorro al no tener que interactuar con casual acquaintances, pero todavía no entiendo si estas se pasan de largo entre sí con o sin intención.

Estas convenciones sociales de mantener la distancia parecen hechas a la medida para alguien como yo. No me desagrada la gente, no siempre, pero en mis interacciones sociales apunto al mínimo esfuerzo. Mis días en la oficina están salpicados de momentos con silencios incómodos cuando encuentro colegas en la cocina o en los pasillos. “You a’right?”, “Not too bad, you?”, fin. La amabilidad nunca falta, pero aquí es donde meten su cuchara las voces en mi cabeza, las que me dicen que evada esos silencios incómodos preguntando cómo va la investigación (el “hablemos sobre el clima” de los estudiantes de doctorado) y otras nimiedades. Finalmente arruino esa deliberada brevedad con conversaciones forzadas que no van a ningún lado.

Estas interacciones mínimas contrastan con las de mi entorno natal, donde la gente siempre está pendiente de los demás. Era cotidianidad ver venir la charla casual, o el sentir en la nuca la mirada de otros, ese gesto a veces maleducado de que alguien se me queda viendo porque algo en mí le llama la atención. Hablo de comportamientos culturalmente compartidos más que de cualquier cualidad que yo pueda o no tener; yo soy una persona horriblemente promedio sin mayores señas particulares. Podría achacar estos comportamientos al carácter colectivista de mi cultura, que a veces es reconfortante y otras veces, invasivo y demandante. Estar viendo para otro lado, estar pensando en otras cosas y por eso pasarle a alguien de largo es aquí la norma, mientras que en mi entorno natal es un paso en falso, un fallo en la vida pública:  uno no es distraído, sino un engreído que no saluda a los amigos y quién se cree que es para ignorarme.

Crecer en un entorno así he dejado secuelas en mí, pero venir a un país donde las demandas de interacción social son menores, en cantidad y calidad, también me causan cortocircuito. Uno de estos días, en la parada de bus, veía al suelo, keeping to myself y oyendo música, cuando una mano sacudiéndose frente a mi cara llamó mi atención: “Hey” escuché. Un colega del doctorado, de reciente ingreso a mi pokédex de amistades, me saludaba sin detenerse en su marcha. “Hey”, le respondí con una sonrisa, sorprendida de que ya hubiéramos alcanzado un nivel social en el que podíamos no pasarnos de largo. Mientras le respondía, noté a otro colega del doctorado que venía en mi dirección, cuya forma de ver el mundo me despierta un arranque de reflujo. Afortunadamente, él pasó de largo sin notarme (o fingiendo que no lo hacía, no lo sé). Mientras lo vi alejarse, me di cuenta con horror de que mi supervisor del doctorado se estaba subiendo al bus que acababa de estacionarse frente a mí. Solo lo vi de espaldas y no sé cuánto tiempo él y yo estuvimos a un par de metros, y si él habrá reparado en mi presencia, y si creyó que, y si, y si.

Aun entre amigos de culturas similares hemos modificado nuestras maneras de saludarnos y despedirnos; ya no es un beso en la mejilla sino una sacudida de manos. Un amigo del doctorado, recién llegado de Filipinas, todavía me saluda con un beso en la mejilla cuando nos vemos en la universidad; compárese con otros colegas con quienes intercambiamos una mirada para asegurarnos que nos conocemos y luego volteamos para no hablarnos (a veces intento esbozar una sonrisa, pero termina siendo invisible para mi contraparte). Una colega británica me preguntó con curiosidad por qué este amigo me daba un beso al saludarme. Supongo que además le confundía conocer a mi pareja y nunca haberme visto concediéndole el mismo trato que a mi amigo. Le expliqué a mi colega que era una costumbre de nuestras culturas. Casi le digo que, además, “it’s OK because we’re both queer”, pero esa es una capa de interseccionalidad que queda para otro día.

Pero no es el entorno social, propio o ajeno, el problema; soy yo. Y está bien, me perdono. Acepto que toda mi vida le he huido a contestar el teléfono, y tomo caminos innecesariamente largos porque me cuesta pedirle cosas a la gente: una dirección, una respuesta, un favor, una pizza; agradezco la tecnología actual que permite que muchos servicios puedan solicitarse en línea. Estoy consciente de que soy una persona con una timidez incapacitante. En mi primer trabajo de investigación, me encajaron la tarea de llamar a estudiantes universitarios para pedirles que respondieran una encuesta, y no una vez, si no tres veces al año, por tres años. En esta tarea coincidieron varias cosas que detesto: llamar por teléfono a personas desconocidas, pedirles algo a cambio de nada (o de registrarlos para una rifa de gift cards, que tampoco siento que sea mucho), solicitar su atención y sostener su atención. Duré en esa faena alrededor de una semana. La asertividad tampoco es mi fuerte, así que no fue que me retiré informando abiertamente mi aflicción. Pasó que, mientras hacía llamadas una mañana, me dio un fuerte dolor de cabeza, y me asaltó un creciente y atroz vértigo que me mantuvo postrada por dos semanas. “Eso es una exageración”, dirá como usted, como dije yo entre lágrimas a la semana y media de estar mareada, después de ver a varios doctores, revisarme el oído medio y tomar medicamentos, sin que nada disminuyera mi vertiginosa miseria. Le pagué a alguien para que hiciera las llamadas por mí y eventualmente volví a la normalidad.

He crecido como persona desde entonces, alabado sea, aunque sigo huyéndole a hablar por teléfono con desconocidos, sobre todo los que hablan una lengua que no es la mía. Al menos hoy llevo una vida en la que quienes me llaman por teléfono son mi flatmate chileno, una o dos personas de confianza, y gente que me quiere estafar. Esto de las interacciones sociales es un aprendizaje que nunca termina, y por eso decidí ir a un taller, Networking for the nervous (¡!). Terminé escogiendo a la peor persona con quien hablar, quien respondía a mis preguntas con voz inaudible y viendo al infinito como si yo no estuviera ahí. Me dije que acercarme a hablar con ella había sido un error, pero una de las voces en mi cabeza señaló que, justamente, me le acerqué porque todos la ignoraban (sí, pronto entendí por qué). Mis voces no se ponían de acuerdo si yo hice esto porque era noble o solo incapaz de escoger mis batallas.

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Ciudad de acero

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 9 de noviembre de 2017.

La ciudad en la que vivo, me enteré hace poco, se considera una “sticky city”: un lugar al que uno llega y del que ya no se va. Me enteré del término por el profesor de un curso que yo llevaba en la universidad. Es difícil despegarse de esta ciudad, es lo que él quiso decir, y contaba que él era un ejemplo de esa tendencia. Pude haberme levantado para darle un abrazo frente al resto de la clase cuando escuché su comentario, porque supo articular y validar una bonita sensación que me corroe por dentro. Con frecuencia expreso, apuntando al cielo, que me gustaría quedarme a vivir en esta ciudad. Estoy consciente de que, si hay alguien en el cielo, este ser tiene prioridades aparte de mis preocupaciones migratorias. Estoy consciente de que la vida que llevo actualmente tiene fecha de expiración.

Unas semanas atrás, tuve una velada que fue la encarnación del espíritu de esta ciudad. La velada comenzó cuando el sol todavía brillaba, en un festival de cerveza y sidra para celebrar el cumpleaños de un amigo. El festival era en una antigua zona industrial de la ciudad, una especie de isla artificial construida para que el río local mantuviera andando los talleres. Como es mi estilo, me emborraché con half a pint de sidra. Después caminé hasta la estación del tram bajo la lluvia para ir a ver jugar a los Steelers, el equipo de hockey sobre hielo de la ciudad, con amigos del doctorado (a estas alturas de la vida, esto de “dedicar mi vida al estudio” me parece una excusa, elaborada a espaldas de mi conciencia por la faceta más escurridiza de mi yo, para hacer otras cosas).

Mi entusiasmo por ver este partido era inaudito. Los deportes no podrían importarme menos. A veces pienso que pude haber llegado lejos si me hubiera tomado en serio mis entrenos de natación. Fuera de eso, me uní a un equipo femenino de basquetbol en mi segundo año de bachillerato (el último año de colegio en mi país), y lo que me emocionaba de eso era que mi camisa tenía el número 00, y que el equipo masculino, el de mis compañeros de curso, se llamaba Los rollos de papel higiénico. Con el tiempo reconocí que lo único que me atrae de los deportes es observar los comportamientos de los grupos en contienda y, más que los competidores y sus equipos, sus seguidores.

Era extraño encontrarme anticipando un partido, pero heme ahí, esa noche, con boleto en mano. Una compañera del doctorado logró emocionarnos, el hockey en hielo sonaba divertido. Lo primero que se me venía a la mente al pensar en hockey era la esperanza de ver peleas entre los jugadores, que también sonaba atractivo. Pensé en tomar notas durante el partido, para esta columna y para un segundo doctorado que siga retrasando mi inserción en la sociedad, pero sucumbí a la conformidad social. Imposible no hacerlo, soy mi propio objeto de estudio. Los jugadores, aparte de ser very easy on the eyes, se deslizaban por el hielo como criaturas celestiales. Los cánticos de los aficionados eran contagiosos. Los goles ocurrían demasiado rápido. En la kiss cam, una abuelita besó a un abuelito, y después a otra abuelita (you go, girl!). La mascota del equipo local era un hombre bigotón, del que no pude averiguar si era un trabajador del acero o un minero, aunque me inclinaba a que era lo primero. Hubo una rifa de más de mil libras y un concurso de no sé qué. Nadie se agarró a golpes con nadie, pero quizás eso es lo mejor. Los Steelers ganaron. Casi podría decir “ganamos”.

Párrafo parentético: me parece hermoso cómo los jugadores se deslizan sobre el hielo. Excluyendo las tensiones propias del partido, verlos patinando me resultaba divinamente plácido, tan plácido que me llevó casi media hora recordar que yo también una vez patiné sobre hielo. Duré diez minutos en la pista hasta que me resbalé y me quebré el coxis, lo cual desestabilizó mi calidad de vida y mi suelo pélvico para siempre. Fin del paréntesis.

Después del partido, mis amiguitos y yo rompimos la racha británica y nos fuimos a comer a una cadena gringa de comida rápida. Después, tomamos el tram de regreso al centro de la ciudad, bien entrada la noche. En las noches de fin de semana, el centro de la ciudad es un gigantesco antro al aire libre, plagado de jaurías humanas que despliegan distintos grados de prosperidad etílica. No es agradable estar a las diez de la noche en medio de un ambiente así, esperando el bus que pasará en veinticinco minutos más, pero viniendo del país que vengo, hasta esa parada de buses solitaria y oscura frente a la catedral resulta reconfortante.

Pienso mucho en esa sensación de seguridad que siento viviendo aquí. Puede que sea una ilusión. Digo, lo es, lo sé. Apenas comencé a seguir los periódicos locales, conocí el lado de la ciudad que queda fuera de mi burbuja. Esto no quiere decir que idealizaba la ciudad (bueno, un poquito), o que no estuviera consciente de que puedo ser víctima de un crimen en algún momento; pero uno no puede evitar convertir la moneda extranjera a la propia, no puedo evitar comparar. Las noches en las que me encuentro fuera de casa, tengo en mente lo más reciente que leí sobre delitos cometidos y quizás apresure el paso. Aun así, siempre cargo ese dejo de felicidad al recorrer diariamente las calles que conozco, y al explorar nuevas ocasionalmente.

No son solo los espacios públicos los que me alegran, también está mi vida social. Me llevó mucho tiempo aprender a socializar en este país, y esta frase todavía es bastante optimista; mi personalidad hiper-autocrítica no me deja desenvolverme fácilmente en las interacciones más mundanas, ni en inglés ni en español. En todo caso, he hecho avances, y mi memoria se va llenando de rostros conocidos y de rutinas de terceros que se traslapan con la mía. Está la ancianita en la parada de buses por mi casa que espera el bus de las 9:30 am, o los estudiantes que se bajan en paradas que quedan en mi camino a la universidad. Están las personas de los cafés cerca de la oficina, los vendedores de la Big Issue North, y la gente que pasa sus días en la calle. Además, voy a ciertos eventos y reconozco caras de eventos anteriores. Camino por la oficina y saludo gente y gente me saluda.

Nada de lo que menciono se refiere a eventos fuera de lo común, toda la gente se encuentra con gente todos los días. Pero para mí significa mucho. Diariamente, apenas abro la boca, recuerdo mi condición de outsider, pero este lugar se caracteriza por recibir a outsiders con los brazos abiertos (más o menos; a veces), y eso, por ende, me hace sentir que pertenezco aquí. Siento la stickiness de la ciudad, el magnetismo, la sonrisa que deslumbra a pesar de sus dientes torcidos. Vivo con la tentación de llamar a esta ciudad mi ciudad, quiero hacerlo, pero temo el desconsuelo cuando llegue la hora de despegarme.

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El comité

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 26 de octubre de 2017.

Reviso el calendario y me parece increíble que haya pasado un año desde que me uní al comité. Ha sido una experiencia sumamente gratificante, aunque mi involucramiento iniciara por una situación que en mi país archivaríamos bajo la etiqueta: “yo pasando iba”.

Porque soy una señora que cuenta lo mismo una y otra vez, repetiré parte de una historia que ya conté: hace un año, la Sociedad de Posgrado de mi departamento en la universidad convocó a sus elecciones anuales. En ese entonces, el departamento acababa mudarse a un nuevo edificio. Yo solo fui a la elección para pedir que volviera el coffee morning que solía organizarse, en el antiguo edificio, cada quince días (gracias al coffee morning aprendí la palabra “fortnight”, que no deja de sonarme terriblemente específica). Entré a la reunión de votación y no había mucha gente aparte de los miembros del comité saliente. Estuve tentada a irme, pero ya todos me habían visto entrar.

Para ahorrarme el cuento, que de todos modos está borroso en mi memoria, terminé nominándome a mí misma para secretaria. No pude soportar ver la casi nula presencia de candidatos y, sí, seguía pensando en el coffee morning. Podía hacerme cargo de eso y, además, ya era hora de que socializara más con compañeritos del doctorado. En ese tiempo cumplía un año en Inglaterra y apenas me desviaba de mi ruta casa-oficina y viceversa, y apenas salía de mi círculo social de inmigrantes. Fue un año bastante cómodo, pero seguro mi experiencia inglesa podría abarcar mucho más que eso.

El paquete informativo sobre mi rol de secretaria listaba tareas y beneficios. Skills de esto y lo otro, se verá bien en tu CV. Yo fui secretaria una vez, en mi país, en un entorno más formal y “adulto”, en una organización no gubernamental. Mi cargo se llamaba “asistente ejecutiva”,  secretaria en clave elegante, y estuve en él dos años. Detestaba contestar el teléfono y el imaginario social de subordinación asociado a este trabajo; más bien, el mundo avanza gracias a las secretarias. Yo resulté ser una muy eficiente, aunque no quería serlo para siempre. Según mi CV, estaba sobrecalificada y era poco idónea para el puesto, aunque esto no quiere decir que no aprendí nada. Esta ONG trabajaba con personas que adquirieron discapacidades a raíz de la guerra en mi país, y casi todos sus empleados, incluyendo mi jefe, eran de esas personas. Lo mejor que alguien como yo, con sus miembros intactos y sin trastorno de estrés postraumático, podía hacer en un entorno así era guardar silencio y escuchar. Aprendí una barbaridad. Saber cómo llevar una agenda de reunión fue lo de menos.

Con esta experiencia a cuestas, aunque en un entorno radicalmente distinto, comencé como secretaria de la Sociedad. Mientras no tuviera que contestar ningún teléfono o negociar sponsorships con gente desconocida, estaría bien. Pero los primeros meses del comité, no estuvimos muy bien. La presidenta electa resultó ser una presidenta inexistente. Organizábamos actividades y eventos que atraían a las mismas tres o cuatro caras. Bless them por apoyar, pero con ese nivel de convocatoria bien pudimos no haber existido. Por el lado amable, reinstauramos el coffee morning, y eso y la salida al pub cada primer viernes del mes atraían estudiantes y hasta gente del staff.

Una de mis tareas era encargarme del boletín mensual del departamento. Creí que eso implicaba que debía armarlo con insumos que recibiera de otros, pero terminé preparándolo yo sola. Me moría de nervios por equivocarme en algún dato o escribir mal alguna palabra y pensar que eso lo leería mucha gente. Pronto me convencí de que nadie leía el boletín, y traté de hacerlo más atractivo con contenido adicional fuera de los eventos del mes (que no eran muchos). Mi retroalimentación al respecto fue sobre una caricatura, dos estudiantes escribieron diciendo que contribuía a estereotipos sobre cierto trastorno mental. Me disculpé por la falta de criterio, y el error me desanimó a seguir el boletín. Pero seguí, y se me ocurrió escribir sobre una lista de psicólogos eminentes contemporáneos, publicada en un journal años atrás. Cada mes, escribía sobre una de las mujeres en esa lista (que eran muy pocas, ese era el underlying commentary).

Todo mejoró en la Sociedad cuando la presidenta inexistente abandonó el rol y el vicepresidente tomó su lugar. El comité comenzó a moverse más. Resultamos ser un equipo maravilloso, brilliant, cada quien hacía su parte y la hacía bien. Yo, además, agradecía que mi tarea fundamental era mantener la comunicación dentro del comité sin tener que dirigirle la palabra a nadie fuera de él. Nuestras reuniones fortnightly(!) pasaron a agendarse a las 10 de la mañana en un café a una cuadra abajo del departamento, donde venden el café a una libra antes de las 10 de la mañana. No hace falta decir que este comité resultó ser bastante puntual, llegando incluso antes de la hora de la reunión. En ese café, además, tengo un crush de esos que duelen, con un barista, pero no tengo nada que ofrecerle más que las gracias cuando me entrega mi taza.

No importa que ser parte del comité enchule mi CV (de hecho, no creo que resulte relevante). Tampoco creo que ello me dio nuevas habilidades, porque yo ya era bastante competente y organizada. Lo importante es que logré mi objetivo de salir de mi zona de confort social. Empezando por entablar lazos de trabajo y amistad con los colegas del comité, británicos y extranjeros, pasando por dirigirme a esas audiencias invisibles que eran las mailing lists del departamento, hasta llegar a los eventos sociales y académicos que organizamos.

Los últimos meses fueron los mejores. Ventas de pastelería para recaudar fondos, caminatas en el Peak District, seminarios de investigación seguido de una recepción, eventos para concientizar sobre algún fenómeno. Y de repente se acercaba el término de este comité; algunos miembros se graduaron y se fueron antes de tiempo. En un último gesto sentimental, hice un year-in-review para el último boletín, en el que el comité se despedía y agradecía a estudiantes y staff. El día después de enviar el boletín, encontré un correo de respuesta: un profesor que admiro (sobre quien ya conté la historia de cómo fracasé estrepitosamente en una clase suya) dijo que estaba impresionado por todo lo que este comité había hecho, y que disfrutó la serie de psicólogas eminentes, eran un gran recurso. Quise responderle: ¡Yo escribí esa serie, a mí se me ocurrió, no soy tan bruta como parecía en su clase, honest! Pero no iba a perder el decoro y solo le agradecí sus palabras, agregando que ojalá el próximo comité continuara con ese trabajo.

Semejante reconocimiento me hizo reconsiderar postularme para seguir un año más como secretaria. Pero tuve que aceptar que llegó la hora de aprender una última lección en este comité: soltar. Irse. Continuar con la vida. Tengo otras tareas que demandan mi atención, y solo queda pasar la batuta y la confianza al nuevo comité. Preparé mi material para el traspaso, y mi consejo número uno fue que celebraran sus reuniones en el café de la esquina antes de las 10 de la mañana.

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De segunda mano

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 12 de octubre de 2017.

Es un descuido mío el no recordar la primera vez que entré a una charity shop en Inglaterra. Puede que me cueste recordarlo porque ocurrió en los vertiginosos primeros días de mi llegada, en los que todo lo que uno hace, en calidad de extranjero recién llegado, califica como una primera vez. De alguna manera me enteré de que existían tiendas de segunda mano donde vendían prácticamente de todo y barato, para beneficiar distintas organizaciones de caridad. Por lo que quisiera recordar esa primera vez es simplemente por gratitud. Agradezco la existencia de estas tiendas.

En retrospectiva, puede ser que la primera charity shop que visité haya sido una de muebles, o una donde vendían el libro de 1956 “101 dálmatas”, en el cual se basó la película, y que hasta este día lamento no haber comprado. Pero digamos que fue la de muebles. No podía acceder a alojamientos de la universidad porque yo era estudiante pero los dos gatos que venían conmigo no, así que terminé alquilando una casa. La casa no estaba amoblada y alguien me sugirió una tienda en el centro de la ciudad. Mi nesting instinct estaba hiperactivado, estaba ansiosa por instalarme en un lugar que pudiera llamar hogar, y esa tienda me ayudó a hacerlo con rapidez. No podía creer que los muebles que había escogido tenían un precio tan bajo. No podía creer que fueran de segunda mano. En cosa de días dejé de dormir en la sala sobre un montón de cojines, teniendo en su lugar una cama decente en la cual sudar el jet lag sobrante.

Cuando estaba pagando los muebles que compré, noté todos los afiches y trípticos que adornaban la tienda, relativos a la investigación y tratamiento de dolencias cardiacas. “Espere, ¿estoy comprando toda clase de cosas a precios bajos *y* salvando vidas? Tome todo mi dinero. Y agregue otra mesita para poner en una esquina”. Me pareció una de las mejores ideas que había visto puestas en práctica en la vida, un estupendo aprovechamiento de recursos por una buena causa.

Resultó que la calle principal cerca de la casa que alquilé, ahora felizmente amueblada gracias a esa tienda del corazoncito, estaba salpicada de tiendas de segunda mano. A beneficio de la tercera edad, de la protección animal, del tratamiento de la esquizofrenia, de un hospital. Poco a poco fui entrando a ellas, y mi instinto de anidación volvía a activarse porque me urgían cosas para la cocina y para el baño, me urgía ropa de invierno, me urgían libros y vinilos. Después me faltaban libreras y un tocadiscos, y después más libros y discos para sacarles provecho.

Gracias a las tiendas de segunda mano, también, expandí mi guardarropa. No en cantidad sino en estilo. Comencé a vestirme diferente porque era barato experimentar. No importa que la ropa de las charities, y las tiendas mismas, vengan con un olor particular. En general, la ropa y su contribución a la apariencia de una persona son sumamente relevantes para mí. No es que yo tenga el mínimo conocimiento serio sobre moda; mi primer referente de cómo vestirme es una estrella de rock de quien se dice que se viste dentro del clóset con las luces apagadas. Ese fue mi primer estándar, y eran justamente estas vestimentas estrafalarias (sin llegar a leotardos negros con rayas blancas) las que le hablaban a mi alma. Sin embargo, mientras vivía en mi país, mi guardarropa consistía en camisetas, jeans y zapatos deportivos, como el de la mayoría de gente de mi edad.

En cualquier caso, a lo largo de mi adolescencia tardía y mi adultez emergente, encontré ciertas prendas y accesorios que le ponían un poco de sabor a mi imagen. Aunque no estaba en mí vestirme estrafalariamente como mi role model, claro que quería expresarme a través de mi apariencia. Por otra parte, siendo prudente, me decía a mí misma que, en mi entorno, lo mejor que uno podía hacer era no destacar. No se necesitaba mucho para que la gente, más precisamente hombres, se te quedaran viendo y te dijeran cosas. Hay personas que están malitas de su Teoría de la Mente y atribuyen rápidamente que uno se viste o se ve de cierta manera para llamar la atención. Ciertamente hay un componente comunicativo en la apariencia que uno proyecta, pero las más de las veces, esta responde a sentirse bien con uno mismo, a sentir orgullo e incluso paz con aristas de la identidad propia. Cualquiera que ha usado una camiseta de su equipo favorito o su banda favorita lo sabe, aunque no lo ponga en palabras. Pero esta deferencia se les concede más a cosas como esas que a, digamos, un vestido. Yo jamás usaba vestidos, entre otras cosas. Dirían que solo quería llamar la atención.

No más. Aquí, además de que era barato experimentar con distintos looks, podía hacerlo tranquilamente. Había salido levemente de mi zona de confort cuando me mudé de mi país natal a uno que tenía las cuatro estaciones, pero fue en esta isla donde por fin tuve vestidos y botas y ropa de verano que no solo usaba en la casa cuando nadie me veía. De repente me encontraba a mí misma adoptando estilos y prendas de vestir a las que en otras épocas de mi vida les habría aturrado la nariz. Actualmente, en mi círculo social, muchos de los cumplidos sobre mi apariencia los respondo con “gracias, lo compré en una charity”. Y en ocasiones cambio el “gracias” por un “lo sé”, porque sí, yo sé, me veo bien.

Algunos fines de semana, en lugar de hacer un pub crawl, hago un charity shop crawl, llegando al final de la calle principal cerca de mi casa y deshaciendo el camino a medida que entro en cada tienda. Sé que no soy la única con semejante pasatiempo porque en cada tienda a la que entro veo las mismas caras que vi en la tienda anterior. No puedo llenarme de cosas en casa, por salud mental y porque algún día tendré que irme de aquí y no quiero viajar con nada más que lo esencial (aunque me gustaría quedarme, estoy disponible para adopción). Hace un tiempo, tuve la buena fortuna de que un familiar mío viniera a pasar una temporada conmigo. Los meses que pasó aquí, trabajó como voluntario en dos tiendas de segunda mano, una de ellas era de puros libros. Él se convirtió en mi dealer, buscaba títulos que me interesaban y me los apartaba hasta que yo llegaba por ellos. Cuánta alegría se compra con un billete de diez libras.

Por supuesto que no todo lo que compro proviene de tiendas de segunda mano. Hay cosas que ameritan comprarse nuevas, por necesidad primaria o por halagarse a uno mismo (puede que solo hable por mí misma, pero esto último también cuenta como necesidad primaria). A medida que fui estabilizando mis finanzas, sobre todo cuando mis gatos consiguieron trabajo y por fin contribuyeron al hogar, pude combinar la austeridad con la abundancia, lo pre-loved con lo newly arrived. En todo esto debe haber una lección sobre capitalismo y posesiones materiales pero ahorita estoy bien sin ahondar en ella.

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Vainilla

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 28 de septiembre de 2017.

Era media tarde y las callejuelas comenzaban a llenarse. Había llegado a una conferencia día y medio atrás y por fin me había zafado del ámbito académico para recorrer esta ciudad. Esas callejuelas eran mi único destino fijo, como una peregrinación que le debía a no sé quién, pero a alguien. La mayoría de las ventanas se mantenían con cortinas cerradas a esa hora pero las que encontré abiertas me hicieron sentir como si estuviera cometiendo una indiscreción. Me compré un cono de papas fritas y me senté en una plaza, frente a la estatua de una mujer apoyada en el umbral de una puerta y debajo la inscripción “Proteger a las trabajadoras sexuales en todo el mundo”.

Cuando estoy fuera de casa, fuera de mi ciudad adoptiva en Inglaterra, me asalta el pensamiento fugaz de que en cualquier momento podría “ocurrir algo”. Un atentado, quiero decir, pero no quiero decirlo. Es fugaz porque sopeso probabilidades y comparo el nivel de alerta en el que estaría si me encontrara en un espacio público en mi propio país. Solo con esta última comparación, el terror en mí disminuye (que no se tome como una competencia de qué es peor; dos tragedias de distinta naturaleza pueden ocupar una misma mente). Pero en ese momento fugaz, me da por pensar qué dirían de mí los medios de comunicación, especialmente porque yo ya no estaría para defenderme. Tiendo a pensar que se pondrían sentimentales por una hora y luego pasarían a otros temas, como es la norma con los don-nadies.

Las papas fritas en un cono las había comprado en el Barrio Rojo de Ámsterdam. La estatua era un justo reconocimiento a las personas que se dedican, por cualquier cantidad de razones, al vilipendiado trabajo sexual. Además de tener papas fritas en mi organismo (qué celestial es la comida en Holanda, verdá-de-Dios), había aspirado humo de marihuana de segunda mano, y había echado un vistazo al CV de algunas trabajadoras sexuales en las ventanas. Es posible que yo sea la persona más vanilla del mundo, pero pensé que, si “algo ocurriera” y yo quedara ahí nomás, la incisiva hipermoralidad de algunos de mis congéneres les haría preguntarse qué hacía yo en ese lugar obsceno. Esta sería, claro, una pregunta retórica empapada de reproche y hasta de schadenfreude.

Podía escuchar esta pregunta en mi cabeza porque nací en un entorno social que me machacó que el sexo, en su significado más amplio e inclusivo, era algo vergonzoso, malo, inmoral. Tuve la suerte de contar con algunos factores protectores que, desde que logré consciencia sobre estos temas, contribuyeron a que no se cimentara en mí una visión demasiado tradicional del sexo. No me parecía malo, solo algo sumamente íntimo y que no tenía nada que ver conmigo. Aun así, nadie es inmune a la influencia del sistema en el que nace y crece, y por mucho tiempo equiparaba, por ejemplo, “enseñar piel” con vergüenza y hasta poca inteligencia.

Eventualmente dejé atrás muchos de los “valores” de mi entorno social, en buena parte porque esos valores se mostraban empecinados en destruirme. Tenía siete años cuando sufrí mi primer acoso sexual, por parte de dos hombres en un parque, y desde entonces vino una seguidilla de eventos y amenazas que desembocaron en una espantosa disfunción sexual. “Esto es demasiada información para mí”, dirá el modesto lector, pero no cuento esto para modestos lectores sino para criaturitas como la que yo fui alguna vez, que habría agradecido enterarse de que lo sentía era habitual pero no por ello “lo más normal del mundo”, que tenía un nombre, una explicación y más de una solución. Pensándolo bien, a algunos modestos lectores les convendría aprender un par de cosas más sobre sexualidad.

La fortuna me sonrió y pude escapar de ese entorno opresor. Salir primero de mi país y después de mi continente, además, resultó terapéutico en ese sentido. Por supuesto que es triste decir esto, lo último que uno quiere es que el entorno que uno llama hogar justifique con velado regocijo que te pasen cosas malas. Y lo mío fue nada. Mientras escribo esto, un nuevo caso de feminicidio ha vuelto a visibilizar las protestas del #NiUnaMenos. Digo vuelto a visibilizar porque esa lucha se hace todos los días, generalmente en el ámbito privado y ante la ceguera selectiva de mucha gente; si esta lucha es difícil de creer, sépase una persona privilegiada. No hace falta que yo venga a hablar de esto, las explicaciones de qué distingue un feminicidio de otros tipos de asesinatos, y por qué se destaca esta distinción, son fácilmente accesibles (aun así, abundan quienes esperan que sean “las feministas” quienes denuncien todo y expliquen todo, pero de buena manera porque de mala manera no vale. No. Esta es una labor intelectual de la que cada quien debe hacerse cargo si de verdad le interesa).

Decía, pude escapar de ese ámbito opresor, y hoy camino por la calle sin que me hormiguee por la piel esa duda introyectada de si no estaré “llamando la atención” (eufemismo de ser mujer o parecerlo). Esta inseguridad es difícil de entender para quien no crece recibiendo mensajes sobre lo frágil, llamativo y moralmente vinculante a su valía como persona que es el propio cuerpo. Es difícil de explicar, esa libertad que deriva de que te dejen en paz. Aquí pude cambiar mi pelo, mi forma de vestir, y encontré a la persona que había encerrado en el fondo de mí para protegerla de todos esos valores de la “gente de bien”. El “aquí” en el que estoy ahora dista de ser idílico y de estar libre de prejuicios y de riesgos que me son familiares. Pero para mí sigue sintiéndose como un alivio, un mínimo con el que apenas se puede soñar en mi región de origen.

Aquella tarde en el Barrio Rojo de Ámsterdam, no solo comí papas fritas, sino que salí de la zona con un bombón de marihuana. Me lo regaló el dependiente buena-onda de una tienda de recuerdos. Me fui del Red Light District antes de que cayera el sol, cuando el lugar comenzaba a llenarse de excursionistas. Para mí, lo importante no era ver sex workers convirtiendo lo mundano en glamoroso, no era el sexo ocupando el espacio público. O sea, sí, lo era, mil veces. Pero era también, ante todo, el hecho de ver este tema tan polémico, sucio, pecaminoso, tabú, vergonzoso, como la compleja necesidad humana que es; no totalmente pero mucho más de lo habitual. Solo hay una cosa que, colectivamente, debería concernirnos en cuanto a la actividad sexual ajena: que sea plenamente consensuada entre las partes involucradas. Fuera de eso, los con quiénes, los cómos, los con qués, no están para debatirse en términos de bueno o malo.

Me fui del Barrio Rojo pero regresé al día siguiente para desayunar porque that’s my thing. Una amiga definió mi espíritu vanilla como alguien que va al Barrio Rojo y sale de ahí con un Chupa chups. Y, sí, así fue. Ahí comí papas fritas y un waffle belga, y compré algo en una sex shop –nada fálico– que mantuve en una bolsa negra para fingir que sentía vergüenza.

Más REINO UNIDO

Español

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 14 de septiembre de 2017.

El amiguito británico que venía a mi lado, viendo por la ventana del avión que aterrizaba, le tocó al hombro a su compatriota en el asiento de adelante. “We are definitely not in Yorkshire anymore!”. Su tono cargado de emoción me dio ternura. El avión estaba lleno de británicos sacándole el jugo a lo último del verano, entre ellos uno sonriente que usaba un sombrero mexicano, lo cual también me dio ternura y me hizo poner los ojos en blanco. Le respondí al amiguito a mi lado, “not anymore, vieja, bienvenido a Latinoamérica”. Me nació decirlo por lo familiar que me resultó el paisaje, como cuando uno ve distintas películas de un mismo director y reconoce su estética particular. La verdad fue que aterrizamos en España. Por eso puse los ojos en blanco cuando vi el sombrero mexicano.

Era mi apreciación que ya tenía suficiente exposición a ese umbrella term que es España. Mi primer contacto significativo, muy cercano a mi corazón, fue el Gran Juego de la Oca. Luego la Compañía de Jesús, y más adelante profesores españoles que llegaban a enseñar a las universidades por las que yo pasé. Mencionaría a Cristóbal Colón y la desafortunada malinterpretación de que descubrió América, pero prefiero destacar a Ska-P, porque si bien el ska está fuera de mi menú musical, su posición frente una serie de temas sociales (y animales) era una caricia a mi alma. No obstante, nunca se termina de aprender sobre otras culturas, y una razón en particular me llevó a Barcelona.

Por mucho que estuviera consciente de la burbuja lingüística en la que vivo en Inglaterra, ver rótulos en español y catalán fue como respirar un aire distinto. Una cosa es la consciencia, otra la visceralidad, y esa visceralidad me pegó bonito. El sonriente agente de migración me dijo “buenas tardes” (me sonó tan musical) y me selló el pasaporte con apenas una mirada rápida, entretenido como estaba conversando con el colega de la otra ventanilla. El paisaje que veía desde el tren que tomé a la ciudad me seguía pareciendo familiar. Cuando toqué la puerta del lugar donde iba a alojarme, recordé que eran dos besos en la mejilla y no uno, y me lancé al saludo con efusividad. Extrañaba esta clase de contacto, extrañaba tener una señal tangible de apertura y cierre de una interacción social.

Lo primero que hice al salir a la calle, después de instalarme en la habitación que me prestaron, fue entrar a un restaurante mexicano. Hace mucho tiempo que no como frijoles; no British beans, no porotos, quiero decir frijoles jalvadoreños, y esto era lo más cercano que iba a encontrar. A veces encuentro frijoles refritos en lata en la Students’ Union, o bolsas de frijoles en un puesto jamaiquino en el Moor market, pero no con suficiente frecuencia, de modo que la reactancia identitaria-gastronómica me asaltó en esa calle en Barcelona (soy salvadoreña, no mexicana, pero ya quedó claro que estoy hablando de frijoles molidos y no de naciones). Fue irreal decir “gracias” en voz alta cuando me iba del restaurante; me sentía fuera de lugar hablando español en público. Mi acento ahora, especialmente al hablar inglés, es una tristísima mescolanza que suena a que yo no pertenezco a ningún lado –lo cual, parece, es cierto–, pero tal es la fuerza de la costumbre. Casi se me sale un thank you en lugar de un gracias.

Como paréntesis, además, la razón por la cual estaba en Barcelona era eminentemente británica: fui a la exhibición David Bowie is, porque este ha sido mi año de peregrinaciones en pos de semi-deidades con quienes sostengo tórridas relaciones parasociales. Cuando uno quiere recordar que es una insignificante partícula de polvo en este universo, o levanta la vista al cielo o revisa todo lo que hizo David Bowie. Después de tres sobrecogedoras horas en la exhibición, fui por tapas. Fin del paréntesis.

Aprecio el concepto de tapas. Lo que no aprecié tanto fue que me invitaran a experimentar ese concepto a las 9:30 pm. Estaba al tanto de la vibrante vida nocturna de la ciudad, lo cual me parece maravilloso y algo de lo que me hubiera encantado participar, pero yo ya no estoy para esos trotes. Yo nací no estando para esos trotes. Agréguese que llevaba despierta desde las 4 am, cuando desperté en mi cama en South Yorkshire, y se entenderá lo reconfortante que me resultó entrar a la estación del metro para dirigirme a la cama que me prestaron en Barcelona. El metro me recordó mucho a Santiago de Chile, al menos porque fue en esa ciudad donde aprendí a ser usuaria del metro.

Dura más una emisión del Juego de la Oca que lo que duró mi viaje a Barcelona, pero alcancé a ver museos, castillos, y el mar. El clima era hermoso para ser turista peatón. Por tramos, Barcelona me recordaba a mi ciudad natal, o como sería si no la plagara la violencia, la corrupción, la indolencia oficial y civil, la exasperante ausencia de un mínimo criterio estético, y lo que uno de mis hermanos llama la arquitectura de la inseguridad.

Sabía más cosas sobre este país fuera de lo que listé en el segundo párrafo de esta columna, y experimenté dos en particular. Primero, en un restaurante, tuve que sentarme frente a alguien, de otra ciudad de España, que despotricaba porque el menú que le dieron estaba en catalán. “Vieja, estás en Cataluña”, me mordí la lengua. Lo suyo no era la expresión de un inconveniente como lo era para mí, que tampoco sé hablar catalán. Lo suyo fue un insulto haciéndolo pasar por chiste con una sonrisa hostil. Segundo, el día anterior a eso se me habían puesto los pelos de punta cuando tuve a mi alcance un trozo de cartulina que se colocaba como máscara. La “máscara” era la caricaturización de una persona afrodescendiente, el trazo más colonialista posible, un inquietante recordatorio del belga Tintin en el Congo. La máscara, en el contexto en el que la encontré, parecía considerarse digna de guardarse “con humor”. Sentí la urgencia de tomar esa máscara, ya fuera para destruirla o para entregarla como aporte al Museo de la Esclavitud de Liverpool, donde sabrían explicar con más contundencia que yo por qué esa caricaturización es, cuando menos, una desgracia. Hay temas que no son dignos de tratarse con paciencia.

Fuera de algunas interacciones penosas, deseé que mi visita hubiese sido más larga para conocer más de la ciudad. Desde el tren al aeropuerto me despedí de esa sensación de familiaridad. A medida que transcurría mi vuelo de regreso, los cielos azules pasaron a ser nubarrones grises hasta que la visibilidad a través de la ventana fue nula. Pero ahora los nubarrones, también, me eran sumamente familiares. Entre mis compatriotas se da el cuestionable hábito de aplaudir cuando el avión aterriza pero, como consuelo y perspectiva, cuando aterrizamos en Manchester, un grupo de blokes, posiblemente volviendo de una despedida de soltero abroad, también aplaudió. La sensación que me invadió cuando me bajé del avión me sorprendió un poco: la sensación, la certeza, de haber vuelto a casa.