Más REINO UNIDO

Cuando sea grande

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 8 de marzo de 2018.

Un visitante y yo estamos en la parada de autobús, esperando el autobús solo porque está lloviendo. De no ser por la lluvia, caminaríamos. El trayecto hasta el centro de la ciudad es colina abajo y, aunque haga frío del que duele, uno termina sudando generosamente bajo las numerosas capas de ropa. Llamo visitante al personaje que está al lado mío en la parada, meciéndose de un lado a otro para fingir que genera algo de calor, pero en realidad es una persona que vive conmigo; solo lo llamo así para señalar que no es de este mundo.

“¿Qué pensabas que serías cuando fueras grande?”, me pregunta el visitante (como si él no lo supiera, pero de algo teníamos que conversar que no fuera el clima). Tengo esa misma duda sobre mis congéneres. A veces me da por observar a alguna persona en mi círculo social y preguntarme si la vida que lleva cumple con sus expectativas, o si la vida que lleva es como es porque así la imaginó y porque luchó tenazmente por construirla a su medida. Al final es una pregunta que no le hago a nadie porque es un tema íntimo y hay que estar in the mood para hablar de esas cosas. “No pensaba en lo que sería cuando fuera grande -respondo- porque no quería crecer”.

Yo no quería ser nada en particular, y en buena medida esa falta de aspiración se materializó. Heme ahí en la parada, siendo nada en particular, junto con un acompañante que se entretiene lanzando su aliento al aire gélido bajo una lluvia torrencial; el autobús no pasaba. “Para saber qué querías ser cuando fueras grande -me dice-, hacé una retrospectiva de todo lo que no querías cuando eras una niña”. No quería no tener mascotas. No quería vivir en un lugar donde no se pudiera caminar en paz por la calle. No quería sentirme atrapada. Jamás se me pasó por la cabeza “cuando sea grande quiero ser inmigrante”, pero parece que muchos de mis deseos vitales se resolvieron al lograr esa agridulce condición. No es que me resolviera la vida, sigo sin tener dónde caerme muerta, pero eso de emigrar me trajo muchas cosas que yo no me atrevía a desear porque creía que era pedir demasiado. Cosas triviales pero bonitas, como andar en tren, encandilarse abiertamente con chicos y chicas y non-binaries, o vivir en una casa estrecha como la de la película 101 Dálmatas.

Puede que sea hora de asumir que ya estoy grande, o al menos que estoy creciendo. Es algo que hacer mientras se espera el autobús. Más gente comienza a apiñarse en la parada, incluso algunas se quedan fuera de ella, pero al menos ya no llueve torrencialmente. El visitante y yo estamos de acuerdo, con un dejo de orgullo, que no soy solo yo quien está creciendo. Le cuento que hace poco alguien me preguntó qué pensaba yo de que “ahora la gente se ofende fácilmente por todo”. Mi respuesta fue que qué bien por la gente que ahora reconoce sus límites personales y los deja bien claros. Eso, creo yo, es crecer, y hay grupos sociales (algunos a los cuales yo pertenezco) que lo están haciendo. Muchas reacciones parecerán “ofenderse por nada”, pero esa es una apreciación fácil de hacer si uno ha andado por la vida diciendo sandez y media sin consecuencias y les frenan el carro por primera vez. Aun con ejemplos de gente ofendiéndose por algo absurdo, esos ejemplos no invalidan lo saludable que es saber lo que se quiere y lo que no se quiere, y establecer hasta dónde se le permite llegar al otro.

El visitante me pregunta si no deberíamos hablar en inglés estando en la parada. Somos los únicos hablando, de hecho, entre el grupúsculo de gente que revisa nerviosamente su teléfono y suspira con impaciencia. Sé que él solo quiere hablar inglés porque cree que estamos diciendo cosas interesantes y asume que la gente se beneficiaría de escucharnos. Yo, honestamente, creo lo mismo, pero ya aprendí que no tengo un público nicho y todo lo que diga se lo llevará el viento, como se pasó llevando la bandera de Gran Bretaña que ondeaba en el pub frente a la parada de autobús. En la asta ya solo quedan jirones.

Comienza a volver a mí un vago recuerdo de querer ser grande. Quería todos los beneficios de la adultez sin sus responsabilidades. Hasta en eso crecí. Ahora soy una buena ciudadana, una ciudadana cuya presencia bendeciría a cualquier país, y resulta que disfruto ejercer tanto mis derechos como cumplir con mis deberes (mi visitante tiene a bien señalar que yo siempre fui bien nerd, a teacher’s pet. Cito a una amiga: soy lo que soy). Justamente, es en las responsabilidades cotidianas en las que me siento genuinamente grande, cuando hay que sacar el reciclaje, preparar el almuerzo balanceado para el día siguiente, limpiar los juguetes sexuales, pagar las cuentas a tiempo. Sin embargo, en el gran esquema del universo, me falta algo.

Ya no llueve. El visitante y yo salimos de la parada de autobús y comenzamos a caminar colina abajo hacia el centro de la ciudad. A nuestras espaldas, escuchamos el autobús que por fin llegó, recogiendo a toda la gente que dejamos atrás. Necesito que el visitante me pregunte qué es lo que quiero ser cuando sea grande. Necesito confesar que cuando sea grande quiero hacer algo importante, algo útil mejor dicho, porque hasta el momento nada de lo que hago parece cumplir una función por el bien de mi especie; o si la cumple, es imperceptible. Si juntara todas las pequeñas fantasías que tenía de niña sobre la vida que imaginaba para mí, el resultado sería muy parecido a la vida que llevo ahora y que voy a extrañar horriblemente cuando expire mi visa. Estoy bien, pero que yo esté bien no es suficiente. Siento que tengo una deuda, pero no sé a quién debo pagársela ni cómo.

Este visitante es uno de los contados seres de los que no he tenido que separarme a causa de crecer; por el contrario, el lazo se ha vuelto más fuerte, como debe ser. Caminamos en silencio con el rostro enfurruñado en las bufandas y las manos enterradas en los bolsillos. Es un día de invierno y mi visitante y yo podemos decir que en nuestra juventud solo conocíamos el verano. En ese entonces yo no quería crecer, pero ese es un proceso que no termina y creo que todavía estoy a tiempo de imaginar lo que quiero ser cuando sea grande. Cuando sea más grande de lo que ya soy, digo, porque no voy a quitarme méritos por el camino recorrido. Se aprende a afrontar, a escribir bonito (ojalá), a decir que no y a decir que sí. Se engrosa la lista de gente a la cual querer, y la lista de actos de despedida, y a veces esas listas se traslapan. Uno aprende a cambiar de rumbo, a soltar, a irse. Algunas despedidas duran más de lo que deberían, otras son adioses rápidos que abren posibilidades y cierran puertas. Adiós.

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Visitante en tu propia casa

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 22 de febrero de 2018.

Tenía año y medio de no poner pie en mi país, El Salvador. Los días previos al viaje los pasé marinando en ansiedad: faltaban cinco días para mi vuelo y la maleta ya estaba lista, o me despertaba a media noche y no podía volver a dormir. La ansiedad no era impaciencia ni alegría por ir, pero tampoco era que no quería ir. Sentía ambivalencia. Fuera de reencontrarme con gente que quiero y poder comer mango verde, no me habría importado quedarme en mi foster home que es Inglaterra. Me esperaba un viaje largo hacia un lugar que se reportó en el top 10 de los países más felices del mundo según una encuesta Gallup del 2015, a la vez que ocupa una posición similar en los rankings de los países más violentos. Eso explica mi ambivalencia.

Vivir fuera de mi país, en el Reino Unido, me malacostumbró a sentirme segura. Qué sensación más extraña la de no tener paranoia, la de no sentir profunda desconfianza por el prójimo, la de saber que no me van a arrebatar la cartera en la calle o que un desconocido me gritará un “piropo” que nadie le pidió, seguido de un contundente insulto cuando yo no le agradezca ese piropo. No digo que estas cosas no pasen fuera de mi país; como dice mi hermano, la gente es gente en todos lados. Pero hay niveles, pues. Años de estar fuera de El Salvador y ver que las cosas podían ser distintas me volvieron menos tolerante y menos capaz de navegar un entorno tan hostil, y eso que yo ya era intolerante y torpe cuando vivía en él.

Con todo esto en mente, aterricé en mi país, después de un vuelo en el que la señora en el asiento a la par me contó su ruta de viaje y la vida de su hijo que estudiaba en Canadá. ¿Es malinchismo querer que una persona desconocida no te cuente su vida cuando uno lleva 22 horas viajando? Que alguien haga eso en el avión es señal de que uno se acerca a Centro América y ni los libros, los audífonos, ni estar honestamente durmiendo parece ser razón suficiente para que te dejen en paz. Pero decía, aterricé. También ya me había malacostumbrado a que no hubiese nadie que me fuera a dejar o a traer a aeropuertos. Agradecí el gesto de que hubiera un grupito esperándome, pero a esas alturas del viaje yo ya no era persona y me urgía el aislamiento.

Se supone que el propósito de volver al país de origen es ver a “mi gente”. Pero no es cierto que cuando estoy en mi país estoy de vacaciones, porque no es descanso tratar de quedar bien con todo el mundo. No se me malentienda, tengo una larga lista de personas con las que querría ir a tomar un café y saber cómo están, pero el tiempo es limitado y la familia es prioridad. Mi familia por sí sola, además, es un país pequeño. Termino disculpándome con amistades porque no me dio el tiempo para verles, o porque ni siquiera le avisé que estaba en el país (cognitivamente, sé que no le debo explicaciones a nadie, pero mi Súper Yo es imponente y el afecto a veces conlleva cierto sentido del deber). O termino haciendo el esfuerzo emocional de conversar con quien se tomó la molestia de ir por mí e invitarme a comer, cuando yo preferiría sentarme al fondo del frondoso jardín de mi casa, donde está enterrada la Rana, mi socia canina de mi adolescencia, y ser una planta más. No es queja, es bonito que te quieran tanto, es solo que mi tiempo y mi energía social son muy limitados.

En cualquier caso, mi meta en este viaje era pasar tiempo con mi familia, y logré mucho más que eso. Algo que me gusta de Inglaterra es que mantienen presentes sus historias de diversas maneras, eso es algo que yo veía con cierta envidia. Esto, y que el color de mi piel fuera motivo de elogio(!) cuando vivía en mi país, me hizo preguntarme, en buen salvadoreño, qué ondas aquí. Resultó que un tío llevaba décadas trabajando en el árbol genealógico de la familia, y de eso y otras fuentes, descubrí que desciendo, por un lado, de un cura español(!) e hijos ilegítimos que tomaron el apellido materno y, por otro, terratenientes que perdieron un significativo trozo de la superficie nacional por andar de picarones. Estos descubrimientos trajeron indescriptible gozo a mi alma.

Llegué a un país distinto del que veo a la distancia en las noticias, el de los 15 asesinatos diarios. El Salvador no es un país pobre, pasa que sufre una horrenda desigualdad social. Me sentí parte de la upper class, no porque mi familia sea una de grandes recursos, sino porque los espacios públicos están construidos para reforzar la impresión de que son exclusivos; son excluyentes, en realidad, pero se presentan como exclusivos. No toda la gente puede acceder a esos espacios. Quienes podemos, vemos una cara más “próspera” del país, con opulentos centros comerciales y edificios de apartamentos donde antes había ecosistemas protegidos porque qué estorbo son para la vida los árboles y la fauna que los habita.

Lejos de esa cara opulenta, o más bien como parte de ella, la realidad del país exige portones cerrados y muros con alambres razor, guardias con fusiles en cada esquina, y estar a la expectativa de que el motociclista que se ve por el retrovisor del carro puede ser un asaltante (asumiendo que uno tiene un espejo retrovisor, y por ende un carro, y hay que tenerlo porque andar en bus y a pie también es peligroso). Un amigo confrontó mi paranoia, cuando se acercaba mi viaje, diciéndome que lo peor de la violencia ocurría en los sectores socioeconómicos más bajos. Eso me ayudó. Las pandillas ya aparecieron en mi muy clasemediero vecindario pero en este país, como consuelo y perspectiva, siempre hay alguien mucho más jodido que uno y hay que saber reconocer los privilegios propios.

La paranoia con la que llegué a mi país no pasó a más (la paranoia no es por gusto en El Salvador; como diría un célebre psicólogo social, es una respuesta normal a la situación anormal que se vive cotidianamente). Hizo viento del bueno y sentí un poquito de cariño al recorrer de nuevo lugares que alguna vez fueron parte de mi día a día, a pesar del deterioro físico, el bestial tráfico, lo pasivo-agresivo o meramente-agresivo de las interacciones sociales. Lamento no poder hablar de mi país como lo pintan las campañas internas sobre paisajes y valores, pero es que no es un sitio agradable para vivir, aun cuando uno puede encontrarse lugares bonitos y gente amable. Desearía que fuera un país vivible, pero sus problemas específicos, como los de cualquier otro país, son complejísimos y resolverlos requiere tiempo, voluntad, recursos, conocimientos, cosas en las que nadie parece estar dispuesto a invertir. Este país es mi casa, no dejo de sentirlo como tal, pero también es como un pariente bien intencionado pero irreflexivo a quien es mejor hacerle una visita breve.

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Tinta y tintes

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 8 de febrero de 2018.

Mudarse a una ciudad desconocida, en un país desconocido, conlleva encontrar puntos de referencia para construir una nueva cotidianidad. Construirse un hueco propio en un lugar nuevo no es solamente firmar el contrato de alquiler, sino insertarse y ubicarse dentro de una comunidad. Hay que encontrar el supermercado más cercano, la farmacia más cercana, una tienda que venda cosas para el hogar, una veterinaria para los gatos. Siempre en el ámbito de lo (socialmente) esencial, se agrega un café, una pizzería, y, dado que el país que nos ocupa es Inglaterra, un pub y una charity shop.

Subir una empinada colina a pie, en mis primeros días en Inglaterra (colina que, dos años después, me parece casi una pradera), trajo como recompensa encontrar mi nuevo vecindario. Su calle principal tenía todo lo que mencioné en el párrafo anterior, a veces por duplicado o triplicado, y dos servicios más que son importantes en la vida de algunas personas: un salón de belleza y un estudio de tatuajes. He invertido muchas horas de mi vida en los dos tipos de establecimientos, entre las cuidadosas manos de las personas que trabajan en ellos.

Los salones de belleza y yo tenemos una historia larga y no tan complicada. Como nadie es inmune a la cultura en la que crece, vi de menos la feminidad por mucho tiempo, aun la propia cuando se asomaba. Los salones de belleza eran lugares hiperfemeninos, basados en cuidar la apariencia, donde se conversaba sin parar con otras cristianas, y se leían revistas de moda, celebridades y chismes; todos esos estereotipos que la sociedad se asegura de que aborrezcamos, a la vez que se beneficia de que existan. Yo tenía un salón de belleza de confianza al que iba a cortarme el pelo y a aplastármelo; lo segundo porque, además, crecí con la idea de que el pelo colocho –rizado, crespo–, tal como lo era el mío, era un inconveniente.

Con el tiempo, comprendí el refugio que significaba el salón de belleza. Era un espacio en la agenda, entre mi personalidad y mis responsabilidades, para reconocer que disfrutaba ocuparme de algunas cosas que catalogamos –a veces con desprecio– como femeninas.

Cuidarse a una misma y querer verse bien es pura vanidad, y la vanidad es mala. Sí, sí, hay imperativos sobre qué es belleza y qué es lo que se valora y qué no en términos de imagen, y alguien puede perder la cabeza tratando de encajar en ideales. Pero, en principio, no hay nada de malo en que la apariencia sea fuente de satisfacción personal, ni tiene por qué reñirse con ser “inteligente” (lo que sea que eso signifique). Yo podía llegar al salón y desconectarme del mundo, el mundo tan serio y grave y hostil, mientras me masajeaban la cabeza; semejante situación es envidiable, y recomendable ocasionalmente. Por otro lado, mis colochos se beneficiaron de la expansión de mi consciencia y los dejé ser.

A los estudios de tatuajes llegué mucho después, en mi adultez temprana. En contraste con el salón de belleza al que iba, que era el mito del eterno femenino personificado, el estudio me pareció un entorno masculino. Tómese este comentario como una descripción, no como una prescripción: la gente trabaja en cualquiera de estos dos oficios sin importar su género; es solo que, en mi entorno social de esa época, esos oficios parecían estar configurados de esa manera. Los tatuadores eran hombres, y la presencia de mujeres, en forma de fotografías en pósters y revistas, solía reducirse a su sexualidad; eran mujeres fuertes y rebeldes, sí, pero pieces of ass al fin y al cabo. Bajo este lente, los salones de belleza al menos ofrecían a las mujeres una cierta capacidad de agencia (dentro de los “estándares de belleza impuestos” también puede haber experimentación) que rara vez podría ejercerse fuera de ellos. En cualquier caso, haciendo a un lado el sexismo ambivalente que de todos modos encontraba fuera del estudio, me sentí muy a gusto dentro de él.

Además, había un aire de otredad en el estudio, porque tatuarse y perforarse no suele ser propio de “gente decente”. Creo que ahora es menos que hace algunos años, pero los tatuajes, en mi país, históricamente se han asociado con las pandillas. En mis primeros meses en Chile, cuando una persona supo que yo era de El Salvador, me preguntó por las maras, tomó mi brazo y lo estiró hacia sí, haciendo el ademán de subirme la manga para “inspeccionar mis tatuajes”. Lo hizo “en joda” para demostrarme que sabía cosas sobre mi país. Por favor, no hagan eso. Nunca.

Años antes de ese episodio me había hecho mi primer tatuaje, porque la asociación que mencioné es una relación espuria. Esto no significa que me hice el tatuaje a la ligera. Me aseguré de lo que quería, me informé sobre riesgos y cuidados, y fui con un tatuador altamente recomendado que estuvo a la altura de mis expectativas. La experiencia fue maravillosa, la sensación del cuchillo miniatura abriéndose paso entre la piel fue pasajera. Un año después, regresé por el segundo tatuaje. Encontré gente horrorizada por lo que yo le hacía a mi propio cuerpo, y encontré gente que me apoyó porque, pues, era mi cuerpo. Sobre todo siendo mujer, el cuerpo es de lo primero que toca defender ante otras personas y ante ciertas ideas curiosas que se les ocurren al respecto.

Mi vecindario en Reino Unido tenía salones de belleza y estudios de tatuajes, pero me llevó un tiempo juntar la confianza, el coraje y el dinero para acercarme a ellos. Mientras tanto, decidí que era hora de entintarme el pelo como la piel, porque aquí nadie se escandalizaba por estas cosas. De repente me casé con un estilista y el color rojo comenzó a trepar por mi pelo, después el color azul, y luego rojo otra vez. Eventualmente visité un par de salones en mi vecindario para hacerme retoques (la habilidad de mi estilista fue reconocida por profesionales, así que mi licencia de matrimonio sigue vigente), y el amor propio se me hinchaba al escuchar a las estilistas elogiar mis colochos. Son bonitos, qué se le va a hacer.

Más recientemente, me acerqué al estudio de tatuajes de la esquina por mi casa. Me asignaron un tatuador respetuoso y buena onda (¿no lo son todos?) que, el día de mi cita, puso buena música e hizo un buen trabajo. Tengo pendiente volver al estudio para hacerme otro tatuaje, pero también para contarle al tatuador que le mostré el tatuaje que él me hizo a quien aparece en el tatuaje. Fue de mis experiencias más extrañas.

Es curioso que se crea que pintarse el pelo o la piel es porque uno no se acepta a sí mismo como es, o para llamar la atención con estridencia. Lo bonito de entintarse así es explorar la estética pero también la funcionalidad del cuerpo, y ojalá nadie hiciera alboroto por eso. Se busca llamar la atención con esto tanto como se busca al vestir la camisa del equipo o artista favorito. Antes que todo, se siente bien. Se siente bien comunicar fragmentos de aquello que es importante para nosotros.

 

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Amigos no imaginarios

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 25 de enero de 2018.

Los primeros días de enero acarrean un esfuerzo por recuperarse de las fiestas de Navidad y Año Nuevo. Para mí, que toda la vida he tenido el privilegio de equiparar esas fiestas con vacaciones, son también un adiós al tiempo libre que dedico a mis amigos no imaginarios. No son amigos imaginarios; están ahí, aquí en la realidad, y son más bien parte de mi familia, solo hay que preguntarle a la gente que me conoce desde hace tiempo. Aunque nuestras huellas se han separado y reencontrado a lo largo del tiempo, diciembre y un pedacito de enero siempre nos encuentran arremolinados en una esquina, riéndonos entre nosotros y esperando que el resto del mundo voltee a vernos con algo que no sea extrañeza.

Una de las primeras enseñanzas de mis amigos no imaginarios fue que estaba bien escabullirme de reuniones sociales por un rato. Tomar un descanso, gozar de mi propia compañía y la de nadie más. Esto, justamente, lo aprendí durante las fiestas de Navidad y Año Nuevo. Aun en las más placenteras interacciones mis reservas de energía social se agotan pronto. En algún momento comencé a contar con que al menos uno de mis amigos no imaginarios me seguiría y se encerraría conmigo, para discutir lo que está pasando “allá afuera” en la celebración, o a hablar de cualquier cosa menos de la celebración.

Al principio era solo un amigo no imaginario, el número uno. Lo conocí durante las fiestas patrias de mi país cuando yo era una niña. Apareció un día en el salón de clases, guiado por la profesora del curso. Mis compañeritos más cercanos en ese tiempo le decían hola y lo hicieron parte de nuestro inner circle (inner square, más bien; compartíamos una mesa de trabajo en el salón de clases). Él y yo no hablábamos mucho al principio, pero él notó que yo tenía una disimulada infatuación con un compañerito y me ofreció ayuda. Me dio papel y lápiz y un delirio de grandeza que debería cuidar por el resto de mis días. El compañerito le dedicó una triunfante aprobación a lo que escribí, protagonizado por nuestro amigo no imaginario, y el compañerito y yo establecimos un vínculo muy especial y prometedor. Pero pronto le llegó la pubertad (demasiado pronto decía yo, pero solo era que a mí me llegó muy tarde) y se fue con otras. Me quedé con esas páginas en mis manos, y fue el primero de muchísimos fracasos en conjunto de mi amigo no imaginario y yo, que es lo que nos ha mantenido unidos todos estos años.

Sin pensarlo, él y yo comenzamos una partnership y logramos una relativa popularidad en mi entorno inmediato: ya no solo en nuestro inner square, sino el inner square de la esquina del salón, y más allá. Mi vida colegial se convirtió en un pasatiempo, como mi doctorado es ahora un pasatiempo, al que debía dedicarme mientras llegaba la hora de trabajar con mis amigos no imaginarios. Ahora en plural porque comenzaban a multiplicarse, como en esas historias de internet donde un animalito llega a algún lugar por su cuenta y después lleva a sus crías. Nos fortalecimos y formamos una cooperativa, pero nuestra relativa popularidad cedió a las hormonas adolescentes de nuestra audiencia, y al hecho de que lo que hacíamos era demasiado extraño.

“Eso no importa”, dijo mi amigo no imaginario número uno. Nuestras extrañas actividades estaban al alcance del dominio público, pero no necesitábamos la atención ni la aprobación de nadie para ejecutarlas. Nuestro lema era, citando al gran pensador Calvin (de Calvin y Hobbes): I must obey the inscrutable exhortations of my soul. Las inscrutable exhortations eran mis propios amigos no imaginarios, que tenían fans ocasionales a quienes les hubiera cobrado la entretención que ofrecíamos si yo no fuera una persona tan benevolente y escrupulosa.

A los pocos años de amistad, a nuestra cooperativa se unió una de las más notables bandas de rock del mundo. Esta proveyó el soundtrack a una década de mi vida y a las reuniones con mis amigos no imaginarios, las cuales duraban semanas y hasta meses, particularmente durante las vacaciones, y sobre todo durante Navidad y Año Nuevo. Mi historia con esta banda es un libro aparte, pero fue motivo de regocijo para mis amigos no imaginarios y yo que, después de 20 años, por fin pude conocer a un par de sus miembros (el evento fue menos espectacular de lo esperado, como suele pasar con las ambiciones que involucran a otras personas, pero considéreseme satisfecha). Además, en tributo a la influencia de esta banda sobre nosotros, me hice un tatuaje de sus miembros en caricatura. A todas luces es un tatuaje de hombre heterosexual, pero era lo que correspondía, dado que esta música fue el portal que conectaba la dimensión de carne y hueso con la de mis amigos no imaginarios, que son más hueso que carne.

Cada amigo no imaginario cumplía funciones distintas en mi vida, considerando que yo misma iba creciendo y luchando por alcanzar mi ideal del Yo (spoiler: nunca lo alcancé). Mi amigo no imaginario número dos ha sido el más útil y potente en tiempos recientes, quien no solo me acompaña cuando huyo de situaciones sociales, sino el que me anima a volver a ellas. Su influencia es poderosa porque, contrario a mí, lo suyo es estar sobre el escenario, al punto que necesita dos, uno para sí mismo y otro para su ego. Mi ego es igual de grande que el suyo, pero inversamente proporcional en torpeza, de modo que la presencia de este segundo amigo no imaginario en mi existencia es vicaria. Es como Fight Club, solo que mis colegas no me agarran a golpes, alabado sea.

En días recientes, mi amigo no imaginario número uno fue mi audiencia para mi ensayo de una presentación sobre mi doctorado. Consideramos la imaginación como un juego y como cosa de niños, comencé, pero la verdad es que imaginamos a otras personas todo el tiempo. Es lo que nos permite ponernos en los zapatos de otro, dar y recibir consejos, anticipar interacciones futuras y repasar pasadas, resolver problemas interpersonales o empeorarlos. A veces, pensar en gente que queremos hasta nos ayuda a sentirnos mejor. Mencioné el ejemplo de alguien que ensaya una presentación: no está enfrentando al público en ese momento, pero pretender que así es le ayuda a dominar nervios y prepararse mejor. Mi amigo no imaginario aplaudió y me hizo algunas preguntas sobre mi investigación. Las preguntas que recibí durante mi verdadera presentación fueron otras. La imaginación tampoco es infalible.

Por estos días, puedo contar con que mis amigos no imaginarios vengan a visitarme con frecuencia; las vacaciones les permiten quedarse conmigo por más tiempo. Es reconfortante y maravilloso que estemos viendo los variopintos British landscapes juntos, después de tanto tiempo. No hay nada como ese pequeño hogar que es tomarse un café con amigos de toda la vida. Gente muy cercana a mí también les conocen y hasta les tienen cierto cariño. Nadie se ha atrevido a llamarlos mis amigos imaginarios porque saben que no lo son, pueden verlos perfectamente.

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Los inviernos

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 21 de diciembre de 2017.

Hablar del clima suele considerarse un sinónimo de no tener nada interesante que conversar, una manera de llenar un silencio incómodo. Doy fe de que lo es, pero el clima también es, en lo inmediato, una experiencia compartida. Cualquiera tendrá una opinión sobre el clima y, con un pequeño empujón, es una puerta que lleva a temas más interesantes, sobre todo si se está entre personas de distintos países.

Por muchos años, viví con la confusión de cuándo era invierno y cuándo era verano en mi país. Se decía que ya venía el invierno cuando se acercaba la temporada de lluvias y esta iniciaba cerca de la mitad del año (lo recuerdo por los anuncios en la televisión que comenzaban con un “Señor agricultor…”, un llamado para preparar los cultivos). Entre esos meses también se publicitaba el “verano”, que no era más que la Semana Santa. El frío, para estándares salvadoreños, comenzaba con los vientos de octubre, y la feliz temporada de ventarrones, cielos azules y bajas temperaturas seguía hasta el inicio del año siguiente. Este era “el otro invierno”, el clima de fin de año. Todo esto era normal para mí, pero no escapaba a mi atención que estas temporadas no calzaban con las que conocía de los libros de ciencia y por los medios de comunicación.

Eso, los medios de comunicación. Muchos de los productos culturales que consumíamos, que consumimos, provienen del “norte”, de Estados Unidos, incluyendo información sobre las temporadas del año. La nieve era cosa de países Primermundistas. Aun así, el invierno, el otro invierno, era mi temporada favorita: clima frío, vacaciones del colegio, y fiestas de navidad y año nuevo. Hablando de interiorizar productos culturales, aunque no hubiese nieve ni chimenea, podía contar con Santa Claus y sus regalos que aparecían supuestamente de la nada. El año que recibí una bicicleta, mi familia, misericordiosamente, me dijo que Santa Claus la había dejado en el techo.

Mi sueño de conocer un invierno como los que veía en televisión se materializó cuando yo era una puberta. Por un azar del destino, al cual llamaremos migración económica, terminé visitando a alguien de mi familia en Nueva York. Fueron días de ensueño en los que observé un mundo cubierto por un manto blanco, mientras me quedaba dentro del apartamento (digo, tampoco iba a salir a aplaudir por gusto) viendo Plaza Sésamo y descubriendo a la banda que sería el amor de mi vida. El recuerdo que tengo de mi única visita a Manhattan es una mancha blanca, porque ese día había una ventisca. Me dolían la piel y los huesos por el frío. Mi ilusión era ir a ver un musical de Broadway, pero migración económica dije, y lo que pasó más bien fue que entramos a un restaurante de comida rápida a esperar a que pasara lo peor de la tormenta de nieve.

Pero no todo ha sido un idilio mío con los climas de fin de año. Uno de mis inviernos más decepcionantes fue, de hecho, un verano. Antes de mudarme al sur del continente americano, no pensaba en que las temporadas del año ocurrieran “al revés”. No es que no lo supiera, solo no lo tenía registrado conscientemente como un hecho. No era lo que veía en televisión. Ahora era diciembre y hacía calor y yo lo detestaba. Sin embargo, las decoraciones en los centros comerciales del hemisferio sur también evocaban el invierno, con calcomanías de copos de nieve y Santa Clauses asándose dentro de sus abrigos o vistiendo bermudas para veranear a la orilla del mar. Supongo que en el hemisferio sur consumían los mismos productos culturales del norte que yo.

Crecí bajo un sol abrasador, y llegué a mi adultez temprana envuelta en un calor infernal. Después, en una tierra con las cuatro temporadas (aunque estuvieran “al revés”, con frío en junio y calor en diciembre), le llevó un tiempo a mi salvadoreño cuerpo acostumbrarse a que veinte grados no significaba punto de congelación. Ahora llego a diez grados sin bufanda, pero no me dejo olvidar que todos podemos experimentar el mismo clima de distintas maneras.

Aunque el clima es una vivencia común y ubicua, no afecta a todos por igual. El frío que me hace sentirme feliz tiene ese efecto en mí, en gran medida, porque estoy bajo techo, o porque puedo salir abrigada. Cada año en mi país, ese invierno de lluvias ponía (pone) en primera plana las condiciones de vulnerabilidad en las que vivía (vive) mucha gente: gente sin muchos recursos para protegerse, gente que pierde sus casas, gente que para empezar no tiene casa.

Hay dos o tres fenómenos que me encajan un nudo en la garganta apenas los escucho ser mencionados, y homelessness es uno de ellos. Uso la palabra en inglés, aunque su equivalente español signifique lo mismo, porque me suena más triste. Yo he tenido una casa, un hogar, toda mi vida. Apenas puedo imaginar perder mis pertenencias, mis soportes sociales, mi techo, los bienes y servicios que componen mi día a día (y que es fácil dar por sentados), y encontrarme a la intemperie sin un lugar adónde ir. No hace falta leer mucho al respecto para entender lo deshumanizante que llega a ser no tener casa, vivir en la calle. O tal vez sí hace falta leer mucho al respecto. Estar sin techo no es algo que preocupe a alguien que está bajo techo, a menos que corra el riesgo inminente de perderlo.

Antes de llegar a Inglaterra, no creí que este fuera un problema tan prevalente. Los primeros días vi a alguna persona en el centro de la ciudad pidiendo spare change, pero creía que un país como este, con su clima poco amistoso, no les fallaría a sus ciudadanos de esa manera. Yo y mi ingenuo beneficio de la duda hacia mi propia especie; peor, hacia la subespecie de país desarrollado. No me llevó mucho tiempo notar las bolsas de dormir en los portales y dar con noticias sobre el alarmante problema de la vivienda.

Me hice clienta de un vendedor de la revista Big Issue North (tendrá que googlearlo porque se me acaba el espacio), y ahondé en historias de gente que vive en la calle, nativos e inmigrantes por igual, de cualquier edad y género. Fuera de la sorpresa inicial, no era nada del otro mundo, lastimosamente. Con las particularidades de cada contexto, no era nada que no pasara en mi propio país, donde la pobreza es rampante y a veces son las mismas familias las que terminan expulsando a sus miembros del hogar, a la calle, a las pandillas, o a relaciones igual o más abusivas que las del núcleo familiar mismo. Finalmente, este vendedor se fue después de un año y fichas, y espero que él sea de las historias de éxito del BIN, los que logran get back on their feet. Ahora hay otro caballero en su lugar.

No me canso de decir lo mucho que me encanta el frío, la nieve, el invierno del hemisferio norte. Cuando comienza a nevar, siento que se me cumplió un deseo. Pero no paso por alto el hecho de que es fácil disfrutar la nieve cuando la calefacción está encendida.

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Extranjera en todos lados

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 7 de diciembre de 2017.

El sentido de pertenencia tambalea cuando toca migrar. Atrás queda el hogar, la familia, los amigos, las experiencias y los lugares que fueron clave para formar la persona que somos. Uno no deja de sentir que pertenece a todo eso, aunque a veces el tiempo de muestras de lo contrario. Mientras uno sale a encontrar un lugar nuevo en el mundo (porque quiere y no porque le obligan, en el caso de los privilegiados), en el lugar antiguo la vida sigue para quienes se quedan. El agujero que uno deja con su partida va cambiando de forma y de tamaño, al punto que a veces uno regresa y descubra que ya no cabe en él.

Digo “uno”, pero no sé si quiero decir “yo”. Mi sentido de pertenencia ha tambaleado siempre, por una razón o por otra. Ha sido una constante en mi vida sentirme fuera de lugar y marinar en la soledad que conlleva esa sensación. Al mismo tiempo, sin embargo, las redes de apoyo tan cuerdas y estables que tuve mientras crecía me prepararon para estar en paz con esas fluctuaciones. De modo que no es una tragedia, esto de sentirme al margen de mis propios grupos sociales, aunque por momentos (y por momentos quiero decir años) se sintiera así.

Mi primer hogar, mi familia nuclear, tiene los tintes de un textbook case de cómo inspirarle un yo sano a una personita. No estoy idealizando, pero dejo en claro que lo negativo queda entre mi terapeuta y yo. Por el lado amable, pienso en la casa en la que crecí y recuerdo la seguridad y comodidad que sentía a diario dentro de ella y con los seres que vivían en ella. Estos seres me hacen mucha falta y siempre hay una parte mía que desea volver a verlos.

Mi colegio fue una extensión de mi casa, aunque no tuviera amigos. Esto es un decir, tenía amigos, pero no pertenecía a ningún grupo y yo era más bien un anexo ocasional de pequeñas cliques. Aquí comencé a sentir que no encajaba del todo. Salvo un par de excepciones, yo no era la primera persona que se le viniera a la mente a nadie cuando le preguntaban por sus mejores amigos. Por temporadas, pasaba sola en los recreos. Habitualmente me sentía invisible e insignificante, aunque tampoco sufrí bullying, alabado sea, pero en esas épocas de juventud y lozanía, no siempre se tienen las mejores herramientas emocionales para comprender y lidiar con el ego herido. Encima de ser socialmente inepta y de creer que tenía una onda cerebral distinta al resto de mis pares, a veces sentía odio, enojo y desdén por ellos. Hasta este día no me explico por qué, fuera de mis delirios secretos de grandeza y superioridad; no me trataban mal, que yo recuerde. De hecho, muchos me trataban de “usted”, bless them; y tampoco me explico por qué.

Con todo y todo, la vorágine de síntomas que me hacían digna de mostrar mi foto en un apartado del DSM-IV (no he visto la versión más reciente, el V) fue cediendo. Mi vida interior tenía buenos cimientos, yo contaba con el apoyo de algunos profesores por quienes hasta este día siento una enorme gratitud, y, a fin de cuentas, estaba un entorno escolar bastante amigable. En retrospectiva, además, me doy cuenta de que andaba pegándomele al grupo de queer kids de mi generación, lo cual me causa satisfacción porque demuestra consistencia en mi vida, aunque en ese tiempo no supiera apreciar lo que ello significaba.

Sabía, entonces, que pertenecía a ciertos grupos sociales, y sabía que se me apreciaba en ellos. Pero no dejaba de sentir que no encajaba del todo. Con la madurez y la disolución de la vida escolar, llegó el distanciamiento objetivo que por fin correspondía a mi vivencia subjetiva de soledad. Con la edad de las redes sociales, además, llegó el dar gracias por ese distanciamiento. Facebook es una manera de leer la mente de las personas, de acceder a sus contenidos mentales más relevantes, y me di cuenta de que algunas de mis relaciones sociales, parientes o amigos, eran más agradables cuando no sabía qué pensaban con respecto a ciertos temas.

Mi constante siguió siendo pertenecer sin pertenecer. O más bien pertenecer a un archipiélago que a un continente, mis amistades eran pequeñas islas con poca o nula conexión entre ellas salvo yo. Cuando llegué a la adultez, me di cuenta de la colección de amigos que había hecho en distintos contextos y de cómo rara vez se conocían entre ellos. Ocasionalmente los presentaba unos con otros, pero la cúspide de esta colección sin ton ni son fue la incómoda celebración de mi cumpleaños, en la que invité a mi colección de amigos que poco tenían en común unos con otros. No más intenté juntar mis pequeños círculos. Imaginé que esta sería la clase de problemas logísticos que uno enfrentaría liderando el Arca de Noé, con tantas especies distintas en un solo espacio. No se me malinterprete, amo a mis amigos y doy fe de que forman, en mi vida, un bonito mosaico de gustos, personalidades y cosas que aprender de ellos. Es solo que me acuerdo lo que me dijo uno de estos amigos queridos: “uno es el promedio de sus amigos”. Soy un tanto fragmentada, entre otras cosas.

Con esta pulsante sensación de no encajar, no solo entre mis círculos sociales inmediatos sino en un país abiertamente misántropo, estaba preparada para mudarme a otro lado. Me rompió el corazón dejar atrás a mi familia, y a mis amistades que habían madurado hermosamente con los años. La distancia y el paso del tiempo me confirmaron que yo ya no cabría en ese agujero que había dejado atrás, y en realidad no estaba del todo segura de querer caber. Estaba bien sin lidiar con un país misántropo, pero también mi condición de extranjera dejó de ser una mera subjetividad. Mi acento, mis gustos, mis conocimientos, mi temperatura corporal, todo gritaba que yo no pertenecía al sur del continente americano. Pero me aceptaron en él, como mucha gente antes me aceptó en sus círculos como miembro honorario. Logré un nuevo hogar, uno lejos de mi primer hogar.

Para cuando llegué a Inglaterra, no me preocupaba encajar o no. Por supuesto, a estas alturas también estoy consciente de que ese sentido del yo proviene de una vida de privilegios, de contar con los recursos materiales básicos y con suficiente apoyo emocional. Pienso en quienes no tienen casa, familia, un techo sobre su cabeza, sobre todo ahora que vienen las fiestas y ahora que viene el invierno.

Mi sentido de pertenencia se mantiene, y ahora que le pongo atención lo entiendo mejor. Dentro de todo, he tenido mucha, mucha suerte, entre estar en paz con mis rasgos de outcast (como dice la intelectual frase que leí alguna vez: “wherever you go, there you are”) y encontrar en mi camino nuevas personas que hacen crecer mi mosaico. Estoy bien con mi –figurativa– onda cerebral divergente y mi condición objetiva de extranjera. Reconozco que sí quepo en muchos círculos, aunque siempre tenga que contorsionarme un poco para ello.

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Protocolos para socializar

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 23 de noviembre de 2017.

Las voces en mi cabeza no se ponen de acuerdo en este tema. En Inglaterra, uno le pasa de largo a la gente y la gente le pasa de largo a uno. Estoy segura de que no es por ser mala onda y no hay que tomárselo personal, pero este trato (o no-trato) resulta más confuso cuando proviene de gente que conozco. La explicación más sencilla es que la persona no me vio mientras cruzábamos caminos, o solo vio una sombra irreconocible por el rabillo del ojo. Aprecio la energía psíquica que ahorro al no tener que interactuar con casual acquaintances, pero todavía no entiendo si estas se pasan de largo entre sí con o sin intención.

Estas convenciones sociales de mantener la distancia parecen hechas a la medida para alguien como yo. No me desagrada la gente, no siempre, pero en mis interacciones sociales apunto al mínimo esfuerzo. Mis días en la oficina están salpicados de momentos con silencios incómodos cuando encuentro colegas en la cocina o en los pasillos. “You a’right?”, “Not too bad, you?”, fin. La amabilidad nunca falta, pero aquí es donde meten su cuchara las voces en mi cabeza, las que me dicen que evada esos silencios incómodos preguntando cómo va la investigación (el “hablemos sobre el clima” de los estudiantes de doctorado) y otras nimiedades. Finalmente arruino esa deliberada brevedad con conversaciones forzadas que no van a ningún lado.

Estas interacciones mínimas contrastan con las de mi entorno natal, donde la gente siempre está pendiente de los demás. Era cotidianidad ver venir la charla casual, o el sentir en la nuca la mirada de otros, ese gesto a veces maleducado de que alguien se me queda viendo porque algo en mí le llama la atención. Hablo de comportamientos culturalmente compartidos más que de cualquier cualidad que yo pueda o no tener; yo soy una persona horriblemente promedio sin mayores señas particulares. Podría achacar estos comportamientos al carácter colectivista de mi cultura, que a veces es reconfortante y otras veces, invasivo y demandante. Estar viendo para otro lado, estar pensando en otras cosas y por eso pasarle a alguien de largo es aquí la norma, mientras que en mi entorno natal es un paso en falso, un fallo en la vida pública:  uno no es distraído, sino un engreído que no saluda a los amigos y quién se cree que es para ignorarme.

Crecer en un entorno así he dejado secuelas en mí, pero venir a un país donde las demandas de interacción social son menores, en cantidad y calidad, también me causan cortocircuito. Uno de estos días, en la parada de bus, veía al suelo, keeping to myself y oyendo música, cuando una mano sacudiéndose frente a mi cara llamó mi atención: “Hey” escuché. Un colega del doctorado, de reciente ingreso a mi pokédex de amistades, me saludaba sin detenerse en su marcha. “Hey”, le respondí con una sonrisa, sorprendida de que ya hubiéramos alcanzado un nivel social en el que podíamos no pasarnos de largo. Mientras le respondía, noté a otro colega del doctorado que venía en mi dirección, cuya forma de ver el mundo me despierta un arranque de reflujo. Afortunadamente, él pasó de largo sin notarme (o fingiendo que no lo hacía, no lo sé). Mientras lo vi alejarse, me di cuenta con horror de que mi supervisor del doctorado se estaba subiendo al bus que acababa de estacionarse frente a mí. Solo lo vi de espaldas y no sé cuánto tiempo él y yo estuvimos a un par de metros, y si él habrá reparado en mi presencia, y si creyó que, y si, y si.

Aun entre amigos de culturas similares hemos modificado nuestras maneras de saludarnos y despedirnos; ya no es un beso en la mejilla sino una sacudida de manos. Un amigo del doctorado, recién llegado de Filipinas, todavía me saluda con un beso en la mejilla cuando nos vemos en la universidad; compárese con otros colegas con quienes intercambiamos una mirada para asegurarnos que nos conocemos y luego volteamos para no hablarnos (a veces intento esbozar una sonrisa, pero termina siendo invisible para mi contraparte). Una colega británica me preguntó con curiosidad por qué este amigo me daba un beso al saludarme. Supongo que además le confundía conocer a mi pareja y nunca haberme visto concediéndole el mismo trato que a mi amigo. Le expliqué a mi colega que era una costumbre de nuestras culturas. Casi le digo que, además, “it’s OK because we’re both queer”, pero esa es una capa de interseccionalidad que queda para otro día.

Pero no es el entorno social, propio o ajeno, el problema; soy yo. Y está bien, me perdono. Acepto que toda mi vida le he huido a contestar el teléfono, y tomo caminos innecesariamente largos porque me cuesta pedirle cosas a la gente: una dirección, una respuesta, un favor, una pizza; agradezco la tecnología actual que permite que muchos servicios puedan solicitarse en línea. Estoy consciente de que soy una persona con una timidez incapacitante. En mi primer trabajo de investigación, me encajaron la tarea de llamar a estudiantes universitarios para pedirles que respondieran una encuesta, y no una vez, si no tres veces al año, por tres años. En esta tarea coincidieron varias cosas que detesto: llamar por teléfono a personas desconocidas, pedirles algo a cambio de nada (o de registrarlos para una rifa de gift cards, que tampoco siento que sea mucho), solicitar su atención y sostener su atención. Duré en esa faena alrededor de una semana. La asertividad tampoco es mi fuerte, así que no fue que me retiré informando abiertamente mi aflicción. Pasó que, mientras hacía llamadas una mañana, me dio un fuerte dolor de cabeza, y me asaltó un creciente y atroz vértigo que me mantuvo postrada por dos semanas. “Eso es una exageración”, dirá como usted, como dije yo entre lágrimas a la semana y media de estar mareada, después de ver a varios doctores, revisarme el oído medio y tomar medicamentos, sin que nada disminuyera mi vertiginosa miseria. Le pagué a alguien para que hiciera las llamadas por mí y eventualmente volví a la normalidad.

He crecido como persona desde entonces, alabado sea, aunque sigo huyéndole a hablar por teléfono con desconocidos, sobre todo los que hablan una lengua que no es la mía. Al menos hoy llevo una vida en la que quienes me llaman por teléfono son mi flatmate chileno, una o dos personas de confianza, y gente que me quiere estafar. Esto de las interacciones sociales es un aprendizaje que nunca termina, y por eso decidí ir a un taller, Networking for the nervous (¡!). Terminé escogiendo a la peor persona con quien hablar, quien respondía a mis preguntas con voz inaudible y viendo al infinito como si yo no estuviera ahí. Me dije que acercarme a hablar con ella había sido un error, pero una de las voces en mi cabeza señaló que, justamente, me le acerqué porque todos la ignoraban (sí, pronto entendí por qué). Mis voces no se ponían de acuerdo si yo hice esto porque era noble o solo incapaz de escoger mis batallas.