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Archivo de la categoría: Desastres poco naturales

De la marcha por la paz a los “batallones de limpieza”.

Esta semana hemos conocido de la sentencia pronunciada en el caso de Rodrigo Chávez Palacios por el desmembramiento de un empleado de la alcaldía de Santa Tecla. Según los medios, las Fiscalía General de la República modificó el delito original de “homicidio agravado” por el delito de “homicidio simple” lo que conlleva la solicitud de una pena menor para el imputado. Así mismo se supo de la colaboración de Rodrigo Chávez de tal modo que pudo ser sentenciado a 11 años de cárcel, cuando probablemente podría haber recibido hasta 20 o treinta años de cárcel.

…La declaración de “no se puede negociar con delincuentes” es una típica falacia: un tipo de argumento que parece válido, pero no lo es. Las falacias intencionales pretenden manipular, en nuestro caso, la opinión pública. Todavía no he oído a ningún clásico detractor del diálogo comunitario con las pandillas pronunciarse contra la negociación con Chávez Palacios.

…Fue David Escobar Galindo quien, en una publicación del PNUD de 1998 quien dijo que “una sociedad marginadora está creando el mejor almácigo para la violencia”. De haber atendido aquel llamado de atención hace quince años, no estaríamos viviendo la situación actual.

…Cultura de paz es promover el diálogo como mecanismo de solución. Represión y manodurismo no es más que expresión de autoritarismo.

Negociar con delincuentes

Oiga, semanas después de realizar una Marcha por la Paz, gobierno activará “batallones de limpieza” de pandilleros.

Y como dice el buen Víctor, rio revuelto, ganancia de pescadores.

 

En una palabra.

Señales de advertencia tempranas del fascismo:
1. Nacionalismo poderoso y crónico.
2. Desdén por los derechos humanos.
3. Identificación de enemigos / chivos expiatorios como causa unificadora.
4. Supremacía de los militares.
5. Sexismo rampante.
6. Medios de comunicación masiva controlados.
7. Obsesión con la seguridad nacional.
8. La religión y el gobierno están entrelazados.
9. El poder corporativo está protegido.
10. La fuerza de trabajo está suprimida.
11. Desdeño por los intelectuales y las artes.
12. Obsesión con el crimen y castigo.
13. Favoritismo y corrupción rampantes.
14. Elecciones fraudulentas.

Le están diciendo:

Cuestión de opiniones aparte, no voy a defender su presunta calidad literaria. Lo que me interesa subrayar es la verdadera intención del editorialista, cuál es su cólera, qué es lo que de verdad le molesta. Y esto no es otra cosa que la temática de denuncia social. Ese es todo el dolor. Cito:

“No es lo mejor para un país y para su futuro, que los pobladores no entiendan de moral, que se les trate de embrutecer con prédicas del odio de clases que, en vez de fomentar la paz y convivencia pacíficas, se incite al enfrentamiento”.

¡Apareció el peine!

Volvemos entonces a más de lo mismo: según esta gente, señalar, comentar, reflexionar, analizar o retratar literariamente la injusticia y marginación social es “embrutecer con prédicas de odio de clases”, mientras que ocultarla o justificarla es “fomentar la paz y la convivencia pacíficas”. Es, sin más, el mismo razonamiento con el que la extrema derecha instigó los asesinatos políticos de décadas anteriores.

Espumarajos pro-educación

También le están diciendo que la inseguridad es un gran negocio, en términos económicos y políticos (e.g. Maquilas salvadoreñas usan pandilleros contra sindicalistas), y que

Incluso frente a la violencia más atroz, tenemos el deber de conservar la cabeza fría y los principios claros. Son nuestras razones —no los sentimientos— las que podemos evaluar moral y políticamente. La criminalidad duele y a unos más que a otros, pero eso no justifica el abandono de la razón, la justicia o la dignidad humana.

Los menos fascistas

Pero eso depende de los ciudadanos honrados, y ellos están ocupados luchandoporsaliradelante mientras pisotean a otros y defienden su derecho a hacerlo.

 

Incendios y erupciones.

 

11 de marzo de 2015.

 

 

 
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Publicado por en abril 3, 2015 en Desastres poco naturales, Imágenes, Jue!

 

Quizás no es marchar ni ir a trabajar.

Ayer se celebró una Marcha por la Vida, la Paz y la Justicia. El más concienzudo contraataque a su realización es que “en lugar de ir a marchar es mejor ir a trabajar porque así el país progresa”. ¿Se dio cuenta que el día anterior a la marcha, y el día anterior a ese, y muchos anteriores la gente efectivamente fue a trabajar y el país no progresó ni cambió radicalmente? Siguieron matando gente, un “ciudadano honrado (marca con mucho esfuerzo se compró su carrito)” le tiró una pedrada a un busero y terminó hiriendo a dos personas que iban en una de las ventanas del bus, etc. Sin contar tanto Hulk que pulula en las calles a causa del tráfico, ese que se hace cuando la gente va y viene A TRABAJAR.

Bajo esa óptica no sé cuál es la definición que se tiene en el país de progreso, pero creer que sólo con apersonarse a su empleo y hacer sus labores va a cambiar lo-que-urge-como-Remberto-cambiar en este país es tenerle demasiada fe al campo laboral.

Cuando la policía nos detiene, protestamos porque en lugar de andar deteniendo a la “Gente Honrada” ellos deberían ir tras los mareros o los delincuentes, cuando en realidad somos nosotros los primeros delincuentes por no respetar las leyes de tránsito.

El problema somos nosotros los salvadoreños.

…también los ciudadanos estamos estancados en una actitud “dinosauria”. Nos resulta muy cómodo pensar que la solución a los problemas del país depende exclusivamente del gobierno. O de que sean “los demás” quienes hagan algo para cambiar las cosas, mientras yo me quedo en el sofá de mi casa, twitteando con amargura sobre mi decepción por el quehacer cotidiano de los políticos.

La renovación necesaria

 

Uno puede ser un empleado ejemplar y seguir siendo un ciudadano bien chueco.

Oiga, y si seguimos retrocediendo en el tiempo a otros días en que la gente fue a trabajar, llegamos a “hace una semana”:

Por si no saben, el día viernes, una mujer se quejó de lesiones dentro de un motel. “Al parecer, la víctima buscó ayuda para que los administradores la auxiliaran pero manifestaron que no podían, luego “la mujer habría escapado semidesnuda por una ventana para librarse del pastor (Carlos Rivas)”.

Sí, era el pastor Rivas que, cual Francisco Flores enfrentando un juicio, se sintió enfermo y logró ser llevado a su casa. (La próxima vez que a usted lo acusen de algo, dígale a la policía que lo lleve a su hogar y esperan juntos y tranquilitos para ver cómo se resuelve todo).

Pero no se angustie por el pastor, su abogado lo defenderá por su “infidelidad responsable

Ruffo Vito y el pastor Carlos Rivas (y LOL, “la víctima es culpable“)

Por cierto, adviértole: la gente que se siente poderosa se cree una inspiración para otras personas. Tenga cuidado a qué gente toma usted por inspiración. Y por cierto(bis), LA INFIDELIDAD ES IRRELEVANTE, LO RELEVANTE ES QUE COMETIÓ UN DELITO. Por favor, cuando piense, póngale esfuerzo. De lo contrario:

Tal parece que el punto acá es la normalización de la infidelidad, de que se puede verguear a las mujeres y de que los hombres somos inocentes víctimas de sus encantos.

#PidoTAI.

Ya le digo: ciudadanos bien chuecos.

 

Según el corazón de Dios.

Los corazones no quieren oír ni aunque sea un muerto el que les venga a decir: estamos muy mal en El Salvador. Esta figura tan fea de nuestra patria no es necesario pintarla bonita allá afuera. Hay que hacerla bonita aquí adentro, para que resulte bonita allá afuera también.

Pero mientras haya madres que lloran la desaparición de sus hijos, mientras haya torturas en nuestros centros de seguridad, mientras haya abuso de sibaritas en la propiedad privada, mientras haya ese desorden espantoso, hermanos, no puede haber paz, y seguirán sucediendo los hechos de violencia y sangre. Con represión no se acaba nada. Es necesario hacerse racional y atender la voz de Dios, y organizar una sociedad más justa, más según el corazón de Dios. Todo lo demás son parches. Los nombres de los asesinados irán cambiando, pero siempre habrá asesinados. Las violencias seguirán cambiando de nombre, pero siempre habrá violencia mientras no se cambie la raíz de donde están brotando todas esas cosas tan horrorosas de nuestro ambiente.

Monseñor Oscar Arnulfo Romero, homilía del 25 de septiembre de 1977, I-II, p. 240*.

24 de marzo, conmemoración del asesinato de Monseñor Romero, y en consecuencia, Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con Violaciones Graves de los Derechos Humanos y de la Dignidad de las Víctimas (y en Argentina, Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia).

* Gracias al buen Víctor por tan maravilloso libro, “Día a día con Monseñor Romero” (Publicaciones Pastorales del Arzobispado, 4a ed.).

 

“Cultural”.

Entre los jardines, vi una línea de jovencitos. Tenían la ropa hecha jirones y todo su cuerpo manchado de cualquier sustancia: pinturas, condimentos, cosas que huelen extremadamente mal y sustancias químicas que pueden resultar peligrosas. A algunos les faltan mechones de cabello o lo tienen pintado; podrían algunos llevar una cabeza de pescado colgando del cuello como un collar. Todavía no les falta un zapato. Digo que vi una línea de jovencitos, pero he visto varias. A veces están sentados; a veces van caminando lentamente hacia donde se les dice.

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Siempre hay otro grupo con ellos. Algunos van con batas blancas. Oh, el simbolismo de las batas blancas, además de su utilidad para este evento. También llevan mascarillas para soportar el repugnante olor de las mezclas casi tóxicas que han hecho (pero el resto de quienes estamos en el perímetro la socamos. Gracias, cerotes). En esas mezclas se revuelcan los jovencitos, los que acaban de entrar a la universidad. A veces uno a uno, a veces varios o todos al mismo tiempo. Lo hacen mientras los de batas blancas y sus compañeros, que llevan ya varios años en la universidad, gritan, celebran y se ríen, con música de reggaeton de fondo. Ellos y los bystanders, los que se quedan parados observando el espectáculo; los que no quieren ver lo reafirman alejándose, acaso volteando ocasionalmente para convencerse de que semejante cosa está ocurriendo. Por último, los mechones salen a la calle, semi-desnudos, manchados, malolientes, con el pelo chachajeado y a veces sin un zapato, a pedir monedas.

He visto poco de esto. Digo, he visto demasiado, personalmente, pero considérese que este es un país larguísimo y yo llevo aquí unos pocos años. Si uno guglea estas novatadas, llamadas acá mechoneo, puede hallar otras actividades además de las que he visto, que involucran poses sexuales o interacciones con cabezas de cerdo. Puede hallar comunicados de quienes planificaron estas actividades defendiéndolas como lúdicas y de integración para los que inician la universidad, y contracomunicados de autoridades preocupadas por el abuso hacia los pares.

Esto pasa en la primera semana de clases del semestre. Esa semana en la que entro a un salón y miro caras nuevas devolviéndome la mirada. Nomás por cálculo de probabilidades me da escalofríos pensar en lo que dirían si yo sacara a colación el tema; si les preguntara qué piensan, si les dijera lo que realmente están haciendo. Me superan en número. Me superan en que su entorno es natural para ellos y para mi no. Y posiblemente saldría el argumento de que por eso no entiendo esa parte de la cultura chilena, y que es bacán tener un ritual de bienvenida, de integración de los nuevos estudiantes a la comunidad universitaria, y que…

No. Entiendo perfectamente. Entiendo perfectamente la necesidad de pertenecer. Hablando de culturas, provengo de una plagada de pandillas y de gente que desesperadamente necesita distanciarse de ellas (paradójicamente, pensando igual que ellas). Uno haría cualquier cosa con tal de ser aceptado por un grupo, por ese atado de personas que tienen o tendrán algo en común conmigo. El algo en común, la identidad grupal. Mientras más valiosa la membresía, más exigente es la prueba que tenés que dar de que valés como miembro de ese grupo. Y para esa prueba, hay que presentarse ante la jerarquía: alguien que sabe, alguien que ya pasó por lo que estoy a punto de pasar.

No es por gusto que en la primera clase hable del experimento de la cárcel de Stanford. De lo fácil que es sucumbir a un rol que te han dado, aun si es ficticio, aun si la evidencia no lo sostiene. De lo fácil que es sucumbir a la situación, de someterte si no tenés poder, de abusar si lo tenés. De cómo el grupo al que pertenecés te refuerza lo anterior. En tu grupo encontrás permisividad y anonimato para salirte con la tuya, que es “la tuya” compartida. Y sí desde el punto de vista de los “carceleros” y “prisioneros”, pero también desde el responsable del experimento. P. Zimbardo -mi homie forever-, quien diseñó la idea de la cárcel de Stanford, también sucumbió a esta dinámica; de eso nos hemos dado cuenta décadas más tarde. Permitió que los abusos continuaran porque le resultaba fascinante todo lo que estaba ocurriendo, “mirá cómo cambiá la gente bajo ciertas circunstancias”. El experimento fue cancelado a medio camino cuando se dignaron a escuchar a C. Maslach, que observó lo que estaba ocurriendo y recriminó a Zimbardo, diciéndole que lo que le estaba haciendo a esos estudiantes era terrible (Zimbardo, dentro de todo un hombre sensato, volvió a sus cabales, detuvo el experimento y terminó casándose con ella).

No sólo le das patadas a quien te cae mal, te cae mal alguien porque le das patadas. Alguien tan buena gente como vos no lastimaría o manipularía el cuerpo de otra persona…sin una buena justificación. A veces la justificación viene después del acto, para que podás dormir con tranquilidad. Se lo merecían. Ellos estaban ahí por voluntad propia. Podrían haberse quedado en casa ese día. La voluntad es debatible cuando lo que está en juego es demostrar tu lealtad al grupo y tenés que ganarte su aceptación. Y a lo mejor no hay consecuencias por no aparecerse el día del ritual de iniciación y parece que efectivamente están ahí porque quieren. Pero hace ratos nos dimos cuenta que, más que a quien se deje humillar, hay que tenerle cuidado a quien decide humillar.

A juzgar por las reacciones que me encuentro, todo queda en buena onda. Salvo los casos de estudiantes con alergias a sustancias y algunos usos inadecuado de ácido(!), la espantosa contaminación en el campus y la necesidad de visitar la peluquería para que emparejen, parece que no quedan secuelas. Son más los que le tienen aprecio a esta tradición y parece que participar en ella, en cualquiera de las dos posiciones, no dice nada de la calidad de profesionales que serán. La única consecuencia trascendental, parece, es que los mechoneados quedan con vía libre para ser ellos quienes mechoneen a otros en los años siguientes, cuando ya no sean pollitos de 1er año, sino los “grandes” de años más avanzados. Escucho en silencio esas impresiones, aparentemente tan en buena vibra, y me muerdo la lengua (tú no eres de aquí) para no decir “eso ya es bastante”.

 

Sepa lo que está eligiendo.

“No estoy diciendo que no puede elegir no ser feminista pero sepa lo que está eligiendo. No tome una decisión sobre un grupo basándose en las creencias más radicales del grupo. No se ponga a la defensiva si ahonda y se expone a ideas difíciles sobre interseccionalidad y raza y género y colonialismo y liberación masculina. Sólo escuche. Algo de eso tendrá sentido. Algo de eso no. Algo de eso lo tendrá más adelante, cuando usted sea una persona diferente. Algo de eso le hará cambiar de opinión a lo largo de su vida y el mundo cambiará también. Algo de eso es mentira. Algo de eso es verdad. Todo vale la pena escucharse”. Fuente.

(Hablando de saber, hoy no es día de felicitar; es día de pensar, por ejemplo, por qué la gente insiste en usar lo femenino como insulto, o que se le tiene fobia a lo tradicionalmente femenino, y cambiar esa y muchas otras maneras de pensar y actuar).

 
 
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