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A lo lejos

Ahora prefiero hablar de mis orígenes desde la psicología. Por supuesto, la psicología no tiene que ver únicamente con patologías; no hablo de mi país en términos de paupérrima salud mental, sino de calamidad generalizada. En el mejor de los casos, hablo de él hablando de otras cosas en otros lenguajes, como lo hacen la ficción y los sueños, para disminuir lo perverso de su forma original.

Por el momento (this too shall pass), lo veo todo a lo lejos, desde la cima de una colina. Estoy bien, estoy segura. Estoy más cerca de un cementerio con osamentas de 1800s que de la cotidianidad urbana. No necesito bajar a la ciudad, además, porque casi todo lo necesario para vivir está aquí, en una sola calle. Que si no me aburro de ir a los mismos lugares, pues no, porque los cafés que abren en esta calle se van a la quiebra en cuestión de meses, y entonces abren otros y siempre hay algo nuevo que probar.

La distancia que me concede esta altitud se rompe cuando recibo una carta en mi buzón. Es una carta que yo envié, return to sender porque la zona a la que se dirige es zona de riesgo por pandillas y Correos de El Silbador no entra ahí. Me quedo con mis elaboradas ideas en mis manos, reprimiendo la doble urgencia de quedarme donde estoy para siempre y bajar al mundo para entregar la carta yo misma.

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