Jue!

Yo soy yo y mi comida

Qué incómodo es comer sin compañía. Me han contado y si es así, es comprensible. Comer, fuera de ser una actividad de subsistencia, es un acto social. Qué triste y hasta patético, dicen las miradas de los transeúntes, eso de sentarse a comer en soledad.

Contrario a lo que ordena el instinto gregario, la soledad también es una condición idónea para comer, especialmente si la comida es buena. No hay nada tan gratificante, cierto, como compartir alimentos con gente valiosa, pero no hay por qué ningunear el placer de comer a solas. Sin distracciones, el mundo se reduce a la comida que se tiene enfrente, a los sabores y texturas que quedan en las manos y en la boca, a la calidez que recorre el cuerpo mientras se calcula la siguiente mordida.

No tengo un cierre digno para este ejercicio de introspección, esto es solo una oda al intenso bagel que almorcé ayer.

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