Más REINO UNIDO

Party hard

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 20 de julio de 2017.

Una de mis fotografías favoritas de Inglaterra fue tomada la última noche del año 2015 en Manchester. The Guardian hizo eco de la apreciación colectiva de la composición de esta foto, “similar a la de una obra de arte del Renacimiento”. Al frente de la imagen, dos o tres policías mantienen a un hombre contra el suelo. Tras ellos, otro hombre está tirado en medio de la calle, como apoltronado en un diván, estirando el brazo para alcanzar su cerveza como si alcanzara la mano de Dios. Mi pie de foto personal para esta imagen es la de un meme: you will never party this hard.

En mis años de colegio fui solamente a una fiesta, la de quince años de una amiga, y pasé sentada todo el tiempo viendo a los invitados bailar. La primera vez que volví a mi casa después de medianoche, y solo por algunos minutos, tenía 24 años; de hecho, era mi cumpleaños 24 y lo había celebrado tomando un batido de fresas. Entrego estas credenciales para que no parezca tan inverosímil mi triste confesión de que no conozco la sensación de una resaca al día siguiente. En mis primeros 23 años de vida, salir me parecía demasiado trabajo. Esto, por supuesto, no me volvía popular entre mis pares.

Para sumar más puntos como el alma de la fiesta, yo solía huirle al alcohol. Mi primer asomo al abismo de la ebriedad fue en una celebración de la ONG en la que trabajaba en ese tiempo. El staff lo componía una veintena de personas que nunca le decían no al trago, y yo. Las oficinas de la ONG eran una casa que amoblaron con escritorios y archiveros, y estábamos en el jardín, celebrando nuevos proyectos o quizás nada en particular. Alguien me dio un vaso de jugo de naranja con vodka. Cuando viví en carne propia el significado de buzzing, paré. Nunca había sido testigo de los efectos de la alcoholización excesiva pero conocía la teoría y eso me bastaba.

A pesar de mis temores, comencé a sentir más y más curiosidad por los mundillos de las parrandas. Cuando experimenté una estrepitosa ruptura amorosa, que era lo que “celebraba” la noche de mi 24º cumpleaños, comencé a salir de noche. En la noche era más fácil marinar en la miseria y eso me resultaba insoportable. Recuperé viejas amistades, hice nuevas, y mi convicción de que uno podía divertirse sin tomar alcohol se derrumbó; no tenía ningún argumento racional para justificarlo, solo sentía que era así, quizás en virtud de ser una idea socialmente compartida. Comencé a dedicar los fines de semana a ir a presentaciones artísticas de amigos, o de amigos de amigos, o a deambular por la ciudad como si eso no implicara un riesgo a la integridad personal. Gracias a mis nuevas tendencias, descubrí que tenía un ego monumental. Estos fueron mis dos años de juventud, aunque esto, también, era una fachada: aun en medio del público más prendido, me paraba rígidamente sosteniendo una botella de Absolut que no iba a acabarme, y mi mayor preocupación era cuánto tiempo más sería socialmente aceptable esperar antes de darme el zafe e irme a dormir. El alma de la fiesta, ciertamente.

En Chile aprendí la palabra carrete, que era el equivalente al salvadoreño patín. Ahora que yo ya era totalmente independiente, y vivía en una ciudad que no estaba en los rankings de las ciudades más letales del mundo, podría explorar mi lado fiestero. No lo hice. Con mi nuevo roommate de entonces tuvimos una fiesta por su cumpleaños, tras la cual dijimos nunca más. Luego vino una seguidilla de recepciones matrimoniales de las que me despedía aprisa, cual Cenicienta, para no tener que trasnochar. Por suerte encontré un nicho social en el que estábamos de acuerdo sobre cuál era el corazón de un carrete: la comida. Hasta la fecha, mi razón primordial para ir a eventos sociales es la mesa de snacks. Es mi alegría y mi castigo atracarme de papitas.

No obstante mi atrofiado sentido de la diversión, un hábito logró deslizarse sigilosamente en mi cotidianidad desde mis primeros años en Chile, y se vino en mi maleta a Inglaterra. Adquirí una enorme simpatía por el vino, alcanzando niveles estereotípicos. Cuando hice una retrospectiva de la excelente reunión familiar (e.g. incluyó máscaras de luchadores mexicanos)  del año pasado con motivo de las fiestas decembrinas, me di cuenta de que había tomado alcohol todos los días que estuve en ese viaje. Fueron 17 días. Mi hermano tenía un conveniente mini-bar en su casa, lo cual explica mucho, y todas las tardes se ofrecía a prepararme algo. Tres sorbos más tarde yo ya me estaba riendo por nada, y sirva esto como recordatorio de que mi supuesto alcoholismo es de juguete. Efectivamente, I will never party that hard.

Todo lo anterior no significa que no he seguido intentando irme de juerga, y el Reino Unido se presentó como una nueva oportunidad para triunfar en este rubro. Desde mi primer día aquí ya había visto gente alegre pululando de noche por las calles (¡ni siquiera era fin de semana!), y yo misma había experimentado interesantes mareos en la recepción para nuevos estudiantes, gracias a media copa de vino. Las invitaciones abiertas abundaban, tanto como los pubs en el vecindario en que vivo, pero me llevó un tiempo construir algo que asemejara una vida social. Mi primer año en Inglaterra fue más bien silencioso, con mi ruta establecida de la casa a la universidad y viceversa, por la consabida lucha de hacerse un hueco propio al llegar a una cultura nueva.

Ahora, casi dos años después, tengo semanas en que termino exhausta no por los estudios sino por la cantidad de compromisos sociales que adquiero: un cumpleaños, un evento académico en un pub, una reunión de voluntariado (que incluye un boleto para entrar gratis a la megafiesta después del evento), otro cumpleaños, ida al cine con pint previa, reunión en un café. Por ser tan asquerosamente proactiva, además, me uní al comité de la sociedad de posgrado de mi programa. La razón de ser de la sociedad es ofrecerles a los estudiantes de doctorado una vida social fuera del doctorado, y lo estamos logrando. Actualmente, en mi horizonte social tengo una colorida marcha y una fiesta veraniega el mismo día, y por obligación tengo que estar en ambas, no para divertirme sino para asegurarme de que otros se diviertan. Al final terminé convirtiendo mi curiosidad por el jelengue en una responsabilidad vital más. Y eso sigue explicando por qué, hasta la fecha, no sé qué se siente tener resaca.

Desde que recuerdo tengo una agenda, formato papel-y-lápiz, para llevar registro de mis actividades. Ahora Google también conoce mi agenda, y Facebook conoce mi agenda, y los dos pasan recordándome todos los eventos y actividades a los que quiero o no quiero asistir. Uno de los eventos más recientes en mi lista de sandungueo social se denominó informalmente como un International Drunken Exchange. Leí con temor la invitación y me pregunté simultáneamente si alguna vez voy a estar a la altura de estos eventos y dónde confirmo mi asistencia.

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Estudiar lleva lejos (por un precio)

Columna publicada en la revista impresa MÁS Reino Unido el 6 de julio de 2017.

En mi primer empleo formal, conocí a alguien que me regaló un libro sobre los mil lugares que hay ver antes de morir. Esta persona se convertiría en un amigo muy querido, y lo conocí gracias a que él era un trotamundos y pasaba su vida saltando como pulga por todos los continentes, trabajando para una agencia de cooperación internacional. Mi vida, en contraste, estaba confinada a la recepción de la ONG que me había contratado, la cual era una fuente de invaluable aprendizaje personal pero me mantenía estancada en mi profesión. No hay una psicología de la angustia por contestar el teléfono (si usted me pasa fondos puede haberla) ni de prepararle el café a la junta directiva. Loor a las asistentes ejecutivas y secretarias, oficios horrendamente subestimados que hacen que la civilización avance. Pero lo mío no es hacer que la civilización avance.

A lo que voy es a la fe que este amigo tenía en mí. Supongo. No hemos conversado en persona por más de un par de horas en todos los años que llevamos de conocernos, pero desde nuestras primeras interacciones él pareció ver en mí a un kindred spirit; podíamos hablar de muchos temas por largo tiempo. Excepto a la hora de conversar sobre explorar el mundo, ahí yo solo podía escuchar. Estaba estancada en mi trabajo de asistente y en cansinos trámites para postular a becas que no iba a ganarme. No me imaginaba no salir a estudiar a otro país pero esa era la extensión de mi imaginación: salir a estudiar y volver. A lo mucho, viajaría para visitar familia en ese patio delantero de mi país que es Estados Unidos, y además me rehusaba a volar sobre el mar. No sabía adónde quería ir pero quería irme.

Antes de continuar, un disclaimer: aquí no hay ninguna moraleja acerca de lo maravilloso que es viajar. Para eso están los contactos de Facebook que postean videos y artículos sobre cómo vivir sin viajar es como leer solo la primera página de un libro y cosas así. Es difícil estar en desacuerdo con esa idea pero viajar es un privilegio más que un imperativo. Puedo pensar en algunas personas que tienen tanto o más mérito y capacidad que yo para estar estudiando y explorando países nuevos, y si no lo hacen es porque sus condiciones de vida les han llevado a tomar otras decisiones y otros caminos. La realidad pesa, como decía un amigo mío. Por supuesto que es recomendable salir del entorno propio de vez en cuando pero cada quien lo hará de acuerdo a sus posibilidades (o artimañas, como es mi caso).

Decía, mis aspiraciones tenían algo de ambición pero eran poco imaginativas. Fuera de querer seguir estudiando (sepa Dios por qué), estaba conforme quedándome en mi casa. Al mundo lo conocería por internet, por libros, por amigos internacionalmente cooperadores como el que había ganado, quien de vez en cuando me mandaba postales desde países asiáticos y africanos. En algún idioma debe haber un término que designe a la persona que observa sentada a otras que andan de viaje; esa era yo. De pequeña, me encantaba que la gente fuera y volviera de viaje porque me traían regalos, y ganaban puntos extra si lo hacían por avión, porque era mi oportunidad de ir al aeropuerto a ver los aviones despegar y aterrizar. También puede que haya un término para alguien que disfruta holgazanear viendo aviones despegar, volar y aterrizar.

Un par de años después de graduarme de la licenciatura y de haber recibido el libro de los lugares que debía ver antes de morir, logré una beca para estudiar en el extranjero. Ese fue el momento en que le vendí mi alma al diablo. Con la segunda beca que me gané años después, confirmamos nuestros votos de condena. Es cierto que estudiar lleva lejos. Desde que me convertí en becaria amplié mi kilometraje una barbaridad, gracias a los tantos lugares a los que tenía que ir para recoger datos o difundir hallazgos de estudios. Bendita academia y la necesidad de nosotros sus súbditos por aportar y destacar. Además, siempre hay oportunidad de ser turista cuando se es ponente, especialmente si uno ignora la presión social inherente a las listas del tipo “Los 10 sitios que absolutamente hay que visitar cuando estás en Ciudad X”. Me inclino por las atracciones gratuitas, las caminatas por la ciudad y la comida comprada en supermercado. Austeridad aparte, mi vida se ha convertido en un feliz loop de segmentos de La Cámara Viajera de Sábado Gigante y tengo los magnetos de refrigerador para probarlo. Tengo postales, fotografías y souvenirs que terminaré regalando porque hay que viajar ligero.

Por todos estos ires y venires, cuidadosamente instagrameados, uno podría creer que soy inteligente y adinerada, o al menos una de las dos cosas, pero no soy ninguna. Digo, no lo seré más que el promedio. Pasa que le pongo empeño a lo que hago y estoy construyendo un bonito CV, pero eso no hará que me zafe de mi pacto. El diablo se llevará mi alma cuando se me acaben las becas, recuerde que no coticé durante los años más productivos de mi ciclo vital, y me encuentre a mí misma sin pensión, si es que logro llegar a una edad en la que eso es una preocupación.

No pienso mucho en ese precio que tendré que pagar por haber salido de mi casa. A veces pienso, a modo de wishful thinking, que tal vez nunca tenga que pagarlo porque no sabemos adónde iremos a parar (e.g. Yo decía que nunca iba a cruzar el charco y heme aquí, viviendo en el otro extremo del mismo bajo un régimen monárquico). Mi tío George Harrison tiene una canción llamada Any Road, sobre la vivencia y el apremio de estar en movimiento constante, y los intentos por abarcar todo lo que hay por ver. A la luz de esta canción, hace varios párrafos que estoy tentada a comenzar una oración diciendo “Aprendí que..”, pero eso iría en contra de mi disclaimer. A nadie le importa lo que yo he aprendido viajando, además de que la mayoría de los viajes ocurrieron sin que yo los buscara. Soy una turista accidental, una mezcla de esfuerzo y buena fortuna, el embodiment del “yo pasando iba” que termina con un sello en el pasaporte. Lo importante es lo que dice mi tío: If you don’t know where you’re going, any road will take you there.

En el momento en que escribo esto, he viajado a diez países. A siete por razones académicas y a tres por Aerosmith, esto último es una historia de amor aparte. Ahora yo también puedo mandarle postales de América y Europa a mi amigo trotamundos. Como yo no tenía tanta fe en mí misma como él la tenía en mí, dejé el libro que él me regaló en la casa de mis papás cuando me mudé al extranjero. La próxima vez que regrese voy a desempolvar el libro y a tachar los lugares que he visitado, para escribir la guía de las decenas de lugares que alcancé a ver antes de que se me acabara la beca.