Jue!, Psicología

Vástago de las ciencias del comportamiento humano

Allá en Psicoloquio revisé unos estudios sobre las experiencias de ser hijo de psicólogo, o de ser psicólogo y tener hijos (perdón, hoy estoy usando mi lengua no inclusiva). Esto me llegó hondo porque mi mamá es psicóloga, así que heme aquí viniendo a dejar mi aporte.

Mi contacto con la psicología en mi niñez consistió, como algunos de los entrevistados, en aprovecharme de los juguetes que tenía mi mamá en su clínica. Específicamente:

  • Me gustaba ir a su clínica porque ella atendía en una segunda planta, y yo vivía resentida porque nuestra casa solo tenía una.
  • Podía llevarme sus juguetes y libros a modo de préstamo a la casa.
  • Podía hacer actividades en papel, como aquel dibujo en que tenía que escoger una de dos calles por las que iba un motociclista(?)…esos eran tests psicométricos pero no para mí, lerolero.
  • La caja de arena. Un secreto bien guardado de la clínica infantil es lo relajante y desenmarañador que resulta enterrar las manos en arena y jugar en ella (añales después vine a ver cómo esas cajitas ayudan a resolver conflictos y yísuscraist).

Esa es toda la influencia materna en la elección de mi carrera. Tal vez la lista sería más larga si incluyéramos mis actitudes implícitas pero, por definición, yo no tengo fácil acceso a ellas.

Otra fuente de influencia fue una enciclopedia psiquiátrica por la que terminé autodiagnosticándome un trastorno maniaco-depresivo entre los ocho y diez años (según la datación por radiocarbono de uno de mis dibujos, que en estos tiempos se consideraría terriblemente insensible). En ese entonces no se llamaba trastorno bipolar. Con el tiempo entendí que no sufría semejante cosa, pero sí quizás una especie de ciclotimia adolescente que hasta hoy entiendo gracias a la Escala de Kinsey. Basándome en mis rasgos de personalidad, sin embargo, sospecho que si hubiera nacido y crecido en circunstancias adversas, hubiera desarrollado un trastorno de personalidad limítrofe.

No pensé en estudiar psicología hasta que en un formulario para entrar a la universidad me preguntaron cuáles eran mis opciones de carrera. Hasta los 17 años creía que podría estudiar animación (porque me habría ido tan bien, con el talento arrollador que tengo). Mi burbuja de negación vocacional se rompió, y a modo de consuelo volví a lo que conocía y tanto quería: la educación jesuita. Los resultados de mi examen de aptitud de la universidad sugerían que yo estudiara psicología. Fin.

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