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Ya ni se les puede gritar cosas amables a mujeres desconocidas

¿Denunciar? Pero si solo te gritaron “¡guapa!” Hay cosas mas importantes. No era para tanto. Solo quieres llamar la atención. Pero ni estás guapa.

Esas son algunas de las críticas que le lanzaron en redes sociales a Tamara de Anda, una comunicadora y periodista mexicana que es conocida en Twitter como @Plaqueta, después de que diera a conocer que denunció a un taxista en la Ciudad de México, porque le gritó “¡guapa!” en la calle.

(Sobre la denuncia de Daphne Fernández: lo que dijo un juez)

Si las mujeres no denuncian el acoso, qué majes. Si las mujeres denuncian el acoso, qué majes. Aquí hay un artículo útil, ¿Acoso o coqueteo?, para lidiar con la preocupación de que “ya no se le puede decir ‘guapa'” a una mujer.

El caso de la denuncia de Tamara de Anda es uno de tantos en que la gente termina molesta porque comentarios no sexuales son definidos como acoso. He visto otros casos (uno que viene a la mente es el de una chera que se grabó caminando por la calle y registró todas las cosas que le dijeron en el camino) que traen una avalancha de reacciones a las que subyace la queja de que “ya no se puede ni saludar a las mujeres”.

Afortunadamente, un chero encontró la solución (por el artículo “¿Acoso o coqueteo?” no calmó su preocupación): “andá a saludar a otros cheros si tanto te hace falta. ‘Soy un buen tipo. Solo quiero decir HOLA. Y vas a aceptar este maldito saludo lo querrás o no’“. Pero por supuesto:

La explicación común de que el acoso callejero —sí, incluyendo el tipo “amable”, no sexualmente explícito— es, en última instancia, afirmar la dominación masculina sobre las mujeres, forzándolas a darles a los hombres su tiempo y atención. No tendría sentido que un hombre transgrediera el espacio mental y físico de otro hombre de esa manera*.

Why dudes don’t greet other dudes

*A menos, quizás, que el otro hombre en cuestión no cumpla con el estándar de apariencia viril que el primer hombre cree que Un Hombre debería cumplir.

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Jue!

Relaciones parasociales

Es peligroso conocer en persona a gente que admirás y, peor, querer aprender de ella. Mantené la distancia con quienes conforman tus relaciones parasociales. Vas a dormir mejor. Vas a tener tiempo para ocuparte de asuntos urgentes.  Vas a seguir teniéndote en alta estima.

Tené cuidado con lo que deseás, si sos de esa gente que eventualmente obtiene lo que quiere por gracia de una satisfactoria coherencia narrativa en su vida. Tené cuidado, o podrías terminar estudiando un semestre con alguien de quien querías aprender, y resultará que la clase es tan provechosa como la imaginaste y hasta más, mucho más. Pero. Pero. El pero es que tendrás que resignarte a terminar el semestre con el mismo halo de mediocridad con el que lo empezaste, excepto que ahora estás más consciente de lo brillante que es ese halo.

Te vas a dar cuenta de que el estado de limeranza que sufrías por esas personas que admirás era solo tu masivo ego queriendo ser presumido. Ese masivo ego que se está llenando de moretones al descubrir que nunca hubieras durado tanto en la academia si hubiera sido así de demandante desde el principio. El ego que prefiere mantener la boca cerrada en clase por temor a decir algo estúpido. El que se frustra porque, al mantener cerrar la boca, alguien más dice lo que ibas a decir, palabra por palabra, y resultó que era un aporte digno. El ego que se frustra porque al abrir la boca, efectivamente, decís una burrada.

Mantené la distancia. Vas a dormir mejor.

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Felicidades en su día, mujeres que no son feas

Una cosa es que te feliciten por lo que sos* y otra que reconozcan que tenés derechos pero constantemente te toca darte riata por ellos con una feroz oposición que si cambia su pensamiento es para mantenerlo igual…en virtud de lo que sos.

“Felicidades en su día**, bellas y abnegadas mujeres guerreras, menos a las feminazis que ya tienen su igualdad pero siguen jodiendo”:

– Las razones de las niñas para amotinarse en el Hogar Seguro.
– El gobierno de la periferia.
– El cuidado es trabajo.
– Cerdos publicistas.
– La ciencia que discrimina a las mujeres.
– “Si cada año 60 mujeres asesinaran a sus maridos habría una revolución”.
– La abogada que lucha contra el “revenge porn”.

—–

* que ni siquiera les consta que lo seás, pero para eso están los estereotipos, para llenar vacíos con el mínimo esfuerzo.

** Usted dirá que esta entrada llega un día tarde y yo le responderé LOL, esta entrada es tan relevante hoy como lo hubiese sido ayer.

Jue!, Psicología

Vástago de las ciencias del comportamiento humano

Allá en Psicoloquio revisé unos estudios sobre las experiencias de ser hijo de psicólogo, o de ser psicólogo y tener hijos (perdón, hoy estoy usando mi lengua no inclusiva). Esto me llegó hondo porque mi mamá es psicóloga, así que heme aquí viniendo a dejar mi aporte.

Mi contacto con la psicología en mi niñez consistió, como algunos de los entrevistados, en aprovecharme de los juguetes que tenía mi mamá en su clínica. Específicamente:

  • Me gustaba ir a su clínica porque ella atendía en una segunda planta, y yo vivía resentida porque nuestra casa solo tenía una.
  • Podía llevarme sus juguetes y libros a modo de préstamo a la casa.
  • Podía hacer actividades en papel, como aquel dibujo en que tenía que escoger una de dos calles por las que iba un motociclista(?)…esos eran tests psicométricos pero no para mí, lerolero.
  • La caja de arena. Un secreto bien guardado de la clínica infantil es lo relajante y desenmarañador que resulta enterrar las manos en arena y jugar en ella (añales después vine a ver cómo esas cajitas ayudan a resolver conflictos y yísuscraist).

Esa es toda la influencia materna en la elección de mi carrera. Tal vez la lista sería más larga si incluyéramos mis actitudes implícitas pero, por definición, yo no tengo fácil acceso a ellas.

Otra fuente de influencia fue una enciclopedia psiquiátrica por la que terminé autodiagnosticándome un trastorno maniaco-depresivo entre los ocho y diez años (según la datación por radiocarbono de uno de mis dibujos, que en estos tiempos se consideraría terriblemente insensible). En ese entonces no se llamaba trastorno bipolar. Con el tiempo entendí que no sufría semejante cosa, pero sí quizás una especie de ciclotimia adolescente que hasta hoy entiendo gracias a la Escala de Kinsey. Basándome en mis rasgos de personalidad, sin embargo, sospecho que si hubiera nacido y crecido en circunstancias adversas, hubiera desarrollado un trastorno de personalidad limítrofe.

No pensé en estudiar psicología hasta que en un formulario para entrar a la universidad me preguntaron cuáles eran mis opciones de carrera. Hasta los 17 años creía que podría estudiar animación (porque me habría ido tan bien, con el talento arrollador que tengo). Mi burbuja de negación vocacional se rompió, y a modo de consuelo volví a lo que conocía y tanto quería: la educación jesuita. Los resultados de mi examen de aptitud de la universidad sugerían que yo estudiara psicología. Fin.