Paranoia y pertenencia

El conflicto armado que resquebrajó a El Salvador en los ochenta le mutiló las esperanzas de una vida digna a miles de combatientes. Algunos terminaron sin brazos y sin piernas, con traumas y miedos. Las reivindicaciones económicas y sociales que se les prometieron siguen sin concretarse. Los adeudados, sin importar el bando que defendieron, aseguran sentirse traicionados y olvidados. Ahora lo que los une es un arrepentimiento férreo que como herida abierta no les deja alcanzar la paz.

La herida que no cierra

Lo que en la literatura “dominante” se llama trastorno de estrés postraumático, en algunos rumbos latinoamericanos, gracias al buen Ignacio Martín-Baró, se le llama trauma psicosocial. El trauma psicológico no se da en un vacío: antes y después de que éste ocurra existen actores y circunstancias sociales que contribuyen a su desarrollo (recomiendo este libro al respecto). A veces el evento mismo no es lo que instala el trauma, sino lo que ocurre tras él y cómo el entorno reacciona, o no reacciona, ante la víctima. Entre ser víctima y convertirse en sobreviviente juega un rol vital el apoyo social.

Alguna vez trabajé en una ONG de personas con discapacidad. Casi todas las personas que trabajaban ahí habían perdido uno o más de sus miembros durante el conflicto armado; algunas pertenecieron a la guerrilla y otras al ejército. A veces escuchaba sus experiencias actuales; no solo los dolores físicos de la amputación y otros problemas de salud asociados, sino las pesadillas, los ataques de pánico, el desamparo, y esa manera de estar en el mundo tan reactiva e hiperalerta. En suma, como diría Martín-Baró, reacciones normales a situaciones anormales. Situaciones anormales como El Salvador mismo.

Uno de estos días me encontré una invitación a una charla aquí en la universidad. La dará Richard Bentall, un profesor de la Universidad de Liverpool, que trabaja con factores de riesgo social que provocan cambios emocionales y cognitivos que llevan a síntomas de psicosis (que quede claro que no se puede hablar de causa y efecto). La charla se llama “Paranoia considerada un trastorno de la pertenencia”. No sé si usted conoce a alguien que tiene arranques de paranoia, y alguien que además haya vivido la guerra civil salvadoreña. Esto tiene sentido. Tiene mucho sentido.

La invitación explicaba brevemente el contenido de la charla, y dejo aquí el trozo que me interesó. Los mecanismos de la paranoia pueden ser relativos a procesos afectivos o a deficits cognitivos, y entonces…

El componente afectivo puede reflejar una frustración de la necesidad fundamental humana de afiliación con otros seres humanos. Esta necesidad impacta en la auto-estima a través de dos mecanismos: apego (el sostenimiento de relaciones íntimas) e identidad social (por la cual nos definimos de acuerdo a nuestra pertenencia a grupos sociales).

Menos atención se le ha dado a la identidad social en relación a la psicosis. En nuestra encuesta poblacional y en una muestra extensa de estudiantes, encontramos que un sentido de no pertenecer a la comunidad se asocia con paranoia y depresión pero no con alucinaciones […] Estos hallazgos deben considerarse […] provisionales pero apuntan a la posibilidad de reducir síntomas psiquiátricos a nivel poblacional a través de la construcción de comunidades más cohesionadas.

Con lo maravillosas que son la cohesión social, el espíritu comunitario y el sentido de pertenencia en la población salvadoreña, a 25 años de la firma de los acuerdos de paz.

Hernán era un niño de 13 años cuando se involucró en la guerrilla. Así pasaron siete años desde 1981, llevando notas secretas de un campamento guerrillero a otro y luchando por algo que asegura que no valió la pena. Mientras cuenta que tardó un año en aprender a disparar un fusil, se escucha un “¡oiii, Carlos!” Así lo saluda un hombre que se sostiene en dos muletas desde la cruz de hierro en la entrada de la casa de Hernán. “¡Oiii, Paquino!”, responde con voz aguda.

—¿Quién es Carlos?

—Soy yo –confiesa Hernán.

En la comunidad San Carlos Lempa nadie se saluda por sus verdaderos nombres.

La herida que no cierra

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Una respuesta a Paranoia y pertenencia

  1. Clau dijo:

    San Carlos Lempa, tierra de excombatientes a los que colaboré en construirles casas allá por 1999-2000, cuando aun no nos llegaba el terremoto y pudimos medio arreglar los daños del Mitch del 98. Buenas gentes. De ahí hasta La Pita, donde desemboca el Lempa, puros ex guerrilleros…bueno, del otro lado del río también =) desde San Nicolás Lempa a La Canoa.
    Leí la nota de LPG, me costaba creer que periodistas de ese medio la hubieran redactado…ejem, eran estudiantes de comunicación social, aun no estaban maleadas por el mercantilismo de la profesión.
    Qué te puedo decir del estrés post trauma, la paranoia y nuestra guerra, si mi papi, que sufrió la guerra siendo estudiante UES y fue puesto por los soldados como “pared humana” en las vidrieras de su aula para que a ellos les cayeran los disparos y ya en su vida adulta sufrió el trauma de una cuchillada en el cuello por alguien que lo estaba esperando a la salida de su trabajo de maestro, se “desconfiguró” por varios meses durante la campaña presidencial 2009 cuando nos recetaban spots de la guerra día y noche en TV para meternos miedo de no votar por el Frente. Doy fe que todo lo dicho en tu nota es más que cierto.
    Y, no solo los ex combatientes no tienen acceso a atención de la salud mental, también para los profesionales pagar citas de $40 semanales es demasiado lujo.

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