Art school girlfriend

Hacerse la pregunta debió haber sido la primera advertencia, considerando que lo evidente no era tal cosa aún. La pregunta apareció una y otra vez, y siempre le seguía la respuesta obvia, la que estaba al alcance de la mano, la que debía ser. La respuesta se acompañaba del encogimiento de hombros, “esto es simple, no hay para dónde. Adiós”. Hasta que la pregunta aparecía otra vez tiempo después. ¿Quién insistiría tanto con su interrogante si ya tiene la respuesta? Mucha gente, en realidad.

Llegó el día en que la respuesta fue otra. El peso de lo evidente por fin fue ineludible. Esta vez no hubo encogimiento de hombros sino la íntegra y profunda satisfacción similar a cuando una pieza en Tetris encaja y hace desaparecer todos los bloques que obstruyen la pantalla. Te sentís feliz, un tanto fluorescente, en paz. Algunas cosas por fin tienen sentido, y vos mismo tenés sentido.

Nadie te va a creer porque no tenés street cred para demostrarlo. Pero esta aquella carpeta mental con archivos que van desde eventos borrosos en cuarto grado, pasando por historiales de navegación y soundtracks, hasta la interacción que tuviste ayer con un personaje ficticio. Este personaje te entretenía porque no era para nada como vos, pero resultó ser el que comprendés mejor. Alguien lo liberó en la historia que habita, y en gratitud, él decidió romper la cuarta pared y liberar a alguien más. Lo más curioso es que esa historia la escribiste vos, mucho tiempo atrás. Qué suerte tenés.

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