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Japi crismas.

23 Dic

No puedo con la canción Happy Xmas (war is over). Fuera de que la letra y la melodía me evocan emociones contrarias, el video que vi hace muchos años hace que se me cierre la garganta y se me escabullan lágrimas al reconocer la canción. No me acuerdo de las imágenes que vi; eran atrocidades de la guerra, comonó, pero mi asociación es visceral. Bien podrían ser “las 100 fotografías del 2015” del Times o algo parecido, y funcionaría igual.

No sé si es por el recuerdo de aquel hombre solitario añorando a su amor perdido para siempre o si es por la violencia intrafamiliar con la que están contaminados demasiados recuerdos de mi vida; pero cuando llegan los días de fin de año, siempre me identifico con las personas para quienes, por un motivo u otro, estos días son tristes, conflictivos, violentos, incómodos o simplemente un día como cualquier otro, sin nada que festejar, porque los malos recuerdos de las navidades pasadas dejaron llagas que no cerrarán jamás.

Los niños y adolescentes que son violentados por sus progenitores o familiares y que viven su calvario en silencio, porque no tienen a quien confiar lo que les pasa, o porque cuando lo hacen, nadie les cree. Las familias que tienen a algún miembro desaparecido, sea en los caminos de la migración o en los territorios de la violencia. Las personas que duermen en la calle o bajo los pasos a desnivel de nuestras gloriosas y millonarias carreteras. Los que permanecerán junto a la cama de un pariente agónico. Los que recibirán la noticia de la muerte de un ser querido. Los que deben trabajar, hacer turno en lugares que siguen funcionando porque se necesita que alguien esté allí siempre, al pie de un motor, de un circuito, de un hospital, de una cárcel, de un aeropuerto, de un call center, de un taxi, de un periódico, de una unidad militar. Los abandonados a su suerte por una sociedad que ha perdido la capacidad de compasión y que mirarán las luces de las fiestas, a lo lejos, sintiéndose expulsados del baile de la vida. Los que viven en el sótano del infierno, alimentando la caldera del diablo. Los solitarios, los corazones rotos, las almas quebradas. Los suicidas. Los que ya no tienen nada que perder, porque ya lo perdieron todo.

Un año más sin ti, de Jacinta Escudos.

Que todos estos buenos sentimientos que se evocan en esta época sean fértiles, y vayan hacia quienes los necesitan. Feliz navidad, amable mapachada.

 

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