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“Amundsen” (fragmento).

17 May

“Vamos a Huntsville.

Ir a Huntsville: la clave de que nos casamos.

Ha empezado el día que sin duda recordaré toda la vida. Llevo mi vestido de crespón verde recién sacado de la tintorería y enrollado con esmero en mi pequeño bolso de viaje. Mi abuela me enseñó que el truco para que la ropa no se arrugue es enrollarla bien prieta en lugar de doblarla. Supongo que me tendré que cambiar en algún lavabo. Voy mirando las veras del camino por si hubiera alguna flor silvestre temprana con la que hacerme un ramo. ¿Me pondría objeciones a que llevara ramo? Aún es pronto para las caléndulas, de todos modos. Por la carretera serpenteante desierta no se ven más que píceas negras raquíticas, islotes de enebro invasor y tremedales. Y como una cuchillada corta la carretera un amasijo de esas rocas que ya me parecen familiares, hierro ensangrentado entre lajas de granito.

La radio del coche está encendida y suena una música triunfal, porque los Aliados se acercan cada vez más a Berlín. Alister, el doctor Fox, dice que se están retrasando para dejar que los rusos entren primero. Y que luego lo lamentarán.

Ahora que estamos lejos de Amundsen, me doy cuenta de que puedo llamarlo Alisten. Es el trayecto más largo que hemos hecho, me excitan su indiferencia viril, ahora que sé con qué rapidez puede darse un vuelco, y la despreocupación y la habilidad con que conduce. Aunque jamás se me ocurriría reconocerlo, me parece excitante que sea cirujano. Creo que ahora mismo podría ofrecerme a él en cualquier tremedal o agujero cenagoso, o dejar que me aplastara la columna vertebral contra cualquier roca a la vera del camino, si exigiera un encuentro vertical. Sé también que esos sentimientos debo reservarlos para mí.

Me concentro en el futuro. Espero que en Huntsville encontremos a un cura y que nos case en un salón modesto, aunque con una elegancia parecida al salón de mis abuelos y los salones que he conocido toda la vida. Recuerdo que la gente seguía acudiendo a mi abuelo con propósitos matrimoniales incluso después de que se retirara. Mi abuela se ponía un poco de colorete y sacaba la chaqueta azul marino de raso que guardaba para hacer de testigo en tales ocasiones.

Descubro, sin embargo, que hay otras maneras de casarse, y otra aversión de mi futuro esposo en la que no se me había ocurrido pensar. No quiere tener nada que ver con los curas. En el ayuntamiento de Huntsville rellenamos los formularios, donde se da fe de que ambos somos solteros, y concertamos cita para que nos case el juez de paz ese mismo día.

Hora de comer. Alister se para frente a un restaurante que podría ser un primo hermano de la cafetería de Amundsen.

—¿Te va bien aquí?

Al verme la cara cambia de opinión.

—¿No? —pregunta—. De acuerdo.

Acabamos almorzando en el gélido comedor de una de las casas de comidas más refinadas que anuncian platos de pollo. Los platos están helados, no hay más comensales, ni música de fondo, solo el tintineo de nuestros cubiertos mientras tratamos de despiezar el pollo correoso. Seguro que piensa que nos hubiera ido mejor en el restaurante que sugería él.

A pesar de todo tengo el valor de preguntar por el lavabo de señoras, y allí, venciendo un aire aún más frío que el del comedor, sacudo mi vestido verde, me lo pongo, me retoco el pintalabios y me arreglo el pelo.

Cuando salgo, Alister se levanta para recibirme, sonríe al estrecharme la mano y dice que estoy preciosa.
Volvemos al coche caminando de la mano, entumecidos. Me abre la puerta, se monta por el otro lado y se acomoda para arrancar el coche. Aun así, no llega a darle al contacto.

El coche está aparcado delante de una ferretería. Se venden palas de quitar la nieve a mitad de precio. En el escaparate sigue colgado el cartel de que allí se afilan patines.

Al otro lado de la calle hay una casa de madera pintada de un amarillo aceitoso. Los escalones de la entrada no deben de ser seguros, porque dos tablones clavados en forma de equis impiden el paso.

El camión aparcado delante del coche de Alister es de un modelo de antes de la guerra, con un estribo y una franja de óxido en el guardabarros. Un hombre con peto de trabajo sale de la ferretería y se monta en el vehículo. El motor arranca quejumbroso y, tras varios traqueteos y saltos, el camión se aleja. Llega una camioneta de reparto con el nombre del establecimiento en letras impresas y aparca en el hueco libre. Al ver que le falta espacio, el conductor se baja y da unos golpecitos en la ventanilla de Alister. Alister se sorprende: si no hubiera estado tan enfrascado hablando, habría reparado en el problema. Baja la ventanilla y el hombre pregunta si hemos aparcado para comprar en la tienda. Si no, ¿podríamos mover el coche?

—Nos vamos —dice Alister, el hombre sentado a mi lado que iba a casarse conmigo pero ya no va a casarse—. Ya nos íbamos.
Ha hablado en plural. Por un instante me aferró a ese «nosotros» implícito, hasta que me doy cuenta de que es la última vez. La última vez que hablará de mí y de él en plural.

No es el «nosotros» lo que importa, no es eso lo que me revela la verdad. Es el tono de hombre a hombre con que se dirige al conductor del camión, la disculpa serena y razonable latente de su voz. En ese momento deseé volver a lo que estaba diciendo antes, cuando ni siquiera había reparado en la camioneta que quería aparcar. Aunque lo que decía era terrible, en la firmeza con que agarraba el volante, en la firmeza y en la vehemencia y en su voz había dolor. Más allá de lo que dijera o lo que quisiera expresar, en ese momento hablaba desde las mismas honduras que cuando estuvo en la cama conmigo. Después de hablar con el otro hombre, ya no. Sube la ventanilla y se concentra en sacar el coche del espacio angosto sin rozar la camioneta.

Y, apenas un momento después, me alegraría incluso de volver a ese instante, cuando alargó el cuello para mirar atrás. Mejor eso que conducir como conduce ahora, por la calle principal de Huntsville, como si no hubiera más que decir ni nada que arreglar.

No puedo, ha dicho.

Ha dicho que no puede seguir adelante. No puede explicarlo.

Solo que es una equivocación.

Pienso que nunca podré volver a ver eses con florituras como las del cartel de «Se afilan cuchillas» sin oír su voz. O tablones clavados toscamente en forma de equis como los que atraviesan la escalinata de la casa amarilla, enfrente de la tienda.

—Voy a llevarte a la estación. Te compraré un billete a Toronto. Estoy seguro de que hay un tren a Toronto a última hora de la tarde. Se me ocurrirá alguna historia verosímil y haré que alguien se ocupe de recoger tus cosas. Tendrás que darme tu dirección de Toronto, porque me parece que no la guardé. Ah, y te escribiré una carta de recomendación. Has hecho un buen trabajo. De todos modos no hubieras acabado el curso… No te lo había dicho, pero van a trasladar a los niños. Se avecinan grandes cambios.

Habla con un tono distinto, próximo a la alegría. Un alivio casi bullicioso. Se esfuerza por ocultarlo, quiere contener el alivio hasta que me haya ido.

Miro las calles con la sensación de que me llevan al matadero. Aún no. Aún falta un poco. Aún no he oído su voz por última vez. Aún no.

Conoce el camino. Me pregunto en voz alta a cuántas chicas ha dejado antes en un tren.

—Vamos, no seas así —dice.

Con cada curva siento que me arrancan la vida a pedazos”.

Amundsen, Alice Munro.

 
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Publicado por en mayo 17, 2015 en Artículos y lecturas, Jue!

 

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