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Aprendizajes a partir de lo innombrable.

02 May

La palabra con la que llamamos a algo tiene poder. Mate un hombre, por ejemplo, y 12 jurados le llamarán asesino. Mate un millón y sus compatriotas pueden llamarle líder.

Poniéndole nombre a la peor cosa imaginable

En 1994 ocurrió el genocidio de Ruanda, la búsqueda de la aniquilación total de los tutsis por partes de los hutus. Fue una masacre de un millón de personas. Líderes políticos alentaron al asesinato entre vecinos, literalmente; ambos grupos vivían en los mismos lugares y ser de uno de otro no implicaba ninguna característica visible. El término genocidio surgió en 1943, gracias a Raphael Lemkin, poco después de que había ocurrido uno, aunque no sería el primero ni el último (por cierto, el año pasado, la Radio Mil Colinas, la misma que alentó a las matanzas en Ruanda, llamó a la “limpieza étnica” en Sudán del Sur. Y hubo gente que escuchó. Llame usted a alguien “cucaracha” y el resto es cuesta abajo).

El asunto es que el accionar de Ruanda tras el genocidio es ejemplar, con una serie de lecciones para dar respuestas justas a esta clase de crímenes, a las que ciertos países deberían estar poniendo atención. En primer lugar, llevaron a juicio a los responsables. Llevaron a juicio a los responsables, dije. Pero eran demasiados y el sistema de justicia colapsaba, al punto que hubiera llevado generaciones el presentar ante la justicia a todos los sospechosos. Además, ese fue sólo el primer paso para reparar las relaciones sociales.

Las sanciones punitivas van de la mano con las restaurativas. Entre vecinos, los perpetradores debían pagar a sus víctimas si hubo daño de propiedad, o realizar servicio comunitario, y sobre todo, debían pedir perdón. Puede que este sistema de justicia basado en la comunidad tenga limitaciones importantes pero, con todo, se hizo justicia. Para el 2013, se esperaba que Ruanda lograra cumplir las Metas de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas, que en otras palabras significa que no son cualquier cincueyuca.

No todas las historias terminan mal en Ruanda. Surcar el país de las mil colinas es encontrar una sucesión de relatos increíbles sobre cómo un pueblo fue capaz de lamerse las heridas tras una degollina sin precedentes: cuentan que hay un equipo ciclista, el Team Rwanda, que ha unido las fuerzas de hutus y tutsis y que hoy es el mejor de África. Cuentan que la emisora nacional, heredera de la radio Mil Colinas, cómplice de la difusión de la ideología genocida, ofrece hoy una exitosa radionovela que basa su argumento en el perdón y el diálogo. Cuentan que, en 1994 un asesino hutu entró en casa de una mujer tutsi en Kigali, la hirió de un machetazo en la pierna y mató a su marido y a su hijo. Años después, cuando salió de la cárcel, pasó por aquella casa de barro para pedir perdón, vio a la viuda casi inválida, se apiadó de ella y comenzó a cuidarla. Poco después se enamoraron y hoy son marido y mujer. Y también nos cuentan que hay un matrimonio formado por la hija de un genocida y el hijo del hombre al que mató. Estos últimos nos invitan a su casa para conocer su experiencia.

Lo que el amor unió ya no lo separa el machete

Si uno no habla de esto, o si trata de disminuirse la importancia de estos crímenes, o justificar que se hayan cometido, la memoria se altera. No, en serio: justificar atrocidades altera la memoria. Por eso no es extraño que el pobrecito Sigifredo Ochoa Pérez, criminal de guerra, diga “yo no recuerdo ninguna masacre” y posiblemente se la crea. Qué desgracia no tener conciencia de los propios actos. Pero para eso están los procesos de justicia, los poquísimos-casi nulos que hay pero que hay al fin: para confirmarle que, en efecto, él estuvo involucrado en masacres.

Antes de Ruanda, Guatemala, Alemania, y otros que quizás ni usted ni yo conocemos, hubo otros genocidios y holocaustos. En abril se conmemoró los 100 años del genocidio armenio, con 1.5 millones de personas asesinadas:

El brutal traslado de la población armenia a los campos de concentración, su ubicación en una zona desértica y el desarrollo de la Primera Guerra Mundial, ayudó a crear el momento propicio para su eliminación física. Aunque los historiadores turcos rebaten las cifras, se calcula que murió un millón y medio de armenios residentes en el Imperio, de un total de dos millones. También fue destruido el 95% del patrimonio cultural armenio, donde se incluyen preferentemente 2.500 iglesias y 1.500 colegios, sufriendo destrucción más de 25.000 aldeas y 66 ciudades.

El primer genocidio del siglo XX

Y en India:

La Hambruna de 1943-44 en Bengala debe considerarse el mayor desastre en el subcontinente en el siglo XX. Cerca de 4 millones de indios murieron por una hambruna artificial creada por el gobierno británico, y sin embargo no recibe más que una breve mención en los libros de historia indios. A Adolf Hitler y sus cohortes nazi les llevó 12 años juntar y asesinar a 6 millones de judíos, pero sus primos teutónicos, los británicos, se las arreglaron para matar casi 4 millones de indios en sólo un año, con el Primer Ministro Winston Churchill alentando desde los márgenes. El bioquímico australiano Dr. Gideon Polya ha llamado a la Hambruna de Bengala “un holocausto creado por el hombre”, porque las políticas de Churchill fueron directamente responsables del desastre.

Bengala tuvo una cosecha abundante en 1942, pero los británicos comenzaron a desviar vastas cantidades de granos de la India a Gran Bretaña, contribuyendo a una masiva escasez de alimentos en las áreas que en el presente componen Bengala Occidental, Odisha, Bihar y Bangladesh. La autora Madhusree Mukerjee localizó a algunos de los sobrevivientes y pinta una imagen escalofriante de los efectos del hambre y la carencia. En “Churchill’s Secret War”, ella escribe: “Los padres tiraban a sus hijos famélicos en ríos y pozos. Muchos se quitaron la vida tirándose frente a trenes. Gente muriendo de hambre rogaba por el agua en la que se había hervido arroz. Los niños comían hojas y enredaderas, tallos y césped. La gente incluso estaba demasiado débil para cremar a sus seres queridos.

Recordando el Holocausto olvidado de la India.

Como pie de página:

Oiga, la gente es multidimensional, así que deje de fruncir la nariz. Además de que la naturaleza del programa y sus protagonistas es fascinante, para mí tiene puntos adicionales. Kim Kardashian reportó tener psoriasis, y alguien que sepa de psicosomática y de la dinámica de esa familia carente de límites en las primeras temporadas levantará los brazos y gritará “eureka”. Luego, está un miembro de la familia, Bruce Jenner, campeón olímpico de antaño, que hace poco se declaró mujer transexual, y lo ha hecho en pleno proceso de transición (recomiéndole ver la entrevista que Jenner dio el pasado 24 de abril)…otra razón para levantar los brazos y hoy gritar “fantástico”. Y por último, un par de Kardashians estuvo hace poco en Armenia, de donde proviene su familia, conmemorando…mire, ve, el genocidio del que le hablaba antes.

De todo se puede aprender algo. No sea como don Sigifredo y el país que lo cobija, una memoria atrofiada genera acciones chuecas.

Relacionado/recomendado:
¿Por qué todavía es difícil prevenir el genocidio? Por la misma razón que a la gente le importa poco o nada que mueran ahogadas 700 personas mientras huyen de conflictos en sus países. “Todo fracaso para apreciar correctamente [el genocidio de Ruanda] provino de debilidades políticas, morales e imaginativas, no informativas”.
El genocidio de indígenas en el sur de Chile que la historia oficial intentó ocultar. Otros que le hacen competencia a Hitler, en pleno siglo diecinue…¡veinte! ¡Veintiuno!

 

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