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Nucita.

19 Abr

Uno de mis libros favoritos es “La casa del fin del mundo”, de Mónica Dickens (descendiente, en efecto, de aquel Dickens). Lo tenía en la colección roja del Barco de Vapor. En mis años mozos, colocaban esos libros en los estantes del supermercado al lado de las cajas, como diciendo “que su pre-adolescente no se vaya de aquí sin un libro”. Quizás no era ese realmente el mensaje, considerando que era el Súper Selectos, pero dónde se colocan los productos en un supermercado tampoco es casualidad. Sepa que fui feliz con mi colección Barco de Vapor.

En fin. Este libro contaba la historia de cuatro hermanos, dos niños y dos niñas, a quienes les gustaban mucho los animales; su mamá estaba en el hospital después de un incendio y su papá andaba navegando por el mundo. Los tíos no se querían hacer cargo ni de sus sobrinos ni de sus mascotas, y los niños terminaron viviendo solos en una casa en el campo. Lo importante de todo esto es que se convirtieron en un refugio para animales. Heridos, maltratados, abandonados; perros, gatos, aves, caballos, cabras. Los encontraban de casualidad, los rescataban sorteando toda clase de obstáculos, los recibían de gente que confiaba en su cuidado…algunos animales llegaban por su cuenta. Como si se hubiera regado la noticia, como si supieran que ahí serían bien recibidos.

Pensé en esto último una noche a finales de noviembre del año pasado, en que iba saliendo del condominio donde vivo y encontré a una gatita rascando la puerta para entrar. Le abrí y se frotó contra mis piernas. Se dejó tomar sin protestar. Estaba bien domesticada, supuse que sería de alguien de por ahí. Tocamos puertas, preguntamos en los edificios alrededor y al conserje. Parecía que no era nadie y yo no tenía espacio en el departamento, que por el momento las hacía de pequeño hostal. Pero tampoco podía dejarla en la calle, y la gatita terminó alojándose en mi baño por esa noche.

Temía que llorara por la noche queriendo salir pero no emitió un sonido. Comió, tomó agua y probablemente durmió como no se puede dormir cuando uno vive en la calle. En la mañana abrí la puerta y la encontré dormida en la caja de arena.

A la maña siguiente seguí el protocolo, llevarla a la veterinaria para el paquete entero: esterilización, vacunación, exámenes de VIH y leucemia y todo lo que fuera necesario. Pasó una semana en observación, mientras yo me iba a pulular a Chillán, y después la traje a la casa de nuevo. Estaba bien de salud y apta para adopción.

Mire qué guapura.

Marla y Macareno no fueron ajenos a este movimiento. Desde la noche en que entré corriendo a la casa con un bulto bajo mi abrigo, rondaron la puerta del baño. Y la semana siguiente, rondaron la puerta de la habitación donde alojé a la que pronto sería bautizada como Nucita. Para entonces mi casita ya no funcionaba como hostal; mis huéspedes, mi familia, se había ido y eso me rompía un poco el corazón. Pero me distraje del vacío que me quedó en el pecho gracias a Macareno, que usaba su pequeño cráneo para empujar la puerta y demostrarle a esta nueva chera que venía en son de paz.

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Macareno no cabía en sí mismo de la contentera.

Nucita fue agarrando confianza. Le gustaba acostarse sobre la gente: sobre sus piernas, sobre el pecho, alrededor de los hombros. Por el lado menos amable, aquello de al principio, de “se dejó tomar sin protestar”, desapareció. Me regañaba por todo. No era agresiva, nomás protestaba si, por ejemplo, estaba a punto de comerse la mantequilla sobre la mesa y yo la tomaba para bajarla. O si la tomaba para darle un abrazo. O si por casualidad yo caminaba en su misma dirección; ahí correteaba maullándome, como reclamándome que no la siguiera. También regañaba a Macareno, que quería acercarse a jugar. Ella y Marla guardaban la distancia una de la otra y se bufaban al acercarse. Hubo algunos zarpazos pero nada fuera de lo normal: una defendía su territorio y la otra trataba de encajar en él. Era un proceso de reacomodación y poco a poco nos fuimos acostumbrando a la pequeña visitante.

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 photo nucita7.jpgPensé que se iría rápido pero no aparecían adoptantes. Aunque por el momento eso no era problema, estábamos bien con ella, y ella con nosotros. Aunque se la pasara regañándome. Tenía dos estados: tranquilita y ensatanada. Ya tenía un año pero todavía se comportaba como cachorra. Lo del año era el gran pero en su adopción: muy linda y todo pero la gente quiere gatos bebés, “para criarlos desde chiquitos”. Déjeme decirle: no hay que ser zoquete.

¡FUSIÓN!

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En sus sueños era Freddie Mercury.

Pasó varias semanas cojeando de una pata delantera. Me di cuenta que mordía las sillas en esa pose, y con tanta energía que tenía, al terminar de morder se tiraba de la silla, sin importarle que su pata siguiera enganchada.

Marla y Macareno ya están en edad de ser señoritos (más o menos) y, a diferencia del año pasado, dejaron intacto el arbolito de navidad. Llegó Nucita en modo Ensatanado y el pobre arbolito pasó a parecer un espantapájaros fundido por un ataque radioactivo, víctima constante ya no sólo de Nucita sino de Macareno, que también quería ser chévere.

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Ensataneishon (por suerte, como puede ver, mis papás me mandan nacimientos a prueba de gatos)

Lo bueno de seguir sin hallar adoptantes era que la Nucita cada día era más de la familia. Lo malo era…lo mismo. Encariñarse tanto. Muchas veces pensé en dejar de buscarle casa, en que se quedara conmigo (además que de a poquita iba dejando de regañarme y era puro amor conmigo). Pero oiga, parte de la tenencia responsable es saber en qué momento uno ya no puede ocuparse de más entes. Dos gatos son suficiente responsabilidad por el momento.

Mientras, pagaba su estadía siendo mi asistente.

El caballero de Trípin no aprueba que Nucita cultive la hueva. “Yo sí voy a trabajar para sacar adelante al país”, comentó.

Lo que es no tener vergüenza.

LOL la cara de Macareno.

Nucita pasó tanto tiempo en esta humilde morada que Marla terminó tolerándola. Eso es un gran mérito para esta gata, que no es muy chera de sus congéneres. Incluso tenían una rutina de nado imaginario sincronizado:

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Bless this wall.

Mi cara cada vez que me encuentro con vecinos en las escaleras del condominio. O con gente, en general.

Uno sabe que es parte de la manada cuando es parte del membrete institucional (aunque sea en paréntesis).

Aquí, jugando a La Tiendita del Niño Hildo (también en video. Nojepreocupe, ahí todavía estaban tanteando terreno y conociéndose, así funcionan los gatos. Ningún animal resultó lastimado en la filmación de este video)

Esta secuencia de tres fotos engloba la relación Nucita-Macareno:

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¡FUSIÓN!

Y esta:

 

Y esta:

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Double rainbow! WHAT DOES IT MEAN?!

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Jue.

Finalmente, hasta en abril, apareció una persona interesada en Nucita. Se me hizo un nudo en la garganta: finalmente se iba y yo no quería que se fuera. Pero que no se utilice este triste sentimiento como razón para no ser hogar de paso (o para no tener mascotas). En verdad os digo, no hay que tener miedo a lo que uno siente. Dolía un pelín pero quizá hubiera sido peor para ella que no la hubiese tomado aquella noche de noviembre, o, peor, que yo ni siquiera hubiera bajado a la entrada del condominio.

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En cambio, todo fue jolgorio.

En una pequeña ciudad a los pies de la cordillera (<3) estaba la que sería la familia de Nucita. Querer un animal no implica automáticamente que uno sabe cómo responsabilizarse por él; en esta familia habría ambas cosas para Nucita. Cuando su nueva guardiana la tomó amorosamente en brazos, Nucita comenzó a regañarla…señal de que por fin había llegado a casa.
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1 comentario

Publicado por en abril 19, 2015 en Crónicas de la fauna callejera, Imágenes, Jue!

 

Una respuesta a “Nucita.

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