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Una nube negra.

18 Oct

Este día, hace algunos años, una nube negra se estacionó sobre mi cabeza. Comenzó a llover sobre mí. Traté de ignorar esto por un tiempo pues nadie a mi alrededor parecía notarlo. No es gran cosa. Se irá por su cuenta, me decía, se irá por su cuenta tal y como llegó. Todo volverá a la normalidad pronto.

Al contrario, vino el frío y el desamparo. La incertidumbre de si esta nube me dejaría en paz. Traté de espantarla con mis manos, con mis gritos, con el palo de la escoba. Ese esfuerzo cada vez más frenético me consumía la energía durante el día y no me dejaba dormir por la noche. Comencé a llorar por las madrugadas y a fingir dignidad sepulcral apenas salía el sol.

Vino también el aturdimiento, un estado permanente de alerta, de confusión, vino la indecisión entre pelear y huir sabiendo que ninguna de las dos opciones tendría efecto alguno. Ya no sabía si estaba empapada o fracturada, si estaba llorando o sangrando. En los primeros meses con la nube encima se me rompió una vena en el ojo; murió un nervio dentro de mi boca, y su cadáver emitía gases que chocaban contra las paredes internas de mi cara y provocaban un suplicio indescriptible en una de sus mitades; y me dolió el corazón, me dolió como si estuviera envuelto en un cruel apretón de manos. El cardiólogo concluyó que eran sólo los cartílagos de mis costillas que estaban inflamados.

Unas polillas roían permanentemente mi estómago que hacía las veces de un abrigo viejo. Cada mañana al despertarme debía quitarme 25 ladrillos que tenía sobre mi cuerpo para poder salir de la cama. A veces me quedaba encerrada en mi cuarto viendo la lluvia formar charcos a mis pies; ocasionalmente me deslizaba por no pisar con cuidado. Otras veces salía de mi cuarto con mi nube como un globo lleno de helio amarrado a mi muñeca, y me perdía entre muchedumbres, entre desconocidos que se volvían amigos de por vida y amigos que sólo vi una o dos veces en toda mi existencia.

Así como tengo brazos,  decía John Lennon, así tengo a Yoko. Así finalmente di con el problema bajo la lluvia: uno de mis miembros me dolía. Me dolía como si estuviese inflamado, roto, en carne viva, y no podía detener el dolor porque ese miembro ya no existía. Mis ojos buscaban la fuente del dolor y se encontraban con que en ese espacio no había nada. No supe cuándo dejó de existir, cómo se me escapó de mis manos. Y sólo dos años más tarde a eso le puse nombre. Esto sí tenía nombre y era un diagnóstico. Un premio de consolación, la confirmación de que me había ganado el título de perdedora.

La lluvia eventualmente se detuvo pero la nube se quedó conmigo.por años. Ahora me seguía en silencio, sin el siseo de sus gotas sobre mi pelo, mis brazos, mi espalda. Temía que me rompiera la espalda, esa llovizna. Y la nube fue cambiando de negra a gris, de gris a blanca, y finalmente se fue. No me di cuenta cuando desapareció. A veces recuerdo cómo se siente su presencia, o debería decir, siento su presencia. Giro mi vista hacia arriba y respiro aliviada al ver que, en efecto, está ahí. No me lo estoy imaginando.

 
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Publicado por en octubre 18, 2014 en Jue!

 

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