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Magda.

10 Ago

Encontramos a la perrita en la acera, agonizando. Temblaba. Cuando me acurruqué a su lado, gimió y me empujó hacia atrás con sus patas delanteras, rígidas como varas de acero. El señor del kiosco a unos metros se acercó y contó que un tipo se había echado el semáforo en rojo a excesiva velocidad y le había pasado el carro encima a la perra. Que llamó a la municipalidad pero los que llegaron sólo vieron la escena, se rieron y se fueron. Dos caballeros que trabajaban en la oficina sobre el terreno en que estábamos también se acercaron, dijeron que llamaron a la municipalidad pero que no había venido nadie. Qué lástima, pobrecita.

Claro que siento cierta vergüenza, bajo la lluvia y sobre el lodo, sosteniendo la cabeza de una perra de la calle atropellada porque no quiero que estire la pata sin un mínimo de amabilidad. Sé que lo que estoy haciendo es lo correcto, pero hay mucha gente que pasa y ve la escena y que por qué ayudar a un animal y no a la gente (hasta donde yo supe, no había ninguna persona atropellada en los alrededores) y me ahuevo. Hasta que al fin una de esas personas resulta ser una samaritana -hay un samaritano en todos lados, dice mi señor padre- y ofrece su carro para llevarla, para llevarnos a una veterinaria. Brotip: hay que enrollarle el hocico a la perrita con hojas secas de la palmera bajo la que estamos, por si intenta morder. Se deja tomar sin un reparo. La levantamos con la ayuda de unas sábanas que nos pasa la señora. El señor Sepúlveda, siempre listo en todo momento aciago, la toma en brazos y nos subimos al carro. Aciago algo.

Las patas delanteras rígidas y las traseras flácidas son mal signo, dice la veterinaria. Hasta para el ojo más novato la columna vertebral que aparece en los rayos X es un aparatoso choque de trenes. La perra estaba consciente, originalmente condenada a agonizar a la intemperie por días (como es la costumbre en ciudades como esta) hasta que muriera de hambre o sed, o hasta que llegaran los de la municipalidad en uno o dos días más y se la llevaran al canil o la tiraran al camión de la basura. Había gente preocupada por ella, contábamos, pero no tan preocupada. Preocuparse tanto a veces cuesta dinero.

Lo único que pudimos ofrecerle a la perrita fue una muerte compasiva. Pero antes le pusimos Magda, porque evocaba a la Marla Teodora, mi gata. Y un mi sobrinito cree que la Marla se llama Magda.

Al volver de la clínica, evitando quedarme para la eutanasia, me encontré con la pequeña debacle que Roberto Valencia registra en su entrada Animalistos. Y pienso, puta, qué desgracia esta gente. Vamos por partes. Sí me da hueva ese tipo de comentarios, y sí me lo tomo personal. Por un lado, habitualmente no es muy provechoso utilizar la causa de otro grupo como trampolín para atraer atención a la causa propia, mostrando una como menos y otra como más. Por otro, habrá gente que dé con mis entradas sobre la fauna callejera y venga a decirme lo mismo, bajo la concepción errada de que todo lo que muestro aquí es todo lo que hago en la vida.

No me considero animalista por recoger/esterilizar/dar en adopción perros y gatos (ojalá un cerdo, algún un día; envase aparte, son como chuchos). Evitarle agonía a esta perra fue simplemente ser pinche decente. La semana pasada fue la perrita, hace un par de semanas fue tomarle la mano a la señorita que venía a la par mía en el avión porque le aterraba volar, y jugar con su bebé para distraerlas a las dos (la mamá no quería transmitirle su miedo a su hija, su inconsciente colectivo andaba en algo con el aprendizaje vicario). No es como decir, “puta, la Ligia disminuyó la cifra de muertos diarios en El Salvador” pero se evita/disminuye sufrimiento y se mejora las condiciones de vida cuando se puede. Desde la profesión, creo yo, puedo hacer esas cosas con efectos más sostenidos en el tiempo, y ahí sí hasta le manejaría lo que es la disminución de la cifra diaria de muertos, que tampoco es cosa sencilla ni inmediata, ni siquiera es una respuesta.

Yo podría decir que unos jóvenes pedían ayer $ para la Cruz Roja en el país donde asesinan en la indiferencia a 12 personas al día. Uno puede hacer muchas cosas en el país donde asesinan en la indiferencia a 12 personas al día, y siempre puede sentirse culpable por ello, pero en muchos casos, sería peor dejar de hacer esas cosas. Lo que sí podría hacerse para incidir en el número de asesinatos y sus raíces todavía no está en el repertorio de esta sociedad maldita, y la indiferencia a la que se refiere Roberto Valencia ya sabemos más o menos por qué es. Hartazgo, miedo…

Todo eso es mi primer pensamiento al terminar de leer el tuit, la velocidad de las neuronas es una cosa maravillosa. A continuación pienso, bueno, igual es comprensible esa manera de pensar, en general, amén de ser consistente con la línea del autor, ese es su campo de trabajo y está comprometido con el tema, no es cualquier cincueyuca. Y luego leí algunas de las reacciones. Santo Padre…

Explicame por qué insultás, vieja. ¿Creés que eso te deja bien parado, que mejora en algo la situación? ¿Creés que deja bien parado al movimiento que representás? “Aquel que se asume como parte de [una minoría] es, lo quiera o no, un portavoz y representante visible de aquellos como él, ocultos o no“. ¿Creés que con tu reacción es creíble que la gente que ayuda a los animales es buena persona? No me ayudés, compadre.

En fin. Descansá en paz, Magda, y ojalá no volvás a este mundo insufrible.

 

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