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Un perro propio.

15 Jun

Cito a mi estimada Lorena:

“Soy una treintona casi frustrada. Pero mis pesares no son de índole fútil, por ser amable, como si estudié lo que quise o si tengo el trabajo soñado o el marido ideal, como diría Wilde”.

Ella nunca ha tenido gato, un gato propio, al menos (en esa entrada encontrará una fotografía de la gata cuyo recuerdo me rompe el corazón). Por ese lado, me siento satisfecha con la vida; alivianada, como dicen en mi pueblo. Marla Teodora y Macareno, y mis siempre recordados himalayas de antaño, me han enseñado el festival de risas y holgazanería que es compartir la vida con felinos. Pero tengo un pesar que no dista mucho del suyo.

En este momento de la vida, podría muy bien tener una criatura humana (sin obviar la exhaustiva ingeniería valórica que implica criar a un ser humano). La sociedad, de hecho, me lo recomienda insistentemente, con la ligereza con que recomendaría probar una nueva sorbetería que abrió en la ciudad, y que hay que ir y que cuándo vamos, cuándo, cuándo, cuándo. Casi en todas partes se admiten niños. Vivir en departamento no me impide tener uno y hay suficiente espacio para una cama más; Marla y Macareno le ayudarían a construir un sólido sistema inmune, además de apreciación y respeto hacia la diversidad.

Pero no puedo tener un perro. Hace años que no tengo un perro propio y me faltan muchos para llegar a eso. Los veo en las calles, sin poder escapar del cortante frío invernal, y se me hace chiquito el corazón. Los quiero todos pero con uno al cual pertenecerle bastaría. Y no  se puede. Les doy comida y me alejo corriendo para que no me sigan. No tengo jardín; no tengo para llevármelo cuando sea momento de irme de aquí. Al perro, como a la cría humana, debe ofrecérsele estabilidad; raíces, presencia, límites, insumos para el apego seguro, y sacarlos a pasear. A los gatos también, pero con ellos una caja de arena, juguetes y recovecos para esconderse bastan para satisfacer su instinto, y tengo sus 16 horas de sueño diario para ausentarme.

He tenido perros antes, pero eso no apacigua las ganas en el presente, al contrario. Extraño a la Rana; extraño a la Pichu; vuelvo a extrañar a la Rana, éramos como Martha y Paul McCartney, pero la Rana más pequeñita y yo sin talento. Martha, my love, don’t forget me. Cuento los años que me faltan para poder tener un perro; es al menos el doble de años que tendría que esperar para aplicar a una adopción de hijo. Seguro ambos podrían llegar a mi vida muchísimo antes que eso (y por distintas vías), si tuviera más prisa que cautela, más reloj biológico que recursos.

Considéreseme agradecida por los seres con los que comparto mi vida a diario, tener un gato propio (¡o dos, o tres!), como dicen aquí, no es menor. Tengo todo lo que necesito para puntuar alto en escalas de satisfacción con la vida y felicidad (que no son lo mismo, oiga). La sensación de carencia se lleva con paciencia, con la certeza de que en este momento esa frustración, aunque no parezca, es la mejor alternativa. Le doy comida a un perro de la calle y por unos segundos nos entregamos lo que al otro le hace falta.

 
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Publicado por en junio 15, 2014 en Criaturitas del Señor, Jue!, Personitas

 

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