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Por la ventana del tren.

24 Feb

Una o dos veces he tomado un tren acá, por curiosidad y por deporte. Llego hasta la última estación, me bajo, espero 20 minutos y tomo el tren de regreso. Primero, porque no hay nada que hacer en esa ciudad, excepto comprar papas fritas; segundo, porque los horarios de trenes son escasos y la verdad es que no tengo otra opción.

Aparte de esos trenes, en el museo ferroviario Pablo Neruda está el Tren de la Araucanía, un tren a vapor. Hace un recorrido ocasionalmente, y es el mismo recorrido que el de los otros trenes, pero este tiene un tinte más nostálgico y, de paso, más turístico. Y aprovechando un TEDx, conseguí un asiento en ese tren.

La vista desde mi asiento, antes de salir del museo.

Uno de los primeros trenes a la entrada del museo. Atrás, un edificio de apartamentos.

Otro tren en el museo.

Pero no vengo a hablar del tren ni del evento, aunque quiero que quede constancia de que estuvo dos que tres. Lo relevante acá es que viajar en tren me conmueve. Es sobrecogedor, es emocionante; no sé si esta emoción disminuía con la frecuencia de los viajes, pensando en la gente que en el pasado construía su rutina alrededor del ferrocaril. Pero soy alguien que creció en un lugar sin trenes (y que, creo, podría beneficiarse de tener algunos) pero con una madre que recordaba sus viajes de infancia en uno. Ahora siento en mis huesos esa emoción que ella solía transmitirme y que yo sólo podía imaginarme.

A lo que vengo: el primer tramo del tren pasaba frente a edificios de apartamentos. Y la gente salía a los balcones a saludar. Eso es todo: me enternece que la gente salude cuando pasa el tren.

Gente de todo tipo: familias enteras, adultos cargando niños, adultos cargando perros, perros ladrando, y un perro en particular persiguiendo al tren hasta que no dio más. En varios trechos hay casas construidas a la orilla de los rieles, y acondicionadas de tal modo que parece que la vía férrea es su patio trasero.

Esta no, esta tiene la calle de por medio.

Me intriga que esta máquina saque la amabilidad de las personas. Es como un reflejo, ver pasar el tren y automáticamente levantar la mano y hacer un vaivén con la muñeca. Y no sólo es ese gesto, le acompañan sonrisas. Es una fascinación genuina, muy inocente. Tal vez por eso mismo me enternece particularmente ver a hombres saludando.

Lástima que no alcancé a registrarlo, pero unas de las tantas personas que saludó era un metalero. Pelo largo y camisa negra, estaba al volante haciendo alto. Si usted tiene o ha tenido un metalero en su vida, a lo mejor sabe que suelen ser caballerosos (y caballerosas) y con un corazón de oro.

Finalmente llegué a la estación donde debía bajarme, y saqué la única foto que pude de la máquina y el carbón. Y el tren siguió su camino.

En la estación había una pequeña feria. Le compré un libro de poemas a un escritor local que tenía una barbaridad de producción literaria, a nivel nacional e internacional. Como él hay muchos, aquí y en todos lados. Y resulta que esta ciudad es cuna de talentos, mire usted.

Salú, que le vaya bien.

 
2 comentarios

Publicado por en febrero 24, 2014 en Imágenes, Jue!, Turis-turista

 

2 Respuestas a “Por la ventana del tren.

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