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Sobre una gata exiliada.

14 Dic

[Cuando salí del país, perdí la vida como la conocía y físicamente se abrió un abismo que me separó de la gente que amo. Aunque se aprende a vivir con ese duelo, hay dos cosas en particular que instantáneamente hacen sangrar al corazón cuando las recuerdo. Esta es la primera.]

En algún momento de mi niñez, mi película favorita era Homeward bound, “Volviendo a casa”. Era la historia de un golden retriever, un bulldog americano y una gata himalaya que intentan hacer justamente eso. En ese entonces no tenía mascota y vivía obsesionada con tener un perro. Y vino la Rana, quien me otorgó más de una década de puro jolgorio. Cuando tuve el perro, convencí a mis papás de que me dejaran tener un gato. Una familia estaba dando en adopción a sus dos gatos (con todo el pesar de su alma, pude notar) y yo me ofrecí a tomar uno. Resultó que eran himalayas y me derretí. Pero la condición era que se fueran juntos. Como ambos eran muy parecidos a primera vista, por diez minutos pude hacer creer a todos en mi casa que había sólo uno.

Pasaron los primeros días escondidos en el jardín. Los dejé estar. Una tarde, mientras practicaba el hábito universitario de estudiar acostada, la gata entró por primera vez a mi cuarto, con aires de realeza. Se subió a la cama, se sentó a mi lado y comenzó a jugar con mi lapicero rojo, intentando tomarlo como si tuviera pulgares. Desde entonces fue mi amiga, tan socia mía como la Rana, quien también la había aceptado moviendo lo que tenía de rabo. Cuando la Rana pasó a mejor vida, la Nena, como fue inevitable llamarla, se volvió más perruna. El gato, rebautizado como Maitro, también adoptó características caninas y trotaba al lado de mi mamá cuando ella salía a caminar. Habían sido castrado y esterilizada, lo que supe que abonaba a su carácter hogareño, pero de por sí eran sumamente cariñosos con sus humanos.

Además se parecían a El Gato con Botas, en una versión del libro que he tenido desde niña y que atesoro aquí en el sur.

El Maitro también pasó a mejor vida y la gata y yo nos acercamos todavía más. Hasta que tuve que dejarla en casa mientras salía del país. Regresé 10 meses después. Su pelaje estaba áspero por el cambio en la marca de comida (brotip: el tipo de comida es esencial), y me sentía como el padre del Narrador del Club de la Pelea, empezando una nueva franquicia en otro país: en mi hogar adoptivo tenía dos gatos, y sabía cuidarlos mucho mejor de lo que supe cuidarla a ella. La dejé de nuevo con la esperanza de que la próxima vez que nos encontrarámos, sería para traerla conmigo. Pero ya no volvería a verla.

Mientras yo estaba fuera por segunda vez, apareció un cáncer en mi familia, tema angustioso aparte. La gata tenía que irse y yo desde lejos no podía hacer nada. También tenía que irse la sucesora de la Rana, la Pichu Feliciana, una perra zancuda que quedó un poco desamoblada de la cabeza por el maltrato sufrido en su vida anterior. Pero ella salió premiada: mi tía se la llevó al campo y resultó que la Pichu, que vivía encuevada bajo mesas y escritorios en la casa, tenía vocación de chuchuefinca, además del plante. Y hoy vive trabajando como cadejo blanco.

A la Nena…a ella la tomaron y la metieron en un transportín para llevársela. Maulló con desesperación hasta sacarle lágrimas a quienes se ocupaban de esa tarea. Supongo que su desesperación fue mayoritariamente porque no estaba familiarizada con las cajas de transporte. Podría ser porque presentía que se iba de su hogar para no volver; no sé, espero que no. Cualquiera que sea la razón, todo animal sufre una dosis espantosa de miedo y confusión cuando lo arrancan de su entorno.

Mi hermana trato de tenerla en su casa. La gata era perfecta salvo por una cosa: no sabía usar la caja de arena. Aquí la gata no podía salir al jardín porque el muro era muy bajo y podría perderse; nadie quería correr ese riesgo. Mientras la casa quedaba sola durante el día, la Nena debía quedar encerrada en un cuarto. Mi hermana se iba al trabajo afligida por lo cruel que le resultaba hacer esto y así surgió la última alternativa, la posibilidad que me atormentaba: dársela a alguien más. No quedaba nadie en la familia que pudiera tenerla. Pensé en la persona idónea para tener un gato y mi familia se la entregó. Pero esta persona no pudo tenerla por mucho tiempo. Sus vecinos se quejaron de que la gata caminaba por el techo. Eso. No hacía escándalo, no hacía ruido, no atraía gatos en celo (esterilizada, dije)…nomás caminaba por el techo. Tremenda afrenta para los vecinos, Y otra vez se tuvo que ir.

Mi gata pasó su primer año de vida con una familia hasta que la familia adoptó un niño. Vivió en mi casa por seis años hasta que llegó una enfermedad grave. Vivió con otra persona algunas semanas hasta que los vecinos hicieron que se fuera. Le encontraron un buen hogar después de eso pero supe que ahí también llegó una enfermedad grave y supuse que también tendría que irse. Pero no lo sé. No sé qué habrá sido de ella, si sigue viva. Si lo está, espero que se mantenga en esa casa o haya llegado a las manos de alguien que sepa apreciarla y cuidarla hasta el final de sus días.

Como a cualquier miembro de mi familia (sanguínea y por elección), no dejo de extrañarla. Hay algunas cosas que no me perdono al haber sido responsable por ella. Hice lo mejor que pude y puedo asegurar que tuvo una vida feliz conmigo; yo tuve una vida feliz con ella. Pero también hubo cosas que no sabía, y creo que al final esa ignorancia me costó la gata misma. Donde sea que esté, si sigue en este mundo, espero que esté bien.

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5 Respuestas a “Sobre una gata exiliada.

  1. ex360

    diciembre 16, 2013 at 2:02 pm

    Se parece a mi gata a quien tuvimos que dormir la semana pasada porque tenía SIDA felino y leucemia. ;_;

     
    • Ligia

      diciembre 16, 2013 at 4:19 pm

      Cosita😥 Lo lamento mucho.

       
  2. Clau

    diciembre 16, 2013 at 5:52 pm

    Me has dejado con el alma en un hilo esperando qué es la segunda cosa.
    “…nomás caminaba por el techo”. Mis vecinos de arriba caminan en tacones a las 5 am a diario, arrastran muebles a toda hora del dia y tienen un niño que creo juega de darle martillazos al piso, sin contar los que lavaban la refri que estaba sobre mi cuarto y llegaba a encontrar mi cama con gran charco de agua filtrada por la losa. Humanos. Miau.
    Todos mis gatos se murieron porque alguien les dio bocado. Fin de las mascotas

     

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