El caballero y la vagabunda.

Aquel día, en un receso del trabajo, me asomé a la ventana y vi un perro blanco y negro acostado en la grama. En segundos, noté una bolita negra que brincaba cerca de él. Un cachorrito. Eran una perra y su hijo. Caminaban lado a lado de aquí para allá sin salir de cierto perímetro, y ella le cortaba el paso cuando él se alejaba demasiado. La ternura que me causaba observarlos no me dejaba volver al trabajo y perdí la noción del tiempo.

Rompí mi ociosidad con la decisión de ir a dejarles algo de comer. Tal vez la madre todavía lo amamantaba y necesitaba toda la energía posible. Además, aunque los días ya no eran tan fríos, no dejaban de ser hostiles para quien no tiene casa. O al menos asumía que ellos no tenían casa. Y bajé a buscarlos.

Temía que la perra se pusiera agresiva cuando me acercara a ella y al cachorro. Pero no hizo nada. Con mucho cuidado me les fui acercando y terminé acariciando a ambos. Les puse comida y el cachorro la rechazó; la perra se la comió en segundos y se paró en dos patas pidiendo más. Ahí me di cuenta de que era macho. Nunca me había encontrado con un perro cuidando a una cría.

Era este un perro bastante caballeroso y manso, se notaba que vivía en casa. Además de pararse en dos patas para pedir comida, tenía el pelaje bien cuidado y se veía bien alimentado. No se podía decir lo mismo del cachorro, que en realidad era cachorra: estaba flaca y con el pelo sucio. Me preguntaba si debía dejarla con el perro o llevármela. Para entonces dudaba de que hubiese algún lazo biológico entre ellos, y el que compartieran el blanco y negro del pelaje era fortuito. Sospechaba que el perro se la había encontrado vagando y no quiso dejarla sola, pero no tenía qué hacer con ella y no podría con la responsabilidad por mucho tiempo.

Yo tampoco sabía qué hacer y llamé a una pareja de amigos veterinarios pidiendo consejo y advirtiendo una potencial consulta. Uno de ellos se ofreció a llegar donde yo estaba y ayudarme a tomar una decisión. Y mientras tanto, me quedé ahí, jugueteando con ellos y emanando corazoncitos de mi cabeza.

Cuando el veterinario llegó, tomó a la cachorrita y la examinó sin que el perro se opusiera. Concluyó que, en efecto, los perros no tenían nada que ver el uno con el otro, y señaló la rareza de que un perro macho se mantuviera así al lado de una cría, sobre todo una que no era suya. Por un momento pensé llevármelos a ambos a la clínica, buscarles casa juntos (“buena suerte con eso”, me dijo una voz en mi mente). Pero mientras el veterinarios y yo conversábamos a media calle, él con la perrita en brazos, el perro se sentó dándonos la espalda y viendo fijamente calle abajo.

Decidí llevarme sólo a la cachorrita. La metimos al carro del veterinario y nos fuimos. El perro se quedó en la misma posición, sentado e hipnotizado, como si ya nos hubiera olvidado. En la clínica examinaron con detenimiento a la perrita; tenía algunas condiciones menores y desnutrición, lo usual en un perro que ha vivido en la calle, aun a la edad de mes y medio. Quedaría en observación por una semana y si todo salía bien en ese lapso, estaría lista para adopción. Cuando regresé de la clínica, el perro estaba echado en la puerta del condominio donde vivo. No tenía cómo explicarle que la perrita estaba en buenas manos. Después de eso no volví a verlo.

Los siguientes días fueron de lluvia, y en lugar de pasarlos en la calle, la perrita los pasó bajo techo en una cama caliente, con suficiente comida y manos de sobra que la acariciaban. Se hizo gran amiga de un pollo de hule. La bautizaron Pulga porque saltaba como loca, era muy juguetona y no crecería mucho más. Vacunada, desparasitada y esterilizada, la veterinaria declaró que estaba sana y que podía irse a un hogar. El problema es que yo no le encontraba ninguno. Las páginas de adopciones rebalsan diariamente con perritos en adopción. Y no es casualidad que la mayoría de los que se encuentran en las calles sean hembras.

Por fin, una señora me contactó preguntando por la Pulga. Quería darle la perrita a su hijo por su cumpleaños. Era perfecto, la veterinaria había dicho que ojalá llegara a una casa con niños. Tuvimos una conversación prometedora pero la segunda vez que la llamé, para concertar la hora de la entrega, no me contestó. Ni la tercera vez al día siguiente, ni la cuarta. No volví a intentar ni ella volvió a llamarme.

La cuenta en la clínica veterinaria seguía creciendo y decidí traerla al departamento para disminuir costos. Sería un dolor de cabeza soportar sus excrementos en la alfombra mientras le enseñaba a usar una caja de arena (todo lo puedo en el conductismo que me fortalece), y tendría que sacarla todos los días, y quién sabe cómo reaccionarían los gatos…pero estaba feliz con la expectativa de volver a tener un perro. Aunque fuera temporalmente. En algún momento levantaré este campamento y ya es bastante trabajo llevar dos gatos a cuestas. La tendría en casa pero seguiría buscándole un hogar.

Iría por ella un martes por la mañana. Tenía casi todo listo para recibirla cuando el lunes por la tarde me avisaron que había habido un accidente en la clínica. La Pulga andaba correteando por el jardín de la clínica y siendo más loca que una cabra, se fue a lo más recóndito, desenterró un cable y lo mordió. Se fue instantáneamente, sin sufrir.

Se me rompió el corazón. Y sentí alivio. “Todo pasa por una razón”, dicen. Esto pasó porque la perrita era una loquilla y escarbó donde habitualmente un perro no escarbaría. Pero más allá de eso, en realidad su muerte me pareció providencial por más de una razón.

Me quedé con el consuelo que el tiempo que pasó bien cuidada fue mayor al que pasó viviendo a la intemperie. La enterraron en un campo abierto junto a su pollo de hule.

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2 respuestas a El caballero y la vagabunda.

  1. Se me estrujó el corazoncito. 😦

  2. Gerardo dijo:

    Un final en apariencia triste. Pero al ver lo “vivido” me pongo a pensar que tuvo una vida feliz. Con seres (caninos y humanos) que se preocuparon por ella. Hace varios mese falleció un sobrinito. Vivió de la mejor manera que sus padres pudieron darle. Tuvo una vida feliz.
    PD: hace años, cuando sólo teníamos un perro grande y enojado, mis padres decidieron traer a otro, un cachorro “similar”. Pensé que ya que el grande era muy enojado las cosas no funcionarían. Sin embargo, el instinto paternal pudo más y al final lo cuidó como un hijo.

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