Golpes vicarios.

Para el 11 de septiembre de 2001, no sabía que existía el 11 de septiembre de 1973. Conocía, muy a la pasada, sus consecuencias, pero nada a lo que pudiera ponerle fecha o dedicarle un espasmo en mis entrañas. Están esos dos 11/09, y hay cualquier cantidad de 11/09 geográficamente más cercanos que aprendo gracias a valiosos casos atípicos dentro de mi círculo social.

Mi círculo social. Podría jurar que en años anteriores, en esta fecha, su discurso se inclinaba por las Torres Gemelas. Este año, se inclina al golpe de estado. Puede ser por los 40 años. Puede ser porque hemos aprendido más. Puede ser por mi tendencia a codearme con gente que piensa como yo (no se dé el zafe, esta tendencia no es sólo mía y no necesariamente es intencional).

Puede ser la cercanía: días atrás en el Servicio de Salud habían sugerido con particular vehemencia que se suspendieran los pacientes de la tarde porque “no se sabe qué va a pasar”. Mi paciente de hoy no llegó, y compaginé su activismo político con la conmemoración del golpe en la plaza de armas, a la misma hora de la sesión. Y los helicópteros de anoche y de hoy, la bomba lacrimógena a lo lejos, y el rumor de que estaban desalojando donde el vecino, siendo el vecino la universidad donde estudié. Aun más, puede ser porque una taxista buena samaritana, en mi primer día en Chile, me llevó a un gran edificio y señalándolo me dijo “ahí fue donde bombardearon”; y porque años después pasé frente a la puerta angosta. Y porque hay poquísimos grados de separación entre mi persona y víctimas de la dictadura, pues casi todos mis conocidos (y un par de pacientes) tienen en su familia esa clase de historias. No es sorprendente ni me es ajeno, viniendo de un país diminuto al que se lo tragó la guerra civil y se empeña en negarlo, pero tampoco deja de ser escalofriante

Hoy en la mañana un amigo chileno decía que sin importar la opinión que uno tuviera del golpe y la dictadura (y aquí hago copipaste con su perdón, para que no se me quede nada), “hay algo que lamentablemente no tiene matices y es que los familiares de ejecutados políticos y detenidos desaparecidos hasta el día de hoy no pueden vivir el duelo que les corresponde y les fue arrebatado por una sociedad que los ha apuntado con el dedo por casi medio siglo. Y nadie debería sentirse avergonzado o amedrentado de llorar a los que ama y han partido, nunca jamás, ni en este país ni en otro”. Y además, dice una amiga salvadoreña, es lamentable “el establecimiento de la erradicación del oponente político como sinónimo de seguridad estatal“.

Pienso en aquel dicho gringo, la grama es más verde al otro lado. cuando comparo los procesos colectivos de memoria y olvido aquí en Chile y allá en El Salvador. Estoy en el otro lado y sí lo es; para mí, al menos, que vengo de allá. Aquí recordar es problemático pero también se hace fuerte y claramente. Allá se evade, con suerte se sugiere. Pero mejor se olvida, y todavía mejor, no se sabe. Y lo que se suprime en lo psíquico, revienta en lo somático. En un individuo y en un pueblo. En una columna sobre el golpe de Estado, en un medio salvadoreño, una persona deseaba que en El Salvador surgiera otro Hernández Martínez o un Pinochet. Una frase de cajón que no falla en darme un espasmo de aquellos. Es de esas personas que se ven al espejo y no se dan cuenta de que su deseo se ha cumplido.

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3 respuestas a Golpes vicarios.

  1. Clau dijo:

    Me he estado leyendo los como 10 artículos de opinión que sacó El Faro por la fecha, referidos a Chile, claro. Del otro me eché el documental que nunca pude ver en 2001 porque ni cable tenía.
    Pensar que uno es karma del otro es feo, pero bien podría ser.
    También vi ese comentario del Maximiliano, nomás que no me acuerdo a dónde y me dieron ganas de mirar feo digitalmente al que lo puso.
    No sé qué va a ser del mundo, si proliferan por doquier los pensadores de ese estilo, como los que entrevistaron en el documental y, con binoculares en mano viendo desde el otro lado del río, dijeron “declaremos la guerra ya, matémoslos a todos”

  2. javosandoval dijo:

    Comentaba ayer con Pelu que este año, para mi grata sorpresa y contra todo pronóstico, la “conmemoración” del 11 de septiembre de 1973 estuvo muy lejos de ser una instancia marcada por la sangre y me alegré al ver que muchos estuvieron enchufados a la televisión durante la semana, siguiendo los especiales sobre la dictadura, los detenidos desaparecidos y la herida violenta que no para de supurar en Chile. Nuestro Ministro del Interior, Hinzpeter, reconocido personaje de la derecha más dura, calificó a uno de los artífices de la dictadura (Manuel Contreras, cabeza de la DINA) como “inconcebible” su defensa de los crímenes militares y civiles; y los medios por primera vez en el año, por lo que he visto, hicieron especiales de gran riqueza educativa en sitios web de altísima calidad, brindando una mirada retrospectiva y de mucho respeto a ese funesto día y al dolor de muchos chilenos.

    Lejos de ser un síntoma de la época y de pensar que esto va a cambiar en el futuro, creo que se puede sacar algo en limpio: Chile entiende, aunque no siempre lo reconozca, que para no tropezar en la misma piedra es necesario negarse a olvidar. Y eso es un logro inmenso, aunque no se note.

    Gracias por el quote btw 🙂

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