Gandalf.

Aquella tarde estaba comenzando a llover. Hacía no mucho había salido a la calle con un itinerario en mente, pero algo me hizo cambiar de opinión y volví sobre mis pasos. Estaba por llegar al edificio donde vivo cuando a algunos metros una nube blanca se deslizó por el pavimento. Un gato blanco cruzaba el estacionamiento evitando los charcos. Me agaché e hice chasquear los dedos. Me meto en estos embrollos por esto: el gato corrió hacia mí como un perrito.

Tenía manchas de aceite en la cabeza y bajo su melena se notaba un poco flaco. No tenía collar. Se dejó tomar y volteé a todos lados, esperando a que alguien apareciera y lo reclamara. No había nadie alrededor. Lo cargué por cuatro pisos, temiendo que en cualquier momento se asustara y me clavara las garras intentando soltarse; como la vez que la habitualmente cuidadosa Marla Teodora me recetó una cicatriz en la mano. Pero este gato no paró de ronronear en mis brazos.

Lo introduje al apartamento en una caja de transporte y lo dejé en el cuarto de huéspedes (tengo un cuarto de huéspedes, queda a la orden). Hundió su cara en el plato de comida pero tomó agua como un señorito. Sabía usar la caja de arena. Al otro lado de la puerta, los dos residentes felinos sospechaban. No lo vieron pero sintieron el olor y la habitualmente estoica Marla Teodora comenzó a bufar.

“¡Llévense de mi casa esa cosa horrenda!”

El gato, ajeno a esta hostil bienvenida, rodó por el suelo y se subió en mi regazo. Lo empaqueté de nuevo y lo llevé inmediatamente donde la veterinaria. Gato macho de un año, no castrado. Por supuesto. Lo dejé algunos días en la clínica para que lo vacunaran y le hicieran exámenes. Mientras tanto, había que buscar a su familia. Redacté en mi cabeza un cartel de “encontrado”, pero el conserje dijo que el gato había comenzado a rondar los edificios hacía aproximadamente un mes, cuando su familia se mudó y lo dejaron ahí. Nadie estaría buscándolo. 

Supuse, y la veterinaria lo afirmó, que no sería difícil hallarle otra casa; “ya vas a ver, la gente es así”, me dijo un tanto molesta. Pasaron los días y lo traje de vuelta al apartamento. El gato había sido castrado y estaba saludable. Lo traje mientras pensaba qué hacer con él. Estaba tentada a dejarlo con nosotros pero parecía más lógico darlo en adopción.

Hasta ahora, Marla y Macareno habían convivido con infantes caninos y gatunos, no con un adulto de su misma especie. Macareno sí, en realidad, sus primeros meses los pasó en el campo, a la intemperie con otros animales. El gato pasó encerrado algunos días en el cuarto de huéspedes, con agua, comida, arena, juguetes y un lugar cómodo para dormir (brotip, eso se hace cuando uno lleva un gato a casa, sobre todo si ya hay gatos). Marla se ensatanaba al acercase a la puerta. Macareno, siempre viviendo en plan cherada, entró al cuarto desde el primer día e hizo un nuevo amiguito.

Primero entró para inspeccionar los juguetes de su amiguito.

Hoy sí, BFF ❤

Con el paso de los días, la puerta del cuarto se fue abriendo. Urgía, porque el gato comenzaba a reclamar por el encierro. A la salida lo esperaban los zarpazos de la Marla, pero era la única que perdía los estribos y eventualmente disminuyó sus sonidos guturales y toleró tenerlo enfrente. Había dos cosas que unían a los tres gatos: la comida y dormir en mi cama por las noches. Bien por mí, ciertamente, porque esas noches llovía mucho y se agradecía la calidez a mis pies.

Macareno y los monocromáticos.

Pero aparte de esas treguas, Marla no lo aceptaba y el gato parecía no hallarse en la casa. No es agradable estar entre gatos que se rechazan, aun si no se están atacando físicamente. Caminatas repetitivas, miradas con ojos entrecerrados, siseos, gruñidos, zarpazos al aire, persecusiones juguetones y agresivas. Me mantuve al margen hasta día en que saqué de la alacena un magno té que había comprado. Estuve guardando una última pizca por dos semanas. Lo puse en el infusor y el infusor se me cayó, desparramándose el contenido en el piso ante mi incredulidad. No se me cayó por que sí; Marla saltó de la nada y de un zarpazo jaló la cadena. El té ni siquiera había tocado el piso cuando alcancé a verle su cola como una sombra escabulléndose de la cocina.

“¡Que se lleven esa cosa horrenda de mi casa, dije!”

Más adelante, encontré un charco sobre la frazada de mi cama; al menos era tan gruesa que lo absorbió todo. Un gato castrado no marca así su territorio, pero mientras más tarde sea castrado, más tiempo tarda el efecto hormonal. Por eso y porque el pobre no se hallaba en ningún lado, era éste su último intento de tener un territorio propio. Caí en la cuenta, con pesar, de que no cabía con nosotros; me remití al principio de realidad, puedo responsabilizarme por dos y no más. Lo escuché pelear con Marla y lo encerré en el cuarto por un rato. Cuando abrí la puerta para dejarlo salir, una nueva fechoría me golpeó la nariz: había mojado la cama del cuarto de huéspedes. Cuatro capas de sábanas, y no llegó al colchón porque la última era una frazada gruesa.

Tuve un momento de debilidad en que lo llamé malagradecido. Después me reí de mi misma: es un gato, vieja. Cuántos animales de compañía la gente maltrata o tira a la calle porque esperan que se comporten como gente y no como animales. Sí hay que educarlos, literalmente por convivir, pero no son hijos y son de otra especie, y sus formas de funcionar en el mundo y de adaptarse a esta lacra que es la humanidad son diferentes. No tuve forma de castigarlo porque el castigo debe ser inmediato a la conducta (brotip: para castigar un gato sin causarle dolor, un rociador con agua triunfa), pero no molestó el resto de la tarde.

A la hora de acostarme, encontré otro pequeño charco en mi cama, cerca de la almohada. Con un suspiro retiré la sábana. No era todo. En la frazada de abajo había una laguna. Y en la sábana abajo de esa, y en el cubrecama y en el colchón. Con eso no quedaba una sábana, frazada y colchón limpios en el apartamento (el juego de cama adicional estaba sucio, acababa de cambiarlo). Esa noche dormí en una esquina del colchón en posición fetal, con un olor ácido que desapareció por gracia de la habituación. Al gato lo hice pasar la noche encerrado en el cuarto, por pura desconfianza. A pesar de la incomodidad, no lamenté un segundo haber recogido al gato. La alternativa era que él estuviera bajo la tormenta que caía en ese momento. No. Al menos este ya no iba a pasar por eso. Y el gato no maulló en toda la noche.

Me quedo sin infusiones exóticas y sin un lugar donde dormir y entonces hacen las paces.

Al día siguiente, subí una foto a la página de facebook de una asociación protectora. Estaba segura de que no sería tan difícil hallar alguien que lo adoptara, pero no esperaba que en 30 minutos tuviera alrededor de 50 notificaciones de personas interesadas o cuando menos embelesadas. Cosas como esa explican que mi estimada veterinaria sea misántropa a toda raja. El mío no era el único gato en adopción en esa página pero era el que había generado interés al punto del spam. Lo había ofrecido a varias personas que habían escrito preguntando por gatitos, sin hablar de su aspecto. No lo querían porque era adulto o macho. No se puede culpar a nadie de querer una mascota “bonita” o que tenga ciertas características, pero examinado como comportamiento en masa, evoca a los ismos de raza, edad y sexo, que se traduce en abandono para unos y explotación para otros.

No me llevó mucho tiempo encontrar a quien sería su adoptante. Sabía, me dijo, que un gato blanco era más propenso al cáncer en algunas partes del cuerpo y que debía ponerle crema de broncear si salía al sol (los animales pagan cara la fineza que se les impone; por eso, aguacateros forever). Ella vino por él y se lo llevó a su nueva casa, y a la semana recibí fotos. El gato, con su nuevo nombre y su nueva familia, aplastado en un regazo. Puse sábanas limpias en mi cama y Marla Teodora me ayudó a estirarlas.

Sé feliz, chero.

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2 respuestas a Gandalf.

  1. Anita dijo:

    ❤ Galdalf-Marlo Hermoso! Bonita historia. Qué bien que encontró un buen hogar, y qué bien que apareciste en su camino.

  2. Clau dijo:

    Odio al bloqueo institucional, no me ha dejado ver las fotos.

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