La palabra que buscaba mientras le pedía al perico que se bajara del muro.

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Me resultaba chocante llamarme su dueña. Podía decir que la Rana era mi perra pero no que yo era su dueña; a la inversa yo era su humana. No la consideraba ni mi hija ni mi mascota. Siempre la llamaba mi socia, porque lo era, en las buenas y en las malas, pero debía haber otra palabra que describiera mejor nuestra relación ante mis congéneres, quisquillosos como son con los lazos inter-especie.

Hace muchos años hubo mucho entusiasmo en San Francisco cuando algunos ciudadanos bien intencionados declararon que no eran “dueños” de sus mascotas sino “guardianes”. Muchas personas pensaron que esto era absurdo. Sin embargo, ahora que he tenido el placer de ser el guardián de Kramer desde mi cumpleaños hace siete años, lo entiendo totalmente. Nunca me he considerado su dueño. Mi rol es criarlo, protegerlo y darle un hogar. Lo que recibo a cambio es su amor, su exuberancia y afecto, todo lo cual me provee una felicidad inconmensurable.

El regalo de un perro es una revelación.

No es hippismo. El lenguaje influye en la cognición y viceversa. Basta con comparar el constructo “comprar” con el de “adoptar”. O imaginarse que dijéramos no que el futuro está hacia adelante, sino que está hacia atrás, como los Aymara. Pa’ que vea. Como piensa, habla; como habla, piensa.

Hablando de revelaciones, uno de los errores más grandes que he cometido en mi vida ha sido tener aves enjauladas. Si uno hace un verdadero esfuerzo con la mollera notará que la jaula es un instrumento insidioso de tortura. Por otro lado, eso me obligó por un tiempo a hacer malabares entre la Rana, dos gatos y dos pericos que vivían fuera de su jaula. Pero la amenaza de entre esos cinco era uno de los pericos porque mordía. Tenía un pico de acero y desconocía el miedo a los felinos; con la Rana tenían una relación simbiótica gracias a las tortillas. Era ese perico, también, el que ocasionalmente se subía al muro donde nadie podía alcanzarlo o había que perseguirlo por la calle.

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Pero yo prefería ese show ocasional a condenarlo al encierro, y me resigné a que él y yo viviríamos en el limbo de que no merecía vivir en confinamiento pero tampoco era capaz de valerse por sí solo. Y si lo hubiera dejado ir, alguien más lo hubiera bajado de una pedrada. Maldigo al salvadoreño promedio y su mal encauzado apego con los pericos.

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Este no era tan autosuficiente como el otro, así que se fue a un entorno tan libre de jaulas como de gatos. El buen Víctor le dio un hogar y headbangearon juntos forever.

Fui un poco irresponsable con la Rana pero por ignorancia. Si hubiese sabido de la esterilización nos hubiésemos evitado tumores. Aun así, tuvo muchas alegrías en la vida y me enseñó a ser más responsable al hacerme cargo de los animales. Antes de ella tuve tortugas, un par de cuyos que creo que se escaparon por un tragante, peces varios (destaca Freud, un combatiente de Siam que compré porque me pareció una crueldad que lo tuvieran en un vaso de plástico en la tienda de mascotas; pero como él, miles), y algunos pericos (entre ellos unos del Blvd. de Los Héroes, comprados por lástima y rabia, y que murieron en mis manos al día siguiente). Después de la Rana aprendí el lenguaje de la adopción y tenencia responsable junto a la Pichu Feliciana, quien más adelante descubriría su vocación de chuchuefinca. Y después están mis gatos burgueses, uno de los cuales vive en mí en calidad de duelo irresuelto por cómo fue desapareciendo de mi vida. A veces sueño con que la encuentro y le pido perdón y le digo que puede volver a casa.

Hoy que soy jefa de hogar (LOL, de verdad) entiendo todavía mejor lo de ser guardiana. Sobre todo con gatos, que mucha gente califica de ingratos. No lo son, no siempre; son una caja de sorpresas enejesentido. Y en fin, cuidarlos no me hace su dueña. Pasa que uno les da mucho y recibe mucho, es una transacción social de cuidados y afectos con la ventaja adicional de que no hay que buscarles colegio ni inculcarles valores. Estos gatos son mis roommates. La Marla Teodora se para en dos patas cuando le digo “¡dame un abrazo!” (Conductismo FOR THE FUCKING WIN), y a cambio, le tengo que preparar su café. 

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2 respuestas a La palabra que buscaba mientras le pedía al perico que se bajara del muro.

  1. davidlife9 dijo:

    Disfruta de mis poemas y de los capítulos de mi novela en http://diariodeunpoetanaufragado.wordpress.com/.

    Necesito opiniones y valoraciones y si puedes hacerme propaganda te lo agradecería.
    Un saludo y nunca dejes de escribir en tu blog, es genial.

  2. Von Sydow dijo:

    Acaso eres del grupo de periquitos marihuaneros…ya no fumes eso. Tu prosa se va torciendo por ese lado.

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