Otoño.

Las personas comienzan a caminar por las calles abrazándose a sí mismas, apresurando el paso para no estar a la intemperie por mucho tiempo. Hace unos días las observaba desde un banco de madera en la plaza. “Hay tiempo que perder”, pensaba sin prisa. La tengo, pero no es una prisa inmediata sino existencial. De esas en las que dar un paso lleva días o semanas o meses. 

Atrás del banco había un perro temblando de frío. Estaba desnudo, como cualquier animal que no es humano, pero se supone que la desnudez de esta especie debe compensarse con la simbiosis con una persona. No había tal cosa y encima su pelaje era muy corto. Me senté en el banco. Cuando se me acercó me recordó al perro Rolando (el del video de abajo), porque tenía una herida fresca encima de un ojo, como un navajazo. Le pasé un poco de comida, le pasé un poco de afecto. Qué manera de mover la cola.

Más lejos estaba un señor indigente que siempre veo por el centro de la plaza. No es lo mismo ayudar a una persona que ayudar a un perro, en términos de intención, método e impacto. Muchos menos en términos de predictibilidad de la reacción de la una y del otro. No es tanto indiferencia como una experiencia subjetiva a la que no le he puesto nombre. Habrá personas que no teman acercárseles a extraños que viven en carencia extrema y no teman hablarles y preguntarles cómo se les puede ayudar a suavizar su día, sobre todo si es un día que augura un invierno cruel. Pienso en las monedas que ando o en una taza de café. 

La cola mueve al perro y al menos por un rato deja de temblar. De la iglesia de enfrente sale otro indigente con gabardina. Lo he visto muchas veces, sacude una taza de metal que contiene las monedas que recolecta. Lo que me pasa con las monedas es que sé que no cambian nada pero implican atención (consulte a su conductista de cabecera). No las paso si no voy a ver a los ojos a la persona, como un ejercicio a lo Albert Ellis, que se curó de su fobia a hablarle a las mujeres hablándole a las mujeres. Rara vez me siento capaz de hacer tal cosa. Y si no me siento capaz, soy del montón que pasa de largo. No es indiferencia, es burocracia mental. La última vez que agarré valor, el caballero de la gabardina me dedicó una mirada amable que me hizo sonreír, y su enorme barba se movió mientras me decía “suerte”. En un día que la necesitaba. 

Me gusta el frío pero me angustia el invierno. 

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