Kramer y Newman.

Era octubre, y como todos los días había en el grupo de Facebook un nuevo caso urgente. La de ese día era una perra con mucho de pastor alemán, con un bulto gigantesco que le colgaba a lo largo del estómago, conformado por varios kilos de tumores mamarios y 11 perritos. La rescataron y los 11 se salvaron, pero ella no estaba para criarlos, disposición aparte, porque podía infectarlos. Les buscaron hogar sustituto a todos y me ofrecí a cuidar dos. Yo tengo algunas causas (y probablemente sería muy impopular si las abanderara en público más de lo que ya lo hago; gracias, sentido de la deseabilidad social) pero en cada una puedo hacer muy poco, porque carezco de tiempo, dinero y poder de influencia, i.e. soy bien gata. Y lo más que podía hacer aquí era dedicarme a criar dos perritos recién nacidos.

Los tendría un mes y los devolvería a la veterinaria hasta que estuvieran listos para adopción. Menos de una semana después del parto, me entregaron una cajita de cartón que contenía a los pequeños Kramer y Newman. Pequeñitos, chillones y con pobre control sobre su motricidad. Parecían ratitas negras, cada uno con un lacito de diferente color (porque en la veterinaria debían alimentar a los 11 neonatos, y así sabían cuál había comido ya).

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Kramer tenía una raya en el pecho y era el más llorón. Newman era más paciente. Pero faltaban días para que notara las diferencias en sus temperamentos. Inicialmente, me encontré organizando mi existencia en angustiosos periodos de cuatro horas, que era el espacio entre comida y comida, madrugadas incluidas. Levantarse a hacer la pacha con fórmula, asegurarse de que la temperatura fuera la ideal, alimentar a cada uno, y después estimularles sus genitales para que botaran sus desechos; la mamá perra lo hace lengüeteando, los apoderados Homo sapiens lo hacemos con la mano. Sus sonidos eran similares a los de un bebé humano, en cualquier momento que sintieran hambre o frío. Una vez me regalaron un tamagotchi y me duró doce días, y temía cometer algún craso error que le costara la vida a este par de frágiles querubines.

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El buen Nico Macareno de niñero auxiliar.

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Era invierno e invoqué un guatero para mantenerlos calientes. La felicidad de los perritos era dormir sobre él en posiciones incómodas.

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Mish.

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Macareno y Marla Teodora mostrándole los perritos a su chero emplumado que anida en el edificio de enfrente.

Pronto los cachorros aprendieron a reptar. El horror fue que su reflejo de succión, aunado a su reflejo de hacer pipí al contacto con su miembro viril, los mantenía en perpetuo 69 y quedaban empapados. La tesis que escribía en ese momento tiene cientos de invisibles pies de página al respecto. Sólo tenía una caja de plástico de modo que intentaba separarlos con sábanas, pero siempre se encontraban. Llegaba a casa a alimentarlos entre pacientes y clases y los dejaba a la vista mientras escribía la tesis, con ocasional y valiosa ayuda de niñeros auxiliares en su alimentación cuando yo no podía (los gatos no, no saben hervir agua). Afortunadamente, el periodo de comida aumentó de cuatro a seis horas. Desafortunadamente, sus esfínteres ya funcionaban independientemente del contacto y sin horario alguno.

No sólo reptaban, uno se subía sobre el otro para salirse de la caja, y el que quedaba hacía un esfuerzo sobrecanino para seguirlo y lo lograba. Algunas mañanas los encontraba deslizándose por la alfombra, con charquitos alrededor que sólo Papel Absorbente La Vaquita(TM) podía hacer desaparecer. Cambié la caja de plástico por una cama de gato y empecé a dejarlos en el suelo por más tiempo.

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Un día, me pareció verlos hacer lagartijas. Pero nel, estaban intentando caminar.

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Y comenzaron a agarrar forma.

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Macareno merece una medallita por su ayuda.

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‘Lo que es’ abrir los ojos por primera vez.

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Mis descansos de la tesis, clases y expedientes de pacientes eran momentos como este (digo, yo los veía hacer esto, no es que yo lo hiciera). Uno ya era del tamaño del guatero donde antes cabían los dos.

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Macareno nota con espanto que este perrito se está haciendo más grande que él.

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Criado entre humanos, el señorito Newman creía tener pulgares para chuparse.

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Algo que agradecí: nunca ensuciaron la cama. Desde que los puse ahí, se bajaban, hacían su negocio y volvían a meterse para seguir durmiendo.

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“What the fuck is this nerd shit?”

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Sólo salieron al exterior una vez por el frío. De todos modos, la veterinaria dijo [BROTIP] que la mamá les pasa anticuerpos cuando amamantan, así que ellos no tenían y era mejor que se quedaran adentro hasta pasado el segundo mes.

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Solían dormir en la sala, pero los mudé al baño, donde podía alfombrar con periódicos. No mostraron ningún descontento con la mudanza y siguieron durmiendo.

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Y siguieron durmiendo.

Pasar de pacha a comida sólida fue el crujir de dientes, porque los perritos todavía tenían el reflejo de empujar con sus patas delanteras, y metían medio cuerpo en el plato de concentrado mojado en leche. Papilla, papilla everywhere. Por otro lado, conocían mi voz y corrían torpemente hacia mí, lo que no dejaba de enternecerme.  Pero tenía que criar perritos de bien, no perritos mamones, de modo que, muy a mi pesar, tenía que cuidar la cantidad de tiempo que pasaba con ellos.

Y así se cumplió el mes. No quería devolverlos a la veterinaria, pero hay una razón por la que no tengo perro, a pesar de que es una de las cosas que más quiero: sería irresponsable tener uno en las condiciones en que vivo. Aún así me sentí culpable por no poder quedármelos. Hubiéramos sido buenos socios.

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Good game.

No lloraron al separarse de mí, esencialmente porque estaban bien raneados. Pero aún el que estuvieran dormidos ante un cambio radical de entorno, me dijeron, era signo de buena crianza. Tenían buen apego pero también toleraban quedarse solos. Había hecho un buen trabajo, me dijeron.

SCORE

Pasarían ese mes en la veterinaria…en una jaula, para desesperación mía, pero seguían en observación. Después serían adoptados, previa vacunación y esterilización. ¿Oyó? Esterilización, cuando menos, para honrar a su madre que ya había sufrido bastante. Kramer se fue primero: vive en una granja donde no cabe en sí mismo de la contentera.

Un amigo me dijo que adoptaría a Newman. Conoció a los perritos cuando tenían una semana y él estaba de paso por esta ciudad (porque además en mi humilde morada, parafraseando a Sheldon Cooper, I run a cute little B&B ocasional para amigos que vienen de paso…uno, porque he tenido la fortuna de conocer gente de diferentes lugares, y segundo, porque en este país la gente anda “de paso” mucho). Prometió que se llevaría uno apenas se pudiera.

Cumplió su promesa. Recogí a Newman en la veterinaria para que pasara la noche en mi casita, y se lo iría a su nuevo hogar la mañana siguiente. En la veterinaria me encontré con algo muy diferente a lo que había tenido en mis manos un mes atrás:

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Era sumamente tranquilo pero juguetón cuando entraba en confianza, y me sentí privilegiada porque de entre las personas a su alrededor, sólo me buscaba a mí para hacer dry-humping. Este niño, afirmé, está pasando por un saludable Complejo de Edipo.

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Lamenté no haberlo llamado Feliciano. Tiene cara de Feliciano.

Se lo llevaron más al sur y recibo noticias de él ocasionalmente. Hoy anda por la vida con otro nombre, pertenece a una manada mixta de humanos y canes que lo cuida, y tiene un campo entero para recorrer, con la desventaja de que le teme a los corderos. No diga que ayudar a los animales es incompatible con ayudar a la gente: mi amigo quedó sumamente alivianado con este perro (sin importar los destrozos asociados a su cachorrez).

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La moraleja de la historia es que los perros son unos loquillos desde que nacen (eso, y…puesí, promover la esterilización y la adopción de mascotas y animales sin hogar. Si a usted le gusta ayudar gente, ayúdeme con esto).

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3 respuestas a Kramer y Newman.

  1. Pingback: Lucilles Tres. | Qué Joder

  2. Anita dijo:

    Ligia, la mejor guardadora 🙂

  3. Pingback: Bus al sur para visitar a un amiguito. | Qué Joder

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