Del tren a las casas que asemejan barcos.

No muy lejos de aquí hay una estación de trenes, y en la misma zona hay un museo ferroviario. La primera vez que lo visité era de noche y porque andaba de meque en una feria literaria.

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No es photoshop, es que yo a veces fracaso con los settings de mi cámara. Por una vez, creo que eso jugó a favor de la imagen. Digo yo, me gusta esta foto.

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Aquí ya no. Pero es una estampa fidedigna del entorno.

La siguiente visita fue de día, para tomar el tour y para enterarme de que el papá de Neftalí Reyes trabajaba ahí como maquinista, y que esa vida sobre rieles sería fuente de inspiración para futuras obras del caballero en cuestión.

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El mismo tren de arriba. Buh.

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Casa de máquinas, deteriorada y en cuarentena por el terremoto del 2010.

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Vagón del señor presidente.

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Vagón de la clase trabajadora.

Fin.

Hasta que supe que Pablo Neruda tuvo tres casas y que ahora podían visitarse. No soy tan “fans” pero el tour sonaba dos que tres, y ya que había visto parte de su infancia podría ver su adultez, que es lo que lo hizo célebre. En noviembre del 2011, para aminorar mi angustia por viajar a la capital (LOL, soy de región, del interior del país que le mientan), busqué información sobre cómo llegar a estas casas, y la primera era La Chascona. Fui sobre.

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Esto es hipótesis, dicen que dicen.

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No dejan tomar fotos del interior de la casa, pero sepa que las tres son enormes y están construidas con cuartos, pasillos y escalinatas estrechos para asemejarse a un barco, porque al maitro le gustaban. Esta es La Chascona, que fue inundada por los soldados días después de que iniciara la dictadura de Pinochet.

Al día siguiente, en lugar de huir despavorida al sur como suelo hacer cuando me lanzan a la capital, armé mi mochila y tomé un bus a Isla Negra, a casi dos horas de camino. Localidad digna de un álbum de Facebook titulado PlAyItA.
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Le pedí al auxiliar del bus que me avisara donde bajarme, y me bajó en medio de la carretera donde parí enanos momentáneamente. Pero cerca había un kiosco y la amable persona ahí encasquetada me mandó a dos cuadras más abajo, camino a la playa, hasta que diera con una calle:

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Quizás por aquí es, homb’.

Aquí tuve que esperar para el tour, zanganeando por los alrededores y tomándome fotos calidad ForeverAlone.

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El guía contaba que Neruda salía a tocar estas campanas cuando veía barcos en el horizonte. Y el cuarto donde escribía también daba al mar. 

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La tumba de Neruda y Matilde Urrutia, su [tercera] esposa.

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En Isla Negra había varias casas, también aclimatadas como un barco. En todas las casas están sus posesiones y colecciones de diversos niveles de insanidad, su premio Nobel, y regalos y recuerdos que consiguió por todo el mundo siendo embajador o por medio de amigos pro. 

Al noviembre siguiente, en otro envión, visité la casa que me quedaba pendiente, La Sebastiana:
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Cinco pisos de guapachosidad.

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Con vista a Valpo, hacia arriba y hacia abajo.

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Hoy sí, fin.

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