El sarcástico dardo de la narcolepsia suburbana.

Dos días después de haber vendido mi riñón para comprarme un par de zapatos de charol, entró mi amargado jefe al cubículo y me escupió en el pelo. “Quiero un artículo de quinientas palabras sobre este hombre”, rugió, tirando sobre mi desvencijado escritorio una carpeta que contenía la descripción de mi tarea.

Esa misma tarde fui a Sentral Parc, caminando con mis ansiados zapatos de charol, uno en cada mano, para no arruinarlos. Cuando llegué a la gran encina, y mientras me apoyaba en ella para al fin ponerme los zapatos en los pies, vi a un hombre suburbano sentado sobre un banquito, carcajeándose de lo lindo frente al árbol, entre sorbos de su taza de té. “No es té”, dijo una vocecita sobre mi cabeza, un colibrí posado en una ramita. “Es café, y estamos esperando a que la Reina de Inglaterra se nos una”. Y en ese momento un dardo destruyó la taza en las propias manos del suburbano hombre.

Pero él, inmediatamente y sin inmutarse, abrió una cestita junto a su banquito y sacó otra taza, que ya contenía café, y lo sorbió cuidadosamente para no quemarse la lengua. Luego volvió a reírse: “¡No hay nada como tener un coffee break con usted!”. Se lo decía a la encina, obviamente.

Lo peor son los ronquidos, prueba de su condición de clase media”, resopló el colibrí mientras dejaba la rama y volaba ligeramente hacia atrás. “¿Qué?”, le pregunté sin comprender. “¿Que qué?”, me respondió, y un dardo pasó rozando mi hombro izquierdo. “Quiero decir que me molestan sus ronquidos”, aclaró amablemente, aunque yo hubiera jurado que su tono era sarcástico.

El colibrí se alejó como una estrella fugaz, y cuando me volteé tratando de seguirlo con la vista, encontré a la par mía a una señorita muy erguida, pero apaciblemente dormida. En efecto, roncaba como mujer de clase media. La sacudí, y no me contestó. Le di un zapatazo de charol en la cabeza, y nada. Supuse que era narcoléptica. “Caballero”, dijo el hombrecito suburbano, reparando en mi presencia por primera vez, “tírela al suelo”. Obedecí mecánicamente y la señorita se desplomó, rígida como una vara de acero. “¿Cómo no obedecer a un hombre que toma café con los árboles”, reapareció el colibrí, resoplando. Y esta vez un dardo se insertó en el muslo de la mujer durmiente, que yacía en el suelo después de mi empujón.

¡¿Qué demonios?!”, exclamó ella, y se extrajo el dardo, fastidiada. “Perdone”, le dije, “pensé que algo le pasaba… ¿es narcoléptica, o algo?”. “¡Caramba, no! ¿Qué tiene de malo dormir? ¿Usted no duerme?”. Avergonzado, le ayudé a levantarse, pero en cuanto se puso de pie, se volvió a dormir. “Oh, bueno”, murmuró el colibrí, como encogiéndose de hombros.

En ese momento, el hombre suburbano guardó la taza en la cesta, y se levantó. “Un placer”, dijo sonriente, haciéndole una reverencia al árbol. Recogió su banquito y se fue. “Regresaré mañana, árbol. No vayas a ningún lado”, dijo el colibrí, falseando gravemente su vocecita. Y un dardo cayó junto a mi cabeza, en el tronco de la encina. Olvidándome de la señorita por completo, arranqué el dardo y regresé a mi oficina, a escribir el artículo de quinientas palabras. No tenía mucho que decir, pero necesitaba el dinero; de lo contrario tendría que vender mis zapatos de charol a precio devaluado.

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Una respuesta a El sarcástico dardo de la narcolepsia suburbana.

  1. Aldebarán dijo:

    Este no lo logro descifrar. Buscaré algo de Jung para ver si lo comienzo a interpretar.

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