José Saramago.

Esta noche fui al conversatorio con José Saramago. Tenía muchas expectativas, pero en general, resultó ser un colosal desastre.

El primer problema, lo de siempre: impuntualidad. Comenzaron casi media hora más tarde de lo acordado, y eso acortó el tiempo. No pudieron hacerse preguntas.

Segundo problema: el formato. Alguien como José Saramago no necesita que lo entrevisten; creo que fue un error ponerle “entrevistadores”, fueran quienes fueran. El hombre solo necesita un micrófono, una silla, un vaso de agua y un público con el cual interactuar. Él sólo puede arreglárselas en el escenario.

Tercer y más grande problema: el maldito sonido. Siempre el puto sonido. No entendí nada, aunque estaba en una de las primeras diez filas. Eran seis salones habilitados, y no había más de cuatro parlantes. Le entendí algunas cosas como el shopping center (excelente análisis), la democracia, el centro y la izquierda, cómo alguien puede ser ateo y tener mentalidad cristiana, y por qué San José cometió un pecado imperdonable (ídem). Pero en su mayoría, fue pésimo. Estaba completamente desconectada.

Qué desperdicio. El hombre es todo sabiduría y humildad, pero estas tres cosas (sobre todo la última) lo arruinaron todo. Siempre es la misma ineptitud para manejar actos como éstos.

Esperaba al menos tener un autógrafo. Pero cuando dijeron “a continuación pasaremos a la firma de autógrafos” toda la gente se levantó en tropel, empujándose, y se hizo un maldito desorden. Después se hizo una maldita fila, y no tuve ánimos de ser parte de ella y obtener una firma masificada. Además, lo sentí mucho por Saramago. Había gente que llevaba cinco libros.

Afuera vi al diputado Norman Quijano. No sé qué diablos andaba haciendo ahí, si es, igual que los demás de su partido, alérgico a los comunistas. Y Saramago es totalmente comunista y ateo (¡Dio’guarde!). Vi otras personalidades. Hubo una en particular que usó su status de figura pública para meter a su familia al área de “reservado”; ni siquiera tenía tarjeta.

Qué decepción. Ojalá que por lo menos Saramago tenga razones para pensar lo contrario.

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