El imperio, la campaña electoral, el 11-M y el 11-D.

Querido Monseñor:

Veinticuatro años después de tu martirio y doce después de los Acuerdos de Paz, las cosas siguen mal, a veces muy mal. Mucha gente está harta de la injusticia, la corrupción y la mentira. En tiempo de elecciones estamos hartos de la desvergüenza. Y los pobres están hartos de la pobreza y de tener que emigrar. ¿No hay solución, Monseñor? Quiero hablarte de estas cosas con la esperanza de escuchar alguna palabra tuya que traiga luz y ánimo para trabajar.

El imperio es lo más grave. La palabra parecía muerta, pero la realidad la ha resucitado. Hoy no basta con hablar de opresión y de capitalismo. Hay que hablar de imperialismo, y de “imperialismo norteamericano”, que, con Bush, se ha hecho inocultable: imponer su poderío sobre todo el planeta, a través de todo, comercio injusto, información mentirosa, guerra cruel e irrespeto impúdico de los derechos humanos.

El imperialismo nos llega con el servilismo político de los gobernantes, pero en el día a día penetra de forma más profunda con la seducción e imposición de la “cultura norteamericana”, the american way of life: el individualismo, como forma suprema de ser y el éxito como verificación última del sentido de la vida, como lo mejor que ha producido la historia. Y a la inversa, comunidad, compasión y servicio son productos culturales secundarios. Insistir en ello no es “políticamente correcto”. La igualdad de la revolución francesa, y nada digamos la fraternidad del evangelio, están obsoletos. De Irak no cuentan los iraquíes, y de Africa no cuenta nada. Este imperialismo es antievangélico, y por ello para el cristianismo la primera exigencia es combatirlo, proclamar -y vivir- la “cultura de Jesús”. Y como, además, se pretende que comamos, bebamos, cantemos y nos divirtamos, como ocurre en el imperio, hay que defender el “nacionalismo” bien entendido: la defensa de la bondad de la creación de Dios, en diferentes pueblos, tradiciones, culturas y religiones.

El imperialismo, además, nos confronta con otro problema, que es de siempre, pero que hoy se ha acentuado. En Asia y Africa, “cristianismo” ha sido sinónimo de “occidente”, con beneméritas excepciones. Pues bien, en el mundo actual, más de mil millones de seres humanos, los pueblos musulmanes, ven en Bush, a la vez, la expresión de occidente y la expresión del cristianismo. Con ello, la misión, no como proselitismo, sino como diálogo, se hace muy difícil. ¿Quién les convence de que no hay que identificar las dos cosas si el imperio, Bush y su grupo, aparecen orando al Dios de Jesús y desoyen a los cristianos que se les oponen, incluido Juan Pablo II?

Monseñor, tú nos enseñaste a desenmascarar a los ídolos y les pusiste nombre: la absolutización del capital, de la doctrina de la seguridad nacional y también, aunque en sí fuesen buenas, de las organizaciones populares, cuando todo lo subordinaban a ellas. A estos ídolos hay que añadir hoy el del imperio, esa forma de generar víctimas, lenta o violentamente, por imposición irredenta. Conclusión. “Sólo Dios es Dios”, no lo es ni el César ni el imperio, como Jesús vino a decir a Pilatos. Equivocarse en eso, en forma creyente o secularizada, tiene gravísimas consecuencias, como lo vemos a diario en el mundo. Bien lo dijiste: “Ningún hombre se conoce mientras no se haya encontrado con Dios. Por eso tenemos tantos ególatras, tantos orgullosos, tantos hombres pagados de sí mismos, adoradores de los falsos dioses. No se han encontrado con el verdadero Dios y por eso no han encontrado su verdadera grandeza” (10 de febrero, 1980).

La campaña electoral. La campaña electoral ha mostrado que la política está por los suelos. Muchos gritos y agresiones al adversario, a veces hasta físicos, y pocos argumentos. Muchas promesas y pocos programas y medios de llevarlos a cabo. Entonces nos vienen a la mente unas palabras tuyas: “Oyendo ciertos discursos de estos días de carácter político, yo no encontraba ninguna idea constructiva… Ideas serenas para construir el bien del país” (13 enero, 1980).

Y nada digamos de pedir perdón por los errores en el pasado y de propósito de enmienda. Apelar a la austeridad, generosidad e incluso al sacrificio no se hace por no perder votos, pero sin ello no hay solución. Quizás en muchas de estas cosas no haya muchas diferencias entre los partidos, pero la derecha ha hecho un alarde de desvergüenza que pensábamos superada. No apela a la esperanza -la inmensa reserva de los pobres-, sino al miedo. Dicen: si gana la izquierda volverán los secuestros; los salvadoreños en Estados Unidos no podrán enviar remesas; la educación -así la presentan contradiciendo la realidad- será tan pobre como en Cuba. Del miedo y el terror que produjo su fundador y varios de sus predecesores nada dicen.

Y para un creyente da dolor cómo la derecha mete a Dios en su propaganda. Es hipócrita invocar a Dios como aval del éxito futuro. Es cínico que ese Dios no exija hacer examen de conciencia de quince años de gobierno tan favorable para las minorías en abundancia y tan perjudicial para las mayorías en penuria. Y es indignante -si ganan-, ofrecer a Dios como el gran tesoro para el país sin decir una palabra de cómo era Dios para Jesús. Y por supuesto, nada dicen de tantos salvadoreños y salvadoreñas, con Monseñor Romero a la cabeza, que se parecieron a Jesús en vida y murieron en cruz como Jesús a manos de ejércitos y escuadrones de la muerte. Nada dicen de ti, Monseñor. En público te silencian, y en privado te siguen teniendo un miedo patológico. Tu palabra les sigue sacudiendo. También les iluminaría, pero no se dejan sacudir ni iluminar. No les queda otra solución que autoengañarse y tergiversarte.

Hablan de Dios, y no les importa nada lo que dicen de él. Qué poco entienden lo que dijiste un 9 de septiembre de 1979: “Si es verdadera palabra de Dios lleva algo explosivo y no muchos la quieren llevar. Si fuera dinamita muerta, ya nadie tendría miedo”. Ni te escucharon ni te escuchan, y por eso hablan de Dios mal y sin pudor. Y ojalá todos tengamos esto en cuenta: los sacerdotes en nuestras homilías, los profesores de teología en nuestras clases, y ciertamente los candidatos en campaña. No se puede manosear a Dios ni quitarle fuerza y vigor. Cuando buscamos votos, dejemos a Dios en paz, y si en serio queremos hablar de él, sobre todo los políticos, anunciémosle como “un Dios de los pobres”. La contrapartida es que política es “servicio”, y en nuestro mundo tiene que ser servicio a los pobres”. La derecha no sabe nada de eso, en la izquierda puede haber algo más, pero en todos es difícil encontrar una vocación de servicio que supere el egoísmo personal y de partido.

Es sabido que la palabra “política”, puede ser usada en el sentido aristotélico de procurar el bien común en la vida pública, y puede ser usada en el sentido pos-maquiavélico de pugnar por el poder del Estado. En general, lo segundo prima sobre lo primero. Qué extemporáneas suenan hoy las palabras del papa Pío XI: “la política es la formas má elevada de la caridad”. Y qué chocantes son las palabras de los exegetas cuando dicen que la religión de Jesús estaba centrada en el reino de Dios y pretendía configurar la vida del pueblo; por eso era una religión política. Post- maquiavélicamente, se entiende. Y por cierto, buena falta le hace también a la Iglesia meterse en política en este sentido. “Si es cristiano no cambie por nada el proyecto del reino de Dios y trate de reflejarlo y ser sal de la tierra y luz del mundo… En las diversas coyunturas políticas lo que interesa es el pueblo pobre” (10 y 17 de febrero, 1980).

El 11-M y el 11-D. Al terminar esta carta ha ocurrido la barbarie de Madrid. Nos queda lejos, pero nos toca muy de cerca. 200 muertos, gente sencilla trabajadora, entre ellos 13 latinoamericanos que se ganaban la vida lejos de sus países. Como cuando lo de las torres de Nueva York, la solidaridad de la gente ha sido ejemplar con los muertos y heridos. En protesta, once millones de españoles se lanzaron a la calle en un espectáculo impresionante de repudio y de solidaridad. Después estalló el escándalo político: del atentado se responsabilizó un grupo islámico en venganza por el apoyo vergonzante del gobierno español a Bush en la guerra de Irak, aun cuando el 90 por ciento de los españoles estaban en contra de la guerra. El gobierno hizo lo posible por ocultarlo, y en otro acto memorable muchos españoles salieron a la calle para protestar por la mentira. El gobierno perdió las elecciones, y los españoles han escrito una bella página de solidaridad con los que sufren y de dignidad ante el poder.

Pero, aunque la urgencia de las cosas lo haga comprensible, todavía falta algo importante que ojalá se haga realidad, sobre todo a nivel europeo. En Europa, aunque sea desde la tragedia, dicen que ya están a la altura de Estados Unidos. Allí, hubo un 11-S, atentado en las torres de Nueva York, y ahora un 11-M, atentado en los trenes de Madrid. Ambas fechas han entrado en la historia universal, pero no así otras.

¿Qué pasa con el 11-S de Chile, con el asesinato de Allende y la masacre en el palacio de la Moneda, tras la cual estaba Estados Unidos? Y sobre todo ¿qué pasa con el 11-D? Ese día, el 11 de diciembre de 1981, alrededor de mil personas fueron asesinadas en El Mozote, divididas en tres grupos: los hombres fueron encerrados en la Iglesia, las mujeres en una casa, y los niños, unos 170, con una edad media de seis años, en otra casa cercana a la de las mujeres, de modo que éstas podían “escuchar” -algunos dicen “reconocer”- el llanto de su hijos cuando les daban muerte. Todas y todos fueron asesinados. Los asesinos eran miembros del batallón Atlacatl, entrenado por los norteamericanos, y el mismo que asesinó a los jesuitas, a Julia Elba y Celina, el 16 de noviembre de 1989. Pues bien, el mundo, tampoco el mundo occidental democrático, reaccionó. La embajada de Estados Unidos dijo no saber nada de muertos en El Mozote, y cuando los muertos fueron inocultables, dijo que se debió tratar de un enfrentamiento. No hubo reconocimiento de las víctimas y entierro digno, y por supuesto no hubo manifestaciones en contra del terrorismo del batallón Atlacatl, terrorismo de Estado, ni pudo haberlo.

La televisión -perdónesenos la ironía- no mostró nada. Y salir a la calle a protestar hubiese significado poner en juego la propia vida. Las cosas cambiaron, y años después, sí se ha reconocido la masacre y enterrado a los muertos. Los familiares los recuerdan -y celebran- todos los años. Y han hecho un sencillo monumento con estas palabras: “Ellos no han muerto. Están con nosotros, con ustedes y con la humanidad entera”. Fechado en El Mozote, 11 de diciembre, de 1991. Si alguno de los familiares y amigos de las víctimas del 11-M de Madrid lee estas páginas, comprenderá que con ellas nos hacemos muy solidarios de su dolor, porque en El Salvador lo hemos vivido en carne viva. Y les ofrecemos con mucha humildad consuelo, apoyo y también la esperanza del “ellos no han muerto”. Y les pedimos con todo respeto que unan su dolor al de todas las víctimas -más allá de las de Europa y las de Estados Unidos-, las víctimas de Colombia, de El Congo, de Bangladesh…Los políticos europeos hablan ahora de repensar la “seguridad europea”. Y es comprensible. (Ya dicen que la seguridad de los juegos olímpicos de Atenas estará en manos de la OTAN).

Pero Europa tiene otra tarea más importante y más decisiva, para ellos y para todos: repensarse no sólo desde su seguridad amenazada, sino desde la solidaridad con las víctimas de todo el mundo. Más que una Europa unida, proclive al eurocentrismo, es decir, al egoísmo, lo que se necesita es una internacional de todas las víctimas, con su dolor, y de todos los solidarios y solidarias, con su entrega. La internacional de todos los días 11- en cualquier parte del mundo, sobre todo en los lugares en que las víctimas -por hambre y por balas- se cuentan por millones.

De nuevo, mucho dolor, mucho respeto y mucho cariño a las víctimas de Madrid. No se trata de ir mas allá del 11-M, pues cada dolor es inintercambiable, pero sí se puede ubicarlo en el dolor más grande de la familia humana. Y también en su esperanza. Monseñor, todas estas cosas, políticas y humanas, ocurren en Cuaresma. Es tiempo de desierto, lugar de tentación y de reflexión. Y también lugar del encuentro silencioso con Dios. Ahí resuenan sus palabras: “partirás tu pan con el que tiene hambre”. Y hoy resuenan también tus palabras políticas: “Un cristiano que se solidariza con la parte opresora, no es verdadero cristiano” (16 de septiembre, 1979). “Lo que marca para nuestra Iglesia los límites de la dimensión política de la fe es precisamente el mundo de los pobres… Según les vaya a ellos, al pueblo pobre, la Iglesia irá apoyando desde su especificidad de Iglesia, uno u otro proyecto político, apoyar aquello que beneficie al pobre, así como también denunciar todo aquello que sea un mal para el pueblo” (17 de febrero, 1980).

Jon Sobrino, 24 de marzo de 2004.

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