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Archivo de la categoría: Violencia

Reacciones.

Una vez chateaba con un tipo. Todo en buena onda hasta que me pidió la dirección de mi lugar de trabajo para enviarme flores. Le dije que no, gracias, que la intención tras su gesto no era compartida por mi persona. Me respondió que era probablemente porque a mí me gustaban novios golpeadores.

¿Qué?

Todavía no sé cómo se responde a algo así. Seguro una de las primeras cosas que algunos piensan al leer el párrafo de arriba es “¿y qué estaba diciéndole ella para que él hiciera tal ofrecimiento?”. Yo sé, usted quiere justificar la acción en apariencia caballerosa del tipo, pero le ahorro el contorsionismo mental: injustificable racionalmente. El contexto de la conversación era aquella época lejana en que los blogs salvadoreños florecían, y muchos de quienes escribíamos en ellos buscábamos entablar conversaciones entre nosotros por otros medios (los tiempos de bonanza de MSN Messenger). Instinto gregario con mentes afines. Quizás el “no más” no aplicaba a todos, como el Casanova que quería mandar flores. Hasta la fecha guardo cherada de esos tiempos, hombres y mujeres, gente que sabe que las posibilidades de interacción con otra persona -aun siendo ambos heterosexuales y de distinto género- trascienden el amor romántico.

Publicidad engañosa: *sólo* tres cosas a hacer *con* una mujer. Usted no puede jugar Smash Bros. con ella, ni conversar sobre el cambio climático, ni compartir una pizza con ella. No tiene más uso que ser receptáculo de su dramático romanticismo, deal with it.

Esa interacción fue bastante benigna, dentro de todo, y con mi subsecuente alejamiento digital el tipo no insistió (no conmigo, al menos). Digo benigno aunque realmente quiero decir que hay cosas peores. Esto no pasó a más, quizás porque no respondí explícitamente a esa acusación de que me gustaba que mis parejas me golpearan (¿?). Parte de recibir este trato es que una no sabe cómo responder. O sí sabe, pero no reacciona; por la sorpresa o porque simplemente la experiencia aconseja no hacerlo: Mujer brutalmente atacada por decirle a hombre que dejara de manosearla. Hay otra noticia de unos hombres que atacaron a otro hombre que les dijo que dejaran en paz a unas mujeres; no hallo la noticia pero para que se vea con algo más de claridad de qué va este asunto.

Hay gente, como la Virginia (y usted ya habrá visto que en este blog se le tiene en alta estima), que sí se atreve a defenderse, a pesar del riesgo. Tampoco es que su defensa haga que estos cabrones se den cuenta de lo que significan sus acciones:

La víctima de mi hombro briggittebardotesco no tuvo suficiente con mis esquivas ni sus roces, sino que, a altura de Metrosur, decidió abrir su pantalón y empezar a masturbarse sin más. Lo próximo que supe fue que mi puño se encontró con su nariz y que, tras el crack respectivo, el maje huyó diciendo “agradecida deberías de estar, puta”. Yo temblaba de la cólera. Nadie en la 44 llena a reventar dijo ni mu.

[...]

Volteo para reclamar y el maitro encuentra mi mirada mientras estruja mis nalgas y se humedece los labios con la lengua. Mi mano derecha, en donde ya llevo las llaves de mi casa, no puede evitar precipitarse a la mejilla del señor y enterrar la llave del portón tan hondo que lo hace sangrar. Mi culo pierde su encandilante magnetismo de repente y el señor empieza a decirme zorra de mierda. El microbús para. Yo escupo en la cara del sesentón. El motorista entiende qué ha ocurrido y arranca antes de que el señor pueda perseguirme.

Esto es atroz. Anita Sarkeesian es una vlogera que analiza el trato que los medios de comunicación y la industria de los videojuegos hacia las mujeres (aquí, recomiéndola; dice muy bien que uno puede muy bien consumir media sin dejar de ser crítico de sus contenidos). Su último video, sobre el uso de la violencia sexualizada hacia las mujeres a modo de decoración, hizo que la amenazar con violarla y asesinarla (link en inglés, link en español) al punto de hacer pública la  dirección de su casa y de sus padres. La ola de amenazas y acoso sexualmente explícito que recibe es impresionante, y más impresionante es que lo soporta.

“Como si no fueran suyas, las manos de Javier se aferran al cuello de Sandra”. ¿Cómo que como si no fueran suyas? ¡Sí son suyas! ¡Carajo! “se comporta como si otra persona tomara posesión de él” y entonces ahorca a Sandra. ¡La ahorca! Y entonces ¡se asusta! ¡pobrecito!

Y decide  d e s  c u a r t i z a r l a.

Aparentemente debemos empatizar con el pobre Javier porque los charcos de sangre lo hacen vomitar y tiene asco de la mujer que acaba de matar. En la misma línea de pensamiento, la bota a la basura.

Después el periodista nos explica que Sandra vivía en un barrio de mierda y ella era una jovencita temeraria que “salía todos los días”. (A todas les pasa por putas).

[...]

No estoy “hilando fino”. Los juicios contra la mujer, todas las disculpas del crimen, como si ella le hubiera jodido la vida por “provocarlo” (es la palabra que usa el autor) a matarla, son permanentes. Sin lugar a dudas, todo el texto es una apología al feminicidio. Es lo de siempre, echarle la culpa a la víctima, justificar al asesino. Decir que fue un “crimen pasional”. Otro lugar común es tratar de disculpar al criminal diciendo que es un loco, un esquizofrénico, que fue la enfermedad. Pues no todos los locos y todos los esquizofrénicos van por ahí matando mujeres, y aún si lo hicieran, la enfermedad no justifica de ninguna manera un asesinato. Los hombres que matan a las mujeres no son desviados ni anormales, la escalofriante verdad es que el feminicidio es de lo más normal.

El joven que descuartizó a su novia (y tocaba el piano)

Es importante saber usar el lenguaje, y eso pasa por cuestionar cómo pensamos. Lea los eufemismos que perpetúan el abuso: Una mujer no muere “por culpa de un mensaje de Whatsapp” o “por celos”; una mujer no sufre violación “por una minifalda”:

¿El título? “El trágico amor de un cuarentón por una niña de 13 años”. ¿La realidad? Un pedófilo de 40 años asesinó a una niña en un pueblo español. ¿Estamos realmente hablando de un “trágico amor” o estamos hablando de una historia de abuso sostenido, terminado en crimen? ¿Es responsable dar cuenta de esta manera de un crimen de tales características contra una menor de edad?

Si España queda muy lejos, aquí hay una noticia made in El Salvador:

Eduardo Amilcar Larín, de 53 años, quien es acusado de haber asesinado a su compañera de vida de 19 años y lesionar a la hermana de ella, se preparaba para escapar a Guatemala con la intención de viajar de forma ilegal a Estados Unidos [...]

“Por la diferencia de edad, creemos que maltrataba constantemente a su compañera de vida porque ella tenía 19 años, era cuestión de inseguridad, de celos, fue hasta así que esta situación llego hasta el punto de que él le quitó la vida a su compañera de vida”, dijo Marroquín.

“Eran problemas de familia (celos), me humilló, arrastró mi dignidad por el suelo, me hizo pedazos, me toco mi ego como hombre”, dijo Larín mientras era presentado en la Policía. Agregó que “no sé lo que pensaba, estaba loco y le pido perdón a la familia, ella también me golpeaba, si vieran mi frente, ella me golpeó, nos íbamos a ir a Estados Unidos y ella ya no se quiso ir”.

Por cierto, este día dejaron libres a los acusados del crimen de Katya Miranda, que involucró a su padre y a su abuelo. Katya Miranda, a sus nueve años, fue raptada de un rancho en la playa donde dormía entre miembros de su familia, y fue violada y asesinada cerca de ese mismo lugar.

 

Magda.

Encontramos a la perrita en la acera, agonizando. Temblaba. Cuando me acurruqué a su lado, gimió y me empujó hacia atrás con sus patas delanteras, rígidas como varas de acero. El señor del kiosco a unos metros se acercó y contó que un tipo se había echado el semáforo en rojo a excesiva velocidad y le había pasado el carro encima a la perra. Que llamó a la municipalidad pero los que llegaron sólo vieron la escena, se rieron y se fueron. Dos caballeros que trabajaban en la oficina sobre el terreno en que estábamos también se acercaron, dijeron que llamaron a la municipalidad pero que no había venido nadie. Qué lástima, pobrecita.

Claro que siento cierta vergüenza, bajo la lluvia y sobre el lodo, sosteniendo la cabeza de una perra de la calle atropellada porque no quiero que estire la pata sin un mínimo de amabilidad. Sé que lo que estoy haciendo es lo correcto, pero hay mucha gente que pasa y ve la escena y que por qué ayudar a un animal y no a la gente (hasta donde yo supe, no había ninguna persona atropellada en los alrededores) y me ahuevo. Hasta que al fin una de esas personas resulta ser una samaritana -hay un samaritano en todos lados, dice mi señor padre- y ofrece su carro para llevarla, para llevarnos a una veterinaria. Brotip: hay que enrollarle el hocico a la perrita con hojas secas de la palmera bajo la que estamos, por si intenta morder. Se deja tomar sin un reparo. La levantamos con la ayuda de unas sábanas que nos pasa la señora. El señor Sepúlveda, siempre listo en todo momento aciago, la toma en brazos y nos subimos al carro. Aciago algo.

Las patas delanteras rígidas y las traseras flácidas son mal signo, dice la veterinaria. Hasta para el ojo más novato la columna vertebral que aparece en los rayos X es un aparatoso choque de trenes. La perra estaba consciente, originalmente condenada a agonizar a la intemperie por días (como es la costumbre en ciudades como esta) hasta que muriera de hambre o sed, o hasta que llegaran los de la municipalidad en uno o dos días más y se la llevaran al canil o la tiraran al camión de la basura. Había gente preocupada por ella, contábamos, pero no tan preocupada. Preocuparse tanto a veces cuesta dinero.

Lo único que pudimos ofrecerle a la perrita fue una muerte compasiva. Pero antes le pusimos Magda, porque evocaba a la Marla Teodora, mi gata. Y un mi sobrinito cree que la Marla se llama Magda.

Al volver de la clínica, evitando quedarme para la eutanasia, me encontré con la pequeña debacle que Roberto Valencia registra en su entrada Animalistos. Y pienso, puta, qué desgracia esta gente. Vamos por partes. Sí me da hueva ese tipo de comentarios, y sí me lo tomo personal. Por un lado, habitualmente no es muy provechoso utilizar la causa de otro grupo como trampolín para atraer atención a la causa propia, mostrando una como menos y otra como más. Por otro, habrá gente que dé con mis entradas sobre la fauna callejera y venga a decirme lo mismo, bajo la concepción errada de que todo lo que muestro aquí es todo lo que hago en la vida.

No me considero animalista por recoger/esterilizar/dar en adopción perros y gatos (ojalá un cerdo, algún un día; envase aparte, son como chuchos). Evitarle agonía a esta perra fue simplemente ser pinche decente. La semana pasada fue la perrita, hace un par de semanas fue tomarle la mano a la señorita que venía a la par mía en el avión porque le aterraba volar, y jugar con su bebé para distraerlas a las dos (la mamá no quería transmitirle su miedo a su hija, su inconsciente colectivo andaba en algo con el aprendizaje vicario). No es como decir, “puta, la Ligia disminuyó la cifra de muertos diarios en El Salvador” pero se evita/disminuye sufrimiento y se mejora las condiciones de vida cuando se puede. Desde la profesión, creo yo, puedo hacer esas cosas con efectos más sostenidos en el tiempo, y ahí sí hasta le manejaría lo que es la disminución de la cifra diaria de muertos, que tampoco es cosa sencilla ni inmediata, ni siquiera es una respuesta.

Yo podría decir que unos jóvenes pedían ayer $ para la Cruz Roja en el país donde asesinan en la indiferencia a 12 personas al día. Uno puede hacer muchas cosas en el país donde asesinan en la indiferencia a 12 personas al día, y siempre puede sentirse culpable por ello, pero en muchos casos, sería peor dejar de hacer esas cosas. Lo que sí podría hacerse para incidir en el número de asesinatos y sus raíces todavía no está en el repertorio de esta sociedad maldita, y la indiferencia a la que se refiere Roberto Valencia ya sabemos más o menos por qué es. Hartazgo, miedo…

Todo eso es mi primer pensamiento al terminar de leer el tuit, la velocidad de las neuronas es una cosa maravillosa. A continuación pienso, bueno, igual es comprensible esa manera de pensar, en general, amén de ser consistente con la línea del autor, ese es su campo de trabajo y está comprometido con el tema, no es cualquier cincueyuca. Y luego leí algunas de las reacciones. Santo Padre…

Explicame por qué insultás, vieja. ¿Creés que eso te deja bien parado, que mejora en algo la situación? ¿Creés que deja bien parado al movimiento que representás? “Aquel que se asume como parte de [una minoría] es, lo quiera o no, un portavoz y representante visible de aquellos como él, ocultos o no“. ¿Creés que con tu reacción es creíble que la gente que ayuda a los animales es buena persona? No me ayudés, compadre.

En fin. Descansá en paz, Magda, y ojalá no volvás a este mundo insufrible.

 

Pase a lo barrido.

Jaludos desde Jansalvador, un horno encendido donde las especies invasoras le amenizan toda clase de eventos.

¡Buenas! ¿Tiene de queso con loroco?

No llevaba mucho en esta tierra desgraciada (y eso lo digo con dolor) cuando una maitra rayó el carro que me habían prestado. Es una minucia, en el gran esquema del universo. Lo importante fue su actitud, que me hizo sentirme en mi país: con una mezcla de temor y prepotencia, rezongaba que su carro había resultado golpeado y que iba tarde al trabajo. Mi carro estaba parqueado.

Pude haberle exigido lo que me correspondía, pero el rayón no era gran cosa, la maitra no iba a asumir su responsabilidad (a la Wil “él me golpeó mi puño con su cara” Salgado) y dijo que estaba esperando a alguien para resolver el asunto; huevos. Pero como me vio conciliadora, supongo, empezó a echarle la culpa a la señora del hotel, su vecina. La señora del hotel insistió que le cobráramos el daño y que era porque esa gente tenía garage y no lo usaba. Que se arreglen entre ellas. Cuando me metí al carro, habiendo dejado atrás el asunto, me di cuenta de que alguien había tratado de desmontar el área de la radio.

“A su derecha, un mural de la MS”. A mi izquierda, un perro de la calle, muy enfermo y con el pelaje -lo que queda de él- de su espalda pintado de verde…Yísuscraist. Diocuarde con la Evangelina Pilar de Sol escupiendo odio como espuma por la boca. Dos tipos en la cama de un pick-up tirándole besos y riéndose (esa risa de mierda que acompaña el acoso) de la conductora atrás de ellos. Las calles con menos árboles y más portones; el privilegio de darse paja, la ilusión de seguridad por medio del encierro. La gente cordial y agresiva, ambas en exceso, según el contexto. Soyabronx, Apopa y el Playón.

Osamentas, sí, pero también recurso acuífero importante.

Soy medio extranjera en todos lados y uno de los dos personajes de El Asco. Había perdido la costumbre de ser paranoica y no sé si eso es bueno o malo, pero péreme que ahorita ya me acostumbré trangüelta. Aun si nunca me hubiera ido, no tengo ni voy a tener un ápice de paciencia con los conductores (SALVADOREÑOS: APRENDAN A USAR LOS REDONDELES) y con la gente que cree que “matar a los que matan hará que otros que mataban ya no maten“:

Disculpen, yo sé que canso con este tema, pero me resisto a creer que este país que hace poco se regocijaba con el videíto de que El Salvador “solo tiene habitantes de buen corazón”, donde los ciudadanos honrados ponen calcomanías del rosario o de Toby en sus vehículos, valore una y otra vez soluciones como la pena de muerte para frenar la violencia.

Proponer la pena de muerte es más fácil, y hasta electoralmente beneficioso, que intentar mejorar el vergonzoso sistema carcelario salvadoreño, su hacinamiento y su incapacidad para rehabilitar. Más fácil que intentar aplacar la marginalidad de los que viven fuera de los muros con razor. Mucho más, si cabe, que intentar que los buenos, los que somos más, los honrados, cumplamos las leyes establecidas.

Mis compatriotas, mis hermanos. Etc.

 

Llueven bombas.

Años atrás me encajaron la tarea de diseñar algunos materiales para una campaña. No sé nada de diseños ni campañas pero no había nadie más que se encargara. Trabajaba entonces en una ONG de personas con discapacidad, que comenzó su labor con personas que habían sufrido amputaciones durante la guerra civil. Mi jefe era civil y perdió las piernas por una mina; el personal de campo había sido del ejército o de la guerrilla (incluyendo un niño soldado), todos habían perdido por lo menos una extremidad, y ahora trabajaban en equipo tratando de responder a esta población -a la que ellos pertenecían- que fue rápidamente olvidada cuando se firmaron los acuerdos de paz.

Yo apenas recuerdo la guerra, lo que alcancé a vivir, y tenía mis extremidades intactas. Aunque apenas era secretaria, aprendí una barbaridad de cosas en ese entorno. Conocí historias donde invariablemente uno terminaba con lágrimas en los ojos, de alegría o de tristeza. Aprendí más de la historia del país (en cosas tan curiosas como una prótesis de pierna hecha con la pata de una cama, porque las prótesis “verdaderas” son caras), de conflictos armados alrededor del mundo, de tratados y convenciones, de sobrevivencia y resilencia, y de acción colectiva.

La campaña, como parte de un movimiento internacional, era para exigirle a la Asamblea Legislativa que ratificara la Convención contra las bombas en racimo (véase bombas de racimo o cluster bombs, aunque después de discutirlo para la campaña acordamos que debía ser “en”). Nunca se han usado en El Salvador pero uno, por si acaso, y dos, en solidaridad. Mientras más leía y buscaba imágenes para preparar los trípticos, más aprendía la verdadera definición de la palabra horror. Las bombas en racimo son una enorme bomba que lleva miles, miles de pequeñas bombas de distinto tipo adentro, para causar más daño en un perímetro muchísimo más amplio. Cuando la bomba cae y se abre en el aire, los artefactos son una lluvia infernal pero puede que no todas detonen al caer; pueden incrustarse en la tierra y estallar cuando alguien se pare en ellas. Esa lógica no es para atacar milicias sino civiles.

Pensé en todo esto cuando leí que están tirando bombas en racimo sobre Gaza. Justamente hace poco me encontré con una copia de Psicología Social de la Guerra, de Ignacio Martín-Baró, en una oficina…en el sur de Chile, mire, ve. Es un libro de la década de 1980 y ya había un estudio sobre la situación de Palestina, era sobre madres e hijos. En este libro de psicología social aplicada también hablan de intervenciones realizadas para disminuir el conflicto pero claramente no han funcionado a nivel macro. Brotip, pero si no sabía y pa’que sepa, la destrucción de Palestina lleva ya un buen rato. Parecerá “tema de moda” pero ya depende de cada quien informarse y tomarle la seriedad debida al asunto.

Hay gente que dice que con compartir imágenes y posts en Facebook y Twitter sobre el genocidio en Gaza no se hace nada, no cambia nada. Eso puede que sea cierto (y puede aprender de mi sobrino y unirse a alguna acción colectiva), pero también decir tal cosa sugiere que lo mejor es callarse, y no, no lo es. Aquella camisa y yo nos encontramos de nuevo:

(La imagen de la camisa no la hice yo)

 

En el diccionario, “masacre” es definida como la “matanza de personas, por lo general indefensas, producida por ataque armado o causa parecida”. No tiene nada que ver, pues, con la andanada de goles en contra que recibió la selección brasileña de fútbol y que sepultó su aspiración de convertirse —por sexta ocasión— en campeona mundial de la disciplina deportiva que, hoy por hoy, es uno de los negocios más lucrativos del planeta. Nada que ver, pero fue noticia de primer orden y comentario obligado en cualquier sitio. Los siete tantos que recibió el equipo carioca el pasado martes 8 de julio le sacaron torrentes de lágrimas a mucha gente. Pero hay que insistir: lo ocurrido no fue una masacre. Fue cualquier cosa, menos eso. Si se va a hablar de masacre en términos precisos, hay que referirse a lo que comenzó durante la madrugada de ese mismo día en territorio palestino y que —a esta fecha— continúa produciendo muerte, terror y repudio.

Masacre

¿Sabe qué más se puede hacer? Llamar las cosas por su nombre, e.g. usar la palabra violación sólo cuando esté hablando de violación. Yo estoy a favor de que la gente viva y goce el fútbol pero hay una manga de desubicados a los que hay que sentarlos, leerles los episodios más dantescos de El Efecto Lucifer y los más abrumadores de Trauma y Recuperación, y después mostrarles Anticristo y Las tortugas también vuelan. Bien se puede hacer un pre y post-test, para medir si la exposición vicaria a la barbarie, the real barbarie, les re-acomoda la mollera. Bien que les hace falta.

 

La importancia de tener vergüenza…cuando se tiene privilegios.

Feminismo, maternidad y justicia 
Julia Evelyn Martínez (haga click en el título para ir al texto completo)

Escribo esta columna desde la tristeza y desde el dolor causado por trágica muerte de mi hijo Héctor hace menos de una semana. Un hijo a quien amé más allá de lo que nunca imaginé posible, es decir, como solo puede hacerse desde el amor maternal.

Desde este dolor que me desgarra y desde esta tristeza infinita que me acompañará el resto de mi vida, he leído el infame artículo “¡Mentirosas feministas!” (EDH 08.07.2014), en el cual la columnista Evangelina del Pilar de Sol vomita todo su odio, su egoísmo y su fanatismo en contra de mis hermanas feministas, y en contra de su valiente lucha por la liberación de 17 mujeres salvadoreñas encarceladas injustamente por haber perdido a sus hijos durante partos precipitados y/o como producto de alumbramientos ocurridos en condiciones de riesgo extremo.

Desde mi condición de madre y de feminista, no puedo menos que indignarme frente a tal despliegue de hipocresía y de falta de misericordia. ¿Cómo es posible que una mujer como la columnista Evangelina de Sol, que ha sido madre en condiciones económicas y sociales privilegiadas, se atreva a tirar la primera piedra contra mujeres menos privilegiadas que, en medio de la pobreza y de la exclusión social, han tenido partos extra-hospitalarios que han provocado la muerte accidental de sus hijos o hijas? ¿Cómo es posible que una mujer que alardea de ser cristiana, y que seguramente cada domingo se da golpes de pecho por el perdón de los pecados del mundo, se atreva a divulgar públicamente los nombres de las mujeres en proceso de indulto,  para exponerlas así al escarnio público y/o a poner en peligro sus vidas?. ¿Es este el humanismo y la moral que predican las mujeres de la Fundación Sí a la Vida, del Opus Dei y agrupaciones afines? ¿Es qué no habrá en sus corazones y en sus conciencias capacidad de amar a estas 17 mujeres encarceladas y ver en ellas el “rostro sufriente del siervo deYahvé”?

[...]

Conocer a mujeres como Mirna y las circunstancias económicas, sociales y emocionales en que dan a luz, nos revela que son simplemente mujeres pobres que no tuvieron la suerte de ser atendidas en sus embarazos y partos con la calidez y la calidad con la que seguramente fueron atendidas en sus partos la señora Evangelina de Sol, sus hijas, nueras, sobrinas y/o nietas. Nadie tiene derecho a señalarlas ni condenarlas por sus “malos partos”, pero todos y todas sí tenemos la obligación de sentir empatía y misericordia por ellas, o al menos de sentir vergüenza por vivir en una sociedad que trata de forma tan cruel a las mujeres pobres.

Siga la causa de Las 17 en Facebook y en Twitter.

 

La importancia de tener vergüenza.

En psicología social/política hay una serie de estudios que van por está línea: Nuestra culpa: collective guilt and shame as predictors of reparation for historical wrongdoing. Justicia, reparación social, perdón colectivo…y la importancia de sentir culpa y vergüenza por el daño causado como base de los tres elementos anteriores.

Esa culpa y vergüenza es una utopía en el país. Es pedirle demasiado a un país sin autoconciencia, sin autocontrol, con el descaro de echarle el muerto y de literalmente matar gente por causa de “las circunstancias”.

Llámese el congreso estadounidense, los terroristas, la Unión Soviética, las maras o los veinte años de ARENA, tal parece que nada de lo que ocurre en El Salvador es culpa de quienes están en el gobierno y la sociedad que los elige, sino de alguien más. Pobrecitos nosotros.

Los veinte años de ARENA y el mito de la nación victimizada

Recordé esta noticia de hace algunos años sobre cómo absolvieron a un hombre que había confesado el asesinato de su esposa. Y otra más reciente en la que quedó libre un tipejo que manejaba en estado de ebriedad y mató a tres personas:

Parece broma, pero así se explica que la violencia no se detenga en El Salvador, porque el sistema de justicia favorece a los asesinos. El juzgado sexto de instrucción lo exonera de todo cargo, no obstante los tres muertos con que carga este sujeto. Y por si fuera poco, también Estados Unidos reclama su captura por delitos cometidos en ese país.

Y así todos se van saliendo con la suya, desde ocupar los parqueos para personas con discapacidad hasta madrugarse millones y millones dólares. Los sinvergüenza.

***
Encontré este artículo con declaraciones del fiscal que llevaba el asesinato de Andrés Escobar, futbolista colombiano que hizo autogol en un Mundial. Él dice: “En 24 horas se supo todo, se resolvió todo y se capturaron las personas. Ese día aprendí el poder de un Estado: si tiene voluntad y decisión es posible descubrir hasta el más planeado de los crímenes“. Ya lo sospechábamos.

 

 

Look what the homosexuals have done to me.

Hace algunos años, era sábado y un semáforo se puso en rojo, justo cuando yo iba a pasar. Frené y en ese segundo cerraron la calle frente a mí. Quedé en primera fila para ver la razón del cierre: la marcha por la diversidad, el PrideSV, aunque en ese tiempo no creo que se llamara así. Quise dejar el carro ahí nomás y unírmeles. Primero, porque la comunidad LGBTI era toda alegría en ese momento, y segundo, porque usualmente eso no es así.

Hoy es el 45° aniversario de los Disturbios de Stonewall, que dieron vida al movimiento por los derechos de las personas LGBTI (y puede que vea este acrónimo con variaciones en otros lados). Siendo uno más o menos cisgénero podrá creer que estas cosas no le incumben, pero sí. Resultaría una tarea interminable el sólo listar la cantidad de crímenes, aberraciones y torturas que se infligen a personas con la excusa de que su identidad “no es la correcta”, o porque no debería sentir atracción afectivo-sexual por determinadas personas; o, simplemente, porque hay una sola manera de ser persona y quien no se apegue a eso debe ser castigada.

Estoy impresionado sobre todo por el hecho de que usted no menciona [el término homosexual] en su información sobre él. ¿Puedo preguntarle por qué lo evita? La homosexualidad ciertamente no es una ventaja, pero no es nada de qué avergonzarse, no es un vicio, no es degradación; no puede ser clasificada como enfermedad; la consideramos una variación de la función sexual, producida por cierto freno en el desarrollo sexual. Muchos individuos altamente respetables de tiempos antiguos y modernos han sido homosexuales, incluyendo muchos de los hombres más grandes (Platón, Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci, etc.). Es una tremenda injusticia el perseguir la homosexualidad como un crimen. Y una crueldad también.

Carta de Freud a la madre de un joven homosexual

Buena onda el Froid (pero no le haga caso en lo del freno, como no le haga caso a eso de que el clítoris es un pene atrofiado. De hecho, todo pene fue primero un clítoris).

En fin. No me baje del carro, pero me sentí emocionada de estar en primera fila. Será una marcha del orgullo pero también es de valentía, sobre todo en un país plagado de Evangelinas Pilar de Sol, que vienen en muchas presentaciones pero que al final son un caldo de cultivo para crímenes de odio, para cometerlos y/o justificarlos.

Mientras se me hacía un nudo en la garganta viendo tanto color y guapura, pasó frente a mí una cara conocida: ella había sido mi instructora en la carrera. No era sorprendente porque la conocía a ella y a su novia de entonces, pero fue maravilloso verla pasar con alitas en la espalda. Ella no me vio y no le pité para saludarla porque ya había gente atrás pitando, pero en tono de queja, cómo los maricas y marimachas van a cerrar las calles. Nomás celebré en silencio. Que creo que es exactamente lo contrario de lo que hay que hacer este día pero dado el contexto, no quería confundirme con la chusma heteronormativa.

El enojo [de la comunidad LGBTI] es válido: es la reacción inmediatamente posterior al despertar de la propia condición de exclusión social. Lo tuvieron Magneto y Beast, los primeros activistas de la comunidad LGBTI local y quienes desde sus ámbitos hacen lo que pueden por garantizar que las personas no heterosexuales  también gocen de derechos civiles y políticos. Debería ser, eso sí, un estadio que guíe a otros que requieran la astucia suficiente para influir en la opinión pública y los espacios de incidencia política. Mi yo de 13 años no tendría problema en responder a la imperante homofobia de la Iglesia Católica con alguna imagen profana, pero mi yo actual debe morderse la lengua y notar que los Hank McCoy del activismo LGBTI han llegado mucho más lejos mediante el trabajo político.

La responsabilidad del diferente: el caso de Hank McCoy (Vaya a leer a la Virginia, que es la cumbia. Y la cumbiarengue)

Y desde entonces estoy pendiente de las marchas por la diversidad; me falta ir a una, pero la conmemoración/celebración se comparte, se admira y se agradece. Recuerda que el mundo puede ser más libre y más alegre sin tener que pasarle por encima a nadie, y que construir ese mundo está en nuestras manos.

“Mirá, Michael, mirá lo que me han hecho los homosexuales. Todo lo que hacen es tan dramático y extravagante. Me hace querer prenderme fuego”.

***
Relacionado, traído a usted desde Psicoloquio (patrocinio La Vaquita):
El mito de lo masculino-femenino en una relación homosexual.
El aberrante mundo de la conversión “de gay a heterosexual”.

El modelo Merseyside: el asesinato de trabajadoras sexuales es un crimen de odio.

 
 
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