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Archivo de la categoría: Psicología

Se buscan aliados.

Niño - sin discernimiento

Hace un par de años, una persona y yo nos íbamos de la universidad y un amigo en común nos pidió jalón. Le dijimos que sí. Cuando llegamos al carro y yo abrí la puerta del conductor, dijo que mejor no, con una sonrisa burlona. No pensé en decirle que si el problema era que condujera una mujer, podía irse en bus, conducidos por hombres, excelentes conductores preocupados por la seguridad del pasajero.Por ese tiempo entraba en el mundo de la psicología social y el prejuicio. El juicio previo. Este tipo en su vida había andado en carro conmigo, pero soy mujer, de seguro era un desastre al volante. Al final se fue con nosotros y no volvió a mencionar el tema, tal vez porque no había nada de reprochable en mis malditas habilidades visomotoras.

Con los años recuerdo este insignificante episodio. Sólo puedo pensar en que se sintió feo y en que fue un juicio injusto. Nada único, nada anormal, pero no por eso tolerable. Pero también, con los años, me acuerdo de algo más: la otra persona, la que iba conmigo antes de que se nos apareciera este tipo. Era un hombre. Era mi pareja en ese tiempo. Él era, en realidad, una razón de peso por la que yo estaba tras el volante. Me insistió en que yo debía manejar en pos de mi independencia y sí, tenía razón, y le hice caso. De los dos, era yo quien tenía carro, quien pasaba por él y lo llevaba de vuelta a casa, quien nos llevaba a los lugares donde teníamos que ir (no eran muchos, lo que significaría mi fin años más tarde). No me molestaba hacerlo, excepto por flojera ocasional, y él era un buen tipo, un buen copiloto en más de un sentido. Pero quiero decir, él sabía cómo manejaba yo. Nunca me señaló alguna falla porque no solía cometerlas; conductora a la defensiva que mide a cabalidad la presión del clutch, estandarte del parqueo en reversa. Él sabía que yo no manejaba mal y que cualquier prejuicio al respecto era nada más que eso, un juicio previo a la experiencia.

Y hoy pienso: pero él no dijo nada.

Es algo muy pequeño; es un segundo entre la sonrisa burlona del tipo y entre que entramos al carro y seguimos con nuestras vidas. Lo es. Pero no es irrelevante, no después de saber lo que a estas alturas sé. Estos días me he visto en la obligación de pasar frente a trabajadores que tiran besos que entran en mi oído como una lengua. Antes he pensado qué voy a decir porque alguien tiene que decir algo. Por supuesto que van a andar por la vida sabroseando féminas si no hay consecuencias desagradables por ello. Y mejor si les digo algo ocurrente, algo sarcástico. Pero paso y me hago la maje, primero porque son varios, segundo porque no hay nada peor que el ego herido de un macho y tercero…

…No sé qué tan en serio se tomarían a alguien que de entrada no respetan. Podrían reírse, podrían insultarme. Y ya. Cuando el tipo dijo que era mejor no subirse, no sé qué tanto hubiese valido que yo le dijera que manejo bien. Para su estado mental preexistente (considere que estamos hablando del caballero de los comentarios de arriba; yo también me alegro de que no tendrá una niña), la opinión de mí misma no tendría tanta credibilidad. Tal vez tampoco hubiera cambiado mucho que mi entonces pareja le llevara la contraria, el tipo podría tener varias justificaciones relativas a nuestro vínculo para tampoco creerle.

Aun así, creo que hubiera sido importante que otro hombre hablara. “Género” no es sinónimo de mujeres ni el sexismo es problema de mujeres. La violación no es problema de mujeres; se insiste en mostrarlo así porque suelen ser las víctimas y se le echa el muerto de ser quien provoca, pero para que exista tal cosa debe haber un perpetrador que tome la decisión de actuar así, y éste suele ser hombre y volverse invisible. Algunos hombres escuchan a quienes creen sus únicos pares: otros hombres. En su oficina, mi hermano tenía pósters de Men Can Stop Rape y leer algo así me modificó la perspectiva del mundo en un instante (y es muestra de los hombres con los que afortunadamente cuento en mi vida).No necesito príncipes azules que me rescaten de malos ratos, necesito aliados que levanten la voz conmigo y digan que estos malos ratos, y cosas peores, no por habituales son aceptables.

Creo que él lo explica mucho mejor:

 

La palabra que buscaba mientras le pedía al perico que se bajara del muro.

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Me resultaba chocante llamarme su dueña. Podía decir que la Rana era mi perra pero no que yo era su dueña; a la inversa yo era su humana. No la consideraba ni mi hija ni mi mascota. Siempre la llamaba mi socia, porque lo era, en las buenas y en las malas, pero debía haber otra palabra que describiera mejor nuestra relación ante mis congéneres, quisquillosos como son con los lazos inter-especie.

Hace muchos años hubo mucho entusiasmo en San Francisco cuando algunos ciudadanos bien intencionados declararon que no eran “dueños” de sus mascotas sino “guardianes”. Muchas personas pensaron que esto era absurdo. Sin embargo, ahora que he tenido el placer de ser el guardián de Kramer desde mi cumpleaños hace siete años, lo entiendo totalmente. Nunca me he considerado su dueño. Mi rol es criarlo, protegerlo y darle un hogar. Lo que recibo a cambio es su amor, su exuberancia y afecto, todo lo cual me provee una felicidad inconmensurable.

El regalo de un perro es una revelación.

No es hippismo. El lenguaje influye en la cognición y viceversa. Basta con comparar el constructo “comprar” con el de “adoptar”. O imaginarse que dijéramos no que el futuro está hacia adelante, sino que está hacia atrás, como los Aymara. Pa’ que vea. Como piensa, habla; como habla, piensa.

Hablando de revelaciones, uno de los errores más grandes que he cometido en mi vida ha sido tener aves enjauladas. Si uno hace un verdadero esfuerzo con la mollera notará que la jaula es un instrumento insidioso de tortura. Por otro lado, eso me obligó por un tiempo a hacer malabares entre la Rana, dos gatos y dos pericos que vivían fuera de su jaula. Pero la amenaza de entre esos cinco era uno de los pericos porque mordía. Tenía un pico de acero y desconocía el miedo a los felinos; con la Rana tenían una relación simbiótica gracias a las tortillas. Era ese perico, también, el que ocasionalmente se subía al muro donde nadie podía alcanzarlo o había que perseguirlo por la calle.

Muro (1)

Pero yo prefería ese show ocasional a condenarlo al encierro, y me resigné a que él y yo viviríamos en el limbo de que no merecía vivir en confinamiento pero tampoco era capaz de valerse por sí solo. Y si lo hubiera dejado ir, alguien más lo hubiera bajado de una pedrada. Maldigo al salvadoreño promedio y su mal encauzado apego con los pericos.

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Este no era tan autosuficiente como el otro, así que se fue a un entorno tan libre de jaulas como de gatos. El buen Víctor le dio un hogar y headbangearon juntos forever.

Fui un poco irresponsable con la Rana pero por ignorancia. Si hubiese sabido de la esterilización nos hubiésemos evitado tumores. Aun así, tuvo muchas alegrías en la vida y me enseñó a ser más responsable al hacerme cargo de los animales. Antes de ella tuve tortugas, un par de cuyos que creo que se escaparon por un tragante, peces varios (destaca Freud, un combatiente de Siam que compré porque me pareció una crueldad que lo tuvieran en un vaso de plástico en la tienda de mascotas; pero como él, miles), y algunos pericos (entre ellos unos del Blvd. de Los Héroes, comprados por lástima y rabia, y que murieron en mis manos al día siguiente). Después de la Rana aprendí el lenguaje de la adopción y tenencia responsable junto a la Pichu Feliciana, quien más adelante descubriría su vocación de chuchuefinca. Y después están mis gatos burgueses, uno de los cuales vive en mí en calidad de duelo irresuelto por cómo fue desapareciendo de mi vida. A veces sueño con que la encuentro y le pido perdón y le digo que puede volver a casa.

Hoy que soy jefa de hogar (LOL, de verdad) entiendo todavía mejor lo de ser guardiana. Sobre todo con gatos, que mucha gente califica de ingratos. No lo son, no siempre; son una caja de sorpresas enejesentido. Y en fin, cuidarlos no me hace su dueña. Pasa que uno les da mucho y recibe mucho, es una transacción social de cuidados y afectos con la ventaja adicional de que no hay que buscarles colegio ni inculcarles valores. Estos gatos son mis roommates. La Marla Teodora se para en dos patas cuando le digo “¡dame un abrazo!” (Conductismo FOR THE FUCKING WIN), y a cambio, le tengo que preparar su café. 

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Relacionado:
Un perro leal trata de salvar a su compañero de años.
Síndrome de disfunción cognitiva en perros (brotip: hay funciones cognitivas compartidas por muchos animales, incluyéndole a usted).
Perros (Canis familiaris) evalúan a los humanos únicamente sobre la base de experiencias directas (“La formación de la reputación es un componente clave en las interacciones sociales de muchas especies animales”).

 

Imponer y culpabilizar como forma de promover la vida.

Hay gente que por quedar bien con Dios pisotea al prójimo. “Sólo Dios puede dar y quitar la vida” se dice para zanjar la cuestión sin enlodarse, como si a cada segundo no hubiese personas dando y quitando vida a otras, las más de las veces por una decisión consciente. Seamos un poco terrenales, por principio de realidad, o digamos que Dios realmente envió las bombas de la maratón de Boston y vamos a manifestar nuestro agradecimiento por ello a los funerales de las víctimas.

A los “pro-vida” se les olvida la vida que tienen enfrente (“La vida de la madre no es un tema a considerar“). El cuerpo dentro del cual está el feto es una persona también, carámba. Es una vida completamente formada que ha echado raíces como miembro de la sociedad y ha establecido vínculos, influencias e interdependencias que se desmoronarán si desaparece.

Frente a una madre con una enfermedad grave que corre el riesgo de morir si da a luz a un bebé que no tiene cerebro (y en inglés), y que si se salva con el aborto se va a la cárcel por homicidio, la colectiva mollera salvadoreña no da más que para el tremendo: “ella se lo buscó” y “sólo Dios da y quita la vida”. Han decidido dejar pasar la oportunidad de abogar por salvar una vida y otras vidas que dependen de ésta. Porque así el mundo será mejor, eh. La gente promedio sólo puede preguntarse por qué ella tuvo relaciones sexuales…con ella misma, aparentemente, porque nadie suele hablar del rol del padre. La mujer es lo público, vamos a hablar de ella (y a tocarle su estómago sin su permiso si está embarazada porque aaaaaww).

Sí, en realidad, los detalles personales son materia de tabloides, a lo más. Pero parafraseo a un libro genérico de psicología social: usted no sólo daña a quienes detesta, también detesta a quienes daña (la moraleja real de “la zorra y las uvas” es que la disonancia cognitiva es inaceptable). Su cerebro echará mano de cualquier argumento, de preferencia ad hominem, que le permita culpar a la víctima y que le ayude a justificar lo ocurrido. Porque uy, no es posible que alguien esté en semejante situación si no es porque él o ella misma se lo ha buscado (un ejemplo marca na’-que-ver pero pa’-que-vea).

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El Derecho penal puede únicamente imponer un no hacer, es decir, prohibir comportamientos, no imponer conductas, y todavía menos opciones de vida. Con la prohibición del aborto y con la consiguiente constricción penal a convertirse en madres se impone a las mujeres no sólo el no abortar, sino una conmoción vital de incalculable alcance. No sólo la gestación y el parto, sino la renuncia a proyectos de vida diversos, la obligación de educar y mantener a un hijo…

Así, la punición del aborto es el único caso en que se penaliza la omisión no ya de un simple acto…sino de una opción de vida: la que consiste en no querer convertirse en madre. Esta circunstancia es generalmente ignorada… La prohibición del aborto equivale también a una obligación -la obligación de convertirse en madre, de llevar a término un embarazo, de parir, de educar a un hijo… En contraste con el principio de igualdad, que quiere decir igual respeto y tutela de la identidad de cada uno, la penalización del aborto sustrae a la autonomía de la mujer sobre su propio cuerpo, y con ella su misma identidad de persona, reduciéndola a cosa o instrumento de procreación sometida a fines que no son suyos.

La cuestión del embrión entre derecho y moral (p. 266) – Luigi Ferrajoli.

No tener hijos no hace alguien más egoísta que tenerlos. “Yo quiero tener hijos”: se desea que se parezcan a nosotros en muchas cosas, o que hagan bien lo que nosotros hicimos mal; que tengan los mismos gustos. Se espera que ellos perpetúen nuestras creencias y valores, ojalá estudien lo mismo que nosotros o lo que nosotros queramos para ellos porque sabemos lo que les conviene, esperamos que nos hagan quedar bien ante el mundo con su modo de comportarse, sus notas y sus logros; y que se apuren a darnos nietos. No es malo per se, pero tener hijos es igual de auto-referente que no tenerlos. Mientras sea decisión propia/aceptación eventual de la responsabilidad y no porque “ni modo”, está bien.

Lo contrario de “pro-vida” no es “pro-aborto”, es “pro-decisión”. Un embarazo no deseado no necesariamente “arruina” la vida; depende de factores de toda clase. Habrá mujeres que decidirán tener el bebé y eso no las detendrá. Otras decidirán o desearán no tenerlo, también por un sinnúmero de razones. Simple y llanamente no se le impone a la gente qué hacer con su cuerpo y con el resto de su vida. Puede interceptar esta idea con que el bebé inocente y que qué hay de su cuerpo y el resto de su vida, pero de inducir culpa a ofrecerse a dedicar lo que resta de la existencia propia a responsabilizarse del bebé que se está “defendiendo” (o a pagar por su ataúd y quizás el de su madre, para el caso) hay un gran trecho.

Abortar no es una decisión fácil y hay que hacer énfasis en lo de sinnúmero de razones: no es porque sí, por capricho; nadie se coloca por gusto propio en una situación que conlleva exponerse a las peroratas del team Regina de Cardenal. Es una situación difícil, ¡hagámosla más difícil, eso les enseñará las mujeres a no tener sexo y embarazarse! La buena noticia es que si hay más y mejor acceso a servicios de salud y a información sobre sexualidad y métodos anticonceptivos, y se combate el machismo y el hembrismo, y la cultura de la violación, habrá menos necesidad de echar mano del aborto. Colabore con algo de esto. Buena suerte.

***

Y me entero de que anularon el juicio al genocida Ríos Montt. Sepa por qué era importante hasta para El Salvador, si es que no lo sabe aún. A la mierda.

 

Otoño.

Las personas comienzan a caminar por las calles abrazándose a sí mismas, apresurando el paso para no estar a la intemperie por mucho tiempo. Hace unos días las observaba desde un banco de madera en la plaza. “Hay tiempo que perder”, pensaba sin prisa. La tengo, pero no es una prisa inmediata sino existencial. De esas en las que dar un paso lleva días o semanas o meses. 

Atrás del banco había un perro temblando de frío. Estaba desnudo, como cualquier animal que no es humano, pero se supone que la desnudez de esta especie debe compensarse con la simbiosis con una persona. No había tal cosa y encima su pelaje era muy corto. Me senté en el banco. Cuando se me acercó me recordó al perro Rolando (el del video de abajo), porque tenía una herida fresca encima de un ojo, como un navajazo. Le pasé un poco de comida, le pasé un poco de afecto. Qué manera de mover la cola.

Más lejos estaba un señor indigente que siempre veo por el centro de la plaza. No es lo mismo ayudar a una persona que ayudar a un perro, en términos de intención, método e impacto. Muchos menos en términos de predictibilidad de la reacción de la una y del otro. No es tanto indiferencia como una experiencia subjetiva a la que no le he puesto nombre. Habrá personas que no teman acercárseles a extraños que viven en carencia extrema y no teman hablarles y preguntarles cómo se les puede ayudar a suavizar su día, sobre todo si es un día que augura un invierno cruel. Pienso en las monedas que ando o en una taza de café. 

La cola mueve al perro y al menos por un rato deja de temblar. De la iglesia de enfrente sale otro indigente con gabardina. Lo he visto muchas veces, sacude una taza de metal que contiene las monedas que recolecta. Lo que me pasa con las monedas es que sé que no cambian nada pero implican atención (consulte a su conductista de cabecera). No las paso si no voy a ver a los ojos a la persona, como un ejercicio a lo Albert Ellis, que se curó de su fobia a hablarle a las mujeres hablándole a las mujeres. Rara vez me siento capaz de hacer tal cosa. Y si no me siento capaz, soy del montón que pasa de largo. No es indiferencia, es burocracia mental. La última vez que agarré valor, el caballero de la gabardina me dedicó una mirada amable que me hizo sonreír, y su enorme barba se movió mientras me decía “suerte”. En un día que la necesitaba. 

Me gusta el frío pero me angustia el invierno. 

 

A propósito de la Convención contra la Tortura…

Hablando del Protocolo de Estambul y la Convención contra la Tortura, su uso (o desuso) en la actualidad:

La administración de [el presidente Mauricio] Funes se ha rehusado a firmar el Protocolo Facultativo a la Convención contra la Tortura, el cual provee monitoreo in situ, como visitas sorpresa a prisiones locales.

Tampoco ha ratificado el Estatuto de Roma, que estableció a la Corte Criminal Internacional para llevar a juicio crímenes de guerra, genocidio y otros crímenes contra la humanidad que las cortes nacionales no pueden manejar ni manejarán.

Hablan las víctimas de tortura en El Salvador
(En inglés. Esto que cito es una minucia, el artículo se enfoca en otro aspecto de este tema. Vaya a leer).

 

Los enanos de Auschwitz.

‘Me salvé por gracia del diablo”, nos dijo la sobreviviente del Holocausto Perla Ovitz. Una y otra vez, recordaba en detalle cómo ella y su familia fueron llevados a la cámara de gas y se les ordenó que se desnudaran. Una pesada puerta se abrió y fueron empujados hacia adentro. “Estaba casi oscuro y nos paramos en lo que parecía un enorme lavatorio, esperando que algo ocurriera. Miramos hacia el techo para ver por qué no caía el agua. De repente, olimos gas. Gritos sofocados, algunos de nosotros nos desmayamos y caímos al suelo. Con nuestro último aliento lloramos. Pasaron minutos, o tal vez sólo segundos, luego escuchamos una voz enojada afuera. “¿Dónde está mi familia de enanos?”. La puerta se abrió y vimos al Dr. Mengele ahí parado. Ordenó que nos cargaran fuera de ese lugar y nos tiraron agua fría para revivirnos”.

La familia Ovitz, de la villa de Rozavlea en Transylvania, fue la familia más grande de enanos que se haya registrado: un padre enano que engendró a 10 hijos, siete de ellos enanos. Perla, nacida en 1921, era la más joven. En esa remota parte de Rumania a principios del siglo XX, era difícil ganarse la vida a través de la tierra y el ganado, e imposible para alguien que midiera menos de tres pies.

[...]

Mientras que las SS eran brutales con los recién llegados, eran simpáticos con los enanos. Al darse cuenta de ello, dos familias de la villa de los Ovitz se acercaron y le dijeron al oficial que eran parientes. Los Ovitz guardaron silencio y no los contradijeron. Ahora eran 22.

Los enanos de Auschwitz (en inglés)

Ya que estamos: hoy cumple años Viktor Frankl, psiquiatra austriaco y fundador de la logoterapia. Escribió El hombre en busca de sentido, sobre su experiencia como prisionero en Auschwitz.

 

Victimizar al victimario como acto de “justicia”.

A veces escribo debilidades como la siguiente, porque la academia me permite fantasear. Es lo que se me ocurrió después de un role-playing en el que entrevistaba a un reo para determinar si había sufrido tortura y malos tratos, usando el Protocolo de Estambul (el manual aprobado por las Naciones Unidas para documentar tales cosas); encima la historia me hacía sospechar que lo habían detenido injustamente pero hasta en situaciones hipotéticas mi posibilidad de acción es pírrica. Fue uno de esos días en los que salía del salón meciéndome y murmurando “vale veinte, por qué vine a esta vida”, pero son esas crisis existenciales las que hacen levelear en mi profesión. Bien por mí.

(…”como lo demuestra el presente documento, en El Salvador se están sentando firmemente las bases de una nueva época de protección a los derechos y libertades fundamentales en consonancia con las legítimas aspiraciones de la comunidad internacional. El Gobierno y la sociedad salvadoreña están haciendo los esfuerzos necesarios en el camino hacia la construcción de un nuevo país en paz, democracia y pleno respeto de los derechos humanos”. A’pues.)

***

TORTURA Y MALOS TRATOS EN LAS CÁRCELES DE AMÉRICA:
VICTIMIZAR AL VICTIMARIO COMO ACTO DE “JUSTICIA”

América Latina tiene una historia de conquistas, guerras y dictaduras y actualmente muchos de sus países convulsionan por la violencia en muchas modalidades. La peor parte, posiblemente, se la lleva la región centroamericana con la creciente presencia de pandillas y redes de narcotráfico, ambas a veces trabajando en conjunto, que generan una violación cotidiana, brutal y sistemática de los derechos humanos. El narcotráfico victimiza a muchos sectores de la sociedad, incluyendo la niñez y la adolescencia, tal y como se ha constatado en países como México, Bolivia y Colombia (Morsolin, 2011). Las drogas se trafican del sur al norte del continente, con Estados Unidos siendo el consumidor más fuerte (Rocha, 2001) y las armas se trafican de norte a sur (Oliveri, 2011). Además, persisten fuertes redes de corrupción en los aparatos estatales. En El Salvador, por ejemplo, la misma Dirección de Centros Penales reconoce que las cárceles son “universidades del crimen”, sobre las cuales no se tiene control (Valencia, 2011a).

El modus operandi de las pandillas y las redes de narcotráfico incluye extorsiones, secuestros, desapariciones, violaciones, torturas y asesinato, muchas veces ejecutados con barbarie (ver Iraheta, Vásquez y Argueta, 2010; Martínez, 2011; Sanz, 2011). Ante esta alarmante situación, se considera que algunos países son ya estados fallidos y que deben tomarse medidas extremas contra la criminalidad. Guatemala es el ejemplo más dramático, con el fenómeno del linchamiento; ocurre un promedio de 10 linchamientos al mes, esto es, uno de cada 100 homicidios. Aunque se dice que las comunidades indígenas son quienes toman la justicia en sus manos, los linchamientos también son llevados a cabo por capitalinos, universitarios y en un caso, hasta por funcionarios del actual gobierno[1]. Esto es igualmente alarmante no sólo porque refleja un gobierno que no es capaz de dar respuesta al clamor por la seguridad de su ciudadanía, sino también por la disposición de la gente a aplicar castigos con crueldad y por las posibles equivocaciones, como da cuenta la experiencia de un turista japonés linchado por error hace una década (Valencia, 2011b).

Dados los devastadores efectos de la criminalidad, las pandillas y el narcotráfico en la vida cotidiana, el grueso de la opinión pública aboga por acciones de “limpieza social” o que a los delincuentes se les castigue de la misma forma; ante el caso reportado por Iraheta, Vásquez y Argueta (2010) sobre los pandilleros que quemaron un bus con sus pasajeros adentro, una reacción generalizada fue pedir “quemar a todos los pandilleros”, mientras se lamentaba la falta de “cultura” del linchamiento y la ausencia de la pena de muerte en El Salvador. Pedir justicia ante la violenta criminalidad es un tema delicado: por un lado, no se percibe que el sistema judicial esté trabajando correctamente (para el caso de Chile, ver Ohlbaum, 2011); por otro, se suele considerar que el acto cometido, sobre todo si genera daño o muerte a una persona o un grupo de personas inocentes, debe retribuirse de una forma equivalente y “ejemplarizante”.

Esto ha dejado la puerta abierta para un sistema sociopolítico permisivo y partidario de los malos tratos y la tortura hacia los acusados y acusadas de diversos delitos. En diciembre de 1984, las Naciones Unidas adoptó la Convención contra la Tortura, que ya ha sido ratificada por 150 estados, y que estipula que bajo ninguna circunstancia, ni siquiera en una guerra o una situación de emergencia, está justificado el uso de la tortura u otros malos tratos (Munera, 2011; Nordgren, Morris y Loewell, 2011). Pero en la lucha contra la delincuencia, el terrorismo y el narcotráfico se ha obviado este acuerdo y se aprueba y alienta el uso de la fuerza, la cual pasa por métodos de tortura, de espionaje, de persecución y de criminalización de los sectores que sean vistos como amenaza (Irala, 2011)

Los aparatos estatales y parte de la sociedad legitiman la tortura y los malos tratos, siendo ésta una práctica habitual que se enmarca en un orden político, de poder y dominación, para obtener información, buscar culpables, amedrentar y controlar ciertos sectores sociales (Irala, 2011). Amnistía Internacional constata que en el 2010 hubo casos de tortura y malos tratos en más de 98 países (Munera, 2011). Actualmente las torturas y malos tratos se disfrazan con nombres como “interrogatorios coercitivos”, “técnicas de interrogación para fuentes no cooperantes”, o “técnicas avanzadas de interrogación policial” (Irala, 2011). Los gobiernos actúan en complicidad con los medios de comunicación y ONGs (Carotenuto, 2007) y con profesionales de la salud, como los médicos en Guantánamo que ocultan los efectos de la tortura en los prisioneros (Iacopino y Xenakis, 2011) o los psicólogos que perfeccionan estas técnicas (Fresneda, 2007).

Suele decirse que para conocer la realidad de una sociedad se deben conocer sus cárceles. Y volver la mirada a la situación de las cárceles en América no es nada alentador. Las cárceles de Estados Unidos tiene tras las rejas a un cuarto de la población penitenciaria de todo el mundo (Nuñez, 2011). El sistema penitenciario de El Salvador reporta sobrepoblación del 200% y dado que las cárceles ya no reciben más reos, las bartolinas policiales albergan a los nuevos reclusos, colocando a 80 personas en espacios para 40 (Arias, 2011)[2]. Las cárceles de Buenos Aires también reportan un índice de ocupación carcelaria del 167%, subiendo a 192% si se toma en cuenta las comisarías; una comisaría en específico reportó en el 2010 un hacinamiento del 300% (CPM, 2011).

En muchas cárceles, los castigos van más allá de la privación de libertad y aquí está el riesgo de victimizar o revictimizar al victimario, algo que, a primera vista, podría considerarse un acto de justicia por los crímenes cometidos. Uno de los castigos que a veces usan los agentes en las bartolinas de El Salvador para imponer disciplina entre el hacinamiento es privar del turno para usar el inodoro (Arias, 2011). El Informe anual 2011 de la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) de Argentina revela que de septiembre de 2010 a marzo 2011 se reportó 743 hechos de tortura y/o malos tratos; la mayoría fueron calificados por los fiscales como “apremios o vejaciones”, lo que implica una pena mucho menor a la de “tortura”, a pesar de que los métodos eran los mismos: el submarino, choques eléctricos, golpizas, duchas o manguerazos de agua fría, aislamiento, e incluso la desaparición, lo cual garantiza impunidad en la investigación y el envío de un mensaje al entorno de la persona desaparecida. Según el Informe, no son hechos aislados sino parte de una práctica sistemática de la policía de Buenos Aires. En Paraguay, la legislación nacional considera la tortura como un delito pero se reporta esta práctica con frecuencia, enmarcada en la Academia Militar, el Servicio Militar Obligatorio, las Comisarías, y hasta a familias campesinas, a mujeres y hombres de sectores empobrecidos, cuando se apresan tras conflictos por desalojos (Irala, 2011). En México, La Secretaría de Seguridad Pública del ayuntamiento de León entrena a sus policías en técnicas de tortura, como el tehuacanazo (inyectar agua mineral por las fosas nasales) y el pocito (cubrir el rostro del detenido y amenazar con meter su cabeza entre excrementos), legitimándolas como forma de combatir al crimen organizado (García, 2008)[3].

La violación sexual también ocurre con frecuencia dentro de las cárceles, siendo de gran crueldad y brutalidad (Human Rights Watch, 2001; Revista Enfoques, 2007), y constituyendo una réplica de los aspectos psicológicos y económicos de la esclavitud tradicional (CPM, 2011). Por ejemplo, la venta de prisioneros como esclavos sexuales dentro de las cárceles de EEUU es una de las modalidades a las que recurren grupos como la Mafia Mexicana, los Sureños y los Norteños, para incrementar su poder y ganancias (Nuñez, 2011). Human Rights Watch (2001) señala que los funcionarios de prisiones estadounidenses no hacen nada para detener los ataques sexuales, a pesar de que conocen su existencia; al contrario, forman parte de la impunidad. Señalamientos similares se hacen en El Salvador (Revista Enfoques, 2007) y en Argentina (CPM, 2011).

De este modo, en el tema del combate a la criminalidad, el terrorismo y el narcotráfico, conviven la impotencia y la negligencia estatal y falta de efectividad judicial junto con el viejo paradigma de la mano dura y lo punitivo (CPM, 2011).El CPM señala que muchas prácticas de tortura y malos tratos en las cárceles de Buenos Aires son herencia de la dictadura, antecedentes que no le son ajenos a otros países de América Latina. Pero más allá de eso, existe una estructura sociohistórica que da cuenta de la multicausalidad de estos fenómenos delictivos ante lo cual lo único que se hace es recrudecer las leyes y dar más poder a la policía.

Ante todo esto, es fundamental hacer algunas consideraciones. La primera es que Nordgren, Morris y Loewestein (2011), hacen un llamado a reconsiderar la definición de tortura de las Naciones Unidas, porque ésta se basa en la severidad del dolor infligido, y resulta fácil minimizar el sufrimiento psicológico y físico de quienes lo sufren, sobre todo a la luz de la supuesta legitimidad del sistema de justicia. La segunda es que buena parte del crimen organizado opera bajo la venia de poderes estatales y otros considerados legítimos, o al menos, frente a su indiferencia; la impunidad y la corrupción en las cúpulas alimentan el accionar de las pandillas y del narcotráfico. En tercer lugar, las personas tras las rejas han cometido delitos de magnitud variable, y otras ni siquiera han cometido delito alguno. Los efectos de los conflictos sociales generados por la desigualdad se solucionan, a veces de modo cuestionable, por el sistema penal. Se trabaja además sobre la idea de promover el miedo al “otro” y la creciente demanda punitiva, sobre todo hacia la juventud. La represión policial y malos tratos aumentan ante las manifestaciones que piden reformas de diversas clases, como ha sido el caso de las protestas estudiantiles en Chile (El Diario 24, 2011; Resumen, 2011).

Por ello, vale la pena cuestionar formas tradicionales y alternativas de hacer justicia. Por ejemplo, Hess (2011) abre el debate sobre la pena de muerte y el encarcelamiento sin derecho a libertad condicional (“muerte civil”), como el abandono del intento de rehabilitar delincuentes para reintroducirlos a la sociedad. Cuestiones humanitarias aparte, esto también resulta oneroso. Otro debate es qué clase de trato deben recibir las personas reclusas. Ante el hacinamiento en las cárceles de El Salvador, es común que la ciudadanía aplauda las carencias y malos tratos hacia los reos, como forma de purgar su crimen, rechazando el acceso al mínimo de derechos humanos porque ellos vulneraron los derechos de otras personas.

Vale la pena, por último, cuestionar qué se quiere lograr al sancionar a los victimarios. Pareciera que la idea justicia dentro de sociedades plagadas por la violencia toma como base el adagio “ojo por ojo”. Siguiendo esa lógica, no es extraño que la persona, al terminar su condena y aún mientras la cumple, perpetúe el ciclo de violencia en su entorno social. Ante los llamados de la ciudadanía a ejercer o a legitimar la violencia como forma de castigar a quienes ejercen violencia, conviene recordar a Carotenuto (2007) al referirse a las torturas en la llamada Guerra contra el Terrorismo: “saltar el límite de la tortura lo único que hace es igualar a los torturadores con los presuntos terroristas infrahumanos a quienes combaten”. Sin olvidar que muchas veces se está tratando con criminales que deshumanizan a sus víctimas, es necesario que en la búsqueda de la justicia se evite caer en esa misma deshumanización.

A lo largo de América se justifica más y más utilizar métodos crueles como castigo ejemplarizante a quienes mantienen en vilo la seguridad y el bienestar de la ciudadanía. Pero se olvidan – acaso por conveniencia- las causas del auge de la criminalidad común y organizada, y la rehabilitación y prevención son conceptos que pasan a segundo plano y predomina el impacto inmediato y la urgencia de dar una respuesta “rápida”. A pesar de los linchamientos, la apertura de más cárceles, la militarización del ejército, los planes de mano dura y los malos tratos dentro de los recintos penitenciarios, los índices y la gravedad de la criminalidad no hacen más que aumentar.

Siento repugnancia, rabia ante la brutalidad de una muerte injusta, tan lejana a la justicia en la que yo creo. Una muerte impune, nunca denunciada, que nunca importó a nadie porque la víctima era un pandillero metido en ese agujero llamado cárcel en el que a los ciudadanos de bien no nos importa que se pudra la gente o se mate en ella. Para eso, parece, mandamos a seres humanos a prisión: para que no estorben, para olvidarlos, para deshacernos de ellos. En el fondo, los carniceros del Barrio 18 aquel día en aquel penal estaban haciendo un fúnebre servicio público. Desvanecieron a un hombre, a un problema.

(Sanz, 2011)

[1] En la nota de Valencia (2011b), se muestra una foto que data de algunos años, en la que ahora funcionarios del actual gobierno de Guatemala, entonces periodistas, intentan linchar a una persona que atacó a un colega.

[2] Muchas veces esto implica colocar juntos a miembros de pandillas contrarias, lo que a su vez es un riesgo para la seguridad de estos y otros reclusos, e incluso para los custodios.

[3] Según García (2011), dos videos que circularon en Internet muestran a un extranjero, al parecer estadounidense, guiando los tormentos a los que son sometidos voluntarios del Grupo Especial Táctico (GET). Uno de los videos muestra que uno de los agentes participantes en el entrenamiento no soportó la tortura y vomitó; el instructor lo obligó a girar y otro de los participantes lo arrastró sobre su vómito.

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