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Archivo de la categoría: Psicología

Nada de investigación científica para usted.

Actualmente estoy en un mundo donde producir conocimiento de modo científico es bastante valorado: se apoya, se divulga, se remunera, ocasionalmente se aplica a la realidad (si tan sólo los asesores de quienes toman las decisiones a gran escala tuvieran algo de alfabetización científica). No es para tanto, dicen aquí, falta para que este trabajo se tome en serio.

Pero para mí, viniendo de donde vengo, es mucho. Y no es que en El Salvador no se investigue ni se generen hallazgos valiosos, eso se hace todos los días y se agradece. Pero la valoración social y política que se les da a estos hallazgos y, por ende, el alcance que se les permite tener* se quedan cortos (*Al comparar la producción científica en psicología latinoamericana, entre 1996 y 2008, resulta que El Salvador produjo 8 artículos citables, artículos científicos cuya calidad es suficiente para hacer eco de su aporte al tema que abordan…aunque: “las citas están relacionadas con la calidad a veces, pero no siempre”).

He encontrado algunas entradas que señalan esa desvalorización de las ciencias y la investigación en El Salvador, sobre todo las ciencias sociales. Se disculpará que me tome la libertad de citarlos textualmente, y a uno más de un párrafo, pero si parafraseo, pierdo:

Nos han dicho locos
“…la gente cree que solo pasás sentada, que no hacés nada.
 Es que investigar/leer/escribir/corregir es una tarea ingrata, requiere sus horas nalga, sus horas cabeza, sus horas de ignorar todo para construir conocimiento o una nueva opinión”.

La investigación y la sociedad actual
“Este país donde la mayor cantidad de personas cree que la ciencia es fútil, que los mayores logros de la humanidad han sido montajes hollywoodenses y que todo debe de ser rápido, fácil y barato es un gran problema explicar que uno se dedica a la investigación, que uno se pregunta sobre la razón de las cosas y buscar respuestas a fenómenos demasiado obvios para ser de interés.

Por otro lado la gente cree que la investigación es algo que se ‘haga’, así como se hace un reporte en Excel, imprimir un documento o realizar una llamada telefónica. Las investigaciones no se hacen de la noche a la mañana, se requiere tiempo, muchísimo tiempo para diseñarla, para ir al campo, para analizar, contrastar, escribir el resultado y luego debatirlo.

Pero ante todo requiere pensar, pensar y pensar.

Y pensar bien.

Y no digamos de fondos, las investigaciones necesitan dinero para realizarlas, para pagar transporte, viáticos, equipo y los sueldos de los investigadores. Es difícil que un investigador reflexione y piense exclusivamente en su pregunta de investigación si vive con la nefasta ansiedad que trae un salario indigno.

Investigar es algo que sugiere extrañeza en este mundo, principalmente porque no se sabe que hacer con los datos que arrojan las ciencias, ¿Qué hacemos si sabemos que esto y lo otro es causa de la violencia?, ¿Qué hacemos si sabemos que tal o cual planta produce un tipo de medicina capaz de curar x enfermedad?, ¿Qué hacemos si sabemos la composición química de una estrella?, ¿Qué hacemos si se demuestra que el descuaje de los bosques salados trae consigo inundaciones en la costa?, ¿Qué hacemos con el descubrimiento de una nueva especie animal?, ¿Qué hacemos si descubrimos como la gente vivía en el pasado?”

Frente a las ciencias sociales y su divulgación
“En la actualidad, lo que vemos de ciencias en nuestros medios audiovisuales e impresos casi se vislumbra como la mera difusión del estado diario del clima, con énfasis en si va a hacer calor, si va a llover o si habrá un frente frío que baje las temperaturas. Y casi nada más. La difusión de las ciencias se ha reducido a eso, con notoria carencia de publicaciones críticas y especializadas desde los ámbitos universitarios”.

Y la siguiente frase no tiene que ver explícitamente con investigación, pero viene al caso:

La gente piensa en la educación como algo que pueden acabar.
Isaac Asimov.

 
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Publicado por en enero 23, 2014 en Artículos y lecturas, Azul y blanco, Jue!, Psicología

 

Los mismos métodos.

Hace semana y algo, la gente aplaudía que un encapuchado con arma en mano anduviera por las calles de San Salvador. Desconfíe de los encapuchados con arma en mano, aun si son reconocidos y carismáticos y manifiestan la intención de “atrapar” delincuentes.

Días después, otros encapuchados con arma en mano entraron a Pro-Búsqueda, cuyo objetivo es encontrar niñas y niños que fueron desaparecidos durante la guerra. Años atrás estuve ahí un tiempo; aunque mi trabajo era de oficina, lo que alcancé a ver era abrumador. Abrumador para quien entraba en contacto con esa clase de  información, con las historias; abrumador para las víctimas y también para los victimarios, señalados con nombre y apellido. Por eso, estos encapuchados entraron y quemaron documentos, entre ellos, expedientes “relacionados con una causa que en este momento ventila la Sala de lo Constitucional por la desaparición forzada de siete niños en un operativo militar conocido como “la guinda de mayo”, ocurrido en 1982, en el departamento de Chalatenango”.

Es indignante y hace hervir la sangre. Da miedo porque es un recordatorio de que el país sigue viviendo en guerra, guerra entendida como la lucha por aniquilar de uno u otro modo a quien te incomoda. Y da risa, por los tres tipos aprovechando la madrugada no sólo por la soledad, sino para que cuando salga el sol puedan salir a la vía pública dando la cara como gente corriente, como ciudadanos comunes que contribuyen a que “la patria salga adelante”. Son un hazmerreír, ellos y quienes los enviaron. Todos un hazmerreír, muy de alto rango pero cagados de miedo cuando su autoengaño sucumbe al peso de la realidad.

Los que mantienen escondidos los cadáveres para que un pueblo oficialmente amnésico les llame héroes. Los que antes vivían de provocar miedo. Hoy son ellos los que tienen miedo. Miedo a que sepamos lo que hicieron. A que el daño a su lugar en la historia sea irreparable. A que la historia oficial cambie. Ellos fueron.

Quemar la memoria

No es sólo que son gente que se opone a reencuentros como este. Es gente culpable de que la separación ocurriera en primer lugar.

Tras dictaduras y guerras civiles, la dialéctica del trauma con frecuencia se muestra como una feroz batalla sobre la impunidad. Los perpetradores de los crímenes políticos masivos pueden mantener un considerable poder residual, aun cuando sus peores estragos han sido disminuidos, y no tienen interés alguno en que se diga la verdad públicamente […] Frente a la posibilidad de ser responsabilizados, los perpetradores con frecuencia se vuelven extremadamente agresivos. Para resistir ser llevados ante la justicia, utilizarán los mismos métodos de intimidación y engaño que una vez utilizaron para dominar a sus víctimas. […] Harán lo que esté en su poder para preservar el principio de impunidad. Demandan amnistía, una forma política de amnesia

Herman, 1997 (cita completa en el otro blog).

Por otro lado, a 24 años del asesinato de los seis jesuitas y sus dos colaboradoras por parte del Ejército: Develan mural Mártires de la UCA.

 

Golpes vicarios.

Para el 11 de septiembre de 2001, no sabía que existía el 11 de septiembre de 1973. Conocía, muy a la pasada, sus consecuencias, pero nada a lo que pudiera ponerle fecha o dedicarle un espasmo en mis entrañas. Están esos dos 11/09, y hay cualquier cantidad de 11/09 geográficamente más cercanos que aprendo gracias a valiosos casos atípicos dentro de mi círculo social.

Mi círculo social. Podría jurar que en años anteriores, en esta fecha, su discurso se inclinaba por las Torres Gemelas. Este año, se inclina al golpe de estado. Puede ser por los 40 años. Puede ser porque hemos aprendido más. Puede ser por mi tendencia a codearme con gente que piensa como yo (no se dé el zafe, esta tendencia no es sólo mía y no necesariamente es intencional).

Puede ser la cercanía: días atrás en el Servicio de Salud habían sugerido con particular vehemencia que se suspendieran los pacientes de la tarde porque “no se sabe qué va a pasar”. Mi paciente de hoy no llegó, y compaginé su activismo político con la conmemoración del golpe en la plaza de armas, a la misma hora de la sesión. Y los helicópteros de anoche y de hoy, la bomba lacrimógena a lo lejos, y el rumor de que estaban desalojando donde el vecino, siendo el vecino la universidad donde estudié. Aun más, puede ser porque una taxista buena samaritana, en mi primer día en Chile, me llevó a un gran edificio y señalándolo me dijo “ahí fue donde bombardearon”; y porque años después pasé frente a la puerta angosta. Y porque hay poquísimos grados de separación entre mi persona y víctimas de la dictadura, pues casi todos mis conocidos (y un par de pacientes) tienen en su familia esa clase de historias. No es sorprendente ni me es ajeno, viniendo de un país diminuto al que se lo tragó la guerra civil y se empeña en negarlo, pero tampoco deja de ser escalofriante

Hoy en la mañana un amigo chileno decía que sin importar la opinión que uno tuviera del golpe y la dictadura (y aquí hago copipaste con su perdón, para que no se me quede nada), “hay algo que lamentablemente no tiene matices y es que los familiares de ejecutados políticos y detenidos desaparecidos hasta el día de hoy no pueden vivir el duelo que les corresponde y les fue arrebatado por una sociedad que los ha apuntado con el dedo por casi medio siglo. Y nadie debería sentirse avergonzado o amedrentado de llorar a los que ama y han partido, nunca jamás, ni en este país ni en otro”. Y además, dice una amiga salvadoreña, es lamentable “el establecimiento de la erradicación del oponente político como sinónimo de seguridad estatal“.

Pienso en aquel dicho gringo, la grama es más verde al otro lado. cuando comparo los procesos colectivos de memoria y olvido aquí en Chile y allá en El Salvador. Estoy en el otro lado y sí lo es; para mí, al menos, que vengo de allá. Aquí recordar es problemático pero también se hace fuerte y claramente. Allá se evade, con suerte se sugiere. Pero mejor se olvida, y todavía mejor, no se sabe. Y lo que se suprime en lo psíquico, revienta en lo somático. En un individuo y en un pueblo. En una columna sobre el golpe de Estado, en un medio salvadoreño, una persona deseaba que en El Salvador surgiera otro Hernández Martínez o un Pinochet. Una frase de cajón que no falla en darme un espasmo de aquellos. Es de esas personas que se ven al espejo y no se dan cuenta de que su deseo se ha cumplido.

Recomendado:
11 sonidos que marcaron el 11 de septiembre.
La violencia sexual de la dictadura, presente 40 años después.
El informe secreto de Pinoche sobre los crímenes.
Por qué el golpe de Estado en Chile es tan emblemático.

 

Se buscan aliados.

Niño - sin discernimiento

Hace un par de años, una persona y yo nos íbamos de la universidad y un amigo en común nos pidió jalón. Le dijimos que sí. Cuando llegamos al carro y yo abrí la puerta del conductor, dijo que mejor no, con una sonrisa burlona. No pensé en decirle que si el problema era que condujera una mujer, podía irse en bus, conducidos por hombres, excelentes conductores preocupados por la seguridad del pasajero.Por ese tiempo entraba en el mundo de la psicología social y el prejuicio. El juicio previo. Este tipo en su vida había andado en carro conmigo, pero soy mujer, de seguro era un desastre al volante. Al final se fue con nosotros y no volvió a mencionar el tema, tal vez porque no había nada de reprochable en mis malditas habilidades visomotoras.

Con los años recuerdo este insignificante episodio. Sólo puedo pensar en que se sintió feo y en que fue un juicio injusto. Nada único, nada anormal, pero no por eso tolerable. Pero también, con los años, me acuerdo de algo más: la otra persona, la que iba conmigo antes de que se nos apareciera este tipo. Era un hombre. Era mi pareja en ese tiempo. Él era, en realidad, una razón de peso por la que yo estaba tras el volante. Me insistió en que yo debía manejar en pos de mi independencia y sí, tenía razón, y le hice caso. De los dos, era yo quien tenía carro, quien pasaba por él y lo llevaba de vuelta a casa, quien nos llevaba a los lugares donde teníamos que ir (no eran muchos, lo que significaría mi fin años más tarde). No me molestaba hacerlo, excepto por flojera ocasional, y él era un buen tipo, un buen copiloto en más de un sentido. Pero quiero decir, él sabía cómo manejaba yo. Nunca me señaló alguna falla porque no solía cometerlas; conductora a la defensiva que mide a cabalidad la presión del clutch, estandarte del parqueo en reversa. Él sabía que yo no manejaba mal y que cualquier prejuicio al respecto era nada más que eso, un juicio previo a la experiencia.

Y hoy pienso: pero él no dijo nada.

Es algo muy pequeño; es un segundo entre la sonrisa burlona del tipo y entre que entramos al carro y seguimos con nuestras vidas. Lo es. Pero no es irrelevante, no después de saber lo que a estas alturas sé. Estos días me he visto en la obligación de pasar frente a trabajadores que tiran besos que entran en mi oído como una lengua. Antes he pensado qué voy a decir porque alguien tiene que decir algo. Por supuesto que van a andar por la vida sabroseando féminas si no hay consecuencias desagradables por ello. Y mejor si les digo algo ocurrente, algo sarcástico. Pero paso y me hago la maje, primero porque son varios, segundo porque no hay nada peor que el ego herido de un macho y tercero…

…No sé qué tan en serio se tomarían a alguien que de entrada no respetan. Podrían reírse, podrían insultarme. Y ya. Cuando el tipo dijo que era mejor no subirse, no sé qué tanto hubiese valido que yo le dijera que manejo bien. Para su estado mental preexistente (considere que estamos hablando del caballero de los comentarios de arriba; yo también me alegro de que no tendrá una niña), la opinión de mí misma no tendría tanta credibilidad. Tal vez tampoco hubiera cambiado mucho que mi entonces pareja le llevara la contraria, el tipo podría tener varias justificaciones relativas a nuestro vínculo para tampoco creerle.

Aun así, creo que hubiera sido importante que otro hombre hablara. “Género” no es sinónimo de mujeres ni el sexismo es problema de mujeres. La violación no es problema de mujeres; se insiste en mostrarlo así porque suelen ser las víctimas y se le echa el muerto de ser quien provoca, pero para que exista tal cosa debe haber un perpetrador que tome la decisión de actuar así, y éste suele ser hombre y volverse invisible. Algunos hombres escuchan a quienes creen sus únicos pares: otros hombres. En su oficina, mi hermano tenía pósters de Men Can Stop Rape y leer algo así me modificó la perspectiva del mundo en un instante (y es muestra de los hombres con los que afortunadamente cuento en mi vida).No necesito príncipes azules que me rescaten de malos ratos, necesito aliados que levanten la voz conmigo y digan que estos malos ratos, y cosas peores, no por habituales son aceptables.

Creo que él lo explica mucho mejor:

 

La palabra que buscaba mientras le pedía al perico que se bajara del muro.

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Me resultaba chocante llamarme su dueña. Podía decir que la Rana era mi perra pero no que yo era su dueña; a la inversa yo era su humana. No la consideraba ni mi hija ni mi mascota. Siempre la llamaba mi socia, porque lo era, en las buenas y en las malas, pero debía haber otra palabra que describiera mejor nuestra relación ante mis congéneres, quisquillosos como son con los lazos inter-especie.

Hace muchos años hubo mucho entusiasmo en San Francisco cuando algunos ciudadanos bien intencionados declararon que no eran “dueños” de sus mascotas sino “guardianes”. Muchas personas pensaron que esto era absurdo. Sin embargo, ahora que he tenido el placer de ser el guardián de Kramer desde mi cumpleaños hace siete años, lo entiendo totalmente. Nunca me he considerado su dueño. Mi rol es criarlo, protegerlo y darle un hogar. Lo que recibo a cambio es su amor, su exuberancia y afecto, todo lo cual me provee una felicidad inconmensurable.

El regalo de un perro es una revelación.

No es hippismo. El lenguaje influye en la cognición y viceversa. Basta con comparar el constructo “comprar” con el de “adoptar”. O imaginarse que dijéramos no que el futuro está hacia adelante, sino que está hacia atrás, como los Aymara. Pa’ que vea. Como piensa, habla; como habla, piensa.

Hablando de revelaciones, uno de los errores más grandes que he cometido en mi vida ha sido tener aves enjauladas. Si uno hace un verdadero esfuerzo con la mollera notará que la jaula es un instrumento insidioso de tortura. Por otro lado, eso me obligó por un tiempo a hacer malabares entre la Rana, dos gatos y dos pericos que vivían fuera de su jaula. Pero la amenaza de entre esos cinco era uno de los pericos porque mordía. Tenía un pico de acero y desconocía el miedo a los felinos; con la Rana tenían una relación simbiótica gracias a las tortillas. Era ese perico, también, el que ocasionalmente se subía al muro donde nadie podía alcanzarlo o había que perseguirlo por la calle.

Muro (1)

Pero yo prefería ese show ocasional a condenarlo al encierro, y me resigné a que él y yo viviríamos en el limbo de que no merecía vivir en confinamiento pero tampoco era capaz de valerse por sí solo. Y si lo hubiera dejado ir, alguien más lo hubiera bajado de una pedrada. Maldigo al salvadoreño promedio y su mal encauzado apego con los pericos.

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Este no era tan autosuficiente como el otro, así que se fue a un entorno tan libre de jaulas como de gatos. El buen Víctor le dio un hogar y headbangearon juntos forever.

Fui un poco irresponsable con la Rana pero por ignorancia. Si hubiese sabido de la esterilización nos hubiésemos evitado tumores. Aun así, tuvo muchas alegrías en la vida y me enseñó a ser más responsable al hacerme cargo de los animales. Antes de ella tuve tortugas, un par de cuyos que creo que se escaparon por un tragante, peces varios (destaca Freud, un combatiente de Siam que compré porque me pareció una crueldad que lo tuvieran en un vaso de plástico en la tienda de mascotas; pero como él, miles), y algunos pericos (entre ellos unos del Blvd. de Los Héroes, comprados por lástima y rabia, y que murieron en mis manos al día siguiente). Después de la Rana aprendí el lenguaje de la adopción y tenencia responsable junto a la Pichu Feliciana, quien más adelante descubriría su vocación de chuchuefinca. Y después están mis gatos burgueses, uno de los cuales vive en mí en calidad de duelo irresuelto por cómo fue desapareciendo de mi vida. A veces sueño con que la encuentro y le pido perdón y le digo que puede volver a casa.

Hoy que soy jefa de hogar (LOL, de verdad) entiendo todavía mejor lo de ser guardiana. Sobre todo con gatos, que mucha gente califica de ingratos. No lo son, no siempre; son una caja de sorpresas enejesentido. Y en fin, cuidarlos no me hace su dueña. Pasa que uno les da mucho y recibe mucho, es una transacción social de cuidados y afectos con la ventaja adicional de que no hay que buscarles colegio ni inculcarles valores. Estos gatos son mis roommates. La Marla Teodora se para en dos patas cuando le digo “¡dame un abrazo!” (Conductismo FOR THE FUCKING WIN), y a cambio, le tengo que preparar su café. 

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Relacionado:
Un perro leal trata de salvar a su compañero de años.
Síndrome de disfunción cognitiva en perros (brotip: hay funciones cognitivas compartidas por muchos animales, incluyéndole a usted).
Perros (Canis familiaris) evalúan a los humanos únicamente sobre la base de experiencias directas (“La formación de la reputación es un componente clave en las interacciones sociales de muchas especies animales”).

 

Imponer y culpabilizar como forma de promover la vida.

Hay gente que por quedar bien con Dios pisotea al prójimo. “Sólo Dios puede dar y quitar la vida” se dice para zanjar la cuestión sin enlodarse, como si a cada segundo no hubiese personas dando y quitando vida a otras, las más de las veces por una decisión consciente. Seamos un poco terrenales, por principio de realidad, o digamos que Dios realmente envió las bombas de la maratón de Boston y vamos a manifestar nuestro agradecimiento por ello a los funerales de las víctimas.

A los “pro-vida” se les olvida la vida que tienen enfrente (“La vida de la madre no es un tema a considerar“). El cuerpo dentro del cual está el feto es una persona también, carámba. Es una vida completamente formada que ha echado raíces como miembro de la sociedad y ha establecido vínculos, influencias e interdependencias que se desmoronarán si desaparece.

Frente a una madre con una enfermedad grave que corre el riesgo de morir si da a luz a un bebé que no tiene cerebro (y en inglés), y que si se salva con el aborto se va a la cárcel por homicidio, la colectiva mollera salvadoreña no da más que para el tremendo: “ella se lo buscó” y “sólo Dios da y quita la vida”. Han decidido dejar pasar la oportunidad de abogar por salvar una vida y otras vidas que dependen de ésta. Porque así el mundo será mejor, eh. La gente promedio sólo puede preguntarse por qué ella tuvo relaciones sexuales…con ella misma, aparentemente, porque nadie suele hablar del rol del padre. La mujer es lo público, vamos a hablar de ella (y a tocarle su estómago sin su permiso si está embarazada porque aaaaaww).

Sí, en realidad, los detalles personales son materia de tabloides, a lo más. Pero parafraseo a un libro genérico de psicología social: usted no sólo daña a quienes detesta, también detesta a quienes daña (la moraleja real de “la zorra y las uvas” es que la disonancia cognitiva es inaceptable). Su cerebro echará mano de cualquier argumento, de preferencia ad hominem, que le permita culpar a la víctima y que le ayude a justificar lo ocurrido. Porque uy, no es posible que alguien esté en semejante situación si no es porque él o ella misma se lo ha buscado (un ejemplo marca na’-que-ver pero pa’-que-vea).

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El Derecho penal puede únicamente imponer un no hacer, es decir, prohibir comportamientos, no imponer conductas, y todavía menos opciones de vida. Con la prohibición del aborto y con la consiguiente constricción penal a convertirse en madres se impone a las mujeres no sólo el no abortar, sino una conmoción vital de incalculable alcance. No sólo la gestación y el parto, sino la renuncia a proyectos de vida diversos, la obligación de educar y mantener a un hijo…

Así, la punición del aborto es el único caso en que se penaliza la omisión no ya de un simple acto…sino de una opción de vida: la que consiste en no querer convertirse en madre. Esta circunstancia es generalmente ignorada… La prohibición del aborto equivale también a una obligación -la obligación de convertirse en madre, de llevar a término un embarazo, de parir, de educar a un hijo… En contraste con el principio de igualdad, que quiere decir igual respeto y tutela de la identidad de cada uno, la penalización del aborto sustrae a la autonomía de la mujer sobre su propio cuerpo, y con ella su misma identidad de persona, reduciéndola a cosa o instrumento de procreación sometida a fines que no son suyos.

La cuestión del embrión entre derecho y moral (p. 266) – Luigi Ferrajoli.

No tener hijos no hace alguien más egoísta que tenerlos. “Yo quiero tener hijos”: se desea que se parezcan a nosotros en muchas cosas, o que hagan bien lo que nosotros hicimos mal; que tengan los mismos gustos. Se espera que ellos perpetúen nuestras creencias y valores, ojalá estudien lo mismo que nosotros o lo que nosotros queramos para ellos porque sabemos lo que les conviene, esperamos que nos hagan quedar bien ante el mundo con su modo de comportarse, sus notas y sus logros; y que se apuren a darnos nietos. No es malo per se, pero tener hijos es igual de auto-referente que no tenerlos. Mientras sea decisión propia/aceptación eventual de la responsabilidad y no porque “ni modo”, está bien.

Lo contrario de “pro-vida” no es “pro-aborto”, es “pro-decisión”. Un embarazo no deseado no necesariamente “arruina” la vida; depende de factores de toda clase. Habrá mujeres que decidirán tener el bebé y eso no las detendrá. Otras decidirán o desearán no tenerlo, también por un sinnúmero de razones. Simple y llanamente no se le impone a la gente qué hacer con su cuerpo y con el resto de su vida. Puede interceptar esta idea con que el bebé inocente y que qué hay de su cuerpo y el resto de su vida, pero de inducir culpa a ofrecerse a dedicar lo que resta de la existencia propia a responsabilizarse del bebé que se está “defendiendo” (o a pagar por su ataúd y quizás el de su madre, para el caso) hay un gran trecho.

Abortar no es una decisión fácil y hay que hacer énfasis en lo de sinnúmero de razones: no es porque sí, por capricho; nadie se coloca por gusto propio en una situación que conlleva exponerse a las peroratas del team Regina de Cardenal. Es una situación difícil, ¡hagámosla más difícil, eso les enseñará las mujeres a no tener sexo y embarazarse! La buena noticia es que si hay más y mejor acceso a servicios de salud y a información sobre sexualidad y métodos anticonceptivos, y se combate el machismo y el hembrismo, y la cultura de la violación, habrá menos necesidad de echar mano del aborto. Colabore con algo de esto. Buena suerte.

***

Y me entero de que anularon el juicio al genocida Ríos Montt. Sepa por qué era importante hasta para El Salvador, si es que no lo sabe aún. A la mierda.

 

Otoño.

Las personas comienzan a caminar por las calles abrazándose a sí mismas, apresurando el paso para no estar a la intemperie por mucho tiempo. Hace unos días las observaba desde un banco de madera en la plaza. “Hay tiempo que perder”, pensaba sin prisa. La tengo, pero no es una prisa inmediata sino existencial. De esas en las que dar un paso lleva días o semanas o meses. 

Atrás del banco había un perro temblando de frío. Estaba desnudo, como cualquier animal que no es humano, pero se supone que la desnudez de esta especie debe compensarse con la simbiosis con una persona. No había tal cosa y encima su pelaje era muy corto. Me senté en el banco. Cuando se me acercó me recordó al perro Rolando (el del video de abajo), porque tenía una herida fresca encima de un ojo, como un navajazo. Le pasé un poco de comida, le pasé un poco de afecto. Qué manera de mover la cola.

Más lejos estaba un señor indigente que siempre veo por el centro de la plaza. No es lo mismo ayudar a una persona que ayudar a un perro, en términos de intención, método e impacto. Muchos menos en términos de predictibilidad de la reacción de la una y del otro. No es tanto indiferencia como una experiencia subjetiva a la que no le he puesto nombre. Habrá personas que no teman acercárseles a extraños que viven en carencia extrema y no teman hablarles y preguntarles cómo se les puede ayudar a suavizar su día, sobre todo si es un día que augura un invierno cruel. Pienso en las monedas que ando o en una taza de café. 

La cola mueve al perro y al menos por un rato deja de temblar. De la iglesia de enfrente sale otro indigente con gabardina. Lo he visto muchas veces, sacude una taza de metal que contiene las monedas que recolecta. Lo que me pasa con las monedas es que sé que no cambian nada pero implican atención (consulte a su conductista de cabecera). No las paso si no voy a ver a los ojos a la persona, como un ejercicio a lo Albert Ellis, que se curó de su fobia a hablarle a las mujeres hablándole a las mujeres. Rara vez me siento capaz de hacer tal cosa. Y si no me siento capaz, soy del montón que pasa de largo. No es indiferencia, es burocracia mental. La última vez que agarré valor, el caballero de la gabardina me dedicó una mirada amable que me hizo sonreír, y su enorme barba se movió mientras me decía “suerte”. En un día que la necesitaba. 

Me gusta el frío pero me angustia el invierno. 

 
 
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