La otra acera.

8 06 2009

Hoy llegué a la casa después del trabajo, me cambié de ropa y salí a pie hacia el súper. En la esquina, pasé a la par de dos personas que estaban describiendo cómo un joven les había quitado el celular y la cartera minutos antes. En ese momento, sin dejar de caminar, me llevé involuntariamente la mano a la boca, porque caí en la cuenta de que yo había visto eso. El segundo asalto que veo en tres o cuatro meses, y que pasa a no más de 5 metros de mí.

A cuatro casas de mi casa, dos personas venían caminando y un joven se les acercó. Yo venía en la acera de enfrente, en la dirección contraria. Los tuve frente a mí cuando parecía que los tres estaban platicando. Aunque me llamó la atención, la prudencia o el enmimismamiento (no sé realmente),  me hizo seguir viendo hacia adelante y pensar en la urgencia de ir al súper antes de que lloviera. Un par de segundos después, oí el acelerón del carro…y yo que soy tan boya para hablar de marcas y modelos, sólo puedo decir que era azul. Fruncí el ceño y me dio mala espina. No más.

Cuando escuché a las personas que habían sido asaltadas, me enojé, pensando que debí, que pude haber hecho algo. Siempre me he dicho que tengo que evitar el bystander effect. Pero qué diablos. Hay muchos aspectos que describo bien pero de los cuales aún me cuesta escapar, porque a fin de cuentas, yo soy mi propio objeto de estudio. Además, ¿qué iba a hacer? Si me hubiera dado cuenta a tiempo, y  hubiera volteado, si al menos hubiera tratado de ver las placas…no sé si mi inconsciente (se me disculpará que me ponga sumamente freudiana) captó el verdadero sentido de lo que estaba pasando y me hizo guardar la distancia. No puedo decir qué estaba pensando cuando vi la escena. Estaba en dos planos (es un asalto/son amigos hablando)  y al final la escena me fue tan ambigua que hice cortocircuito y la deseché por completo.

Más que miedo, por pensar que algún día me tocará, me da cólera. Aún la palabra cólera no es suficiente para explicar lo que siento. Y sí, hay que parar la delincuencia, los homicidios, las extorsiones…pero, ¿por qué delinquen delinquimos, por qué matan matamos, por qué extorsionan extorsionamos? Yo podría enumerar razones, como cualquier otra persona, pero la causa final puede que no sea ninguna de ellas. Se me ocurre traer a colación la causalidad estructural y decir que estas razones son causas necesarias pero no suficientes para que se manifieste el fenómeno. El factor de suficiencia no es algo que se quita de la noche a la mañana. ¿Y alguien ha encontrado ya el factor de suficiencia? No me convence que este factor sea la pobreza, o el gusto por el dinero fácil, o una  “enfermedad”…No.

Hace dos semanas conocí a un tipo de 22 años que había estado en Mariona cinco veces. La cárcel, me dijo, es una escuela. Para afinar las habilidades que te llevaron ahí en primer lugar. Para reforzar todas aquellas variables de personalidad que contribuyeron a que terminaras ahí. Me pareció surreal estar hablando con alguien como él (”¿cómo putas terminé aquí? O sea, gracias a la vida que-me-ha-dado-tanto y me ha traído por estos caminos, pero ¿cómo putas…?”). Extraño, pensar que estaba escuchando una experiencia tan humana, de alguien que me sonreía, y sin embargo, de haberme encontrado a este joven tiempo atrás  en un bus, bien pudo haberme dado una cuchillada si le hubiera hecho mala cara al darle el celular. El Salvador está lleno de naranjas mecánicas.

Y dentro de toda esa rabia, impotencia, y horrenda sensación de vulnerabilidad, me quedé en blanco un rato, tras pensar que realmente estuve frente a ellos mientras pasaba el asalto, y que de haber caminado en la otra acera, como suelo hacerlo todos los días -excepto hoy-, hubiera sido más que una bystander*.

* mi personalidad con tímidos lóbulos prefrontales me dice, sin embargo, que ya entre tres bien le montábamos verga.





And even Tipper thinks I’m alright.

19 04 2009

1. Tengo un libro que llegó a mis manos ya usado. La persona que lo haya poseído antes (por la naturaleza del libro, amante de la psicología) debe haber tenido un buen sentido del humor. He descubierto las bondades de comprar libros usados, aparte de la obvia razón monetaria.

Una vez tuve discutí el intelectualísimo tema de la siguiente encuesta con alguien. Todavía no me decido (por favor, excuse la necesidad de utilizar lupa para ver las opciones de respuesta).

2. Uno de estos días iba por la calle y me gritaron piropos. Como no volteé, me gritaron insultos. Me alegra estudiar psicología, porque no me sentí personalmente ofendida, por una serie de argumentos [desde la rama clínica cognitiva-conductual], y sin embargo, estas cosas nunca dejan de causarme indignación y algo de miedo, por ser la manifestación de una problemática sumamente compleja [desde la rama social Martín-Baresca].  Esta vez no tuve ninguna fantasía reparatoria que involucrara insertar cuchillos o desfigurar testículos, predominó el principio de realidad. Eran varios en un carro que iba a la misma velocidad que yo (porque estaban atascados en tráfico, aunque en carril contrario). Y nada, seguir caminando, buscar puntos de seguridad, dejar de caminar o volverme sobre mis pasos, de ser necesario. Terminé pegándomele a una señora y su hijo adolescente, al punto que parecía que yo iba con ellos. Ella volteó a verlos cuando empezaron a insultarme, y le agradecí su mirada de indignación. Al llegar a mi casa, me sacudí el temor y agradecí por muchos de los hombres con los que tengo contacto constante, consanguíneos, amistades y hasta bloggeros/comentaristas de este blog.

3. Cuando tenga 100 años, quiero ser como ella.

4. ¡Quédense con su ley, señores homofóbicos!“:

No hay homosexuales queriéndose casar en este país, no hay grupos haciendo esta demanda…por mí, quédense con la prohibición, estoy seguro que los homosexuales en el país eso los tiene sin cuidado. Los temas que nos preocupan son más básicos: el respeto a nuestra dignidad. 

5. No hay Trípin de la Cumbre. Pero aquí hay un dibujo de Joe Perry:





Inseguridad.

21 03 2009

Esta mañana frente al espejo, pensé en el tipo de la noche anterior; imaginé que estaría haciendo lo mismo que yo, preparándose para ir a trabajar como cualquier otro ciudadano honrado. Sé que la noche anterior le resultó productiva. Cruzamos caminos en la calle Bernal a las diez de la noche. Él era el pasajero de una moto. No le vi su cara, sólo lo vi acomodándose el casco. La motocicleta arrancó y pasó frente a mí, y antes de cruzar la esquina, vi que el tipo sacaba un arma mientras tocaba la ventana de un carro que estaba haciendo el alto.

He decidido abandonar la psicología y mi puesto ejecutivo en el Centro de Emputados para dedicarme al negocio de la seguridad. Personas desempleadas no faltan y serán contratadas como vigilantes. Vigilantes con agendas ocultas, que sean aliados de los delincuentes, porque las asociaciones nos fortalecen y engrosan nuestros recursos. El doctor en filosofía de mi familia dice, partiendo de varios autores, que con inseguridad no hay democracia, porque la inseguridad nos hace clamar a la autoridad para que imponga mano dura (no puedo expresar aquí su planteamiento en todo su esplendor, porque yo soy una simple mortal). Si me eligen Presidente de la República, enviaré al ejército a patrullar las calles e instauraré la pena de muerte.  Habrá francotiradores en los techos, para atajar a los delincuentes ciclitas y peatones. Abriré zonas verdes selladas con malla ciclón, por tu bienestar y el de los tuyos.

Cuando cruzo la esquina y el asalto se desvanece de mi retrovisor, imagino los cuerpos de los motociclistas chocando contra mi parabrisas y cayendo al pavimento. Luego tendría que zigzagear en reversa, para asegurarme de que no me van a seguir.  Pero si hiciera esto y en realidad terminara apachurrando hasta la muerte a al menos uno de ellos, a lo mejor me preguntaría al día siguiente, frente al espejo, si he matado a un ciudadano que solía ser honrado en horas de oficina.





Cognición, comportamiento, acoso y cruzar la calle: un acercamiento semi-empírico y rimbombante como el título de este post (parte 2).

28 02 2009

La segunda línea de pensamiento…

Hay un viejo dicho en psicología social, que dice que si uno no piensa sus actos, sus actos dirigen sus pensamientos. Es decir, no siempre las actitudes preceden al comportamiento. A veces el comportamiento moldea la actitud, como demuestra el experimento de la cárcel de Zimbardo. Y lo ejemplifica Albert Ellis, progenitor de la Terapia Racional Emotivo Conductual (TREC), cuando explica cómo superó su miedo a hablar con mujeres. “Probablemente hasta ese tiempo yo sólo era cognitivo [...] y me forcé a ser conductual. La única forma en la que verdaderamente superas la timidez es forzándote a actuar cuando estás incómodo”. Y a los 19 años, se propuso hablarle a cien mujeres desconocidas, en el Bronx Botanical Gardens*.

Hay personas neuróticas de carácter y personas neuróticas de comportamiento. Para superar lo que mencioné hace dos posts, me he dado a la tarea de ser un poco menos lo primero (lo soy por naturaleza) y un poco más lo segundo. Me ha funcionado espléndidamente; le está funcionando a alguien con quien estoy llevando un proceso terapéutico…y si hubiera sabido esto hace varios años, no tendría tanta culpa de terapeuta.

Esta pequeña filosofía de vida la había puesto en práctica en ambientes gratificantes. Hasta que tuve que forzarme a ser menos cognitiva y más conductual en una situación que detesto hasta las entrañas: pasar frente a un grupo de hombres, de esos que no se quedan callados y que tuercen sus nucas cuando camina ante ellos una mujer.

Y pues, lo que me pasó cuando se me acabaron los 8 metros no dista mucho de lo que contaron en los comentarios del post anterior. Y fue desagradable, pero también propició un “vale verga” de mi parte. Todavía mi tendencia será evitar agujeros negros como estos, pero la experiencia muestra que muchas veces habrá que aguantarlos, y cuando llegue una de esas veces, prefiero zanjarlo con “vale verga” y procesarlo rápido (no negarlo; la indignación es tan perra que una querrá contarlo eventualmente, o al menos, reconocer que este hábito es una mierda) que pasarlo rumiando, que es lo que los neuróticos de carácter tendemos a hacer.

Por supuesto que me pregunto cómo se puede solucionar esto. Buscaba el reforzador de la conducta de acosar sexualmente porque, si el reforzador es lo que mantiene la conducta, retirarlo propiciará su disminución; que su frecuencia de aparición caiga al valor cero, extinción. Se les haga caso o no, lo harán con la siguiente mujer. Eso demuestra que el reforzador no está en la mujer y en cómo reaccione.

Leí un par artículos sobre prevención de la violencia sexual en una base de datos científica. Solución a corto plazo no hay…tendría que preguntarles a aquellos maitros del Fovial si lo que les hice evitaría que volvieran a cuentear a una mujer en carro; pero no sé dónde estarán y además, lo que hice es castigo (el castigo suprime temporalmente la conducta, pero no la elimina tan efectivamente como la extinción). Hay intervenciones a mediano y largo plazo, a nivel comunitario, pero son esfuerzos que poca gente estaría dispuesta a promover y apoyar aquí en el país. Estas intervenciones abandonan la visión que encasilla a la mujer como víctima y al hombre como perpetrador. Yo entiendo perfectamente esto último, pero aún no puedo ir por la calle sin ver a cada hombre desconocido que me encuentro como un potencial agresor. A veces, decía, el comportamiento moldea la actitud.

Agradezco al electorado por su atención y sus comentarios.

* Albert Ellis: An Efficient and Passionate Life; por Windy Dryden.





Cognición, conducta, acoso y cruzar la calle: un acercamiento semi-empírico y rimbombante como el título de este post (parte 1).

26 02 2009

Estando a 10 metros de un pick-up abordado por 6 hombres, vi a una mujer que pasó frente a ellos; observé el show y supuse que de seguir mi camino, el mismo destino me aguardaba. Tenía la opción de seguir en línea recta o desviarme en una ruta rectangular el triple de larga. Decidí lo primero en el metro 9, por argumentos que se sabrán en el futuro. Y tuve dos líneas paralelas de pensamiento. Una fue los principios skinnerianos de la conducta, con todo y lenguaje académico.

(quien lee estas líneas debe recordar la pasmosa cantidad de corrientes y enfoques que tiene la psicología; sólo en clínica, al menos desde la última vez que escuché, hay más de 250 terapias, cuando yo no podría nombrar más de 10 y aplicar más de 2. El conductismo es uno de los muchos enfoques, uno sumamente concreto).

Un reforzador es un objeto u evento que sigue a la aparición de una conducta, y que aumenta las probabilidades de que ésta se repita en el futuro, ¿sí? Sí. Si la rata baja la palanca y recibe una bola de concentrado, con más probabilidad la bajará en el futuro.

Entonces, ¿cuál es el reforzador que mantiene la conducta por parte de un extraño de piropear a una mujer desconocida en la vía pública? La gente dice que no hay que hacerles caso y hasta hoy esa parece ser la solución menos problemática. Pero esa no es mi pregunta. La mujer no es un reforzador sino un estímulo discriminativo. Sin un estímulo discriminativo, la conducta no ocurre. Sin palanca, la rata no ejecuta la conducta de bajar la palanca (no quiero herir susceptibilidades hablando de ratas y seres humanos como si fueran lo mismo; pero los principios de la conducta se aplican a casi cualquier ser con sistema nervioso central).

Podría presentar un estímulo desagradable tras la aparición de la conducta, lo que me permitiría explorar formas de suprimirla en el futuro. Pero un entorno natural no controlado no ofrece garantías para quien quiere ponerse en ánimo experimental. Situación hipotética: paso frente al pick-up y me dicen cosas. Saco el cuchillo que tiene un serio valor sentimental para mi persona y se lo clavo en el brazo a uno de los tipos. Eso me deja con cinco seres más, y si empezara a correr, me alcanzarían en la intersección y, cuando menos, me empujarían al tráfico. Y si corriera y me salvara, no podría darle seguimiento a su comportamiento cuando pasara otra mujer.
Moraleja 1: es éticamente cuestionable poner a prueba determinadas propuestas experimentales.
Moraleja 2: ignorar es la mejor opción para la receptora; evita el estímulo desagradable, aunque no se elimina. Corolario: podría ignorarlos (no atención) o reirme/insultarlos/etc (atención), pero es altamente probable que lo harán la próxima vez que se presente la oportunidad.

Dado el riesgo de buscar pruebas empíricas propias, me remito a antecedentes. Dos autoras cuyos nombres se me escapan contaban cómo hombres con una determinada forma de pensar se desharán en romance, pero el momento en que una no responde como ellos quisieran, se vuelven agresivos. Alguien una vez dijo estar interesado en mí y sugirió comenzar una relación; decliné lo más diplomáticamente posible. Me respondió que entonces lo que yo quería era un cabrón vergueador y que yo me creía la gran cosa. Sólo estaba siendo honesta. Esta y otras experiencias similares me hicieron hipotetizar que a lo mejor el verdadero reforzador no está en el ambiente físico (y hay una frase aquí que me va acercando a la respuesta). Pero entonces no es observable ni directamente medible. La temida caja negra. Aquí topó el conductismo. O tal vez no. Recordé que hoy se acepta que thinking is behaving

Cuando llegué a esta parte de mi elaboración, se me acabaron los 8 metros.