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Archivo de la categoría: Memorias y heridas

Llueven bombas.

Años atrás me encajaron la tarea de diseñar algunos materiales para una campaña. No sé nada de diseños ni campañas pero no había nadie más que se encargara. Trabajaba entonces en una ONG de personas con discapacidad, que comenzó su labor con personas que habían sufrido amputaciones durante la guerra civil. Mi jefe era civil y perdió las piernas por una mina; el personal de campo había sido del ejército o de la guerrilla (incluyendo un niño soldado), todos habían perdido por lo menos una extremidad, y ahora trabajaban en equipo tratando de responder a esta población -a la que ellos pertenecían- que fue rápidamente olvidada cuando se firmaron los acuerdos de paz.

Yo apenas recuerdo la guerra, lo que alcancé a vivir, y tenía mis extremidades intactas. Aunque apenas era secretaria, aprendí una barbaridad de cosas en ese entorno. Conocí historias donde invariablemente uno terminaba con lágrimas en los ojos, de alegría o de tristeza. Aprendí más de la historia del país (en cosas tan curiosas como una prótesis de pierna hecha con la pata de una cama, porque las prótesis “verdaderas” son caras), de conflictos armados alrededor del mundo, de tratados y convenciones, de sobrevivencia y resilencia, y de acción colectiva.

La campaña, como parte de un movimiento internacional, era para exigirle a la Asamblea Legislativa que ratificara la Convención contra las bombas en racimo (véase bombas de racimo o cluster bombs, aunque después de discutirlo para la campaña acordamos que debía ser “en”). Nunca se han usado en El Salvador pero uno, por si acaso, y dos, en solidaridad. Mientras más leía y buscaba imágenes para preparar los trípticos, más aprendía la verdadera definición de la palabra horror. Las bombas en racimo son una enorme bomba que lleva miles, miles de pequeñas bombas de distinto tipo adentro, para causar más daño en un perímetro muchísimo más amplio. Cuando la bomba cae y se abre en el aire, los artefactos son una lluvia infernal pero puede que no todas detonen al caer; pueden incrustarse en la tierra y estallar cuando alguien se pare en ellas. Esa lógica no es para atacar milicias sino civiles.

Pensé en todo esto cuando leí que están tirando bombas en racimo sobre Gaza. Justamente hace poco me encontré con una copia de Psicología Social de la Guerra, de Ignacio Martín-Baró, en una oficina…en el sur de Chile, mire, ve. Es un libro de la década de 1980 y ya había un estudio sobre la situación de Palestina, era sobre madres e hijos. En este libro de psicología social aplicada también hablan de intervenciones realizadas para disminuir el conflicto pero claramente no han funcionado a nivel macro. Brotip, pero si no sabía y pa’que sepa, la destrucción de Palestina lleva ya un buen rato. Parecerá “tema de moda” pero ya depende de cada quien informarse y tomarle la seriedad debida al asunto.

Hay gente que dice que con compartir imágenes y posts en Facebook y Twitter sobre el genocidio en Gaza no se hace nada, no cambia nada. Eso puede que sea cierto (y puede aprender de mi sobrino y unirse a alguna acción colectiva), pero también decir tal cosa sugiere que lo mejor es callarse, y no, no lo es. Aquella camisa y yo nos encontramos de nuevo:

(La imagen de la camisa no la hice yo)

 

En el diccionario, “masacre” es definida como la “matanza de personas, por lo general indefensas, producida por ataque armado o causa parecida”. No tiene nada que ver, pues, con la andanada de goles en contra que recibió la selección brasileña de fútbol y que sepultó su aspiración de convertirse —por sexta ocasión— en campeona mundial de la disciplina deportiva que, hoy por hoy, es uno de los negocios más lucrativos del planeta. Nada que ver, pero fue noticia de primer orden y comentario obligado en cualquier sitio. Los siete tantos que recibió el equipo carioca el pasado martes 8 de julio le sacaron torrentes de lágrimas a mucha gente. Pero hay que insistir: lo ocurrido no fue una masacre. Fue cualquier cosa, menos eso. Si se va a hablar de masacre en términos precisos, hay que referirse a lo que comenzó durante la madrugada de ese mismo día en territorio palestino y que —a esta fecha— continúa produciendo muerte, terror y repudio.

Masacre

¿Sabe qué más se puede hacer? Llamar las cosas por su nombre, e.g. usar la palabra violación sólo cuando esté hablando de violación. Yo estoy a favor de que la gente viva y goce el fútbol pero hay una manga de desubicados a los que hay que sentarlos, leerles los episodios más dantescos de El Efecto Lucifer y los más abrumadores de Trauma y Recuperación, y después mostrarles Anticristo y Las tortugas también vuelan. Bien se puede hacer un pre y post-test, para medir si la exposición vicaria a la barbarie, the real barbarie, les re-acomoda la mollera. Bien que les hace falta.

 

La importancia de tener vergüenza…cuando se tiene privilegios.

Feminismo, maternidad y justicia 
Julia Evelyn Martínez (haga click en el título para ir al texto completo)

Escribo esta columna desde la tristeza y desde el dolor causado por trágica muerte de mi hijo Héctor hace menos de una semana. Un hijo a quien amé más allá de lo que nunca imaginé posible, es decir, como solo puede hacerse desde el amor maternal.

Desde este dolor que me desgarra y desde esta tristeza infinita que me acompañará el resto de mi vida, he leído el infame artículo “¡Mentirosas feministas!” (EDH 08.07.2014), en el cual la columnista Evangelina del Pilar de Sol vomita todo su odio, su egoísmo y su fanatismo en contra de mis hermanas feministas, y en contra de su valiente lucha por la liberación de 17 mujeres salvadoreñas encarceladas injustamente por haber perdido a sus hijos durante partos precipitados y/o como producto de alumbramientos ocurridos en condiciones de riesgo extremo.

Desde mi condición de madre y de feminista, no puedo menos que indignarme frente a tal despliegue de hipocresía y de falta de misericordia. ¿Cómo es posible que una mujer como la columnista Evangelina de Sol, que ha sido madre en condiciones económicas y sociales privilegiadas, se atreva a tirar la primera piedra contra mujeres menos privilegiadas que, en medio de la pobreza y de la exclusión social, han tenido partos extra-hospitalarios que han provocado la muerte accidental de sus hijos o hijas? ¿Cómo es posible que una mujer que alardea de ser cristiana, y que seguramente cada domingo se da golpes de pecho por el perdón de los pecados del mundo, se atreva a divulgar públicamente los nombres de las mujeres en proceso de indulto,  para exponerlas así al escarnio público y/o a poner en peligro sus vidas?. ¿Es este el humanismo y la moral que predican las mujeres de la Fundación Sí a la Vida, del Opus Dei y agrupaciones afines? ¿Es qué no habrá en sus corazones y en sus conciencias capacidad de amar a estas 17 mujeres encarceladas y ver en ellas el “rostro sufriente del siervo deYahvé”?

[...]

Conocer a mujeres como Mirna y las circunstancias económicas, sociales y emocionales en que dan a luz, nos revela que son simplemente mujeres pobres que no tuvieron la suerte de ser atendidas en sus embarazos y partos con la calidez y la calidad con la que seguramente fueron atendidas en sus partos la señora Evangelina de Sol, sus hijas, nueras, sobrinas y/o nietas. Nadie tiene derecho a señalarlas ni condenarlas por sus “malos partos”, pero todos y todas sí tenemos la obligación de sentir empatía y misericordia por ellas, o al menos de sentir vergüenza por vivir en una sociedad que trata de forma tan cruel a las mujeres pobres.

Siga la causa de Las 17 en Facebook y en Twitter.

 

Look what the homosexuals have done to me.

Hace algunos años, era sábado y un semáforo se puso en rojo, justo cuando yo iba a pasar. Frené y en ese segundo cerraron la calle frente a mí. Quedé en primera fila para ver la razón del cierre: la marcha por la diversidad, el PrideSV, aunque en ese tiempo no creo que se llamara así. Quise dejar el carro ahí nomás y unírmeles. Primero, porque la comunidad LGBTI era toda alegría en ese momento, y segundo, porque usualmente eso no es así.

Hoy es el 45° aniversario de los Disturbios de Stonewall, que dieron vida al movimiento por los derechos de las personas LGBTI (y puede que vea este acrónimo con variaciones en otros lados). Siendo uno más o menos cisgénero podrá creer que estas cosas no le incumben, pero sí. Resultaría una tarea interminable el sólo listar la cantidad de crímenes, aberraciones y torturas que se infligen a personas con la excusa de que su identidad “no es la correcta”, o porque no debería sentir atracción afectivo-sexual por determinadas personas; o, simplemente, porque hay una sola manera de ser persona y quien no se apegue a eso debe ser castigada.

Estoy impresionado sobre todo por el hecho de que usted no menciona [el término homosexual] en su información sobre él. ¿Puedo preguntarle por qué lo evita? La homosexualidad ciertamente no es una ventaja, pero no es nada de qué avergonzarse, no es un vicio, no es degradación; no puede ser clasificada como enfermedad; la consideramos una variación de la función sexual, producida por cierto freno en el desarrollo sexual. Muchos individuos altamente respetables de tiempos antiguos y modernos han sido homosexuales, incluyendo muchos de los hombres más grandes (Platón, Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci, etc.). Es una tremenda injusticia el perseguir la homosexualidad como un crimen. Y una crueldad también.

Carta de Freud a la madre de un joven homosexual

Buena onda el Froid (pero no le haga caso en lo del freno, como no le haga caso a eso de que el clítoris es un pene atrofiado. De hecho, todo pene fue primero un clítoris).

En fin. No me baje del carro, pero me sentí emocionada de estar en primera fila. Será una marcha del orgullo pero también es de valentía, sobre todo en un país plagado de Evangelinas Pilar de Sol, que vienen en muchas presentaciones pero que al final son un caldo de cultivo para crímenes de odio, para cometerlos y/o justificarlos.

Mientras se me hacía un nudo en la garganta viendo tanto color y guapura, pasó frente a mí una cara conocida: ella había sido mi instructora en la carrera. No era sorprendente porque la conocía a ella y a su novia de entonces, pero fue maravilloso verla pasar con alitas en la espalda. Ella no me vio y no le pité para saludarla porque ya había gente atrás pitando, pero en tono de queja, cómo los maricas y marimachas van a cerrar las calles. Nomás celebré en silencio. Que creo que es exactamente lo contrario de lo que hay que hacer este día pero dado el contexto, no quería confundirme con la chusma heteronormativa.

El enojo [de la comunidad LGBTI] es válido: es la reacción inmediatamente posterior al despertar de la propia condición de exclusión social. Lo tuvieron Magneto y Beast, los primeros activistas de la comunidad LGBTI local y quienes desde sus ámbitos hacen lo que pueden por garantizar que las personas no heterosexuales  también gocen de derechos civiles y políticos. Debería ser, eso sí, un estadio que guíe a otros que requieran la astucia suficiente para influir en la opinión pública y los espacios de incidencia política. Mi yo de 13 años no tendría problema en responder a la imperante homofobia de la Iglesia Católica con alguna imagen profana, pero mi yo actual debe morderse la lengua y notar que los Hank McCoy del activismo LGBTI han llegado mucho más lejos mediante el trabajo político.

La responsabilidad del diferente: el caso de Hank McCoy (Vaya a leer a la Virginia, que es la cumbia. Y la cumbiarengue)

Y desde entonces estoy pendiente de las marchas por la diversidad; me falta ir a una, pero la conmemoración/celebración se comparte, se admira y se agradece. Recuerda que el mundo puede ser más libre y más alegre sin tener que pasarle por encima a nadie, y que construir ese mundo está en nuestras manos.

“Mirá, Michael, mirá lo que me han hecho los homosexuales. Todo lo que hacen es tan dramático y extravagante. Me hace querer prenderme fuego”.

***
Relacionado, traído a usted desde Psicoloquio (patrocinio La Vaquita):
El mito de lo masculino-femenino en una relación homosexual.
El aberrante mundo de la conversión “de gay a heterosexual”.

El modelo Merseyside: el asesinato de trabajadoras sexuales es un crimen de odio.

 

Los terremotos y nosotros.

Pasó el terremoto de este martes 1° de abril, en la zona norte de Chile, y se me fue todo. Vivo muy lejos de ahí, es casi como otro país. Tampoco vivo en una ciudad costera por lo que no tenía que preocuparme de la alerta de tsunami. Me sentí un delicado trébol de cuatro hojas con todos los mensajes que recibía de familia y amigos preguntándome si estaba bien.

Pero se me fue todo por un rato. Primero por angustia vicaria; los movimientos de tierra me parecen fascinantes pero sus implicaciones materiales y sociales son devastadoras. Después el temor de que el tsunami llegara al pequeño El Salvador, a quien se le da tan mal la prevención en todo nivel. Luego estaba el hecho de que conozco a algunas personas de Arica, porque fui hace algunos meses y me recibieron con los brazos abiertos. Y por último, porque la noche del terremoto yo tenía que haber estado en Arica, por la misma razón por la que fui la primera vez. Pero unos días antes me pidieron que cambiara el pasaje de avión para la semana siguiente (y ahora tuve que cambiarlo otra vez, para más adelante). Por un momento me imaginé entre el caos de la gente evacuando hacia los cerros en medio de la noche, tratando de traer conmigo perros callejeros que me encontrara en el camino.

A pesar de todo esto, no me asombra que una semana antes saliera el Mago Yin y otros “prediciendo” el terremoto. Antes que él, había leído de científicos que decían lo mismo, y con mucha más disposición a explicar en qué basaban sus estimaciones. Recuérdole, lo único que se puede predecir es la probabilidad de que ocurra un evento.

Hablando de prevención, veía un noticiero que cubría el terremoto. Lo veía con envidia, en el momento en que un señor hablaba sobre cómo los edificios en Chile simplemente no pueden caerse: la norma lo establece así. No se caen durante el terremoto, aunque si quedan muy dañados deben demolerse después. Y pensaba en cómo tienen bien señalizadas las rutas de evacuación en caso de maremoto y de erupción volcánica, y pensaba “deme mil de esos para mi país”. Aquí le hablarán con vergüenza de los saqueos y las histerias acaparadoras que ocurren después del magno evento telúrico, pero, al menos comparativamente, tienen una preparación envidiable.

Por qué los chilenos no corremos cuando hay terremotos

[...] Eso hace que desde niños nos hagamos a la idea de que los temblores serán una constante en nuestras vidas. Es inevitable. Antes o después, el suelo se moverá bajo nuestros pies.

Yo digo, “¡Oiga, en El Salvador también!”.

Desde niños participamos regularmente en simulacros organizados en los colegios y aprendemos que mantener la calma y evacuar en orden es más seguro y eficaz.

Ahí sí le voy a quedar mal. Recuerdo uno o dos simulacros en el colegio, sobre todo después de los terremotos del 2001; teníamos que ponernos un cuaderno en la cabeza y salir en fila, los que estaban contra los ventanales salían primero. Pero en un temblor deadeveras un profesor salió corriendo del aula sin sus alumnos, y otra profesora se apresuró a cerrar la puerta con los estudiantes adentro. Aun más, pasé buena parte de un año escolar sentada bajo un pedazo de cielo falso que amenazaba con zafarse cuando ocurriera un grado 4 (mire, yo en mi clasemediez medio aburguesada fui a un colegio bastante bueno, que incluso tenía un área segura adonde evacuar, si lograban arrear a tanto puberto en crisis. Pero mal ahí con ese pedazo de cielo falso).

También sabemos que un gran número de edificaciones cumplen estrictas normas antisísmicas que hacen más difícil que se derrumben.

Por supuesto. En mi vida en el terruño sólo conocí un edificio antisísmico. Tuve la suerte de experimentar un temblor ahí y doy fe de que se mecía galán.

La orden de evacuar fue difundida por mensajes de texto a celulares y en Twitter, y reforzada por sirenas en barrios donde la gente practica regularmente simulacros de terremoto.

Pero el sistema tiene sus limitaciones: el gobierno todavía tiene que instalar sirenas de alarma de tsunami en Arica, dejando a las autoridades a gritar las órdenes por megáfono. Y menos del 15% de chilenos han descargado la aplicación de smartphone que alerta de órdenes de evacuación.

Nuevas evacuaciones en Chile tras fuerte réplica

Todavía es mejor que tener que ir a la playa a ver si el mar ha retrocedido.

 

Los mismos métodos.

Hace semana y algo, la gente aplaudía que un encapuchado con arma en mano anduviera por las calles de San Salvador. Desconfíe de los encapuchados con arma en mano, aun si son reconocidos y carismáticos y manifiestan la intención de “atrapar” delincuentes.

Días después, otros encapuchados con arma en mano entraron a Pro-Búsqueda, cuyo objetivo es encontrar niñas y niños que fueron desaparecidos durante la guerra. Años atrás estuve ahí un tiempo; aunque mi trabajo era de oficina, lo que alcancé a ver era abrumador. Abrumador para quien entraba en contacto con esa clase de  información, con las historias; abrumador para las víctimas y también para los victimarios, señalados con nombre y apellido. Por eso, estos encapuchados entraron y quemaron documentos, entre ellos, expedientes “relacionados con una causa que en este momento ventila la Sala de lo Constitucional por la desaparición forzada de siete niños en un operativo militar conocido como “la guinda de mayo”, ocurrido en 1982, en el departamento de Chalatenango”.

Es indignante y hace hervir la sangre. Da miedo porque es un recordatorio de que el país sigue viviendo en guerra, guerra entendida como la lucha por aniquilar de uno u otro modo a quien te incomoda. Y da risa, por los tres tipos aprovechando la madrugada no sólo por la soledad, sino para que cuando salga el sol puedan salir a la vía pública dando la cara como gente corriente, como ciudadanos comunes que contribuyen a que “la patria salga adelante”. Son un hazmerreír, ellos y quienes los enviaron. Todos un hazmerreír, muy de alto rango pero cagados de miedo cuando su autoengaño sucumbe al peso de la realidad.

Los que mantienen escondidos los cadáveres para que un pueblo oficialmente amnésico les llame héroes. Los que antes vivían de provocar miedo. Hoy son ellos los que tienen miedo. Miedo a que sepamos lo que hicieron. A que el daño a su lugar en la historia sea irreparable. A que la historia oficial cambie. Ellos fueron.

Quemar la memoria

No es sólo que son gente que se opone a reencuentros como este. Es gente culpable de que la separación ocurriera en primer lugar.

Tras dictaduras y guerras civiles, la dialéctica del trauma con frecuencia se muestra como una feroz batalla sobre la impunidad. Los perpetradores de los crímenes políticos masivos pueden mantener un considerable poder residual, aun cuando sus peores estragos han sido disminuidos, y no tienen interés alguno en que se diga la verdad públicamente [...] Frente a la posibilidad de ser responsabilizados, los perpetradores con frecuencia se vuelven extremadamente agresivos. Para resistir ser llevados ante la justicia, utilizarán los mismos métodos de intimidación y engaño que una vez utilizaron para dominar a sus víctimas. [...] Harán lo que esté en su poder para preservar el principio de impunidad. Demandan amnistía, una forma política de amnesia

Herman, 1997 (cita completa en el otro blog).

Por otro lado, a 24 años del asesinato de los seis jesuitas y sus dos colaboradoras por parte del Ejército: Develan mural Mártires de la UCA.

 
 
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