La emoción en la política.

8 07 2008

Si se me disculpa el momento iluso, sueño con que en los estantes de psicología de las librerías del país haya menos libros de autosuperación y más libros como este:

Campaigning for Hearts and Minds: How Emotional Appeals in Political Ads Work (algo así como “haciendo campaña por corazones y mentes: cómo funcionan las exhortaciones emocionales en anuncios políticos):

Es conocimiento común que los anuncios políticos por televisión buscan atraer las emociones de los votantes…en el corazón de este libro hay ingeniosos experimentos, conducidos por Brader durante una elección…muestran, por ejemplo, que cambiando simplemente la música o la imagen del anuncio mientras se retiene el mismo texto provoca respuestas completamente diferentes. Revela que los ciudadanos politicamente informados son más fácilmente manipulados por emociones más que ciudadanos menos involucrados y que los “anuncios entusiastas” positivos son de hecho más polarizadores que los “anuncios de miedo” negativos. Imágenes en blanco y negro tienen 10 veces más probabilidades de instar al miedo o al enojo que un video de entusiasmo u orgullo, y la llamada emotiva triunfa sobre la lógica en aproximadamente tres cuartos de todos los anuncios partidarios….Los políticos sí se preparan para hacer campaña por el corazón y las mentes de los votantes y, para bien o para mal, es primariamente a través del corazón que las mentes se ganan.

Por inmediatez, se me viene a la mente el reality show de Norman Quijano (1, 2, 3), pero no es difícil pensar en otros ejemplos, de cualquier bando, que involucran el miedo y el patriotismo que raya en patrioterismo. La emoción es, precisamente, para mover.

“Campaigning…” es sobre la política estadounidense. Es común en psicología, al menos en El Salvador, volcarse a literatura relativa a otros contextos y no al propio (he encontrado que aquí se hace mucho en realidad, pero el apoyo y la promoción de la investigación es casi nula). Aún así, me empeñé en conseguir El Efecto del Afecto: dinámicas de la emoción en el pensamiento y el comportamiento político; espero comenzar a leerlo pronto y que me ayude a entender algunas barrabasadas de la ilustre política nacional.

-Un candidato gusano, en campaña adelantada,
estrecha la mano del Maitro (y se gana su corazón)-





Por qué leer El Asco.

12 06 2008

A los pobres estudiantes de una universidad aquí en San Salvador les han exigido leer un libro cuyo título lo dice todo: “el asco”. El título refleja la clase de escrito que es, el estado mental del autor, la confusión del mal llamado maestro y buena parte de lo que sucede en este suelo. Pero además de leer ese asco, tendrán los alumnos que “representar” su contenido frente a otros, como quien esparce basura por un vecindario.

Obligan a estudiantes lo que nada vale
(ahórrese el click y el comportamiento potencialmente malicioso de la página de mentiras*; si interesa el resto, pág. 24 en la edición de ayer).

Como no es extraño, no estoy de acuerdo con el punto de vista de este editorialista. Sobre el libro, SoySalvadoreño ya lo comentó aquí. Más que recibir elogios o críticas negativas, lo importante de una pieza de literatura es que no te deje indiferente, y al menos en eso, y en la vigencia de muchos de sus tópicos, el libro no falla.

Retomo este editorial por una razón: Miguel Huezo Mixco, un columnista de La Prensa Gráfica, contraargumenta por qué leer El Asco. Con perdón y sin permiso, reproduzco su columna casi en su totalidad:

Vista una década después de su publicación, es necesario insistir en que esa novela plasmó la frustración de la posguerra salvadoreña. La virtud del texto reside precisamente en darle un “cuerpo literario” y convertir en una ficción las amargas expresiones de desencanto hacia el país de finales del siglo XX.

… Muy poco ha cambiado en El Salvador desde la publicación de “El asco”. La nueva contienda política ya ha puesto en marcha las maquinarias del lenguaje destinadas a corromper hasta el aire que respiramos. Basta con abrir los diarios. Si bien no tienen la virulencia de los años del periodo bélico, los deseos de revancha, la baja autoestima nacional, la exaltación del nacionalismo como tópico principal de la esfera pública, la transformación de la información en propaganda y de la propaganda en verdades incontestables siguen desencantando a miles de personas, especialmente a los jóvenes que prefieren lanzarse a los peligros de cruzar los desiertos del norte para ir a trabajar, mientras se lee que aquí todo va bien, y que todo iría mejor si no fuera por los criticones.

Algunos de esos ataques se lanzan, por eso mismo, hacia tópicos sagrados de la salvadoreñidad que el personaje desprecia. Esos ataques son los que han provocado las reacciones más enconadas en El Salvador, al punto que algunos han sugerido que el libro es una lectura nociva para la juventud.

Pero el mecanismo oculto del monólogo de Vega no es tanto el evidente asco que siente hacia la sociedad de sus orígenes, sino la revelación de su propia intolerancia. Una intolerancia que, si volteamos la página hacia la realidad del país allí representado, alentó persecuciones y produjo homicidios. Hijo y protagonista de su sociedad y de su tiempo, aquel personaje no parece enterarse de que él mismo resulta ser parte de toda esa basura que detesta. Ese es el espejo terrible de la obra…

No dudo que este libro toca fibras inherentes a ser salvadoreño. Si no te gustó el libro, qué bien; el personaje llega a ser molesto, hay que admitirlo. Pero si hay una moraleja de todo esto, es que la indignación visceral nos hace apartar la mirada del mundo y de nosotros mismos. Detrás de la palabra impresa, hay un significado adicional y una intención sutil pero fundamental; si se enseña a ser lector, y no sólo a leer, se encuentran. Huezo Mixco encontró ese trasfondo, de eso se trata su columna. A lo mejor Altamirano también lo encontró (al menos admite que algo “sucede en este suelo”), pero no le gustó. Le dio asco el espejo terrible.

* Google bomb





Cómo transmitir valores.

14 05 2008

Cerca de 30 alumnos de varios grados, incluidos algunos párvulos del Centro Escolar Católico Jesús Obrero de Mejicanos, salieron el lunes pasado de clases con el pelo rapado al uno por orden de la directora Sor Marina Pineda Hernández. La encargada de la escuela asegura que usar el cabello corto es parte del reglamento disciplinario interno.

(…) “Es una institución de prestigio y tenemos que dar valores (…)”, argumentó la directora.

Alumno del Jesús Obrero rapa al uno a 30 niños por orden de la directora

***

Algunos hablan de una “crisis de valores” y quieren dar a entender que si se volviera un modelo más autoritario, más controlador y represor, más culpabilizante de aquello que es diferente, se solucionaría todo (…) su forma de resolver las cosas ha sido la imposición, el irrespeto.

Instituto Interamericano de Derechos Humanos, 2000





Leer, ¿para qué?

26 04 2008

Entre los libros que compré en la Feria del Libro, está De Centroamericanos, una antología de cuentos, que incluye a Jacinta Escudos, Claudia Hernández y Castellanos Moya. Estas semanas son ajetreadas, en detrimento del engorde de este blog; la buena noticia es que ya pasamos la prueba piloto, y Paciente ya trasladó su conflico de lo somático a lo psíquico (!).
Para mientras, dejo esto, que me gustó mucho:


Leer, ¿para qué?

Santiago Alba Rico
Manifiesto por la lectura. II Jornada de reflexión sobre la lectura. Cuenca 22 abril 2008.

La necesidad de renovar una y otra vez los llamados a la lectura -de promover, estimular y colorear las letras- revela una doble angustia. Los lectores -primera- sentimos los libros amenazados. Los lectores -segunda- nunca encontramos argumentos convincentes a favor de nuestro vicio.

Es verdad que los hombres se han quejado siempre de las inclemencias del tiempo, pero sólo hoy podemos hablar de cambio climático. Es verdad que ya Cicerón se lamentaba de la escasa pasión por la lectura de los jóvenes romanos, pero sólo hoy podemos hablar de un cambio de paradigma. Instrumento de dominio y de liberación, la escritura está en peligro como lugar de construcción y decisión de los destinos humanos. Algunos datos sumarios así lo expresan. Mientras aumenta el número de títulos y las cifras de ventas, disminuye el de lectores efectivos. Mientras se mantiene el analfabetismo real en los países pobres, aumenta el analfabetismo funcional en los países ricos. Mientras se multiplican los medios tecnológicos de registro y archivo de la humanidad, flaquea y agoniza la memoria individual de los humanos. Pocos somos capaces ya de recordar un poema, una canción, una cita de memoria; pocos somos capaces de recordar -como un fuego vivo bajo nuestros pies- los acontecimientos más recientes: la caída del muro de Berlín es para las nuevas generaciones tan antigua, tan inexpresiva, tan irrelevante, como la caída de Roma; incluso la invasión de Iraq es tan remota y está tan desprovista de sentido como la conquista de Granada o las Cruzadas. La Historia ha desaparecido en el instantáneo y sucesivo consumo de imágenes muy intensas, muy solubles, que no dejan más rastro que el apetito de una imagen nueva, de una visualidad ininterrumpida: la mirada se ha convertido en una extensión del sistema digestivo.

En estas condiciones, los libros no hace falta ni quemarlos: se descatalogan solos a medida que salen de la imprenta. En estas condiciones, los libros - pobrecitos- no pueden denfenderse a sí mismos. En la mitad pobre del mundo son inalcanzables; en la mitad rica se distinguen ya mal de una chocolatina o de un electrodoméstico. Si queremos salvarlos -junto a los elefantes, los glaciares y los niños- habrá, por tanto, que cuestionarse el modelo en su conjunto. Si queremos salvar a Joyce y a García Lorca - aunque sólo queramos salvar a Joyce y a García Lorca- tendremos que salvar los elefantes; si queremos salvar La Iliada y el Quijote -aunque sólo queramos salvar la Ilíada y el Quijote- tendremos que salvar también los glaciares y los niños.

Pero, ¿por qué salvar los libros? ¿Para qué leer? Es verdad que la lectura enseña, pero también enseña cosas erradas o perjudiciales. La lectura libera, pero también ata a prejuicios y sinsentidos. La lectura entretiene, pero es más entretenido el sexo, la montaña rusa o la televisión. La lectura informa, pero también manipula. La lectura hace pensar, pero, ¿quién quiere pensar? La lectura puede cambiar el mundo, pero hoy casi nos conformaríamos con conservarlo. La lectura ayuda a conservar el mundo, pero mucho me temo que no podremos conservarlo sino con las manos y todos juntos. Entonces, ¿para qué leer?

El crítico y escritor George Steiner sostiene que precisamente en esta indeterminación -anfibia entre el bien y el mal- radica la fuerza de la literatura. Yo diría que radica más bien en el hecho de que esta indeterminación es absolutamente determinada. Es decir, en que esta indeterminación luce una caperuza roja o una barba azul; o se nos presenta “pequeña, peluda, suave, tan blanda por fuera que se diría toda de algodón”; o parece “verde que te quiero verde”; o tiene cincuenta años y es “de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza”; o ha nacido en un lugar concreto llamado Macondo.

La vida, decía Kafka, es un enigma del que hemos olvidado la clave. Los libros, al contrario, son claves -llaves- cuyo enigma no hemos localizado todavía. Las grandes novelas, los grandes relatos, los buenos poemas, dan respuesta a preguntas que aún no no nos hemos hecho, que todavía no hemos encontrado. La vida es un cuaderno de ejercicios; los vamos haciendo sin saber jamás si hemos dado o no con la solución justa. Frente a ella, los buenos libros proporcionan siempre soluciones justas -precisísimas- a problemas que luego hay que reconocer y plantear. Sabemos que está ahí la solución, pero no sabemos cuál es ni a qué dilema responde. Sabemos, en todo caso, que se trata de problemas radicales y generales cuya solución es una flor concreta de retama agarrada a la falda del Etna, una niña concreta que quiere tocar el violín y acaba trabajando de cajera en unos almacenes, un pirata concreto con una pata de palo concreta y un loro concreto posado en el hombro; o una concreta mañana de mayo en que un viejo lama concreto llega a la concreta ciudad de Lahore. Cada vez que leemos a Leopardi o a Carson McCullers o a Stevenson o a Kipling nos embarga la certidumbre maravillosa de haber llegado a alguna parte, aunque no sepamos a dónde, y de haber resuelto alguna adivinanza, aunque no sepamos cuál.

El enigma de una solución concreta -una flor concreta, una niña concreta, un pirata concreto, un lama concreto- es que no sabemos a qué enigma responde. Por eso, la maravillosa satisfacción, la apaciguadora certidumbre de los buenos libros va acompañada enseguida de una insatisfacción no menos intensa: porque una clave sin enigma es un nuevo enigma cuya solución habrá que buscar en un nuevo libro. De ahí que leer sea tan peligroso; empezar es azaroso, imprevisible, incoercible; terminar es imposible. Hay un cuentecito en el que un sabio oriental trata de concentrar toda la sabiduría humana en una página, luego en una frase, por fin en una palabra; y acaba por sumirse en el silencio e imponer silencio a todo el mundo. Hay escritores que sueñan con escribir el último libro, el libro definitivo, el libro después del cual ya no habrá que leer más libros. Y están las religiones llamadas del Libro, que consideran que la Biblia o el Corán vuelven ociosos o redundantes todos los libros y que, a fuerza de imponer la lectura de un solo libro, acaban por impedir precisamente la lectura. El monoteismo, el monobiblismo, es el silencio del mundo antes del big-bang de la creación.

La lectura no tiene fin porque se compone de muchos comienzos y sólo podemos comenzar algunos de ellos antes de que nuestra vida termine. No es un proceso, como la reproducción de la vida o la acumulación de riqueza, sino una sucesión, sí, de paradas y comienzos (como el recorrido de un tren o la línea de un autobús). Sólo los niños muy pequeños, los militares y los capitalistas cuentan los números. Las cosas finitas, los hombres concretos, son incontables. Por eso no los contamos sino que los contamos. No hacemos cuentas con ellos sino cuentos. Por eso, al mismo tiempo, la literatura es lo contrario de la tecnología: podemos decir que el ordenador ha suprimido la máquina de escribir, pero no que Coetzee ha suprimido a Balzac o Roberto Bolaño a Dickens. En todos ellos encontramos por igual la emoción alboral de ese nuevo comienzo contenido en el había una vez de los relatos: el placer cardinal, el suspense local -localizador- de que haya algo en lugar de nada (o de yo mismo); la excitación subracional de que ocurran cosas que no hemos decidido nosotros y que pueden cambiar una vida concreta en un espacio concreto -quizás también nuestra vida y nuestro espacio.

Pero, ¿quién puede querer dedicar su vida -un solo minuto de su vida- a acumular soluciones para las que hay que buscar luego un enigma? ¿A encadenar respuestas a las que aún les falta la pregunta? Cualquier ser humano que tenga problemas; es decir, cualquier ser humano digno de ese nombre.

¿Y quién puede querer concentrar su atención -un solo minuto de atención- en un terreno en el que hay innovaciones y descubrimientos pero no progreso? Cualquier ser humano que tenga antepasados; es decir, cualquier ser humano digno de ese nombre.

Entonces, ¿para qué leer? Marcel Proust escribía que, de la misma forma que no percibimos la rotación de la tierra, tampoco percibimos el paso del tiempo y que las novelas son por eso -y la suya más que ninguna otra- relojes paradójicos que, al acelerar el tiempo, lo introducen allí donde habitualmente no sentimos su movimiento. Se dirá que no tenemos tiempo para la lectura. Pero esto es como decir que no tenemos tiempo para el tiempo; que no tenemos tiempo para la duración. Tenemos tiempo, en cambio, para ignorarlo durante horas, para abolirlo ilusoriamente durante días; para despreciarlo durante toda una vida. Tenemos tiempo para ir a Australia, pero no para llegar hasta la cocina o hasta la casa de enfrente; tenemos tiempo para fotografiar un millón de veces las Pirámides, pero no para levantar en la playa un castillo de arena; tenemos tiempo para dar la vuelta al mundo en una pantalla, pero no para pelar una patata. Tenemos, claro, ese minuto que basta para la destrucción de un mundo, pero ya no los siete días que hacen falta para crear uno. Tenemos tiempo, en fin, para la digestión y para la televisión, pero no para la duración.

Los libros no quitan sino que dan tiempo, nos devuelven el tiempo; nos devuelven precisamente el tiempo geológico que necesitan las montañas para formarse, los niños para crecer, la atención para fijar la mirada, las manos para prestar cuidados, la lengua para conservar su riqueza, los cuerpos para conocerse, la inteligencia y la imaginación para interesarse por un objeto o un ser humano concretos. En ese tiempo -que el reloj del relato nos restituye y que es el tiempo propiamente humano- pueden ocurrir cosas terribles. Pero sin ese tiempo, las buenas, las mejores, aquellas de las que dependen la salvación de los elefantes, los niños y los glaciares, son imposibles. El problema hoy no es el desprecio por la realidad sino el desprecio por el relato, la degradación de esa trabajada ficción -aprendizaje del tiempo- desde la que hemos venido juzgando durante los últimos siglos la consistencia real del mundo exterior. Se puede leer y abandonar a los propios hijos; se puede leer y conquistar a sangre y fuego otro país; se puede leer y colaborar en un genocidio. Pero, ¿cómo va a impresionarnos la muerte de Aischa y Omar en Bagdad si no nos impresiona la muerte de Jo en Casa Desolada? ¿Cómo va a afectarnos el dolor de los palestinos si no nos afecta el de los liliputienses? ¿Cómo vamos a interesarnos por el destino de la humanidad si no nos interesamos por el de los unicornios o el de los mulefas?

De la misma manera que ningún argumento de un ateo sensato podrá jamás persuadir a un fanático religioso para que use la razón, tampoco ningún argumento a favor de la lectura podrá jamás persuadir a un fanático fugitivo del tiempo, disuelto en sus imágenes intensas, para que lea a Stendhal, a Jack London o a Proust. Creo que en un mundo menos injusto habría más gente razonable; y creo que en un mundo más lento la lectura tendría aún una oportunidad. La justicia y la lentitud habrá que defenderlas a la intemperie. Entre tanto, por misteriosas razones que tienen que ver con el fracaso parcial de la lógica en los cuerpos concretos, siguen siendo posibles, como en los cuentos, las conversiones: bajo el contacto de un beso inesperado -un aburrimiento desarmado, un maestro heroico, un revés movilizador- algunas ranas se convierten todavía a la conciencia y a la literatura. Por eso, aunque sea en las catacumbas, tenemos que seguir pronunciando en voz alta el nombre de la justicia y la libertad: por eso, aunque sea en las catacumbas, tenemos que seguir pronunciando en voz alta los títulos de nuestras obras preferidas. Para salvar los elefantes, los glaciares y los niños -si conseguimos salvar los elefantes, los glaciares y los niños- estas palabras y estos libros nos serán indispensables.





¿Cree usted que hay vida fuera del Centro Comercial?

24 02 2008

Por Santiago Alba (el resto del instrumento aquí):

 

2.- ¿Cree usted que hay vida fuera del Centro Comercial?

a) Rudimentaria e infrahumana.

b) La ciencia no ha podido establecerlo con seguridad.

c) Sí, pero afortunadamente nuestros misiles están acabando con ella.

d) Cuando compro no me hago preguntas.

 

3.- Según un reciente estudio, en los próximos 50 años habrá que reducir la población mundial en 4.350 millones de personas si queremos seguir manteniendo nuestro actual nivel de crecimiento y consumo. Según usted, ¿qué criterio debería aplicarse para escoger a los afectados por este recorte demográfico?

a) Por sorteo.

b) Según el poder adquisitivo: las nóminas más bajas y los parados consumen desgraciadamente muy poco.

c) Deben decidir los más racionales y desinteresados; es decir, Europa y EEUU.

d) El mercado se ocupará por sí solo de hacer la selección.

 

5.- Si finalmente se demostrara que el consumo creciente en Occidente de carne, agua, petróleo, cosméticos, electrodomésticos, ordenadores, móviles, etc. está poniendo en peligro la supervivencia del planeta, usted estaría dispuesto a renunciar:

a) Al planeta.

b) A regalar juguetes a mis sobrinos.

c) A leer las noticias.

d) Confío en que los gobiernos tomen medidas a tiempo contra los ecologistas.

 

6.- Las protestas de las multinacionales, que se quejan con razón de que, mientras se les permite interrumpir las películas de la televisión, no pueden en cambio utilizar como soportes publicitarios las obras clásicas de la pintura y la escultura, acabarán siendo lógicamente atendidas. ¿En qué parte del cuerpo de la Gioconda, según usted, debería poner Coca-Cola o Nike la propaganda de sus productos?

a) En la frente.

b) Entre los pechos.

c) Sobre los hombros.

d) Creía que la Gioconda era una creación de la casa Coca-Cola.

 

9.- La ventaja de nuestra época es que no sólo nos permite consumir objetos sino también las imágenes de estos objetos; es decir, nos permite gozar no sólo de la muerte de un congoleño o un indonesio materializada en un ordenador nuevo o en un modelo superior de Nokia sino que nos permite gozar también de las imágenes en directo de la muerte de los demás. Como consumidor, ¿cuáles son las formas de muerte ajena con las que usted más disfruta?

a) Bombardeos.

b) Hambrunas y desastres naturales.

c) Torturas.

d) En televisión todas parecen bonitas.

 

10.- ¿Y a qué pueblos pertenecen las imágenes de muerte que más le gusta consumir?

a) Africanos.

b) Centroamericanos.

c) Árabes y musulmanes en general.

d) Todas por igual: no soy racista.

 

11.- ¿Qué cree usted que tienen en común un libro, una mujer, una hamburguesa, un coche y unas zapatillas de marca?

a) Que los cinco son objetos.

b) Que los cinco son comestibles.

c) Que los cinco pueden adquirirse con tarjeta de crédito.

d) Nunca compraría un libro.

 

12.- Según un estudio, los consumidores españoles gastan medio millón de euros cada minuto (478.042 exactamente). Somos los primeros de Europa en consumo de cosméticos y cirugía estética, los segundos del mundo en consumo de pornografía vía internet y estamos ya entre los diez primeros en consumo de niños a través de ese fenómeno que se conoce como “turismo sexual”. ¿Qué opina usted de nuestro papel en el mundo?

a) En “turismo sexual” debemos mejorar: la prostitución infantil salva del hambre a muchas familias del Tercer Mundo.

b) Por patriotismo uno debería estar dispuesto a cambiarse la nariz al menos una vez al año.

c) Los parados españoles deberían gastar más para mejorar nuestro ranking.

d) No se deben mezclar el consumo y la política.

 

13.- Beatriz de Orleáns, representante de Christian Dior, explica por qué lógicamente un bolso de seda de esa marca cuesta 2.790 dólares: tienen que hacerlos niños –que cobran 14 céntimos de dólar la hora- con sus “pequeños deditos”. ¿Cree usted que vale la pena pagar ese precio?

a) Los niños podrían cobrar un poco menos.

b) Se les podría enseñar a utilizar también los pies.

c) Los niños merecen nuestro sacrificio.

d) Demostrar que se es más rico nunca es demasiado caro.