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El hospital.

01 feb

Por estos días el año pasado, me movía por los pasillos del hospital. Me sentía un poco perdida, agradecida pero perdida,  con toda la confianza de las monjas y los doctores, y ninguna estructura de intervención más que la que yo tuviera en mente. Por supuesto que estaba feliz por la oportunidad de estar ahí: había pasado casi dos años en un trabajo que me hacía sentir mediocre (pero del que aprendí mucho), y aguanté tanto porque me ayudaba a pagar cuentas, mantener una clínica y ahorrar. Y pues sí, ahorré y me metí al hospital a aprender mientras aplicaba lo que sabía.

Estaba feliz por ese lado, pero era, y sigue siendo, un lugar muy triste. Un hospital es bastante angustiante, no se diga uno de cáncer terminal con pocos recursos, para gente con pocos recursos. Todos los días había que despedirse de alguien, los sollozos y los rezos anunciaban el fallecimiento. Todos los días veía a la señora que tenía a su hija adolescente internada y ambas se iban deteriorando poco a poco. Todos los días visitaba al buen hombre que no era terminal, pero que no tenía adónde ir y no podía caminar por su cáncer de próstata; me daba dinero para que le comprara billetes de lotería cada semana, y era su deporte revisar el periódico…una vez ganamos cinco dólares, y con eso compramos más billetes. Estaba la señora que aseguraba que no tenía nada porque Dios ya la había sanado. Los hermanos que recibían la noticia de que su mamá tenía cáncer cuando a ella le quedaban horas de vida, porque ella no quiso contarles el diagnóstico cuando se lo dieron, años atrás. La señora que lloraba no sólo el cáncer de su hija, sino la muerte de su papá hacía un mes, el de su esposo hacía un año y el de su hijo de cinco años aún más tiempo atrás. Trato de formar una frase que exprese lo jodido del binomio pobreza-enfermedad, pero ninguna de las que se me ocurre le hace justicia.

Don R. fue mi amigo por unas dos o tres semanas; me contó su vida como jugador de un equipo de fútbol y los duros conflictos con su familia. Salíamos a caminar, o eventualmente yo lo llevaba en su silla de ruedas por los jardines, hasta el día que lo vi agonizando y asumí que su cama estaría ocupada por alguien más al día siguiente. Su familia -dos mujeres- estaban a su lado y presencié con susto -pero con poker face- la disonancia entre la versión de él y la de su familia sobre los conflictos; por suerte, no era mi lugar juzgar cuál era correcta (nunca es mi lugar, nunca hay una correcta).  Conocí a una jovencita que, a riesgo de sonar cliché, tenía tremendo espíritu de lucha, con una historia de abandono y maltrato que habría quebrado a cualquiera. Le salían trocitos de calcio por la piel por el lupus -además del cáncer- y pasaba mucho tiempo inmovilizada o en dolorosas curaciones. Tuvimos pláticas interesantes sobre su sobre su novia y sobre sus días en el colegio, me contaba sobre la adversidad que enfrentaba y me contaba chistes. Se alivió mucho el día que le expliqué algunas cosas sobre orientación e identidad sexual. Espero que haya llamado al número que le di la última vez que la vi, pero no sé si lo logró.

Yo no llegaba a hacer terapia psicológica. Todo lo que hacía quedaba en expediente pero hay ciertos criterios que deben cumplirse para decir que se está haciendo terapia; en algún momento recomendé un proceso psicoterapéutico para alguien pero hasta ahí. Había cosas más urgentes, más inmediatas: compartir conocimiento o simplemente escuchar y reflejar; conversar, hacer compañía. Cada quien sobrelleva la muerte como puede, pero mucha gente ni siquiera sabe qué es un duelo ni que tiene derecho a llevarlo por un buen tiempo. Este país tiene una afinidad inaudita con la muerte y aún así (o tal vez por eso mismo) no se habla de ella.

Y…vaya, me quedé sin palabras.

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4 Respuestas a “El hospital.

  1. KR

    febrero 2, 2012 at 12:36 pm

    Querida Ligia…

    Las palabras nunca son las adecuadas, ni las suficientes. En ese mismo hospital en el que estuviste el año pasado, yo estuve durante dos o tres años hace un tiempo a trás. Comprendo todo lo que decis y – posiblemente- lo que sentis.

    Fuera de la tristeza y lo duro de la muerte, no sé si te pasó… también se genera vida en las experiencias que conocemos, que si tienen o no tienen familiares, que si sanan o no sanan, que si mueren o no mueren. Eso – en mi humilde opinión – no es lo importante. La importancia radica en las voces y rostros que encontramos ahí, en lo que nos enseña y confronta de nuestra muerte-vida o nuestra pobreza de espíritu.

    También sonaré cliché: es de las mejores experiencias que una puede tener, no porque una se siente buenisita, sino porque uno logra aliviar – con un billete de loteria, o una caminadita – la soledad que viven los enfermos y de paso… nos hace conscientes de lo finitas que somos.

    Sé que en varios momentos de la vida nos hemos visto y hemos co-existido, pero cada vez que te leo, recuerdo tu figura uniformada y me entra un orgullo poderoso de saber que has superado muchas cosas inauditas y sin valor. Se te aprecia en cantidades industriales.

     
  2. Melomaníaco

    febrero 5, 2012 at 8:15 pm

    Suegrita:
    Lo que dice KR sobre ti es correctísimo. El año pasado estuve con un grupo de chicos del otro lugar en el que trabajo por las tardes. No te lo había dicho, pero pensé en ti y tu trabajo cuando vi durante unas horas todo lo que relatas. Eres una gran mujer querida suegrita.

     
  3. Ale

    febrero 12, 2012 at 5:47 am

    Ah… esto me trae recuerdos, dolorosos recuerdos. Y después de los cortes, las cicatrices, y luego recuerdos de otro tipo, los felices. El dolor, en compañía, duele un poco menos.

     

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